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Capítulo Cuatro

 

 

          Visité Agartha durante mucho tiempo pero nunca más tuve que recorrer el camino andando. Desde ese día mis desplazamientos al mundo subterráneo fueron de otra manera.  Durante todo ese tiempo, las enseñanzas que recibí de Áurea - que así se llamaba la anciana - no sólo ampliaron mis fronteras, llamémoslas, mentales también  mi interior dejó de estar encerrado, dejó de ser “interno”.  Mis conceptos, absolutamente todos, resultaron erróneos, inexistentes, porque los conceptos no tienen existencia real; no la tienen en cuanto cambian, en cuanto no son estables y firmes, en cuanto el tiempo o los nuevos descubrimientos demuestran su falsedad.  Lo Real es inamovible, permanente, surge de sí mismo, no cambia, no varía.  Al comprender esta realidad entendí también que nada de lo que hasta entonces había considerado real, lo era.  Ni siquiera mi cuerpo, mucho menos la mente, y en cuanto al “yo”, a este yo que contempla, que llora, que ríe, que se emociona, que busca constantemente satisfacciones, este yo era más irreal aún.  A decir verdad, mucho antes del encuentro, me planteaba ya estas posibilidades; sin embargo, fueron las charlas y las enseñanzas que recibí en Agartha las que originaron que todos estos planteamientos metafísicos dejaran de ser más o menos mentales y se convirtieran en una certeza tan “Real” que no podía ser, de ningún modo, el efecto de algo, sino que era en sí misma la Causa de todo. 

 

            Recuerdo bien la noche que paseando por uno de los jardines de Agartha, tomé contacto por vez primera con esta “Realidad”.  Todo lo que había vivido hasta ese momento en aquel lugar hervía en mi interior.  Las preguntas se agolpaban en mi mente, mi corazón sentía un anhelo extraño.  Miré fijamente a la anciana y le dije:

 

           - Nos pasamos la vida buscando la felicidad, satisfaciendo  todos los deseos que podemos, cubriendo cada necesidad para, seguidamente, adquirir necesidades nuevas, en una eterna carrera hacia…. Hacia el único fin que tenemos, creado antes que nuestra propia vida; en realidad, todo es una carrera hacia la muerte.  ¿Qué éramos antes de nacer? ¿Qué seremos una vez muramos?  ¿Es que acaso seremos algo?  No seremos NADA, esta persona que habla – yo – y esta persona que escucha – tú – morirán tarde o temprano y, “esto” que habla y “esto” que escucha, morirán para siempre jamás pues son el cuerpo y la mente quienes producen esta sensación de ser, de yo; por eso, una vez muerto el cuerpo y muerta la mente: ¿sobre qué se podrá sostener este pobre “yo”?   Si sobrevive algo, no será precisamente este yo; si sobrevive algo,  tiene que ser una parte conectada a otra parte independiente del cuerpo y de la mente porque, si fuera así, moriría con ellos. 

 

          - Esta bien, pero entonces, ¿por qué tenemos cuerpo? ¿Por qué tenemos mente? ¿Por qué experimentamos esta sensación de ser? ¿Tendríamos algo de todo esto si no fuese necesario?

        - Supongo que serán obstáculos, pruebas – le dije.

        - ¿Qué interés iba a tener el Universo en probarte? ¿Para qué, por diversión? – “Voy a ponérselo difícil” – decide el Universo – así me distraigo, que la Eternidad es muy larga. - La mujer reía a carcajadas mientras imitaba la voz de un universo bostezando - Si tenemos cuerpo y mente  - me dijo recobrando la compostura – es tan sólo por un motivo bien sencillo: ¡los necesitamos! Eso sí – dijo mirándome con fijeza – tenemos que liberar a  la “tierra” de su maldición: "Los espíritus desean permanecer en los cuerpos cuando han sido limpiados, y se complacen en habitarlos, y teniéndolos se vivifican, y moran en ellos, los cuerpos los contienen y no se separan jamás.”  Por cierto – me preguntó con  voz distendida - ¿Conoces a Hermes?

 

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