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Lo que os voy a contar, es algo que le ocurrió a una persona a la que tengo mucho cariño. Ella me ha pedido que de algún modo, saque a la luz su historia, y compartirla con vosotros es la idea más aceptable de las que se me han ocurrido. He cambiado los nombres a los personajes que intervinieron en la realidad y el entorno en el que todo sucedió, pero la historia es la misma. Os dejo con ella:
Otro día más, salí del trabajo a las dos de la madrugada. Trabajaba en unos multicines, encargándome de cobrar las entradas a los clientes.Aquella noche, me apetecía tomar algo antes de irme a mi casa, así que decidí pasarme por un bar donde trabajaba una amiga mía de camarera; de ese modo, además de tomar la copa, charlaría un poco con ella.
El lugar en cuestión, no quedaba muy lejos de mi trabajo, y en cinco minutos, caminando a paso rápido, porque no me fío de ir sola a esas horas de la noche, llegué al "Pub La Burbuja", donde mi amiga, tras la barra, servía un whisky a un tipo que tenía aspecto de llevar ya bastantes.
Además del bebedor de whisky, en el bar había una pareja al fondo, besuqueándose apasionadamente.
-Buenas noches Lorena -dije-.
-¡Luisa! ¡Qué alegría verte! Estaba ya desesperada. Esta noche el bar ha estado aburridísimo, no ha entrado casi nadie y fíjate ahora que clientes tengo: un tío con pinta de gay que ya lleva cinco whiskys con hielo y una pareja que no para de morrearse. Quédate un ratito conmigo y te invito a una copa ¿quieres?
-Bueno, pensaba pagarla yo, pero si me invitas tú, me ahorro los euros.
-Claro que te invito. Haber, ¿qué quieres tomar?
-Pues ponme un ron miel.
-Muy bien. Me pondré yo otro y charlamos un rato.
Yo me metí detrás de la barra para estar junto a ella y poder hablar, por ejemplo, del personal asistente en el bar, como lo hacíamos otras noches, aunque en aquella ocasión teníamos poco que comentar.
Nos gustaba mucho, meternos con los modelitos que lucían algunas niñas pijas que frecuentaban el lugar. Aveces, cuando estábamos un poco bebidas, también hablábamos del paquete de los chicos que andaban por ahí.
-Oye, -dije en voz baja-. ¿te has fijado en el tío ese? ¡Está llorando! Te apuesto otra copa a que a ese le ha dejado hace poco la novia.
-Se me ocurre una idea mejor. Te invito yo a la copa si le dices que venga y que nos cuente porqué está así.
-No sé. ¿Y si es agresivo y me dice alguna guarrada?
-No creo -espetó Luisa-. Con los whiskys que lleva encima, ese tío no es capaz de decirte nada raro y además, no parece nada agresivo. Seguro que lo que está es deseando de contarle a alguien su historia. ¿No te produce curiosidad el saber porqué estará llorando un tío atractivo de unos veinticinco años?
No me lo pensé más. Me bebí la copa de un trago y me acerqué al chico, que en aquellos momentos tenía la cabeza apoyada en la barra y lloraba como un bebé.
-Perdona. Tienes mala cara -dije-.
Él ni se inmutó.
Yo, decidida a sacarle información, puse mi mano en su hombro y él, al sentir el contacto, levantó la cabeza de la barra y me miró a los ojos.
-Te decía que no tienes muy buena cara.
-Y qué, -dijo él-. Como si a ti te importara lo más mínimo mi vida.
-Bueno hombre, no te pongas borde, yo venía a invitarte a una copa y a ofrecerme para escucharte si tienes algún problema. Estudio psicología y siempre nos dicen que si te preocupa algo y se lo cuentas a alguien, sobre todo a un desconocido, te sientes mucho mejor.
-Tú lo que quieres es reirte de mí. Déjame en paz de una puta vez y vete a comerle el tarro a otro.
-Bueno, -dije-. Si cambias de opinión estoy detrás de la barra.
Volví junto a Lorena, que me esperaba impaciente.-¿Qué te ha dicho?
-Nada, -respondí-. Solo borderías. Ponme otra copa guapa, que hablar con ese estúpido no me ha sentado bien y me ha agriado el carácter, con lo contenta que yo venía.
Mi amiga llenó mi copa de nuevo mientras yo seguía hablando:
-Le he ofrecido invitarle a una copa si me contaba lo que le ocurre pero me ha dicho que solo pretendo reirme de él; es más, para darle confianza me he inventado que estudio psicología, pero ni por esas, ese tío es un hueso y además estoy casi segura que es gay.
-Bueno, yo creo que cuando se acabe la que se está tomando vendrá a aceptar tu ofrecimiento.
Lorena y yo seguimos hablando unos minutos. Cuando menos lo esperábamos, oimos una voz frente a nosotras.
-Ei, chica, ¿sigue en pie tu ofrecimiento?
Las dos miramos al chico que tenía en su mano derecha la copa vacía.
-Vaya, -dije-. Te veo mucho más amable ahora.
-Bueno, debes disculparme. Es que hoy..., en fin, me encuentro tan mal...
-Pasa con nosotras y te tomas algo mientras nos lo cuentas -dijo Lorena-. Te vendrá bien hablar con alguien.
El joven hizo lo que le pedimos y mientras Lorena vertía whisky en abundancia en su copa, él comenzó a hablar:
-En primer lugar, quisiera disculparme por como me he portado antes. Yo no soy así de estúpido. Bueno, me llamo Fran, tengo veinticinco años y soy homosexual.Llevaba saliendo varios meses con un chico llamado Ricky, al que conocí en una fiesta de la movida.
Algunos amigos me habían advertido sobre él, pero tonto de mí, no hice caso a las advertencias. Por ahí se comentaba que a Ricky le gustaban también las tías, y que incluso tenía un rollo con una compañera de clase, pero yo nunca lo creí y las veces que se lo pregunté, me lo negó rotundamente.
Bueno, esta tarde habíamos quedado en mi casa para ir al cine a las ocho y yo, viendo que el tiempo pasaba y él no venía, le llamé al móvil más o menos a las ocho y cuarto, ya que en algunas ocasiones no había acudido puntual a nuestras citas porque se había quedado dormido, pero lo tenía desconectado.
Yo, que me preocupo en seguida, a las ocho y media decidí ir a su piso por si le había ocurrido algo.
Cuando llegué allí llamé al timbre pero nadie me abrió. Yo, decidí usar, eso sí, por primera vez, la copia de la llave de su piso que me había hecho sin que él lo supiera.
En la casa no se oía nada. Mi sospecha de que estaba dormido cada vez tomaba más fuerza, pero cuando iba a abrir la puerta de su cuarto, me pareció oir un gemido y permanecí atento.
Logré distinguir perfectamente la voz de una chica que decía:
-Ricky, cariño, eres magnífico, nadie me lo ha comido nunca igual que tú. ¡Por favor, no pares!
Yo, ante aquel comentario, pensé largarme de allí, pero al final opté por entrar y que él viera que le había descubierto. Así que fui abriendo la puerta despacio. Ellos ni se inmutaron. Ella estaba tendida en la cama, con la cabeza de Ricky entre sus piernas.
-¡Eres un hijo de puta! -exclamé-.
Entonces ellos se dieron cuenta de mi presencia y me miraron atónitos.
-¿Se puede saber que haces aquí? ¿Como has entrado? ¿Quién te ha dado una llave de mi piso?
Ante aquella lluvia de preguntas, yo me vine abajo y solo tuve fuerzas para echarme a llorar y para decirle:
-Explícale a esta chica lo bien que te lo pasas cuando haces el amor conmigo. Eso sí, nunca más lo podrás hacer, porque no te quiero volver a ver en mi vida.
Tras eso me fui de allí. Cogí el coche, me puse a dar vueltas por la ciudad como un idiota y pegué aquí.
Lorena y yo nos miramos sin saber que decir. Nunca nos habíamos planteado que podría pasar por la mente de un chico homosexual cuando su pareja le ponía los cuernos con una tía.
La pareja que estaba en el fondo del bar, vino a la barra, pagó lo que debía y se fue. Tras esto,
Lorena echó el cierre y en el bar solo quedamos nosotros tres.
Las copas volvieron a quedar vacías y mi amiga de nuevo procedió a llenarlas. Así una y otra vez. A las cuatro y media de la madrugada, llevábamos los tres una buena borrachera encima.
-Bueno chicas -dijo Fran-. Yo me voy a ir ya a casa. Creo que he bebido bastante. Decidme que os debo.
-Nada -dijo Lorena-. Invita la casa.
-Yo también me voy -dije-. ¿A mí también me invita la casa?
Lorena asintió sonriendo y tras despedirnos Fran y yo salimos juntos a la calle. La noche era fría como la muerte y algunas gotas de lluvia empapaban el asfalto.
-¿Quieres que te lleve a casa? -preguntó Fran-. Tengo aquí el coche.
A mí, me debería haber parecido una imprudencia aceptar su ofrecimiento, ya que iba completamente borracho, pero como yo no iba mucho mejor que él acepté encantada. Le expliqué donde vivía y allí nos dirigimos. Fran conducía fatal en esas condiciones, estuvimos a punto de darnos un golpe contra otros coches en más de una ocasión, pero finalmente, en un cuarto de hora, llegamos a mi casa.
-¿Por qué no pasas y te tomas un café conmigo? A lo mejor te sienta bien.
Fran pareció quedarse pensativo durante unos instantes, pero al final accedió.
Subimos a mi casa. Yo le dije que se sentara en el sofá mientras preparaba el café. Cuando volví con una cafetera repleta, me lo encontré medio dormido. Serví dos tazas bien grandes y empecé a hablar:
-Debes olvidar a ese chico. Seguro que pronto encuentras a tu media naranja que deveras te hará feliz.
-Ya, pero es que ahora se me plantea una duda que no me deja en paz: ¿cuántas veces me habrá engañado en los meses que hemos estado juntos?
-No debes pensar en eso. Piensa que era un mentiroso y que has tenido suerte de descubrirlo pronto antes de que te hubiera hecho mucho más daño.
-Pero..., ¡yo le quería!
Tras decir esto, se abrazó a mí. Yo no hice nada, creí que lo que necesitaba era un hombro para llorar y le ofrecí el mío con toda mi buena intención. Pero cuando menos me lo esperaba,
Fran acercó sus labios a los míos y comenzó a besarlos.
Yo, pensando en todo lo que le había ocurrido aquella noche, le dejé hacer, supuse que si de veras era gay, pronto se arrepentiría de lo que estaba haciendo. Y así ocurrió. A los pocos segundos, separó bruscamente sus labios de los míos:
-¡Lo siento Luisa! Perdóname, por favor, no sé como me ha ocurrido esto.
A mí, en aquellos instantes se me ocurrió una idea, bueno, más que una idea, una travesura: ¿qué pasaría si yo intentara algo con él? ¿Aceptaría?
Decidí llevar a cabo esta idea, y como única respuesta a su petición de perdón, él obtuvo un beso apasionado mío. Me daba la sensación de que no le disgustaba demasiado, de modo que seguí con mis besos, y de su boca pasé a su cuello y poco a poco fui bajando y bajando, y él no me decía nada.
Empecé a desabrocharle la camisa y el seguía sin oponer resistencia alguna. En ocasiones pensé que sería por culpa del whisky que no se daba ni cuenta de lo que le ocurría.
Tras quitarle la camisa, seguí con su pantalón y sus zapatos, y poco después lo tuve desnudo en el sofá.
Me sorprendió mucho ver que estaba empalmado. Fran lucía una gran polla tiesa y dura como una roca.
Cuando puse mis manos en ella, se inclinó como para impedírmelo, pero mis tocamientos empezaron a proporcionarle placer, por lo cual se volvió a dejar caer en el sofá.
Pensé que me estaba portando como una puta, pero no le di importancia. Hacía unas semanas que no estaba con ningún chico y ya me iba haciendo falta uno, aunque fuera gay.
Tras tocarle un rato la polla, procedí a desnudarme yo. Cuando lo hice, me arrodillé sobre él hasta dejarle el coño a la altura de la boca. Al principio, dudó un poco pero luego empezó a lamerlo con voracidad. Yo empecé a gemir y eso le animó mucho más, porque aceleró el movimiento de su lengua.
Tras unos minutos en los que él me proporcionó un placer indescriptible, decidí darle yo a él algo similar. Le quité el coño de la boca y bajé hasta su polla, la cual empecé a mamar desesperadamente.
Entonces me vino una pregunta a la mente: ¿le habrá hecho alguna vez una chica una mamada? Lo que estaba claro es que le estaba gustando.
Cuando vi en sus ojos que estaba apunto de correrse me detuve violentamente. Me senté sobre su polla y empecé a botar y a moverme todo lo rápido que podía. Fran empezó a gemir de placer y yo llegué a mi tercer orgasmo.
Otro pensamiento sobrevoló mi mente: ahora podría presumir ante mis amigas de que me había tirado a un homosexual, cosa que ninguna otra había hecho.
Cuatro bocanadas de leche caliente me sacaron de mis pensamientos. Yo no había contado con que Fran estaba prácticamente borracho y no sabía ni lo que hacía.
Se había corrido dentro de mí y yo no estaba tomando ningún tipo de anticonceptivo. Este hecho me sacó de todas mis fantasías de golpe y me sentí como una auténtica puta, porque todo aquello lo había provocado yo.
Me desencajé de la polla de Fran y vi que él, en pocos segundos se quedó dormido.
Yo, decidí coger una cama con ruedas que apenas uso y ponerla al lado del sofá y quedarme a dormir al lado de Fran aquella noche.
Me costó conciliar el sueño porque estaba totalmente arrepentida de lo que había hecho, pero gracias al alcohol que llevaba en el cuerpo, lo logré más o menos a la media hora.
Cuando desperté a la mañana siguiente, oí la voz de Fran hablando por teléfono y me hice la dormida para oir lo que decía:
"Pues yo he pasado una noche de puta madre Manolo. Usé el truco del gay despechado y me he follado a una tía increíble.¿Qué como lo he hecho? Muy fácil, me visto con unas pintas de gay increibles, me voy a un bar que frecuentan chicas, me pongo a beber sin parar, finjo que lloro y siempre aparece alguna estúpida a preguntarme qué me sucede. Me toma confianza y tras varios cubatas acabamos follando.
Te lo aconsejo, yo que tú lo haría pues es un método que no falla.
Bueno Manolo, ya nos veremos. Voy a vestirme y me voy pitando de aquí. Hasta luego".
Yo me quedé atónita. Me habían engañado como a una tonta y no me había dado ni cuenta, y lo peor era que todo había sido por mi culpa. Y para colmo, aquel hijo de puta a lo mejor hasta me había dejado embarazada.Un portazo me sacó de mis pensamientos. Era Fran, o como se llame, dudo que ese sea su nombre, que abandonaba mi casa, dejándome tan mal o peor como él había aparentado estar la noche anterior.
por David
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