Sexo en mi barco
 RIGODÓN
Me relaja mucho asomarme a mi ventana y fumarme un cigarro mirando el paisaje a lo lejos. Mirar la carretera, las fábricas en el horizonte, el movimiento de la gente en un día cualquiera. Aquel día, también me estaba fumando un cigarro cuando de pronto llegó a mi calle un pequeño coche azul. Me quedé mirando porque si no me habían informado mal, aquel era el coche de mi nueva vecina. Una mujer separada, de unos 35 años y con dos niños, que según mis fuentes, estaba de escándalo.

Seguí observando y, efectivamente, pude constatar por mis propios ojos, que aquella mujer, llamada María del Pino, estaba realmente apetitosa. Me quedé impresionado porque se bajó del coche y para ser un día normal de trabajo, llevaba puesta una ropa muy elegante.

Vestía un traje de chaqueta beige con una falda muy corta y muy estrecha. Y en los pies, unos elegantes zapatos negros de tacón. Me quedé mirándola un rato, intentando que no me viera, porque la verdad, no quería perderme aquella fabulosa visión. La observé como recogía algunas cosas de su coche y como se dirigía hacia su portal, hasta que la puerta se cerró.

La verdad es que algunos vecinos ya me habían hablado de ella, pero hasta que no la vi, no comencé a interesarme.

La casualidad hizo que un día, cuando yo estaba en casa de un amigo tomando café, un hermano suyo viniera a visitarlo con su mujer y con su cuñada. El corazón me dio un vuelco cuando vi que la cuñada del hermano de mi amigo, era mi vecina.

Ella entró saludó a todo el mundo y se acercó a mi y me dio dos besos.

-Hola vecina –le dije yo.

-Hola, ¿qué tal?. Me llamo Pino –se presentó.

-Yo Andrés. Encantado. Te he visto alguna vez por el bloque. ¿Llevas mucho tiempo viviendo allí? –le pregunté.

-No, un par de semanas solo. Me acabo de separar y estoy de alquiler
–contestó ella, sentándose a mi lado.

-¡Vaya, que casualidad! –dijo mi amigo. –¿Así que sois vecinos? -.

Estuvimos un rato más hablando y empezando a conocernos hasta que se tuvo que ir. Yo me fui también para mi casa y ya no dejé de pensar más en ella.

La seguí viendo por mi ventana, la seguí viendo en la acera, en la puerta de su escalera y todas las veces nos parábamos a hablar. Yo la escuchaba y ella estaba deseando tener a alguien a quien  contarle sus cosas. Cogimos rápidamente mucha confianza, incluso no pasó mucho tiempo hasta que solíamos tomar café en mi casa o en la suya.

En una de esas tantas conversaciones, estuvimos hablando del mar, de la navegación, de los barcos, etc. Temas que a ambos nos gusta mucho. Le comenté que tenía un pequeño velerito de diez metros, con dos camarotes, cuarto de baño, cocina, y demás.

Ella alucinaba con lo que le estaba contando. Se moría de ganas por navegar y me suplicó que le prometiera llevarla alguna vez conmigo a dar una vuelta.

-¿Qué haces el fin de semana? –le pregunté.

-Nada, no tengo planes de momento –contestó ella con una bonita sonrisa.

-Pues busca con quien dejar a los niños, que te invito a pasar el fin de semana en mi barco -.

Ella dio saltos de alegría y hasta me abrazó. Estaba como loca, como una niña con zapatos nuevos.

Lo preparé todo y el sábado muy temprano quedamos en la puerta de su escalera. Le dije que por la noche haríamos una cena de gala, igual que la hacen en los grandes cruceros, así que le pedí que se llevara ropa elegante.
Para el resto del día, con un bikini y poco más, sobraba.

Ella se presentó con una minifalda vaquera y una camiseta de tirantes blanca. Llevaba el bikini debajo. Nos montamos en el coche y fuimos al puerto, a pocos kilómetros de casa, donde está amarrado mi barco. La tarde anterior me había encargado de aprovisionarlo bien de comida, bebida, y demás.

Ella subió a bordo detrás de mí y la notaba muy contenta. Estaba feliz. Era su sueño desde hace mucho tiempo y por fin lo iba a hacer realidad, y de mi mano. Desde un principio, le fui señalando los peligros en cubierta. Determinados sitios donde no podía pisar, y otros donde debía tener cuidado para no tropezar y caer al agua.

Luego bajé a los camarotes y ella me siguió. Debido a la perpendicularidad de la escalera con respecto al piso, mientras ella bajaba de espaldas a mi, pude ver su bikini por debajo de su falda. Los vellos se me pusieron de punta cuando vi que era tipo tanga. Que precioso culo tenía mientras bajaba la escalera.

Llegó por fin abajo, y le enseñé los camarotes, el cuarto de baño, y demás dependencias. Le dije donde dormiría ella y dejó allí la pequeña bolsa de mano que había traído.

Después de indicarle unas cuantas nociones básica sobre lo que íbamos a hacer, por fin, a las doce de la mañana, Pino y yo largamos amarras y poco a poco fui saliendo del puerto deportivo. Le indiqué como debía aproar el barco al viento, mientras yo aparejaba las velas, izaba la mayor y desplegaba el génova. La brisa era apreciable y el barco rápidamente cogió velocidad.

Cuando ya estábamos a unas cuantas millas del puerto, Pino decidió tomar el sol sobre la cubierta y para ello se quitó la camiseta y la falda. Su cuerpo era espectacular. Me costó trabajo concentrarme en el gobierno del barco desde ese momento. Tenía una gran melena color castaño, con algunas mechas rubias. Su  cuerpo era precioso, con piel morena y  con un pecho ni muy grande ni muy pequeño, con unas caderas normales y unas piernas no muy delgadas. Y el culo, cuando se dio la vuelta y se lo pude ver con este minúsculo tanga, era impresionante. Fue lo que más me gustó de ella. Tenía un poco de celulitis, pero aun así, me daba morbo.

Observé como desataba los tirantes que tenía anudado al cuello y se los volvía a anudar en la espalda, supongo que para que el sol no dejara muchas marcas.

-A tantas millas de la costa , incluso puedes hacer top-less –le dije, bromeando.

Me quedé de piedra cuando se lo tomó en serio y me dio la razón y acto seguido se quitó la parte de arriba del bikini. Mi erección no tardó en aparecer y trabajo me costó esconderla bajo el bañador. Sus pechos eran preciosos, seguramente que cabían perfectamente en una mano, y estaban coronados por unos pezones tan negros como el azabache. Ella se tumbó sobre la cubierta, dejando que el sol dorase su cuerpo. Y yo tuve serios problemas para atender a la navegación, el resto de la travesía.

A las cuatro de la tarde, llegamos a la playa de nuestro destino. Una cala escondida, en la pequeña isla donde vivíamos y cuyo único acceso era por barco. Fondeamos el ancla allí y nos dispusimos para pasar el resto de la tarde y la noche.

Bajé a la cocina y saqué unas cuantas cervezas. Calenté la comida que el día anterior había preparado y nos pusimos a comer en la bañera del barco. Ella seguía en top-less y yo intentaba que no se me notase lo mucho que me gustaban aquellos pechos que, tiempo atrás, habían amamantado a dos niños y que hoy, cualquiera lo diría.

Terminamos de comer y de beber, y decidí darme un baño. No se si fue por el efecto de la cerveza, o porque el solitario paisaje así lo sugería, pero estando en el filo de la escala de baño, decidí quitarme el bañador y tirarme al agua completamente desnudo.

Pino observó todos mis movimientos y desde el agua, la invité a que se bañara también. Accedió encantada y se tiró de cabeza al mar. Cuando salió a la superficie, traía el tanga en la mano y una gran sonrisa en su boca. Yo me acerqué a ella y se lo quité de la mano, tirándoselo al barco.

-Si quieres recuperarlo tendrás que ir tu misma a por él. Que yo me he quitado el bañador en la cubierta, no en el agua –le dije con una sonrisa cómplice.

-Mm, que malo eres – fue toda su respuesta. Y acto seguido se dio la vuelta y comenzó a nadar alrededor del barco.

Yo decidí salirme del agua y me senté en la bañera completamente desnudo, para dejar que el sol me secara. Observé como nadaba Pino y cuando se cansó, decidió subirse al barco. Cuando por fin lo hizo, pude ver su cuerpo completamente desnudo. Era una maravilla. No pude evitar fijarme en su vello púbico, muy escaso y muy bien recortado.

Se sentó delante de mi, en la borda de enfrente, y al igual que yo, permaneció completamente desnuda ante el sol, para secar su cuerpo.

Yo no dejaba de mirarla, y cuando ella volvió a abrir los ojos y se encontró con mi mirada me dijo:

-¡Vaya, estás muy a gusto!, ¿verdad?. Sólo te falta una mujer ahí haciéndote una mamada -.

Yo no pude evitar una carcajada. –Eso sería ya lo máximo –le contesté.

Y Pino, con sus ojos fijos en los míos y con una media sonrisa muy sugerente, se acercó a mi y se arrodilló entre mis piernas. Cogió mi miembro con su mano y se llevó el glande a sus labios besándolo suavemente. Mi erección no se hizo esperar, y ella acompañaba a retirar la piel de mi sexo con sus labios y subía lentamente a la punta, mojándola de arriba abajo con su saliva.

Me estaba poniendo completamente malo, y le dije que se la tragara y que me la mamara como una verdadera puta. Y así lo hizo, me la cogió con una mano y la fue devorando poco a poco, tragándosela todo lo que su garganta permitía y lamiéndomela entera.

-Bufff, Pino. ¡Cómo me estás poniendo!. Sigue así cielo, que me encanta como te la comes -. Ella ni me contestó, seguía inmersa en su placentero trabajo y siguió mamándomela mientras yo creía entrar en el cielo.

-Me voy a correr, cielo, no aguanto más – le avisé. Y ella, no dispuesta a abandonar aquella suculenta golosina, comenzó a mamármela cada vez más y más rápido, hasta que tuve que correrme en su boca. Fue una oleada de placer intenso la que recorrió mi cuerpo. Sus labios apresaban con fuerza mi polla, y ésta no paraba de escupir semen en su boca.

Cuando me volví a tranquilizar un poco, Pino se sacó mi sexo de su boca y con su lengua recogió los restos de mi orgasmo y se los tragó. Acto seguido se levantó y se tiró de cabeza al mar.

Aquella mamada me había dejado medio dormido, y me prometí que aquella noche, me la iba a follar como hacía tiempo que no la follaban.

Por fin llegó la noche, y tras llevar un buen rato los dos abrazados sobre la cubierta mirando el cielo estrellado, decidimos cambiarnos para la gran cena. La comida estaba preparada desde el día anterior, y sólo había que calentarla con lo cual, le di a ella su tiempo para que bajara a su camarote, y se arreglara.

Al poco tiempo puse a calentar la comida, preparé la mesa y fui a darme una ducha y a cambiarme yo también.

Cuando salí, ella ya me esperaba de pie junto a la mesa.

-¿Vale esta ropa para cenar en tu barco, capitán? –me dijo sonriendo, mientras daba una vuelta sobre sí misma.

-Por supuesto –le contesté mientras la miraba. Estaba preciosa. Se había maquillado, y tenía unos labios tremendamente rojos y una sombra de ojos muy pronunciada que le hacía una mirada muy profunda. Llevaba un vestido negro, con un botón en su cuello, y el siguiente debajo de su pecho, lo que le hacía un escote muy sugerente, con la totalidad de su canalillo a la vista. Era ajustado a la altura de las caderas y seguía la forma de sus piernas hasta poco antes de llegar a sus rodillas. Debajo llevaba unas medias con una red ancha y el conjunto estaba rematado con unos bonitos zapatos de tacón negros.

Nos dispusimos a cenar en la soledad del mar. El rumor del agua en el barco, las velas de cera que alumbraban nuestros rostros y ella intentado desviar mi mirada hacia su pecho, cosa que conseguía sin ningún esfuerzo con sugerentes movimientos. Bebimos un buen vino que tenía guardado, y ya en los postres, ella estaba sentada a mi lado.

No habíamos terminado todavía con ellos cuando acercó su boca a mi oído y comenzó a pasarme su lengua.

-Fóllame –me susurró.

Mi reacción no se hizo esperar. La abracé y la besé profundamente, enredándome con su juguetona lengua. Con una mano le acariciaba el pelo y con la otra sus rodillas, hasta que poco a poco fui subiendo por sus muslos, notando en mis dedos la red de aquellas sugerentes medias. Llegué por debajo del vestido hasta sus caderas. Se las acaricié, pasé mis dedos por el elástico del panty e hice presión para ir quitándoselo poco a poco. Ella me ayudó un poco, levantando su culo y quitándose los zapatos.

Puso mis piernas sobre mi, y dejó que me deleitara quitándole las medias lentamente. Su vestido se había subido bastante, y su tanga negro asomaba impaciente por entre aquellas telas.

Coloqué sus piernas ya desnudas sobre mis hombros, forzándola así a mostrar un poco más la entrepierna. Ella se terminó de subir su vestido y me dejó que viera aquel tanga tan pequeño, negro y casi transparente.

-¿Es bonito verdad? –me preguntó ella. Y acto seguido se lo echó hacia un lado, dejando a la vista sus ya hinchados y afeitados labios vaginales.
–Seguro que ésto te gusta más -.

Le sonreí y con mis dos manos le tiré del tanga hacia abajo. Ella volvió a ayudarme elevando un poco su culo. Y cuando se lo saqué, la cogí en brazos y la llevé a su camarote, dejándola al borde de su cama. Le subí el vestido hasta su cintura y le separé las piernas y fui lamiéndole toda la piel existente entre sus pies y sus ingles.

Por fin llegué a sus labios vaginales, y se los separé con la punta de mi lengua. Estaban muy esponjosos y en cuanto los abrí, a mi lengua llegaron los sabores de su excitación. Estaba muy mojada, así que me bebí sus jugos mientras ella se seguía derritiendo de placer.

Mientras le metía poco a poco un dedo en su sexo, con la otra mano le separé los pliegues que escondían su erecto clítoris y comencé a atormentárselo con mi lengua. Al principio muy despacio y luego salvajemente, mientras ya eran dos dedos míos los que se deslizaban en su interior. No pasaron muchos minutos hasta que un soberbio orgasmo se hizo presa de ella, lo que hizo que se encendiera aún más.

-¡Ven, que te voy a follar yo a ti como nunca te lo han hecho! –me dijo mientras me tiraba en la cama y me desnudaba del todo. Con mi polla completamente erecta y su sexo aún caliente después del último orgasmo, se puso a horcajadas sobre mi, se subió el vestido hasta su cintura, y se clavó mi polla hasta el fondo.

El placer que nos envolvía era máximo, ella estiraba su cuello hacia atrás, pudiendo ver por la escotilla en el techo del camarote, el cielo estrellado. Yo lo que más miraba a decir verdad, era como su sexo se tragaba insaciablemente mi polla una y otra vez.

Pillándola desprevenida, la cogí y la tiré sobre la cama. Ella se asustó un poco, no lo esperaba. La puse de lado, de espaldas a mi y cogí su culo para colocarme su sexo al alcance de mi polla. La volví a penetrar así, mientras ella gritaba como una posesa y gozaba como una loca. Le desabroché su vestido y se lo puse por debajo de sus pechos, dejando aquellos pezones al alcance de mis manos, que no hacían nada más que pellizcarlos.

Su cara de vicio, clavada en mi cara, me decía que estaba gozando. Una mano en sus tetas, otra en sus caderas, para darme impulso, y mi polla taladrándola una y otra vez, una y otra vez.

De repente ella se apartó, y me obligó a sentarme al borde de la cama y después, se sentó encima de mí penetrándose a sí misma. Desde luego aquella mujer no se podía estar quieta en la cama. Era una fiera. Ahora saltaba sobre mi salvajemente, y mi polla entraba y salía de su mojado coño haciéndonos gozar al máximo y poniéndonos al borde del éxtasis.

Tanto fue así, que en pocas embestidas más, Pino alcanzó un monumental orgasmo, que no disimuló en lo más mínimo, a decir por los gritos que daba, su cara rota, y las convulsiones de placer que daba su cuerpo. Lógicamente, ver a mi vecina como se corría encima de mi, con aquella cara de vicio, sus pechos saltando libremente, sus anchas caderas y sus piernas abiertas, facilitando que su coño se tragara una y otra vez sin descanso mi polla, hizo que yo tampoco tardara en alcanzar mi clímax, llenándole el coño de leche blanca, que se mezcló con los jugos que ella había estado fabricando durante todo el polvo.

Nuestros placeres se juntaron, y al pasarse su efecto, también se juntaron nuestras bocas, fundiéndonos en un largo beso, tan húmedo como nuestros sexos.

Lógicamente, aquella mujer que disfrutaba tanto del sexo, no había venido para dejar la cosa ahí. Toda la noche siguió provocándome e insinuándose y jugando con mi cuerpo, para que mis erecciones empezaran una y otra vez. Estuvimos toda la noche follando como animales, sin nadie que nos escuchara en kilómetros, sin prejuicios, sin pensar en nada más. Aquella noche sólo estábamos ella, el barco y yo. Para nosotros no había más vida. Nos olvidamos de quien éramos, del resto del mundo y nos dedicamos enteramente a nuestros cuerpos.

Acabamos rendidos y nos despertamos al día siguiente bastante tarde. El tiempo justo de comer, preparar el barco para zarpar y recalar en nuestro punto de origen. Lo volvimos hacer una vez más antes de abandonar el barco. Por fin Pino, había hecho realidad su sueño de montar en barco. Y yo el mío, el de montarla a ella toda una noche. Habrá que repetirlo.
 
 

por Rigodón
 
 

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