Capítulo Dos

Bajamos y bajamos… y bajamos; durante un tiempo que me pareció eterno estuvimos descendiendo, las escaleras parecían no tener fin.  Permanecíamos en silencio; éste sólo era roto, levemente, por el sonido de un arroyo que corría por alguna parte.  Pude apreciar que la piedra tenía una extraña tonalidad violácea y que brillaba.  Me acerqué a una de las paredes: pequeños puntitos como de luz dorada manaban de la piedra, salían de ella, flotaban en el aire brevemente para luego lanzarse al interior de la caverna regándolo todo con una luminosa y refrescante lluvia de minúsculas esporas que parecían danzar a nuestro alrededor.

 Por fin, las escaleras terminaron. Tras caminar unos pocos metros por un estrecho corredor, ante nosotras, majestuosa, se erigía una puerta gigantesca,  parecía estar hecha de oro y estaba labrada con extraños símbolos cuyos significados yo desconocía.   

- Toca la puerta  - me dijo la anciana. - Le hice caso y la toqué.  El sonido como de grillos volvió a mi cabeza con más intensidad que antes.  La puerta vibraba cada vez con más fuerza, yo esperaba que se abriera igual que ocurrió con la piedra de la entrada pero esta vez no fue así; en su lugar  el sólido metal dorado empezó a fundirse mientras giraba a más y más velocidad hasta convertirse en un remolino dorado hecho de energía pura.

 - Atraviésala. - Cerré los ojos y anduve cuatro pasos.  No recuerdo nada más. 

 

 

 

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