Capítulo Seis

 

              Salimos de la casa con los primeros rayos del sol.  Aura y yo íbamos delante, una al lado de la otra pero no cruzábamos palabra.  Estaba aún aturdida, intentando recordar qué había pasado la noche anterior y manteniendo, a la vez, una lucha conmigo misma para no preguntarle a Aura.  Ella notaba mi abstracción y más de una vez me aconsejó  que estuviera más pendiente del camino.  Yo me preguntaba qué sentido tenía esa caminata pudiendo abrir con las gemas cualquier puerta a cualquier lugar, no comprendía la necesidad de caminar.  Para colmo, la pendiente era cada vez más pronunciada y estaba empezando a cansarme.  Pese a su apariencia senil, Aura no se mostraba en absoluto como una débil ancianita, muy al contrario, subía la cuesta con una facilidad pasmosa; trabajosamente, muy trabajosamente, apenas podía yo seguirla. La verdad es que me sentía muy enojada y no sabía exactamente qué era lo que motivaba mi enfado, podía ser el no recordar lo sucedido la noche antes, también podía deberse a que no comprendía el motivo de la marcha, o…. el nombre de Rodrigo me vino a la cabeza.  ¿Me molestaba la presencia de Rodrigo?  Podía ser, lo cierto era que mis conversaciones con Aura en esa ocasión no habían sido ni parecidas a las que habíamos mantenido en las anteriores ocasiones; por otra parte, la presencia de Rodrigo me intimidaba.  El monte no era mi medio, me sentía insegura en el bosque, sólo había paseado por algunos que conocía desde mi infancia y que estaban cerca de mi hogar.  Pero no era el caso en esos momentos, sólo la presencia de Aura me daba confianza. Me encontraba en medio de no sabía dónde, por caminos totalmente desconocidos y amenazadores, por lo tanto, para mí; mi forma física tampoco era envidiable y mi cansancio era patente. En estos pensamientos estaba cuando llegamos a una cabaña.  Aura abrió la puerta y todos entramos.  Aunque no había nadie dentro la chimenea estaba encendida y todo preparado para el almuerzo.  Una gran variedad de frutas y de quesos se encontraba dispuesta sobre la mesa así como pan y la misma bebida que habíamos tomado el día anterior y a la que yo achacaba mi amnesia.  Desde que entramos en la casa me sentí amenazada, no tenía ni la más remota idea de por qué, sin embargo, la angustia se iba apoderando de mí lenta y continuamente.  Comí muy poco y apenas participé de la conversación.  Todos se veían relajados y alegres.  En algún momento la charla derivó hacia las plantas y las hierbas medicinales, así fue como supe que Rodrigo era un experto en esos temas y también un consumado montañero – Habrá sido pastor – pensé - ¿Por qué no un botánico o un médico interesado en otro tipo de medicina distinta a la oficial? – me repliqué a mí misma – Mujer, eso explicaría lo de las hierbas pero no que sea un montañero consagrado – tranquilicé así a ese “yo respondón” que amenazaba al “yo” solidario y con conciencia social; sin embargo, sentí como una punzadita en el pecho.

 

            Todos mis temores se vieron confirmados poco después del almuerzo cuando Asier anunció que, en adelante, seguiríamos solos Rodrigo y yo.  Miré a Aura, ella sonreía.

- ¿Qué ocurre, Violeta? – preguntó. 

            - ¿Podría hablar contigo, a solas? – fue mi respuesta. 

            - ¿Crees que es absolutamente necesario que nos apartemos?

            - Sí, por favor, no me sentiría cómoda si no fuera así.

            - Entonces, lo que vas a decirme es algo que podría ofender a uno de nuestros amigos o a los dos. – Las palabras de Aura me cogieron por sorpresa, notaba como el color subía a mis mejillas.

            - No necesariamente – respondí como pude – simplemente es que no tengo la suficiente confianza con ellos. Miraba fijamente a los ojos de Aura, no podía creer que me estuviera poniendo en semejante aprieto.  Yo, que había confiado en ella hasta el punto de aventurarme por caminos imposibles para mí, que había seguido siempre sus indicaciones, una a una, sin importar que las entendiera o no, que me tragaba las preguntas sin llegar a pronunciarlas porque sabía que ella me las contestaría cuando creyera oportuno; yo, que había comido y bebido lo que me ofrecía por extraño que pareciera, que nunca dudé de lo que me decía o me mostraba aunque mi sentido común  me gritara que me estaba volviendo loca, me sentía en ese momento como una idiota, tratada injustamente por la persona en quien más había confiado.  Quería irme a casa y olvidarme de todo.  En un momento me había olvidado de lo que Aura había aportado a mi vida, sus enseñanzas, sus consejos, su alegría, la felicidad que me hacía sentir cada vez que descubría algún velo, algún sello para mí. En mi corazón parecía no caber ya la confianza, tan humillada y tan apenada me sentía; así que, en vez de confiar en ella y aceptar hacer el resto del camino con Rodrigo, me dejé llevar por el orgullo y por la tristeza.

            - Es cierto, te falta confianza – dijo Aura – así que puedes hacer lo que quieras, Violeta.  Si quieres volver a tu casa que así sea – y se dispuso a abrir el portal.  En ese momento intervino Asier:

            - Aguarda un momento, Aura – y dirigiéndose a mí, dijo:

            - ¿Estás segura de que quieres volver, Violeta? – su mirada estaba tan llena de Amor que logró aquietarme.

            - No quiero que pienses que no confío en ti, Asier, simplemente es que me siento desbordada, no tengo capacidad para asimilar todo lo que me está pasando.

            - ¿Y qué te está pasando?

            - Estoy segura de que lo sabes, de que tanto Aura como tú sabéis perfectamente lo que está pasando por mi mente y por mi corazón.

            - Y si nos confieres la facultad de leer en la mente y en el corazón humano, ¿por qué no confías en nosotros o, al menos, en Aura? ¿Alguna vez te ha recomendado algo que te hiciera algún mal? ¿No es más cierto que todo lo que ella te ha podido decir, aconsejar o enseñar ha sido beneficioso?

            - Sí, ha sido como dices – respondí.  La presencia muda de Rodrigo se me hacía insoportable, no me gustaba nada que me viera en ese estado y quise terminar pronto con la conversación pero quería buscar una salida airosa y no se me ocurría ninguna.  Si aceptaba el plan tendría que viajar con él no sabía aún adonde ni por cuanto tiempo ni por qué caminos; además, sería claudicar, aceptar que había tenido una pataleta infantil e inmadura.  Pero por otro lado, si volvía a casa estaría renunciando a lo más maravilloso que jamás me había pasado.  Miré a Aura, sus ojos reflejaban tanta serenidad que me sorprendió pues yo pensaba que debía estar muy enfadada y tal vez dolida, no era así.

            - ¿Podría hacer el resto del camino yo sola? – pregunté sin pensar.

            - No podrías – respondió Aura – ven fuera y verás por qué. – Salió fuera de la casa, todos la seguimos.  – Mira – me dijo señalando con su índice la montaña más impresionante que había visto en mi vida. - ¿Crees que puedes subirla tú sola?

            - ¿Tengo que subir ahí? – noté como mi voz temblaba.

            - Ni más ni menos - Esto debe ser una prueba – pensé – no puede estar hablando en serio, sabe perfectamente que ni con el mejor equipo de escaladores del mundo podría yo coronar esa montaña – Sacando voz de donde no la tenía, dije:

            - Aura, tú me conoces, podría decir sin temor a  equivocarme que me conoces mejor que yo misma, sabes perfectamente que soy incapaz de subir ahí.  Tengo vértigo, me canso enseguida; si no fuera por el agua que me das cuando vamos a caminar yo no resistiría ni la cuarta parte de lo que resisto.

            - El agua que te doy es sólo agua, Violeta; pura y cristalina agua, sin aditivos de ningún tipo. – Vaya – pensé – y yo todo este tiempo creyendo que era un agua milagrosa.

            - Y precisamente es agua lo que tenéis que ir a buscar allí arriba – dijo Asier – Agua de la montaña, del manantial que nace en su interior.  Esa sí que es un agua especial.  No tenéis que coronar la montaña si no es preciso, tan sólo tenéis que encontrar y recoger un poco de esa agua; eso sí, no podéis regresar sin ella. ¿Te animas, Violeta, o sigues queriendo volver a tu casa?

            - ¿Es imprescindible que suba? ¿No tengo otra forma de conseguir el agua?

            - Cada uno debe buscar su propia agua – dijo Aura – no vale de nada que te la traiga otro, debes conseguirla tú con tu esfuerzo y con tu sudor.  No es ninguna prueba, ni ningún reto, es simplemente lo que tiene que ser.  Tienes suerte de que te acompañe Rodrigo – el nombre me produjo el mismo efecto que un calambrazo – con él estarás segura.

            - Está bien – dije finalmente – iré.  Iré porque confío en ti y en ti también, Asier, y aunque tengo mucho miedo sé que no me mandaríais allí si no estuvierais seguros de que lo voy a conseguir.

            -  A partir de ahora es en Rodrigo en quien debes confiar –  dijo Aura – sigue sus indicaciones como si fueran las mías. – Miré al hombre de reojo, esperaba satisfacción en su mirada pero no la vi.

 

            Volvimos a entrar en la casa y nos sentamos frente a la chimenea.  Aura se dispuso a darnos las instrucciones precisas; el plan era el siguiente: saldríamos por la mañana, antes del amanecer.  Debíamos coger el sendero que se abría a la derecha, a unos tres kilómetros de la cabaña. La subida se complicaba bastante después de unos pocos kilómetros aunque más tarde llanearía.  A partir de ahí, deberíamos escudriñar cada roca del camino porque de cualquiera de ella podría estar manando nuestra agua.  Nos dijo también, que encontraríamos dos cabañas; si íbamos a buen ritmo, veríamos la primera bastante antes del atardecer y que, por lo tanto, podríamos seguir hasta la segunda que se encontraba a no demasiada distancia de la primera.  Finalmente nos entregó tres recipientes de cristal de unos cinco litros cada uno, dos a Rodrigo y uno a mí; también metió pan, queso, agua y el extraño zumo de uvas en la mochila de Rodrigo.  Una vez que estuvo todo explicado, Aura y Asier se marcharon.

           Tuve sueños muy lúcidos durante esa noche, en ellos había dragones, castillos y un ogro, la cara del ogro era la de Rodrigo y me miraba con ojos feroces y amenazantes; venía hacia mí, yo corría y corría pero consiguió atraparme y empezó a zarandearme, yo gritaba y gritaba hasta que me desperté.  Rodrigo estaba a mi lado zarandeándome, como en el sueño, pero no quería comerme, sólo despertarme.  Había llegado la hora.

 

            Tal y como se nos había indicado, salimos antes del amanecer.  Anduvimos en línea recta hasta llegar al sendero que se dirigía hacia la derecha.  En su comienzo la ascensión era suave y podía mantener fácilmente el ritmo de Rodrigo que iba el primero; agradecí este hecho, así evitaba tener que hablar con él.  Después de un par de horas la cosa empezó a complicarse, el sendero era cada vez más estrecho y más empinado, ya me resultaba casi imposible seguir el ritmo de la marcha, aguanté lo que pude y finalmente me paré.  Rodrigo parecía no haberse enterado de mi parada y continuó avanzando.  Se dio cuenta de que no lo estaba siguiendo justo en el momento en el que yo me disponía a continuar. Las únicas palabras que habíamos cruzado hasta ese momento fueron: buenos días, ¿nos vamos?; ni una más, así que me extrañó que al llegar a su lado me hablara.

            - Debemos procurar no separarnos – me dijo -  si estás cansada es mejor que me lo digas, no me importa parar las veces que sean necesarias.  ¿Tienes sed?

- Sí – respondí – ¿Puedes darme de beber, por favor? – El agua no sería mágica, como decía Aura, pero podría jurar que al beber de ella me sentía completamente restablecida y fresca.  Bebí un sorbo largo y dejé caer un poco de agua por mi cuello para refrescarme.  Cuando terminé le ofrecí la cantimplora a mi compañero.

            - ¿De verdad piensas que es mágica esta agua? – me preguntó.

            - Bueno, mágica tal vez no sea la palabra más acertada.  Creía que era un agua con propiedades especiales, como esas aguas ricas en algunos minerales que favorecen la eliminación de toxinas o que mejoran los síntomas de ciertas enfermedades óseas o musculares.

            - Sí, entiendo lo que quieres decir.  Bueno, continuemos.  Pronto empezará a llanear el camino.

 

            Y así fue.  Apenas habíamos reemprendido la marcha cuando el sendero volvió a suavizarse.  Frondosos y abundantes árboles flanqueaban ambos lados del camino pero no podía detenerme a contemplarlos, tenía que encontrar la roca de la que manaba el agua que habíamos ido a buscar; confiaba en encontrarla pronto y poder así regresar. 

 

            - Ni rastro de la roca – dije suspirando.

            - No creo que la encontremos tan pronto – respondió Rodrigo.

            - ¿Por qué no? Aura dijo que podría estar en cualquier parte una vez que hubiésemos llegado al llano y ya llevamos más de dos horas prácticamente llaneando.

            - No digo que no esté cerca, puede estar ante nuestros ojos ahora mismo pero tengo la sensación de que no la vamos a encontrar tan fácilmente; presiento que tiene que ocurrir algo antes, que tenemos que “merecerla”.

            - Si no la mereciéramos no nos habrían mandado a buscarla – repliqué sin disimular el disgusto que sus palabras me provocaban.  Pero yo sabía que tenía razón porque podía sentir lo mismo que él aunque no quisiera admitirlo; esperaba estar equivocada, deseaba con todas mis fuerzas estarlo, por eso, las palabras de Rodrigo me defraudaron profundamente.

            - No está en mi ánimo desalentarte, Violeta. Deseo tan intensamente como tú encontrarla y poder regresar.  Lo único que intento…

            - Sí, sí, ya sé – no dejé que terminara la frase – lo único que intentas es que no me sienta defraudada si tardamos en encontrar la dichosa roca.  Sudaba, notaba como el sudor corría por mi espalda, tenía el cabello empapado.  Recogí mi pelo y lo enrosqué sobre sí mismo a la altura de la nuca.

            - Sólo espero que te equivoques – le dije zanjando la conversación. Suspiró cansado y dijo:

            - Yo también, no sabes cuánto deseo equivocarme.

 

            Continuamos la marcha durante tres horas más.  Hacía un rato que el sendero había vuelto a complicarse cuando decidimos parar y comer algo.  Buscábamos un lugar llano fuera del sendero.  Se me hacía muy difícil seguirle, tenía que ir apartando ramas y sorteando dificultades a cada paso.  Me sentía muy insegura en lugares así.

           

            - Por favor, no nos alejemos más.  No quiero separarme tanto del camino.

            - Sólo estoy buscando un lugar cómodo para comer con tranquilidad.  Un lugar bonito y agradable.  El río debe estar muy cerca, ¿no oyes su rumor?

            - Sólo oigo la voz de mi sentido común advirtiéndome del peligro que corro si continúo por aquí.

            - No podemos pararnos en este lugar, ¿no ves que está lleno de zarzas? ¿Dónde podríamos sentarnos? ¿Ves algo que pueda resultar minimamente confortable?

            - Me da igual el confort; es más, si quieres, hago unos bocadillos con el pan y el queso y comemos mientras caminamos, así no tendremos que seguir buscando un sillón en medio de un bosque.

            - Como quieras – me dijo visiblemente enfadado – que sea como la señorita quiere.

 

 

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Y así lo hicimos. Yo intentaba mantener el paso y no mirar hacia la izquierda pues hacía tiempo que los árboles habían desaparecido a ese lado del camino; en lugar de ellos, el vacío. Por esa razón iba lo más pegada a la derecha que podía; a veces tenía que separarme un poco para sortear alguna piedra o algún obstáculo, esos momentos eran francamente angustiosos. Rodrigo, que se había dado cuenta, se paraba y me esperaba.  A veces me daba alguna indicación: pon un pie aquí, el otro ahí, ten cuidado con esa rama... Otras veces hasta me ofrecía su mano para ayudarme a sortear alguna dificultad más o menos importante; más o menos importante para mí, claro está, no así para él que no se cansaba de repetir que el camino estaba francamente bien y que no veía dificultad ninguna en él.  Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando divisamos la primera cabaña, justo cuando yo ya empezaba a desesperar.  Estaba segura de que la llegada a ella iba a suponer un enfrentamiento entre Rodrigo y yo.  Él me había dicho que si llegábamos antes de las cinco de la tarde a la primera podíamos seguir hasta la segunda ya que llegaríamos antes del anochecer pues Aura había dicho que se encontraban muy cerca la una de la otra.  Pero yo estaba francamente agotada y no sólo por el esfuerzo físico: el estrés, el miedo, la inseguridad que me producía aquel lugar me habían dejado francamente maltrecha y prefería descansar hasta el día siguiente. Así que, apenas divisado nuestro primer destino, creí oportuno volver a hablar del asunto para poder zanjarlo antes de llegar a él.  De todas formas, de poco iban a servir los argumentos de Rodrigo, pensaba yo, pues estaba ya totalmente decidida a quedarme y  hacer noche allí.  Tal y como había supuesto, la discusión no se hizo esperar.  Tan absortos estábamos exponiendo cada uno nuestros argumentos que no nos dimos cuenta de que habíamos llegado a la cabaña, cuando lo hicimos la discusión cesó por completo pero no porque la cabaña ejerciera alguna influencia benéfica sobre nosotros, ni tampoco porque el maravilloso y majestuoso paisaje que se abría ante nosotros nos dejara mudos de asombro; simplemente, no había cabaña, tan sólo quedaba una ruina de ella.  La imagen del tejado casi completamente hundido terminó por romperme.  Me senté en el suelo, fija mi mirada en el tremendo boquete que por techo tenía la mitad de la cabaña y comencé a llorar.