Primera obra del investigador alicantino, que se define como
entidad biológica intelectiva.
Expone una heterogénea casuística de cosecha propia. La reluciente portada, con tentadores
reclamos, presagia el nivel de contenidos.
Apariciones, submarinos nazis en Benidorm, pinturas rupestres o la anatomía de un chupacabras,
conviven y enlazan con la fenomenología OVNI ortodoxa. El único nexo de unión es la falta
de rigor analítico. Todo ello salpicado con impertinentes toques de moralina cursilera
y nada sutil. Se acusan numerosas faltas ortográficas y errores de impresión.
En virtud del sentido crítico del mercado, es improbable que tengan oportunidad
de hallar corrección en futuras ediciones.
El libro comienza con un cursillo acelerado de aeronáutica y en posteriores capítulos
deriva hacia infundadas hipótesis sobre mecanismos de propulsión OVNI. Las entrevistas
a los testigos se prolongan inútilmente para mayor hastío del lector.
Enturbian la cuestión de fondo, delatando escasa capacidad de síntesis, y se aprovecha
la coyuntura para revolotear entre temas tan aislados como la guerra civil,
el chamanismo budista o anhelar un edulcorado diálogo con los
centenarios congéneres
que forman los bosques. Es patente la ausencia de escrúpulos en amontonar testimonios.
Todas las declaraciones son definitivas y equivalentes. No importa si son mocosos,
un octogenario cuya experiencia se remonta setenta años atrás, o un comandante anónimo
de líneas aéreas. Hay contados casos curiosos pero, debido al voluble tratamiento
y marcada predisposición del autor a encuadrarlos dentro de su marco de creencias,
carecen de objetividad y contribuyen al sopor derivado de la burda literatura.
Adornan el conjunto un cuestionario sugestivo y una fútil encuesta local,
que ostenta un carácter
más global por la concurrencia de turistas en la explanada
de Alicante. La narración se ambienta con intrigas detectivescas; pretexto descarado
para exhibir sus dotes de investigador.
Entre consejos y trucos, avisa de los peligros
que conlleva la búsqueda de la verdad y mantiene el suspense con un avance de sus
próximas entregas, entre las que destaca un estudio sobre despojos del Tercer Reich
refrendado por un confidente secreto.
El abanderado rigor no impide arremeter contra
sectores escépticos. Arrojando más soberbia que razonamientos sólidos, desprecia sin
ningún apoyo argumental los resultados obtenidos tras la acreditada revisión del
expediente Manises. Misma suerte corre la célebre desclasificación militar, a pesar
de la cual se persiste en insinuar artimañas ocultadoras de variada índole.
Lástima que para esquivar debates directos e impedir contrastar informaciones,
no se mencionen los autores de sendos estudios. Asimismo se fulminan sucesos
tan emblemáticos como la oleada belga de 1989-91, que atribuye a maniobras encubiertas
de los ,entonces recién presentados, aviones Stealth norteamericanos.
Se agradece un apartado testimonial dedicado a repasar someramente algunas causas
habituales de confusión visual. Pero rápidamente se apresura en reducir su incidencia.
No obstante, planea la incógnita de si el repentino empeño en esgrimir criterio severo
es puro protocolo o una coartada. Se anuncian conclusiones atrevidas, aunque apenas
retoza entre trasnochadas divagaciones sólo preservadas por elementos pintorescos.
Entre otras opciones, se barajan
ingenios mecánicos, aeronaves espaciales,
civilizaciones perdidas, dioses y demonios, etcétera. Nada especialmente rompedor.
Como es habitual, tan contundentes teorías llegan huérfanas de cualquier explicación.
El fondo de éste comentario no yace en la disparidad de opiniones, sino en su presuntuosa
solemnidad y falta de razonamientos para alegarlas. Lo lamentable es vender como trabajo
investigativo una incitación al esoterismo de quiosco. Y tampoco consigue distraer.
Mención especial merece la entrevista del epílogo, convertida en púlpito improvisado
para someter al fatigado lector a un sermón no requerido. Sin embargo, resulta
la sección menos aborrecible merced de varias preguntas disonantes que diluyen
la asfixiante parcialidad. Durante el sorpresivo espectáculo, ni la estridente
vehemencia impide que algunos postulados naufraguen en la abyección.
- Se declara testigo de OVNI genuino, sin posibilidad de objeción.
- Carga sobre nuestras conciencias la timidez de los visitantes por culpa de nuestro
comportamiento simiesco.
- Adjudica al fenómeno una misión recreativa –tipo atracción de feria– cuyo cometido
es entretenernos con sus revolucionarios sistemas de navegación aeroespacial.
- Arguye pruebas demoledoras –algunas pinturas antiguas– para barruntar que la
humanidad es un subproducto de laboratorio platillista cuyas técnicas de supervivencia
y reproducción son fruto de la instrucción directa de los acróbatas espaciales.
- Extrapola crudamente pasajes religiosos para contagiar un miedo reverencial y alerta
de ir contra las avenencias de nuestros superiores evolutivos.
- Rebate a Darwin con una flamante cronología de la evolución que desvela el origen
del progreso humano. Y es que todo empezó hace siglos gracias a un cuidadoso
plan diseñado por los tímidos celadores para la instrucción de seres menos
evolucionados, que vivían en cavernas, trabajaban la piedra toscamente, etc.
Conmueve descubrir en nuestra esencia a un pedigüeño arropado por la caridad
de una ONG cósmica.
- Presenta sociedades primitivas o extintas como alumnas aventajadas de nuestros
tutores sobrenaturales.
- No vacila en compararse con Jesucristo, Gandhi y la madre Teresa de Calcuta.
La liturgia desemboca en una arenga sobre la manipulación que padece el populacho.
Finalmente se reconoce objetivo del gobierno porque atesora informaciones reservadas.
Amenaza con regresar.
Pedro León