KAMAR
Cuando
el bedel vino a llamar a Alicia, nuestra profesora, veinte cabecitas de siete
años se volvieron hacia él. También yo me volví.
Ella nos pidió que nos quedásemos quietos en el sitio, que volvía
enseguida. Todos obedecimos por miedo a quedarnos sin recreo. Todos, excepto
Agustín, que hacía lo que le venía en gana. Se levantó
y se asomó al pasillo. Le dijimos que se la iba a cargar, pero no le
importó mucho: estaba acostumbrado a los castigos. Quería ver
a la niña nueva antes que los demás. Asomó sus gafas
que bailaban sobre su naricilla respingona y se quedó clavado en la
puerta. El cabello rizadísimo, como un mar encrespado, y la sonrisa
abierta, y los ojos negrísimos y perdidos de la niña, consiguieron
que Agustín se quedase quieto de repente. No podía dejar de
mirarla. Ella venía de la mano de Alicia, con su pantalón vaquero
y su blusita de flores. Aparentemente feliz y despreocupada.
Lo más extraño no fue que alguien cogiese su mano y la apartase
de los demás niños y la ayudase a entrar en el aula. Lo más
extraño es que fuese Agustín. Ella no podía ver nuestras
caritas asombradas . Y cuando la profesora pidió un voluntario para
sacarla al recreo y varios niños levantaron sus manos, nadie esperaba
que lo hiciese Agustín de nuevo. Pero Agustín, sin esperar la
aprobación de la profesora, cogió la mano morena y la llevó
al patio.
Kamar dudó un segundo y sonrió. Y Agustín, que siempre
tiraba de la mano de los otros con fuerza; Agustín que no tenía
paciencia con nadie y prefería jugar solo, casi fue tierno y cuidadoso
con ella. Hasta le ofreció la mitad de su bollicao, algo absolutamente
inaudito y sin precedentes.
Cuando Ramón se acercó a mirarla y le preguntó a bocajarro:
"Tú eres la ciega, verdad?", Agustín casi lo asesina
con la mirada: "Se dice in-vi-den-te" . Y lo dijo masticando con
odio cada sílaba, a la vez que pegaba su nariz a la del otro y clavaba
su mirada de buitre en los ojos provocadores de Ramón.
No era bueno enfrentarse con Ramón, aún llevaba el labio marcado
de la pelea de la mañana, pero no le importó. Se dio media vuelta
y consiguió llevarla consigo, al rincón del sauce. "Sé
que eres de Argelia y que te llamas Kamar. Y eso es la luna. Yo me llamo Agustín.
Como un santo de tu país. Uno que hacía llorar mucho a su madre.
Como yo". Ella quiso saber por qué le hacía llorar y él
le explicó que su madre lloraba, porque todos los santos lloran por
las cosas malas que hacemos. Que es algo que les sale así, de su natural.
Su madre siempre les estaba diciendo que era una santa y que no la valoraba
nadie en casa. Que Agustín le iba a quitar la vida, que era un violador
y un asesino en potencia, y que cuando despertase su vena de psicópata,
iban a tener que lamentar mucho la forma tan liberal en que su padre le estaba
educando. Que desde que se divorciaron le daba todos caprichos y que sólo
le faltaba comprarle una pistola para que se convirtiese en un francotirador,
etc.
Kamar rió. "Yo no creo que seas un francotirador. ¿Tú
debes ser guapo, verdad?" Agustín le dijo que podía verlo
si quería y puso la mano de ella sobre su cara, para que pudiese hacerse
una idea. Pero en cuanto el profesor de Educación Física lo
vio, corrió a ver qué pasaba. "Te he dicho mil veces que
no te acerques a las chicas, ¿has oído?". Agustín
fingió no escucharle. "Desde que pasó lo que pasó,
no me fío mucho de ti. Cuidado, amiguito, que estoy al tanto y no te
quitaré ojo" . Kamar quiso saber qué había pasado
y él tuvo que explicarle que se había metido en la ducha de
las chicas y les había dado un susto de muerte. "Eso no está
bien". Agustín ya lo sabía, pero antes ellas se habían
reído de él y de su chándal. Siempre estaba heredando
cosas de sus hermanos mayores y la verdad es que el chándal era prácticamente
prehistórico. Sin embargo, habían hecho muy mal en reírse.
Por eso se vengó. Por culpa del incidente, su madre empezó a
decirle que iba para violador o psicópata asesino. Pero él dijo
que no le importaba, porque en realidad lo que quería ser era terrorista.
Y un día iba a poner bombas en el colegio y se iban a enterar todos
de lo que les iba a pasar. Y a su hermano Jaime le pondría otra debajo
de la cama, porque era un abusón y ya estaba más que harto de
él. ¡Ah, sí, ser terrorista iba a ser muy divertido! Y
Kamar podría ir con él, si quería. ¡Lo que se iban
a divertir!
Pero lejos de alegrarse, Kamar se puso cada vez más triste. Y le habló
de hombres que ponían bombas en su país, y de su padre muerto
en un atentado y del miedo de su madre y de sus hermanos, y de los llantos
interminables de los abuelos y de muchas cosas que Agustín no podía
comprender. Hacía dos años que habían salido del país
y se habían reunido con el hermano mayor de su madre. Él y su
familia se habían portado muy bien con ellos. Pero acoger a una mujer
y tres niños no es fácil...
Tantas cosas le fue contando Kamar que Agustín lamentó muy de
veras haberle dicho que quería ser terrorista. "Lo siento, mecachis:
que lo siento; por favor, ¡no te pongas triste! Si no hablaba en serio,
de veras..." Ella se quedó en silencio y bajó la cabeza.
Y entonces Agustín volvió a preguntarle: "¿Quieres
verme? ¿Aún quieres verme?"
Y Kamar levantó su mano y Agustín la llevó hasta su cara
y se quitó las gafas y dejó que ella dibujase su rostro despacito.
"Tienes el pelo muy liso, el mío es rizado". Se detuvo en
su nariz y sonrió. "Llevas gafas, ¿verdad?" Él
le preguntó cómo podía saber eso y ella le dijo que sentía
las huellas que habían dejado sobre su nariz, cerca de los ojos. Y
añadió, ríendo: "además, me lo ha dicho Alicia,
cuando me ha acompañado al servicio, tonto; le pregunté cómo
eras". Rieron juntos y ella se detuvo en sus ojos, sobre sus párpados
cerrados, y después dibujó su boca. Agustín sonrió.
Pasó las yemas de sus dedos por sus mejillas y él enrojeció.
Se alegró de que todos estuviesen entretenidos con el partido de baloncesto
y no se fijasen en ellos dos, allí sentados. Se alegró mucho.
Kamar le pidió que le prometiese que no iba a ser un terrorista, y
que no repetiría esas cosas. Agustín contempló el sol
de la tarde y la imagen del sauce en los negrísimos ojos de Kamar y
volvió a cerrar los suyos. "¡Prométemelo, Agustín!"
Y él contestó:
"Te lo prometo, vale. Además, ¡si es que tampoco tengo puntería...!"