Capítulo Tres

 

Cuando volví en mí, no sé cuanto tiempo después, estaba recostada en el suelo.

 

            - Hemos llegado - me dijo la anciana.

            - Pero, ¿a dónde? - le pregunté. - ¿Dónde estamos?

            - Estamos en Agartha - susurró - en el interior de la Tierra.

            - Agartha - murmuré - Agartha... - Hice un esfuerzo por recordar lo que sabía yo sobre Agartha. Como si leyese mis pensamientos, la mujer me dijo:

 

            - Olvídate de lo que has leído sobre este mundo, muchas de las historias que sobre este lugar se cuentan son pura fábula.  Para empezar no estamos ni mucho menos en el centro del  planeta, sólo unos pocos metros bajo su superficie.  Tampoco es un lugar totalmente “físico” - pronunció la palabra “físico” con  verdadero énfasis. - Te será muy útil comprender esto que te digo.  No intentes buscar explicaciones “lógicas” - enfatizó también la palabra “lógicas”- a  todo lo que ha ocurrido, ocurre y, sobretodo, a  lo que ocurrirá a partir de ahora.

 

Me tendió su mano para ayudarme a ponerme en pie. Me sentía un poco mareada y eufórica, como si estuviera ligeramente embriagada.  Lo que mis ojos contemplaban me dejó boquiabierta.  Mirara donde mirara, hacia arriba o hacia abajo, hacia  un lado o hacia otro, la magnificencia del lugar me sobrepasaba.  Se trataba de una sala enorme; el techo, si ese nombre puede dársele, se perdía en las alturas; de esas mismas alturas descendía una luz suave pero intensa, de un cálido tono violeta, bañando el lugar con un brillo irreal y hermosísimo. Todo resplandecía.  El suelo era de piedra también y estaba tan pulido que podía ver mi imagen reflejada en él.  No había muebles, no había nada, sólo piedra y luz pero ni la piedra ni la luz de Agartha pueden compararse a piedra alguna, a luz alguna.

 

 Tan extasiada estaba que no había reparado en un hombre que  yacía en el suelo y que parecía estar dormido o en trance.  Sus vestidos eran extraños, antiguos, todo él parecía pertenecer a otro tiempo y a otro lugar, pero, ¿a qué lugar? ¿No estaba, acaso, yo también en otro lugar?

 

- ¿Quién es? - Pregunté casi sin voz.

- Un afortunado buscador que ya encontró lo que buscaba.

- ¿Por qué está en el suelo aparentemente sin sentido?

- Bueno, sólo es cuestión de “tiempo” que lo recupere -respondió enfatizando “tiempo”.

- ¿De cuánto tiempo? –insistí.

- Supongo que si te digo que el tiempo aquí no transcurre de la misma manera que en el “mundo”, lo “entenderás” aunque tu mente pida más detalles - Tenía que hacer una lista con todas las palabras que la anciana enfatizaba, me dije.

 

- ¿Te referías a él cuando dijiste que me estaban esperando?¿Es el quien me espera? - Me guiñó un ojo, esa fue su única respuesta.

- Vamos - dijo con voz grave.

- Y a él, ¿lo dejamos aquí? - Le pregunté

- En realidad él no está aquí. - Susurró en mi oído.  Incomprensiblemente, no le hice ninguna pregunta más.

 

Me dirigió al centro de la sala, justo en el lugar en el que la luz que caía en cascada desde el techo incidía con más intensidad.

 

 - Colócate justo en el medio - ordenó y la obedecí.  En cuanto me situé en el lugar que ella me indicaba sentí que una enorme fuerza tiraba de mí hacia abajo, sin embargo, la caída era suave.  Estaba envuelta en un remolino de luz y sonido que me transmitía una paz hasta ese momento nunca sentida.  Inexplicablemente, me sentía plenamente feliz.

Anterior  Siguiente

-1-  -2-  -3-  -4-  -5-  -6-  -7-  -8-

 

 

 

 

 

Volver al menú de Agartha Menú Abraxas

Mapa Web