Capítulo Siete


       No sé el tiempo que permanecí arrodillada llorando, en mí sólo cabía mi pena y no me importaba nada más. Supongo que hubiera permanecido así durante horas si Rodrigo no hubiera  empezado a soplar una caracola que sacó de su mochila y que le había dado Asiel .

       - Aquí se acabó la discusión, es evidente que tenemos que continuar. ¡Qué disputa más tonta hemos mantenido durante esta última hora! Discutir sobre si nos íbamos a quedar en esta cabaña o si íbamos a seguir hasta la otra. – Me hablaba en tono de burla, riéndose de la situación, intentando quitarle dramatismo a la escena y supe que lo hacía por mí, pues  sabía que para él no suponía ningún inconveniente la ruinosa cabaña, él quería seguir hasta la siguiente así que el hecho de que la primera estuviese destrozada no suponía ninguna desilusión para él sino todo lo contrario.


      - ¡Qué contento te has puesto! ¡Qué bien!, ¿verdad?...  Te has salido con la tuya así que al menos ten la delicadeza de no alegrarte delante de mí, tenme un poco de respeto, por favor.

       – No me estaba alegrando de la situación, sólo te mostraba el lado cómico que tiene, intentaba hacerte sonreír porque, supongo que sabes, ¿tú sabes sonreír, no es cierto?

       Y sin decir nada más, comenzó a caminar. Estuve tentada a quedarme quieta, a no seguirle, no quería dejar las cosas como estaban, tenía ganas de continuar con la discusión, hacerle saber lo mal que me sentía y culparlo a él, pero se impuso el sentido común.

      Si me había parecido difícil el camino hasta llegar a la primera cabaña, llegar hasta la segunda fue toda una odisea. Apenas habíamos reanudado la marcha cuando nos tropezamos con una piedra enorme que obstaculizaba el sendero, dejando de paso tan sólo unos pocos centímetros y justo por el lado que se abría ante el precipicio. Rodrigo bordeó la roca sin dificultad aunque su pie casi no cabía en el escaso espacio libre y esperó un rato a que yo hiciera lo mismo. Pero su espera fue en vano, yo estaba paralizada.

       - ¿Vamos? – Oí que me decía desde el otro lado. No contesté. - Oye, ¿Me estás escuchando? – como no recibía contestación alguna decidió volver.

       – Tenemos que seguir, pronto oscurecerá -dijo con impaciencia.

       – Sigue tú – le dije – esta piedra señala el fin de mi camino. – Algo debió ver en mis ojos pues abrió la boca para responderme pero volvió a cerrarla sin pronunciar palabra. Yo miraba la roca por todos lados buscando otra forma de sortearla. Cuando logré serenarme algo analicé la situación y sólo vi una posibilidad, pequeña, pero posibilidad al fin y al cabo: si conseguía salvar el obstáculo no sería bordeándolo, tendría que ser escalándolo.

       - ¿Qué estás pensando? – preguntó Rodrigo.

       – Estoy pensando en subir por la piedra y llegar así al otro lado, sólo de esa forma tengo alguna posibilidad. – Se quedó mirando fijamente la mole durante un buen rato.

       – Creo que lo que propones es más complicado.

       – Es posible, pero es más seguro para mí – respondí.

       – Si he pasado yo puedes pasar tú, - me dijo. - Tu pie es más pequeño y tienes sitio de sobra, no te pasará nada.

       – Yo sufro de vértigo, creo que ya lo sabes.

       - Tú no tienes vértigo, tú lo que tienes es otra cosa.

       - ¿Estás diciendo que tengo miedo? – contesté enfurecida. – No digo que no tenga miedo, lo tengo, pero es por el vértigo, el vértigo me produce el miedo.

       – Tal vez sea el miedo lo que produzca el vértigo.

      - ¿Crees que es un buen momento para psicoanalizarme?.

      – Bien, si tiene que ser como tú dices, déjame ir a mí primero.

      – Vale, pero ve despacio, por favor.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     Él avanzaba con paso firme, su seguridad me tranquilizaba un poco pero aún y así mi pulso era rápido y mi respiración agitada. A duras penas podía ir avanzado, miraba mil veces el terreno antes de mover un pie. Él avanzaba erguido, yo me agarraba con pies y manos a la roca. En un momento dado se detuvo: había que dar un pequeño salto hasta otra roca para continuar y era imposible darlo a cuatro patas.

       – Bien, ya ves la situación, la roca tiene una brecha y hay que saltar al otro lado, es apenas metro y media, lo puedes hacer sin duda alguna – dijo.

       - Sé que te resultaré pesada, más que pesada, una carga cada vez más insoportable, pero no hago lo que hago para molestarte. Tú no me conocías así que no podías saber de mi total falta de seguridad cuando me muevo por lugares así. Lo que para ti es fácil para mí es una proeza. Yo sé que tú alargas la pierna y sin apenas saltar llegas al otro lado, pero mi caso no es el mismo: yo soy incapaz de hacer semejante cosa, mi cuerpo no me respondería, no tengo habilidad para eso, ni seguridad, ni nada de lo que se supone que se necesita para saltar.

       – Violeta, para saltar sólo se necesitan dos piernas, no hay que ser un atleta para hacerlo, no es complicado, está fácil ¿no lo ves?

      - De verdad, creo que me vuelvo. - Estaba atrapada, me di cuenta cuando di la vuelta para dar marcha atrás: subir hasta ahí había sido complicado pero más o menos seguro; otra cosa era bajar, la pendiente era bastante pronunciada y, además, se desprendían piedras de la roca cada vez que daba un paso, el terreno era bastante resbaladizo. Tendría que bajar sentada o no bajaría pero ¿cómo iba a hacer eso? y además, una vez abajo tendría que volver yo sola, se me haría de noche enseguida, tendría que caminar a oscuras o pasar la noche en alguna parte, a la intemperie.

      - ¿Por qué me habré metido en este lío, por qué? ¿Por qué me he dejado convencer? Si yo sabía que esto no podía salir bien, ¿qué voy a hacer ahora? Ni hacia delante ni hacia atrás, aquí, de pie, ¿qué hago? - Sentía la adrenalina en mi sangre, estaba tan alterada que ya no tenía ni miedo, este sentimiento era más fuerte que el miedo. Estaba enfadada conmigo misma, enfadada porque había aceptado hacer el viaje cuando no quería hacerlo, enfadada por la falta de confianza en mí misma, enfadada por estar atrapada debido a mis miedos, a mi debilidad. – Así que no tengo más remedio que saltar, ¿no es así? pues saltaré – y sin pensarlo, salté; la adrenalina me dio alas. Me sobró tanto impulso que casi me caigo al llegar al otro lado.

      – No vuelvas a hacer algo así – dijo Rodrigo a mi espalda – si quieres seguir viva.

      – No, no te preocupes – contesté jadeando – no volveré a saltar ni un escalón después de que acabemos con todo esto – No encontré ninguna otra dificultad digna de mención durante el resto del camino y, por lo tanto, ningún motivo más de conversación. Dos horas más tarde llegamos a la cabaña.

 

 

 

Volver al menú de Agartha  Menú Abraxas

Mapa Web

Anterior   Siguiente

-1-  -2-  -3-  -4-  -5-  -6-  -7-  -8-

 

      La casa era casi idéntica a la que habíamos estado con Aura y Asier tanto en su construcción como en sus enseres: la misma mesa, las mismas sillas, la misma estantería con frascos que contenían hierbas y, en la buhardilla, un par de camas, un armario y una mesa más pequeña que la de abajo. Mientras yo recorría la cabaña, Rodrigo se entretenía con los frascos, una vez hube acabado de inspeccionarlo todo me dispuse a encender la chimenea, pero algo llamó mi atención: encima de la mesa había una hoja de papel que no había visto anteriormente.

      - ¡Qué extraño! – pensé en voz alta.

      - ¿Qué ocurre, te extrañas de que no haya ratones? – dijo Rodrigo con una voz cargada de impaciencia.

      – No, es esta hoja de papel, juraría que no estaba cuando llegamos - Él se giró hacia mí.

      – No nos habremos fijado bien – dijo – por lo que supuse que él tampoco la había visto. Me acerqué a la mesa y la cogí, era una carta de Aura dándonos instrucciones. Leí en voz alta.



      Bien, habéis llegado, ¡ya era hora! Enhorabuena, Violeta, sé que ha supuesto un gran esfuerzo para ti, te darás cuenta de muchas cosas si, con calma, revives lo ocurrido y reflexionas sobre ello. Enhorabuena, Rodrigo, sé que para ti también ha resultado muy duro llegar hasta ahí, Violeta te ha debido resultar insoportable y sé que sólo haciendo un gran esfuerzo has conseguido vencer el deseo de darte la vuelta. Cada uno se encuentra con las situaciones que él mismo provoca y si ocurren sólo es debido a que remueven algo en nosotros por lo que no hay que culpar al otro por lo que nos provoque, somos los únicos responsables de todo lo que nos ocurre. Espero que podáis hablar entre vosotros de este tema y que saquéis vuestras propias conclusiones.

      Ya sabéis que no debéis regresar hasta que no encontréis el agua así que vuestra estancia ahí durará lo que dure vuestra búsqueda, que sea mucho o que sea poco depende de vosotros, lo que sí os digo es que no tendréis éxito hasta que hayáis realizado todo lo que tenéis que realizar, porque esta agua está oculta para quien no sabe buscarla, sólo aparece cuando el momento ha llegado; puede estar ante vosotros y no verla, puede calaros hasta los huesos y no daros cuenta; por lo tanto, siendo agua, no es un agua común.

      Os propongo que os hagáis una infusión con la hierba del tercer frasco, por la derecha, de la estantería de arriba, os sentará bien y os ayudará a descansar.

      Aura