Capítulo Ocho

      Mientras bebía la infusión recordaba todos los acontecimientos del día.  Los sonidos de la noche me relajaban.  Conseguí serenarme lo suficiente como para sentir vergüenza por mi comportamiento. – Es cierto que he debido sacar a Rodrigo de sus casillas – pensé – Me he dejado llevar por los nervios en varias ocasiones, creo que debo disculparme.  – Miré a Rodrigo de reojo, él parecía estar sumido en sus propias reflexiones; acariciaba el vaso que contenía su infusión con la mirada perdida en el fuego de la chimenea, tan ensimismado me pareció que no me atreví a interrumpir sus pensamientos, por eso, su voz grave me sobresaltó cuando de repente dijo: 

      -   Creo que tenemos más trabajo del que pensamos.  Presiento que no va a ser una tarea fácil la nuestra.

      -  Sí, yo también tengo la misma impresión – le respondí.

      -  ¿Tienes idea de lo que debemos “realizar”? – Estuve un rato meditando mi respuesta, finalmente le dije:

      -   Ahora, lo único que sé es que debo pedirte disculpas por mi actitud, he perdido los nervios en algunos momentos y sé que te he resultado desagradable; no tengo nada contra ti, Rodrigo, pero esta situación me ha superado.  Tal vez te resulten pobres mis argumentos pero no tengo otros, intentaré que no vuelva a ocurrir aunque me temo que no será así; no, si tengo que seguir subiendo y bajando pendientes y sorteando moles de roca, como me temo.

      -   ¿Temes eso?

      -   Sí,  y después de leer la carta de Aura ya no tengo dudas al respecto.

      -    ¿A qué te refieres? – preguntó.

      -    A lo que dice sobre las situaciones, que nos encontramos con las situaciones que nosotros mismos provocamos.

      -    No termino de entender….

      -   Sí, es decir, si yo me encuentro con una piedra en el camino será porque algo que he hecho, dicho, pensado o sentido ha provocado esa situación, ¿me sigues? – él asintió con la cabeza – porque para mí ese encuentro es importante, tan importante que me saca de mí, encontrarme con una mole de piedra que me obstaculiza el camino es importantísimo para mí, mira lo que me provoca.  Y ahora reflexiono así: es un hecho importante en mi vida, no lo he superado porque he conseguido vencer el obstáculo, sí, pero ¿de qué modo? ¿de una forma, digamos, “armoniosa”? Es evidente que no, hasta tú mismo me has advertido sobre mi forma de saltar… así que supongo que me seguiré encontrando piedras de estas hasta que dejen de perturbarme de esta forma.

      -   Entiendo, y ¿cómo hubiera sido armonioso hacerlo?

      -    Supongo que desde la calma, desde la seguridad y no como resultado de la adrenalina.

      -    Yo también debí ser más comprensivo contigo y no haber perdido la calma pero de alguna manera la situación también me superaba.

      -    Es comprensible que te sintieras así, no debe ser fácil ajustar el paso al de alguien tan inseguro y tan lento como yo.

      -     No era tu lentitud o tu inseguridad, era tu actitud, tu actitud ante lo que ocurría, porque antes de comenzar el camino tú ya estabas de malhumor, es más, diría que estás de malhumor desde que me viste con Asier.  Notaba que mi presencia te incomodaba.

      -   Es posible, pero no es nada personal, hubiera pasado igual con cualquiera que hubiera estado en tu lugar, yo no te conozco, ¿qué puedo tener contra ti?

      -   Es cierto eso, pero aún y así me sentía incómodo.

      -   Yo te hacía sentir incómodo…

      -   No es justo que te haga pensar así, verás, es cierto todo esto que te he dicho pero hay algo más: me hubiera sentido igual de incómodo aunque tu actitud hubiese sido totalmente distinta.  Al contrario que a ti que te hubiera molestado cualquiera que estuviese en mi lugar, a mí quien me molesta eres tú, si no fueras tú, si fuera otra persona cualquiera, probablemente no me molestaría, hubiera sido mucho más caritativo durante el trayecto hasta aquí.

     

      -  Pero, pero… - no podía dar crédito a lo que oía, intentaba decirle algo pero apenas lograba articular palabra.

      -  No entiendo por qué, no logro verlo – conseguí decir al fin – No me conoces de nada, ¿por qué me dices eso?

      -   Porque es la verdad, no te quiero cerca de mí, me molestas.  Siento parecerte rudo y grosero pero prefiero ser sincero, me sentiría peor si te lo ocultara…convivir contigo durante un tiempo, hablar, trabajar juntos, sintiendo esto que te he dicho y que tú no lo sospecharas siquiera me parecería una hipocresía tan grande que no podría soportarlo.

      -   Agradezco tu franqueza pero sigo sin comprender lo que te pasa conmigo.

      -   No hace falta que comprendas nada…

      -   Tienes razón, al fin y al cabo sólo soy la “piedra” de tu camino – se sobresaltó al oír la frase, noté como un escalofrío le recorrió la espalda y él notó que lo noté.

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