A Pilar Cañete, Conchita Gimeno y Julita Díaz,
que me abrieron ventanas a las cosas, ampliaron
mi mundo y me crearon esta irremediable adicción
a la lectura de la que espero no curarme nunca.
A ellas, porque merecen saber lo importantes
que han sido y son en mi vida.
A ellas, por el inmenso cariño que les tengo.
"ELLAS"
Si alguna vez el hacha del olvido seccionara mis recuerdos,
lamentaría perder los rostros de aquellas mujeres que tanto han significado
en mi vida.
Si alguna vez se mutilase mi memoria y me fuese concedido el don de rescatar
únicamente los momentos más mágicos de mi infancia, debería
colocarlas en muchos de ellos, porque fueron mis maestras quienes despertaron
en mí la curiosidad por las cosas. Ellas quienes agrandaron mi mundo
de niña y ampliaron mis fronteras más allá del pueblo pequeño
donde yo vivía.
No puedo imaginar mis primeros años sin su mirada de ánimo, ni el brillo de satisfacción de sus ojos ante cada pequeño descubrimiento. Su certeza era mi estímulo. Su confianza en mí, el impulso para actuar. ¿Cómo pudieron siquiera suponer que aquella niña torpe y grandota llevaba dentro de sí tantos mundos? Y, lo que es más importante: ¿cómo consiguieron transmitirme la fuerza necesaria para descubrirlos?
No sé cómo serán los primeros días de escuela para
otros niños, pero para mí supuso el premio tantas veces prometido:
"En la escuela aprenderás a leer los cuentos tú sola, sabrás
contar, te enseñarán a bordar y a coser, dibujarás con
pinturas de colores..." ¡Dios mío, cómo me latía
el corazón, calle abajo, al lado de mi madre! Con qué alegría
se aferraban mis manos a la mochila verde, llena con toda la brisa de los sueños,
con toda la ilusión y las esperanza de quien iba a ser iniciada en un
rito de adultos! "En la escuela aprenderás a leer tú sola"
No podía imaginar nada mejor.
Recuerdo lo rápido que pasó la primera
mañana y la voz cálida y acogedora de doña Pilar: "Aquí
cosemos por la tarde. Tú ¿qué quieres hacer?." Dudé
un segundo. "¿Puedo bordar una sábana?", pregunté.
Había visto bordar tantas y tantas veces a mi madre con su bastidor de
madera... Admiraba la habilidad y ligereza de sus manos. Veía surgir
de ellas las flores de colores que tanto me gustaban. Así que, cuando
la maestra me preguntó, decidí aprovechar la ocasión: "¿Puedo
bordar una sábana, como mi mamá?". Sonrió, bastante
divertida. Me pareció que iba a reírse, pero se lo pensó
mejor, fingió ponerse seria y me explicó: "Bueno, creo que
muy pronto, muy pronto, podrás. ¿Qué te parece si mientras
tanto hacemos algo más pequeño, eh?". Aquello me decepcionó
un poco, pero no iba a rendirme el primer día. "Está bien:
¿puedo hacer un almohadón?". Se mordió los labios,
para que no se le escapara la risa. "Yo había pensado en otra cosa:
un pañuelo, por ejemplo". Me encogí de hombros. Acepté:
"Si va a tener flores..." "Claro: muchas flores, muchísimas".
"Es que a mí me gustan". "A mí, también".
Lo mejor de su respuesta fue lo que no me dijo: no dijo que mi idea era descabellada,
ni rechazó mi propuesta como hubiese hecho cualquiera. Simplemente se
limitó a hacerme saber que todo era posible, pero requería su
tiempo. Cualquier otro adulto se hubiese escandalizado: "¿Estás
loca? ¿Cómo se te ocurren esas cosas, si nunca en tu vida has
cogido una aguja?", me hubiesen dicho. Ella, no. Como si lo que yo proponía
fuese lo más natural del mundo. Para mi primera maestra no había
nada imposible. Bastaba con que uno lo desease y se esforzase por conseguirlo.
Un día les hizo un examen de Religión a las mayores. Una de las
preguntas las traía pensativas. ¿Cómo son los ojos de la
Virgen?. "Verdes", "Azules"... A mí me sonaba algo
así. Alguna vez había escuchado rezar "esos tus ojos misericordiosos".
Sí, tenía que ser eso. Y , sin que nadie me preguntase, respondí:
"Pues ¡cómo van a ser! : misericordiosos". Se hizo un
silencio que podía cortarse y, al final ella, con un asombro infinito
en sus ojos, con una profunda admiración dijo: "Sí, son misericordiosos".
Aquello no acabó allí. Quiso hablar con mi madre y ésta
no las tenía todas consigo. ¿Qué podía haber hecho
yo para que la llamase a ella?. Yo no acertaba a explicarle que no había
hecho nada malo. "¿No le habrás contestado?". Pues sí:
le había contestado, sin que me preguntase. Pero no quería hacerlo.
Sólo que la respuesta se había llegado a mis labios y yo no había
podido hacer nada para evitarlo. Me había dado alegría, tanta
alegría, el proceso de pensar un momento, atar cabos y dar con la solución...
Cuando mi madre llegó a la escuela escuchó algo para lo que no estaba preparada: a mi maestra le habían hecho esa pregunta en las Oposiciones y no la había sabido responder. Y, sin embargo, aquella niña de cinco años... Doña Pilar estaba feliz. Adivinaba en mí cualidades que yo debía desarrollar. A mí me parecía que no era para tanto. Simplemente: me gustaba observar cada detalle de la gente y de las cosas. Y cavilar, sacar conclusiones. Era curiosa por naturaleza. Todo me interesaba. Casi todos los niños suelen ser así. Sin embargo, Doña Pilar pensaba que la curiosidad es lo más importante para el aprendizaje. Un niño que no sienta curiosidad nunca aprenderá gran cosa. Debo decir que ella se encargaba de despertar y encauzar la nuestra.
Se admiraba de cosas que para mí eran sencillas y me hizo creer que yo
era alguien especial. Nos hacía ver nuestras cualidades y nunca olvidaba
señalar nuestros avances: "Caramba, qué bien le ha salido
esta hoja a Marisol. ¿Habéis visto la cenefa de Anita? ¡Qué
rótulo más bonito, Mª Ángeles!..." ¿Cómo
no querer a alguien así? En cuanto a mí, estaba encantada con
las clases. Al ser una escuela unitaria, compartía pupitre con alumnas
más mayores. Para algunas era su último año de escolaridad,
pues habían cumplido los catorce años. Se les asignaba la tarea
de ocuparse de las pequeñas, cuando ellas habían acabado sus ejercicios.
Les gustaba darnos órdenes, sentirse superiores. Las mirábamos
con envidia, porque poseían conocimientos inalcanzables para nosotras.
Y, lo que era mejor: les dejaban leer los libros de la estantería más
alta, que estaban prohibidos para las demás. ¡Qué bien leían!
Cada tarde, por turno, mientras cosíamos, retomaban la lectura del día
anterior y yo me quedaba embobada oyéndolas. Era incapaz de concentrarme
en la costura, pues los ojos huían a países lejanos, a mares que
no había visto, a montañas que nadie había descubierto,
a reinos lejanos donde habitaban reyes y reinas, príncipes y princesas,
seres fantásticos e increíbles, magos y genios, hadas... Imaginaba
las historias que escuchaba y me quedaba absorta con el dedal en una mano y
la aguja en la otra. Mi maestra solía bajarme de las nubes, con afecto.
Pero yo sabía que a ella también le gustaba oír la lectura.
Lo mejor era cuando tomaba el libro y leía en voz alta. Entonces sí
que me quedaba embobada. Qué envidia me daba : cómo quería
llegar a leer así.
Aquellos ratos de lectura, la sensación de estar participando en un rito
mágico, el recuerdo de aquellas tardes de otoño y de invierno,
cerca de la luz de la ventana, me acompañan siempre. La voz de Doña
Pilar, la de Doña Conchita y la de Doña Julia se superponen en
mi mente. Una tras otra fueron tomando el relevo en la escuela y en nuestras
vidas. Una tras otra fueron ayudando a amontonar experiencias y conocimientos
a la niña que fui. Las tres me regalaron tardes maravillosas de lectura,
porque las tres adoraban leer. Para ellas, la lectura era puro placer, un premio.
Cuando cogían el libro en sus manos se producía el milagro: convocaban
a la magia. Y era como si todos los personajes de los cuentos se sentasen a
tu lado y fuesen tan reales como tu compañera de pupitre.
Cuando se fue Doña Pilar, llegó Doña Conchita. Era dulce
y buena con nosotras, pero firme y severa a la vez. Tenía esa rara paciencia
que nos hace más llevaderos los fracasos. La paciencia de explicar las
cosas sin alterarse, incluso cuando nos habíamos despistado del desarrollo
de la clase.
Lo que para otros adultos hubiese sido un auténtico desastre, para ella
era un motivo de reflexión. Te hacía pensar sin casi darte cuenta
y conseguía que vieses el fallo, como si tú sola lo hubieses descubierto:
"¿Por qué crees que has escrito esto?" Y tú le
explicabas. "¿Estás segura?" Una, terca y tozuda, intentaba
justificar lo injustificable y, milagrosamente, se iba abriendo la luz y sabías
que aquello no podía ser así. Y cuando encontrabas la solución
correcta, solía premiarte de mil formas distintas: algún cromo,
un recorte de alguna revista...Pero el mejor de los premios, la mejor de las
recompensas era su sonrisa. Sonreía, porque reconocía en nuestro
trabajo su esfuerzo. Porque aquel pequeño logro era suyo también.
Y se alegraba contigo. Ella sonreía. Como si el hecho de ver discurrir
nuestros cerebros infantiles le complaciese más que un buen helado de
vainilla.
Como a doña Pilar, le gustaba la lectura, y continuó con la costumbre
de permitir que las mayores nos leyesen por las tardes a la hora de la costura
. Lo hacían bien, claro, pero yo prefería escucharla a ella. Vivía
las historias. Modulaba la voz según los personajes, cambiaba de ritmo,
aceleraba la narración cuando la historia se ponía interesante
y tiraba del hilo de nuestra atención con una increíble facilidad.
Siempre me ha gustado escuchar historias. Los buenos narradores me parecen tan
valiosos como el mejor de los diamantes. Hay mil luces en los ojos de quien
narra, o de quien recita con sensibilidad. Mil mundos para asomar a la mirada.
¿Cómo no sentirse atrapada en las historias, cómo no sentir
que había mil ventanas tras las tapas raídas y multicolores de
los escasos, pero importantísimos, libros de la escuela?.
Nos gustaban los recreos, porque jugaba con nosotras al corro, a la comba...
Y no le importaba sujetar la cuerda para que saltásemos. Cantaba las
canciones de comba y reía cuando nos atrapábamos unas a otras.
Tenía una risa fresca y limpia, alegre y contagiosa que iluminaba el
mundo.
Si llovía mirábamos con pena los cristales en los que el agua
de la lluvia iba dibujando caminitos para nuestra impaciencia. "Hoy no
vamos a ir al recreo", nos decíamos unas a otras con pena. Pero
entonces nos bajaba los juegos de lo alto del armario y nos desplegaba el tangram
sobre el suelo de la entrada. Al principio, había que conformarse con
observar a las mayores, pero poco a poco íbamos aprendiendo a componer
las figuras y a formar las imágenes de los modelos. Aunque no lo sabíamos,
era un buen ejercicio de lógica y nos ayudaba a pensar. Todo, por divertido
que pareciese, tenía su utilidad. Todo servía a un mismo fin.
Sensible y afectuosa, agradecía cada pequeño detalle, cada minúsculo
y espontáneo regalo. Y cuando llegó su cumpleaños, nos
hizo una fiesta y nos invitó a tomar unos dulces. Fue estupendo. Nos
pareció una forma de darnos las gracias y nos encantó la idea.
Había guardado el secreto, lo había preparado tan a escondidas,
que resultó muy agradable. Cantamos y la felicitamos. Nos reímos
y jugamos con ella. La verdad es que los buenos momentos no duraron mucho. Le
dieron el traslado y nos quedamos de nuevo sin maestra. Cuánto la echaba
de menos. Cuánto.
Algunas veces, en primavera, cuando hacía buen
tiempo y el calor se hacía insoportable en el aula, nos hacía
sacar las mesas al patio y nos sentábamos en un rincón, a la escasa
sombra. O nos llevaba andando a alguna era con los libros bajo el brazo y nos
sentábamos en el suelo a escribir o a hacer dibujo. Era divertido trabajar
al aire libre. Era tan agradable...
Cuando se fue, recordaba siempre aquellas tardes de primavera, la brisa fresca
en la cara, el olor de la hierba... La recordaba a ella. Y me daban envidia
sus nuevos alumnos.
Siempre le escribía en Navidad y le contaba cómo me iba. Era como
si creyese que mis pequeños éxitos serían más importantes
si ella los conocía. O como si estuviese convencida de que quizá
no volviesemos a vernos si rompía los lazos que nos habían unido.
De todas las tarjetas que recibíamos, las suyas eran las más bonitas.
Las mejores. Reconocía su letra en el sobre y me sentía tan feliz
...
Había perdido una buena maestra y tenía miedo de no volver a encontrar
a otra como ella. No sabía cómo iba a ser la nueva. Ni si conseguiría
entender lo que me explicase. No me gusta que la gente que significa algo en
mi vida desaparezca de ella, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.
Pero, como dice el viejo proverbio, "cuando el discípulo está
preparado, aparece el maestro". La mía, mi maestra, la última
y definitiva, llegó a mi vida cuando más falta me hacía,
cuando más la necesitaba. Tuve mucha suerte de encontrarla, muchísima.
Trabajadora, metódica, ordenada... ¡Habría tantos adjetivos
que añadir a la lista...! Le gustaba su trabajo. Disfrutaba. Sabía
cómo pulir lo mejor que llevábamos dentro y sacarlo a la luz.
Era capaz de descubrir en nosotras cualidades que nadie más veía.
Siempre he dicho que era una mujer con cien ojos, pues averiguaba, sin levantar
la vista del cuaderno que estaba corrigiendo, quiénes estábamos
hablando en un susurro, quiénes nos rebullíamos en el asiento,
quiénes nos hacíamos señas... ¡Increíble!
Exigía disciplina y trabajo. Constancia y esfuerzo.
Y cuando conseguías aprender lo que te había propuesto, valoraba
el camino realizado y no escatimaba elogios. Aún me parece oírla:
"¿Lo ves? ¿Ves como sí podías entender el problema?".
Era como si hubiese tenido desde el principio la certeza de que ibas a llegar
a la meta, incluso cuando tú aún no tenías claro si podrías
siquiera empezar a correr. Y en los momentos difíciles, siempre me digo,
como ella me diría: "¡Claro que puedes!" Y eso me ayuda
a seguir.
Mi escasa destreza con la aguja, avalada por una larga lista de costuras frustradas,
se vio mejorada con el buen hacer de Doña Julita. Nos enseñó
a coser en lo que ella llamaba "un paño de muestras" de labores.
De pronto, entraron en mi vocabulario palabras tan raras como "vainica",
"vainica doble", "punto de cruz", "punto escapulario"...
Todo un mundo de cosas difíciles, laboriosas y complicadas, que no estaba
muy segura de llegar a dominar. Sin embargo, tuvo la paciencia de enseñarme
y el acierto de conseguir de mí un más que aceptable dominio de
las técnicas. Los vestidos de mis muñecas mejoraron sensiblemente.
Volvió a mí la convicción de que iba a conseguir hacer
costura "de mayores". Y así fue. Como vio que me gustaba y
acababa pronto, me animó a coser otras cosas.
Pronto descubrí que la lectura de la tarde estaba condicionada al buen
comportamiento y aprendí a gozar de las historias de aventuras a la vez
que trabajaba con la aguja. ¡Qué bien leía ella! Me encantaba
su voz en el silencio de la clase. Su voz cálida que me desplegaba mundos
y sueños. Y me decía a mí misma que de mayor yo sería
así y leería libros enormes y divertidos a mis alumnos.
Y no solamente eso: muy pronto manejaba las divisiones larguísimas y
mis faltas de ortografía empezaron a desaparecer de los dictados. Siempre
digo que Doña Julita pulió mi desaliño ortográfico,
e imagino cuántas horas de trabajo debió suponerle conseguir de
mí que me fijase en que las palabras no se escriben con b, o con v porque
sí. Que las haches no se deben poner al buen tuntún. Mi cabeza,
llena de pájaros y de sueños, no estaba hecha para ordenar nada.
Las ideas bullían en mi mente, pero debía aprender a organizarlas.
De eso se encargó: de darme un cierto método. Supongo que le hubiese
gustado que yo consiguiese ser tan organizada como ella. Pero eso era imposible.
Tan imposible como anudar al viento.
A Doña Julita le debo muchísimas cosas,
pero, si alguien me preguntase cuál me parece la más importante,
yo diría que la gran cantidad de libros que me fue prestando para llevar
a casa. Con apenas nueve años me leí entero el armario que hacía
de biblioteca. Me convirtió en una lectora empedernida. Estoy segura
de que la culpa es suya: me hizo desear los libros con tal intensidad que el
peor de los castigos era no poder leer. Si estaba castigada, no me prestaba
ninguno. La lectura era el premio. Hasta tal punto llegué a engancharme
a las historias, que, aún ahora, soy incapaz de dejar a medias una trama.
Pasaba largas horas en la madrugada enfrascada en las vidas de los personajes.
Escondida bajo las sábanas, la misma lectura se convertía en una
aventura: había que sortear la vigilancia de los adultos y no dejar que
la ranura de luz bajo la puerta me delatase. Siempre he creído que la
lectura tiene mucho de clandestina.
Cuando pienso en Doña Julita, la recuerdo como una mujer exigente, pero
no inflexible. Una mujer buena que mediaba con justicia entre nosotras y conseguía
aplacar los enfados, sin que nos quedase rencor en la derrota. Con paciencia,
pero con firmeza, arreglaba nuestras peleas y nuestras pequeñas diferencias.
Nunca dejaba un conflicto sin resolver. Sabía despertar el interés
por el aprendizaje y convertir los pequeños logros en grandes victorias.
Sin ella, no podría ser quien soy. Tanto la admiré y la quise
que deseé ser maestra. Y sé que se alegró de ello. Y cuando
aprobé las oposiciones. Y cuando empecé a trabajar...
Y sé también lo orgullosa que estuvo la primera vez que gané un premio literario. Aún me pregunta qué tal me van las cosas y me sigue dando ánimos: "Me he enterado de este nuevo premio. El tercer libro ya, ¿eh?. No sabes cuánto me alegro. De verdad". Claro que lo sé. Lo que no sé es si ella intuye lo mucho que ha significado y significa en mi vida. Por eso me gusta hacerle saber que también debe alegrarse: porque ha colaborado a que yo haya llegado hasta aquí. Que si algo bueno he hecho en mi vida se lo debo en buena parte a ella: a mi maestra. A todas mis maestras.
Ahora sé que cuando me exigían lo hacían, porque pensaban que debían sacar de mí lo mejor de mí misma. Ese yo que ellas tenían siempre presente y que la niña que fui no conseguía descubrir.
A aquellas mujeres trabajadoras, tenaces e incansables les debo la mayor parte de mis logros de adulta. No sería quien soy sin aquellas mujeres. Ojalá haya sido capaz de transmitirles en algún momento de mi vida el agradecimiento que se merecieron y se merecen por haber hecho de mí una persona más sabia y más sensible, más humana y más justa. Ojalá haya sido capaz de transmitirles mi agradecimiento. Pero, sobre todo el afecto, el inmenso cariño que siento por ellas.
A ellas, a todas ellas, gracias.