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La visita inoportuna Una
historia real, por Miguel Pastor, Septiembre,
2002
Han pasado
varios años pero recuerdo con gran nitidez aquel día, era lunes,
cuando recibí la primera noticia de la fatídica enfermedad que
afectaba a mi primo. Estaba trabajando en la oficina cuando se me
acercó un colega de otro departamento y discretamente me preguntó:
-¿Cómo está
tu primo?; ¿és verdad que lo han ingresado para operarle
urgentemente de un tumor en la cabeza? .
No tenía la
menor noticia de que mi primo tuviese algún problema. Había hablado
con él, pocos días antes y no me había hecho el menor comentario
referente a su salud, así que respondí:
- No sé nada, preguntaré
esta tarde a sus familiares y ya te informaré..., agradezco mucho tu
interés.
Esa misma tarde hablé con
la hermana de mi primo, ésta me confirmó que su hermano había pedido
permiso en el trabajo, el viernes anterior, para ir a recoger los
resultados de una biopsia; y, que al confirmarse la gravedad y
extensión de un melanoma los médicos le habían ingresado ese mismo
día para ser intervenido de inmediato.
Quince días después fuimos
a visitarle a su casa, le habían extraído el melanoma, una verruga
plana de un centímetro de extensión, oculta por el cabello detrás de
la oreja derecha. Una cicatriz alarmante le describía una línea
curvada de unos treinta centímetros de longitud que le recorría la
parte derecha del occipital bajando por el cuello y llegaba hasta el
hombro cerca de la axila derecha. Este no es lugar donde tratar la
causa del cómo llegó a desarrollársele tanto un melanoma, del cual
él ya había sido visitado un año antes, ni del porqué de un
diagnóstico erróneo que permitió al melanoma extenderse a una cadena
de ganglios, cuya extracción habían causado aquella gran
cicatriz.
Semanas después de la
intervención quirúrgica los médicos confirmaron que el tipo de
melanoma era de los "peores", con 94% de posibilidades de
reproducirse. Él nos comentaba que había quedado "limpio" y
que sólo como medida preventiva le administraban interferón. Pero él
decía entre sus allegados que "le quedaban pocos
telediarios".
Mi primo murió a principios
del verano de 1999, no sin antes despedirse a su manera de
aquellos que habíamos significado algo para él. Incluso se las
ingenió, pocas semanas antes de su muerte, para visitar y dar su
último adiós a la que había sido casi durante treinta años su máquina y su puesto de trabajo.
No quiero acabar esta
historia sin referirme a un hecho significativo que él mismo me
contó. Cuando mi primo ya había sido informado de que tenía los días
contados y puesto que estaba de baja laboral por enfermedad;
encontrándose en ese estado de choque emocional que supone saber que
se tiene tan próxima la muerte; se presentó en su domicilio una
"inspectora" de la mutua contratada por la empresa donde
trabajaba; se trataba, al parecer, de una visita rutinaria para
verificar la "realidad" de la enfermedad de mi primo, él la invitó a
salir de su casa de forma no muy educada diciendole
premonitoriamente,
-"Que no estaba
dispuesto a perder el tiempo atendiendo a visitas impertinentes, ya
que le quedaban poco más de tres telediarios".
Cuando me contó que había
recibido esa visita, me impactó la falta de humanidad que crudamente
se evidencia cuando se supedita la salud de las personas a los
intereses pecuniarios de las aseguradoras. En este caso la
aseguradora se cuidó de enviar una empleada a realizar una visita
tan inoportuna y desagradable como la de la misma muerte que le
precedió pocos meses después.
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