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tango

El tango es uno de los símbolos de la Republica Argentina. Este particular baile y su música, que nació en los suburbios porteños, atravesó las fronteras llegando a ser conocido y admirado en Europa y en Japón.

Lo curioso es que no toda las personas que enseñan o admiran la mística de este baile conocen sus orígenes y contenido africano.

El siguiente texto nos dará la oportunidad de conocer un poco sobre sus orígenes:

 

Buenos Aires, octubre de 1997

JUAN CARLOS CORIA

 

APORTES DE LOS NEGROS AL TANGO

            Todos los historiadores y especialistas serios en la historia del tango (Gobello, Bevilaqua, Carretero, Ferré) coinciden en reconocer a los negros una parte importante en las etapas iniciales de la formación musical de esta música ciudadana.

            Del tradicional candombe se pasó a la habanera, para luego llegar al tango americano, sin olvidar al fandango, luego al tango argentino y desembocar más tarde en la milonga y finalmente en el tango.

            Esta sucesión de etapas superadoras tiene su tiempo cronológico desde la época hispana, pero para hablar de tango hay que llegar al último cuarto del siglo XIX.

            Ya en la época rivadaviana en los teatros porteños se hacían representaciones teatrales con números de bailes, presentando parejas de negros bailarines de tangos negros. En realidad se trataba de bailes negros adaptados al público blanco de aquel entonces. Pero en las afueras, el pobrerío, hacía una verdadera transculturación entre la música europea, la música negra y la nueva sensibilidad que iba naciendo en el proceso de asimilación mutua y recíproca de fuentes tan separadas y hasta opuestas. El negro aportó el ritmo de sus tambores, la coreografía de la pareja separada y el criollo (gaucho), el tiempo musical de sus canciones. Posiblemente en los primeros tiempos hayan predominado los aportes negros, por ser más vigorosos y esto no es una mera suposición, ya que el fandango y la habanera, a pesar de tener sus raíces africanoides, sufrieron en el Plata modificaciones y adaptaciones a la realidad sociológica y antropológica, de la población que abarcaba a la raza negra, la aborigen, la infinita variación de las castas y los blancos.

            Ese fino y al mismo tiempo sutil y largo ensamble musical y coreográfico hizo su aparición de manera más evidente en los carnavales, con posterioridad a la batalla de Caseros, donde los negros fueron dejando de lado de manera casi imperceptible el baile tradicional, como fue el candombe, para ir incorporando nuevos ritmos que tenían y tuvieron apoyo y buena repercusión entre el público. Esta es la etapa de la gestación de la milonga donde confluyen de manera casi imperceptible, pero de consecuencias posteriores, la música del folclore, la música negra y la música europea por intermedio de la habanera.

            Aun sin compartir de manera total, las opiniones de Rossi o de Lynch, hay que tener en cuenta sus palabras por ser testigo uno y estudioso el otro, de la realidad social. Ambos coinciden en que la milonga es una innovación creadora de toda la música popular que se escuchaba hasta 1860-1870, agregándose, a decir del primero, el repentinísimo creador y orillero rioplantense. Esto es refrendado por el segundo, al decir que la milonga es el baile de los integrantes del chusmaje, pobrerío y compadraje del suburbio capitalino. La gran innovación consistió en integrar la pareja de bailarines suelta, danzando abrazada, pero como el ritmo era demasiado vivaz y solo apto para expertos bailarines, se hizo necesario relantizar, o sea, bajar la velocidad, para que de esta manera los ineptos, inexpertos (hay que considerar la cantidad  de hombres solos inmigrantes que necesitaban un rato de solaz y esparcimiento), pudieran ingresar al baile, cubriendo las figuras mínimas de la coreografía elemental.

            Esta necesidad de adaptación dio lugar a la aparición del tango americano, que luego fue llamado tango argentino y más adelante sencillamente tango.

            En este nuevo baile se combinaron partes de la coreografía del candombe, donde existió la creación de pasos por parte del hombre y de la mujer para configurar un todo armónico, más los pasos de la música europea de salón. Esa suma dio lugar a una simbiosis coreográfica donde también estuvo presente la herencia de los bailes negros, hasta que fuera desplazada o superada con el tiempo y la creación repentista de cada uno y todos los bailarines.

            Este proceso de adaptación paulatina se llevó a cabo en los lugares más diversos, como fueron los ranchos de las chinas cuarteleras, las academias, los patios de tierra de las pulperías o los salones enladrillados de los almacenes barriales. En todos ellos era posible encontrar al chinetaje, los lunfas, la soldadesca, los carreritos y de manera cada vez más frecuente a los niños bien, que para rematar la noche, atiborrachos de alcohol, sexo y baile, patoteaban por las calles porteñas. Todavía no había desaparecido el negro, o su influencia, pero como sombra supérstite, no como figura de primer plano.

            También es posible rastrear la influencia negra en el tango, buscando el origen y la aplicación de esta palabra. Para Ortiz Oderigo es la corrupción de la palabra yoruba Shangó. Con ella se designa al dios del trueno y las tempestades en la mitología nigeriana. También es el dueño de los membranófonos. Ellos fueron los marcadores iniciales del ritmo desde donde derivó el tango actual. Por su parte Carretero, ha rastreado la palabra tango y ha encontrado 23 acepciones, pero mayoritariamente indicadoras de baile, lugar de baile, practicado en lugar cerrado. Todo ello encierra la idea de un baile popular, celebrado dentro de determinadas pautas culturales.