Capítulo Cinco

 

           Mi estancia en Agartha no fue permanente; Aura me había regalado una pequeña amatista engarzada en oro indicándome que me la colgara del cuello, si la gema comenzaba a vibrar y a resplandecer intensamente era señal de que se me  esperaba; entonces yo debía  frotar la amatista entre mis manos y lanzarla al aire; quedaba suspendida en él, desafiando a la gravedad, girando más y más deprisa, creciendo en tamaño con cada giro hasta que, finalmente, acababa por transformarse en un remolino de luz violeta; en ese momento, yo entraba en el remolino y volvía a salir de inmediato, cuando lo hacía ya estaba en Agartha y Aura me estaba esperando.  Sin embargo, no siempre fue así.  En algunas ocasiones mi destino no fue el Mundo Subterráneo.

 

            Una apacible noche de primavera me encontraba en el jardín, sentada bajo un sauce, con la vista descansando en el infinito, mientras intentaba analizar de una manera racional todas las extraordinarias experiencias que estaba viviendo; sin embargo, la inmensidad del cielo, la luz plateada de la luna que se reflejaba en el pequeño arroyo que corría ante mí, el brillo intensísimo e intermitente de las estrellas y el sonido que originaban las ramas de los árboles meciéndose al viento, interrumpían constantemente el hilo de mis reflexiones, así que decidí dejarlas a un lado y dedicarme a contemplar y a disfrutar del firmamento y de su música. Me sentía plenamente unida a la naturaleza, pensaba en ella como en una madre cuidadosa y amorosa, ¡qué sensación más maravillosa sentir esa unión plena con todo lo que me rodeaba!  El leve zumbido de la gema me sacó de ese estado, sin embargo, el sentimiento permanecía y, con él, entré en la luz.  Una sonriente Aura me esperaba al otro lado.  Pero esta vez no estaba en Agartha, me encontraba en algún lugar desconocido y montañoso de la superficie.

 

            - Hola, Violeta.

            - Hola – respondí sin poder disimular mi asombro.

            - Veo que estás sorprendida – me dijo.

            - Bueno, yo esperaba “aparecer” en Agartha, me ha sorprendido encontrarme en el exterior –  me justifiqué. Aura sonrió.

            - Pasaremos algunos días en este lugar, sólo aquí podrás ver lo que debes ver.  Ven, sígueme – me dijo, y yo la seguí.   Estuvimos caminando hasta el amanecer.  El camino era suave, la luna nos prestaba su luz.  Durante el trayecto,  presa aún de la emoción que me embargaba desde hacía un rato, intenté  explicarle a Aura lo que sentía.

 

            - Es estupendo que sientas esa unión con el Universo – dijo Aura – es una experiencia francamente formidable - Su voz era normal, no había ningún motivo que me hiciera pensar que se estaba burlando de mí, sin embargo, era precisamente eso lo que sentía.  Intuía ironía en sus palabras pero no sabía por qué.  Intenté olvidarme del asunto. 

 

            Amanecía cuando llegamos ante la puerta de una cabaña, parecía abandonada; sin embargo, pronto me di cuenta de que no era así: el humo que salía por la chimenea y el olor a pan recién hecho, indicaba que alguien habitaba la casa.  Aura golpeó la puerta, en ese instante dijeron desde dentro:

 

            - Pasad, la puerta está abierta.

 

            Aura y yo entramos en la casa. La estancia tan sólo estaba iluminada por el fuego que ardía en la chimenea por lo que en ese momento no pude ver el interior con claridad.  Pero sí los vi a ellos, ante nosotras se encontraban dos hombres.  Uno de ellos, el que parecía más joven, se acercó a Aura y le cogió las manos sonriendo, ella le respondió también con una amplia sonrisa.  Ambos parecían complacidos, cuando se tocaron las manos sentí como la habitación se llenaba, se impregnaba más bien, de una atmósfera cálida y serena, era como si el Amor flotara en el aire, como si el Amor fuera otro Ser dentro de la casa.  El otro hombre permanecía de pie frente a la chimenea, observando la escena; por la expresión de su rostro, por su mirada, me daba cuenta de que él podía sentir lo mismo que estaba sintiendo yo.  De repente, lo reconocí: era el hombre que yacía en la entrada de Agartha.  Él también pareció reconocerme a mí, pero ¿cómo? la única vez que lo había visto estaba inconsciente o, tal vez, dormido, fue imposible que me viera.  La voz de Aura me devolvió a la realidad.

 

            - Violeta, él es Asier – me dijo Aura señalando al hombre joven – nos acompañará durante nuestro viaje.

            - ¿Viaje? ¿Qué tipo de viaje haremos? – me pregunté a mí misma. En pocos segundos pasaron por mi mente mil y una posibilidades; mi imaginación se echó a volar, algo que, por otra parte, no era infrecuente en mí aunque he de reconocer que no me faltaban motivos.

            - Sí, iremos de viaje, más bien de paseo porque iremos caminando – repitió Aura, que parecía leerme el pensamiento.

            - Como te he dicho antes, Asier nos acompañara y también lo hará su amigo. Te llamas Rodrigo, si no recuerdo mal – dijo Aura dirigiéndose al otro hombre.  Él asintió con la cabeza.  Tanto él como yo permanecíamos en silencio.  Silencio, aparente silencio, silencio… Pero mi cabeza bullía, tiempo más tarde Rodrigo me confirmó que él, tal como yo había supuesto, se encontraba en el mismo estado.

 

            Pasamos todo ese día en la cabaña.  Aura y Asier nos contaron historias sobre Agartha; sin embargo, no dieron respuesta a muchas de nuestras preguntas prometiéndonos contestar todas ellas a su debido tiempo. Sabía muy poco sobre el mundo de Aura, desconocía si ella había nacido allí o si había accedido a ese lugar en algún momento de su vida.  Ella me había advertido el primer día que me olvidara de todo lo que había leído sobre Agartha, que borrara de mi mente todo lo que creía saber sobre ella; me había dicho también que, poco a poco, iría comprendiendo qué significaba y qué representaba Agartha.

 

No comimos apenas nada durante ese día, tan sólo ingerimos algo semejante a zumo de uva  que Asier parecía sacar de la nada y una especie de pan de centeno recién horneado.  La voz rítmica y armoniosa de Aura, los gestos de Asier, confirmando las palabras de la mujer, que más parecían mudras que simples movimientos de manos o de cabeza, el olor a sándalo que emanaba de la chimenea, la deliciosa bebida que nos ofrecían, me hacían sentir que estaba participando en una especie de iniciación, que estaba tomando parte en un ritual iniciático.  Miraba a Rodrigo como buscando confirmación, pero él estaba extasiado, sus extraños y profundos ojos oscuros brillaban intensamente, fijos en el rostro de Aura.  Y de nuevo el sonido vibrante, como de grillos, comenzó.  Al principio apenas se notaba pero, al poner en él mi atención, aumentó de intensidad y de “brillo”, y digo brillo y lo entrecomillo porque no encuentro palabra alguna que lo defina mejor.  La voz de Aura y la vibración se fundieron.  Me desperté al día siguiente cuando ya empezaba a amanecer, me esforzaba en recordar, vano intento, cómo había llegado a la cama en la que me encontraba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver al menú de Agartha Menú Abraxas

Mapa Web

Anterior   Siguiente

-1-  -2-  -3-  -4-  -5-  -6-  -7-  -8-