Ghardaia

Ciudad argelina fundada en el siglo XI. Ocupada por tropas francesas en 1854 y  finalmente anexionada por Francia en 1882.


Verano de 1982

Justo un siglo después de su anexión a Francia nos dirigíamos a Ghardaia, desde Ouargla, a bordo de un Volkswagen Passat alquilado en Argel. El vehículo iba cargado con cinco pasajeros, y nuestro correspondiente equipaje. El silenciador del tubo de escape, que iba rozando el suelo; ya lo habíamos perdido en un tropiezo con un socavón de la carretera y de forma provisional había sido reatado con pedazo de alamble oxidado por un hospitalario aldeano del Atlas Oriental.

Hacía varios días que viajábamos conduciendo por turnos aquel coche fabricado en Brasil. Atrás habían quedado Biskra, Touggourt y hacía pocos minutos que habíamos salido de Ouargla. Al volante la conductora de turno, la velocidad era de 90 km/h, la carretera: una cinta recta de asfalto de unos seis metros de ancho atravesada, de sur a norte, por una tenue neblina de arena. De pronto, un hueco de no más de medio metro apareció rompiendo la continuidad del asfalto, justo en la trayectoria de las ruedas del Passat. Para evitar, otra vez, la perdida del inseguro silenciador,  la conductora pisó fuerte el pedal del freno. La carrera de los muelles de la suspensión parecía no tener límite. El coche se salió de la calzada por la derecha clavando las ruedas del flanco derecho en la arena del desierto. El Passat rodó lateralmente cuatro o cinco vueltas hasta que quedó con las ruedas hacia arriba y con el motor en marcha. Los pasajeros salimos por los huecos que habían dejado el parabrisas y el vidrio trasero, perdidos en una de las vueltas. La fina arena los había conservado íntegros unos metros más atrás.

Mientras todo giraba me oí decir a mi mismo: "¡Se acabó el viaje!" No fue del todo así; una vez más, hospitalarios argelinos nos llevaron hasta Ghardaia, en un autobús de turistas italianos; y, desde allí volvimos en avión a Argel.

En la gendarmería de Ouargla, donde había hecho mi declaración del accidente, -el automóvil se había alquilado a mi nombre- un amable gendarme de guardia me mostró una pared cubierta con fotos de  camiones y otros vehículos destrozados en accidentes ocurridos en aquel municipio. Me comentó que habíamos tenido mucha suerte y que no me creía cuando expliqué que íbamos a 60 km/h, como prescribía la señal de tráfico  para aquel tramo de carretera.

Desde aquel verano de 1982 tengo mucho respeto y precaución cuando me pongo al volante de un coche y me siento inseguro cuando son otros los conductores del vehículo en el que viajo.

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