Madre tierra
 por Rodano
No sé si recordarán de un relato anterior a Macarena. Macarena era una mujer de unos treinta años que vivía en el ático de un edificio con una gran terraza donde le gustaba tomar el sol. Cierta mañana hacia el fin del invierno al finalizar los exámenes de febrero decidí subir a  verla  como sabrán del relato anterior era tal la confianza que teníamos que hasta tenía una llave de su piso. Subía alrededor de las diez de la mañana confiando que hubiera vuelto ya de la clase de aerobic a la que solía acudir el sábado por la mañana. Debí  de calcular mal el instante para subir ya que todavía no había llegado, tampoco me importó demasiado ya que era una  buena oportunidad para disfrutar de la vista de su terraza. Me encantaba mirar al horizonte, ver las líneas desdibujadas de las nubes, las bandadas de pájaros. Se podía oler un poco de humedad en el ambiente como presagio de las primeras lluvias primaverales. Mientras que miraba  como un gorrión se posaba en el alféizar de la terraza llegó Macarena:

-Hola guapo.¿Qué tal los exámenes?

-Ya veremos- le contesté

Me besó en la mejilla y se sentó en el sofá mientras me contaba lo bien que se lo había pasado en su clase. Se quitó la chaqueta del chándal dejándola tirada en el sofá para a continuación quitarse los deportivos y los pantalones del chándal. Dejando a la vista un body morado con unos pantalones de ciclista cubriéndole su hermosos muslos. Se acercó a la terraza mientras me decía:

-Estoy deseando que llegué el buen tiempo para poder salir a la terraza.

Para a continuación quitarse los tirantes del body saliendo sus pechos de la opresión que les causaba la prenda. Mientras agarraba sus pechos con sus manos  entró en cuarto de baño para ducharse. Mientras se duchaba recogí las piezas de su chándal doblándolas   y poniéndolas en el armario que tenía en su habitación para tal efecto para después quitarle las plantillas a los deportivos y dejarlos en la terraza para airearlos.

Al salir de la ducha me comentó que una compañera de trabajo había tenido que salir de la ciudad unas semanas por motivos de trabajo y que le había pedido que le echara un vistazo de vez en cuando a su casa y de paso que regara un poco el huerto que había en la casa. Me pidió que la acompañara y ya de paso charlábamos un rato.

La casa  quedaba en la parte antigua del barrio era una casa de viejos ladrillos con una fachada de tono amarillento.Al verla le dije:

-Oye no me habías dicho que veníamos a regar el huerto.

A lo que ella me contestó:

-Mira ésta es una casa que intentaron construir siguiendo un estilo clásico, donde el huerto o el jardín se encuentra en el centro geométrico de la casa, en el interior de ella siendo el eje alrededor  al que discurre la vida de la casa. Es como se hacía en las villas romanas  que copiaron otras civilizaciones como por ejemplo los árabes.

Tras la aclaración entramos a  la casa que estaba en penumbra para llegar al encuentro de una gran claridad habíamos llegado al jardín.
 

El jardín era de forma rectangular con unos pasillos a su alrededor con pórticos, estaba rodeado de macetas siendo presidido por un limonero que se veía desprovisto de sus  frutos.

Nos dispusimos al trabajo mientras yo con una regadera  surtía de agua las plantas de los pórticos ella con una manguera daba su ración de agua al limonero y a otras pequeñas plantas que había a su alrededor. La actividad duro unos  veinte minutos para cuando estuvieron saciadas
de su  sed las plantas parar.

Mientras mi vecina comenzó a mirar al limonero, comenzó a embeberse del ambiente y me decía:

-Me encantan los jardines, la vegetación , la naturaleza.

Se quitó la chaqueta del chándal que había vuelto a coger  de su armario. Se acerco al tronco del limonero mientras comenzó a acariciarlo con las yemas de los dedos, para a continuación  abrazarlo como si se tratase de un amante, se quitó el jersey para sentir la corteza del árbol sobre su pìel, se quitó los pantalones para quedarse sólo vestida por un tanga negro bastante holgado que según ella decía era muy cómodo. Apoyó su espalda en el tronco del árbol, para con sus brazos agarrase a las ramas, pasando a ser el árbol y ella un simbionte, Cerró los ojos, se hizo la quietud en el ambiente para abrirlos otra vez y llamarme con la mirada. Me acerqué a ella, se desprendió del tanga y volvió a apoyarse en el tronco volvió a extender los brazos. Esta vez  parecían más compenetrada con nuestro acompañante arbóreo. Su piel parecía una parte más de la corteza, sus pechos dos ramas naciendo, sus cabellos ramas finas y suaves. Un soplo de viento recorrió el jardín haciendo caer unas hojas del árbol sobre ella.

La besé en la mejilla,  con un pequeño susurro me invitó a pasar a ser parte de ella.

Casi sin darme cuenta  estaba desnudo abrazado a ella mientras mis manos recorrían su cada vez mejor conocido cuerpo. Me abrazó con fuerza reforzando nuestro vínculo aún más si cabe. Tras unos instantes acompasando nuestros cuerpos y espíritus. Cuando la sintonía fue adecuada pasamos a fundirnos. Gemíamos al ritmo de nuestro  movimientos cada vez a una mayor frecuencia para cuando nuestros jugos inundaban nuestro cuerpos y culminábamos nuestra unión. Para cuando alcanzó el orgasmo los cielos se rasgaron y las gotas de una lluvia cayó sobre nosotros.
 

por Rodano
 
 

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