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           Capítulo Uno

             El día amaneció claro, me invitaba a salir al bosque y pasear largamente; metí algo de comida en una mochila y partí.  Caminaba despacio, me apetecía contemplar el paisaje que ante mí se abría; si alguna flor, algún árbol, algún pájaro me llamaba la atención me detenía para poder sentirlo profundamente.  No tenía rumbo, ni prisa, ni plan alguno.

             Muchas veces había paseado por esos caminos pero ese día parecían nuevos.  Descubrí un sendero medio oculto entre unos castaños y decidí seguirlo.  Llevaba media hora caminando cuando me di cuenta de que el paisaje cambiaba, la vegetación se hacía cada vez más espesa y la hierba, las hojas, el cielo brillaban con mucha más intensidad.  Oí el rumor de aguas, siguiendo el sonido llegué a un riachuelo; me senté en una piedra cerca de la ribera, hundí mis ojos en él y lo contemplé largamente. Sentí una sed sin medida, sed de esas aguas, de ese río, de alguna forma entendía que sólo bebiendo de él podría calmar esa sed así que metí mis manos y bebí.

             Desperté cuando ya el sol estaba muy bajo.  Me incorporé extrañada. De repente reparé en unos ojos que me miraban sonrientes; frente a mí, a unos pocos metros, una anciana me sonreía complacida. Era menuda y ágil, su cabello era completamente blanco, sus ojos grises, intensos, bondadosos; su tez blanquísima y sonrosada, pocas arrugas surcaban su rostro; sin embargo, no cabía duda de lo avanzado de su edad.

            - Has dormido muchas horas. - Me dijo .

- ¿Cómo es posible? - Le pregunté, dando por sentado que esa mujer tenía las respuestas que mi mente empezaba a exigir.

- Tendrías mucho sueño. - Contestó mientras  lanzaba una sonora carcajada.  Su risa era alegre y contagiosa por lo que pronto yo también reía sin saber por qué, no tenía motivos pero la risa de esa anciana me alegraba el corazón.

 - El río te ha invitado a beber y lo has hecho.

 - ¿El río me invitó?

 - Por supuesto, no lo dudes, ¿acaso no sentiste sed de sus aguas, una sed que sólo podía ser calmada bebiendo de ellas?

 - Sí, así fue. - La anciana no dejaba de sonreír.

 - Pero ¿cómo es posible? Nunca oí hablar de un río así.

 - La vida está llena de misterios y el bosque rebosa vida así que no te extrañes ni te sorprendas tampoco, acepta estos pequeños misterios como regalos que la vida te ofrece. 

 - ¿Regalos? ¿Qué me regaló el río, anciana?

 - ¿Es que aún no te diste cuenta? - La  mirada de la anciana era ahora profunda y severa aunque seguía siendo bondadosa.  Yo me sentía confundida y extrañamente alegre.

 - Me siento feliz y no tengo motivos, ¿acaso me ha regalado el río la felicidad?

 - ¿Crees que no tienes motivos para ser feliz? - La anciana comenzó a caminar, yo la seguía haciéndole pregunta tras pregunta, ella respondía a algunas, ignoraba las que más y se reía a carcajadas apenas formulaba otras. 

             - ¿Cómo te llamas? - Me preguntó de repente. Abrí la boca para contestar pero ningún sonido salió de mis labios. 

 - ¿Cómo me llamo? - Por unos instantes había olvidado mi propio nombre.

 - Me llamo Violeta. - Respondí aún confundida.

             - ¿Te costó trabajo recordar tu nombre, Violeta? – Me miró aún más profundamente, parecía escudriñar los recovecos más profundos de mi Ser.

 - Sí. –Respondí. - Por un momento no me acordaba de mi propio nombre. 

 Cruzamos al otro lado del río saltando de piedra en piedra. La seguí como una autómata, tuvo que ser así porque de no serlo yo no hubiera cruzado por esa parte del río.  Una vez en la otra orilla seguimos por un sendero apenas visible en la húmeda tierra; ramas de árboles y helechos se interponían continuamente en nuestro camino.  Caminábamos a buen ritmo, la anciana parecía no cansarse, a duras penas podía yo mantener su paso.  Finalmente, agotada, me apoyé en un árbol para descansar, ella se detuvo. Durante unos instantes permanecimos en silencio; yo la observaba de reojo.

  - Tómate todo el tiempo que necesites. - Me dijo. - No tenemos ninguna prisa.

  - Gracias. - Le respondí a la vez que apoyaba mi cabeza en el tronco. Después de unos minutos me sentía en condiciones para reanudar la marcha.   La anciana canturreaba mientras andaba, la melodía parecía sumirme en un extraño sopor que me hacía, no obstante, muy consciente de todo lo que acontecía fuera y dentro de mí. Varios  kilómetros más adelante el camino se bifurcó.

  - Elige el que quieras.

 - ¿Cómo? - Exclamé sorprendida. - Pensé que nos dirigíamos a un lugar concreto.

 - Y ¿quién te dice que no es así? Es sólo que tienes que encontrar el camino, tienes que encontrarlo tú.

 - ¿Qué ocurriría si no lo encontrara?

 - ¡Oh! No pensé en eso. - Me dijo con una sonrisa. - Elige el camino, Violeta.  Deja que tu corazón dirija.

 Mi corazón… podía oír sus latidos; estaba temblando.  No sabía con qué camino quedarme. Dejé que mis ojos vagaran sin fijarse en nada con detenimiento.  De repente la vi.  Oculta entre árboles y marañas de hierbas, majestuosa, la piedra parecía surgir del suelo; enorme, imponente y fascinante me atraía como un imán invisible y poderoso.  Me dirigí a ella con pasos firmes y seguros, ¡ya había encontrado el camino!

              - ¡Hacia allí! - Le dije a la anciana señalando a la piedra. - ¡Debemos ir hacia allí!

            Apenas la hube alcanzado no pude contener un impulso fortísimo que me obligó a abrazarla.  Un cosquilleo suave se inició en mi frente, mi cráneo parecía partirse en dos pero mi corazón estaba sereno.  La enorme mole comenzó a vibrar.  Al principio la vibración era casi imperceptible pero fue aumentando de intensidad a la vez que un sonido, como de grillos, inundaba no sabía si mi cabeza o mis oídos.

 La piedra se abrió por la mitad.  Unas escaleras excavadas en ella conducían hacia abajo.  No pude dejar de asomarme; no lograba ver nada; abajo, la oscuridad era absoluta.

  - ¡Vamos! - Oí a mis espaldas.- Te está esperando.

  - ¿Quién me espera? - Pregunté - ¡Ah Violeta...! - Fue todo lo que dijo mientras me empujaba suavemente dentro de la piedra.

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