Tú, mi deseo
 por Nana
Me miro y me veo bonita. Hace un año cuando me miraba al espejo, no me veía especialmente bonita. Me veía normal. ¿Ligaba? Sí, claro. Pero ¿quién no liga en una discoteca a las 3 de la mañana? ¿Había tenido novios? Sí, claro. Pero nunca nadie, antes que tú, me hizo creerme bonita. Y un día me hiciste desnudarme, ponerme delante del espejo, y te colocaste detrás de mí. Estuviste cinco largos minutos mirando mi imagen en el espejo, y yo sin saber dónde mirar. Estaba desnuda y tú en cambio completamente vestido, contemplándome. Ya nos habíamos visto desnudos, pero aún sentía ese cierto pudor de mostrarme así ante ti. ¿Por qué a veces sentimos más vergüenza de desnudar el cuerpo que el alma? Te había entregado ya mi alma, mi corazón, mi cabeza, mi razón, mis pensamientos, pero me sentía indefensa así, desnuda ante tus ojos.

– ¿Qué ves, Ana?
– Una mujer.
– Aquí, ¿qué ves aquí? – me preguntaste tomando, desde atrás, mi cara entre tus manos.
– Unos ojos, una nariz, una boca...
– No, no es sólo eso... yo veo unos ojos profundos, que me miran con amor, con deseo; veo un pozo oscuro donde me reflejo... Veo una boca que me pertenece en cada beso, veo unos labios temblorosos ante cada una de mis caricias; veo una lengua tibia y suave que cuando me recorre convierte mi piel en carne viva...

Te oía hablar, y te creía. Te oía hablar, y te quería. Te oía hablar, y tus palabras se convertían en aguijones de deseo que se clavaban en mis oídos y liberaban un veneno que se repartía por mis venas.

– ¿Qué ves aquí, Ana? – bajaste tus manos hasta mis senos; las acomodaste bajo su curva y volviste a preguntar.
– Mis pechos...
– No... yo veo el valle donde me gusta reposar la cabeza. Veo dos cumbres que me invitan a que las ascienda, y veo las cimas... suaves e inalcanzables al principio... duras y complacientes cuando las alcanzo.

El veneno estaba ya disolviéndose en mi cuerpo, viajando por mi ser, incluso más rápido que mi propia sangre. Tus manos fueron bajando desde los pechos hasta las caderas, erizando mi piel a su paso.

– ¿Qué ves aquí? – me preguntaste nuevamente.
– La cadera, las piernas...
– Yo veo dos piernas que me anudan cuando hacemos el amor, y que me desesperan cuando ese nudo se deshace.

Mi razón empezaba a nublarse por un fino velo. En esa habitación sólo existían tus manos, tu voz y yo.

– ¿Qué ves aquí? – preguntaste, paseando tus manos por mi piel, sin despegarlas, hasta que quedaron alrededor de mi pubis, enmarcándolo.
– Mi pubis – y te vi sonreír en el espejo; siempre te hizo gracia lo que tú llamabas mi “manera fina” de decir las cosas.
– Yo veo una laguna viva donde me gusta sumergirme y ahogarme en ella; noto su calor y oigo su llamada.

No sé si en ese momento oías mi llamada invitante, pero lo que sí sabía seguro es que cada célula de mi cuerpo te reclamaba.

– Y ahora vas a hacer algo por mí... – Tus ojos encontraron los míos en el espejo.
– Dime – mi voz salió casi como un gemido, un aviso del deseo que habías despertado y un anticipo de la satisfacción que sabía que iba a llegar.
– Mírate en el espejo, Ana; no apartes los ojos de ti ni un solo momento.

Las palmas de tus manos empezaron a moverse; lentamente iban reptando por mi piel acercándose a su destino. Bajé la mirada justo a tiempo para ver como mi pubis quedaba oculto tras ellas. Las moviste suavemente, masajeando mi monte de Venus; esa suave fricción provocó que mi interior se abriera y empezara a derramarse lentamente, mojando mi entrepierna. Poco a poco los dedos de tu mano empezaron a desaparecer entre mis piernas; iban siguiendo el camino ya marcado, empapándose de mí.

Te fuiste agachando detrás de mí dejando besos húmedos y cálidos a lo largo de mi columna, mientras tus dedos seguían recorriéndome. Estaba tan concentrada en las sensaciones que experimentaba, que apenas noté cómo quedabas arrodillado a mis espaldas y cómo tus labios se iban posando en mis nalgas, llenándolas de besos. Perezosamente dejé de mirar tus manos y  subí la vista, conociendo mi cuerpo con ojos nuevos.

Me detuve en mis pechos; muchas veces los había contemplado desnudos ante un espejo, pero jamás los había visto como los veía entonces. Me parecieron más erguidos, más tensos que nunca; los pezones los veía más oscuros que normalmente, y tan rígidos y erectos que casi me hacían daño. Deseaba que tu boca los calmara, o subir mis propias manos para acariciarlos, pero preferí no hacerlo; estaba descubriéndome a mí misma.

Posaste dos de tus dedos encima de mi clítoris, y lo masajeaste fuertemente. La presión de tus dedos, y la sensación de tus dientes royendo suavemente mis nalgas, me llenaban los sentidos tanto, que cerré los ojos para que nada me distrajera en ese momento. Las olas de placer que recorrían mi cuerpo se intensificaron, y mis labios se entreabrieron para dejar escapar apagados gemidos de placer.

– Mírate, Ana... siéntete bonita...

Oí tu voz a mis espaldas, y me obligué a abrir los ojos. En mi cara y en mis ojos reconocí la expresión que tantas veces te había visto; la frente perlada de sudor, las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos que dejaban escapar el aire en suaves golpes de respiración, y los ojos abiertos, muy abiertos y muy brillantes… el brillo del deseo y el placer.

Cuando noté que tus dedos se introducían dentro de mi cuerpo, mi sexo se empapó más aún, mientras el fino vello que cubría mi cuerpo se erizaba, mi respiración se volvía aún más agitada y las pupilas se dilataban haciendo que mis ojos se vieran muy oscuros. Empezaste a mover tus dedos rápidamente dentro de mí, y a cada golpe de tus dedos en mi interior las sensaciones se iban multiplicando. Reconocí en mi cuerpo la tensión que se acumula justo antes de cada orgasmo y, un segundo después, la brusca contracción de mis pupilas… un súbito parón en mi respiración… y una marea de calor se extendió por todo mi cuerpo.

Mientras las últimas oleadas del orgasmo se disolvían en mí, te levantaste, me anudaste por la cintura con tus brazos y apoyaste tu barbilla en mi hombro desnudo.

– ¿Ves como eres bonita?

Y, apenas un mes después de haber empezado nuestra relación, me sentí bonita entre tus brazos.

Nos habíamos conocido en la fiesta de inauguración del piso de Julia. Algunos habíamos ido a primera hora de la tarde para ayudarle a preparar la fiesta, y para empezar a vaciar botellas. A las 9 de la noche, hora del comienzo oficial de la fiesta, había más botellas vacías que gente en la casa. El alcohol, el ambiente festivo, el hecho de conocer a la mayoría de la gente, hacían que sacara esa faceta oculta en mí de relaciones públicas y fuera de grupo en grupo saludando, repartiendo besos y diciendo tonterías como si todos fueran mis mejores amigos. Cuando por enésima vez sonó el timbre de la casa, fui toda decidida a abrir la puerta y a recibir a los recién llegados.

– ¡¡Hola!! ¡¡Bienvenidos a la fiesta de Julia!!
– Hola, buenas noches.

La pareja que acababa de llegar me miraba fijamente. Ella, con expresión más bien seca, vestida de sport, pero de impecable presencia. Él... tú...  de oscuro, informal también; y mirándome con esa expresión tan tuya en la cara, ceja derecha levantada y sonrisa ligeramente burlona. Y mientras tu mujer pensaba que había llegado a una fiesta de borrachos y tú pensabas no sé qué... a mí, como diría mi amiga Laura, se me cayeron las bragas al suelo... Por primera vez en mi vida comprobaba que, esa expresión que utilizábamos en las noches de borrachera, podía llegar a ser real. Te vi y te deseé.

– ¿Está Julia?

La voz un poco impertinente de la mujer me hizo reaccionar. Mi mente despertó de la fantasía sexual en que se hallaba inmersa y recordé que estaba en una fiesta, con un martini en la mano. Levanté la mano en la que llevaba el vaso, hice tintinear los hielos de su interior y esbocé una enorme y forzada sonrisa en mi cara.

– ¡¡Uysss!! ¡¡Necesitáis bebida urgente!! Pasad, pasad... y divertíos... ¡¡Es una orden, no una sugerencia!!

Entrasteis en el piso, cerré la puerta y respiré hondo una, dos, hasta cuarenta y ocho veces, antes de girarme e ir en busca de Julia. En ese momento, Julia podía vivir sin saber que habían llegado dos nuevos a la fiesta, pero yo no podía vivir sin saber quién eras tú.

– Oye, Julia, acaban de llegar Doña Estirada y acompañante.
– Jajaja, ¡qué lela eres! Anda, dime, ¿quiénes son esas nuevas adquisiciones?
– Ah, no sé, no les conozco... Son esos dos que están hablando con Rafa.
– ¡¡Ah, sí!! Es el matrimonio del cuarto segunda... Sólo les conozco de vista. – Claro, era tu mujer; la posibilidad de que fuera tu hermana era demasiado bonita para ser verdad.
– ¿Y por qué les has invitado?
– Jajaja…me recomendaron que invitara a toda la gente del bloque; así, si la fiesta se alargaba por la noche, no se podrían quejar.
– ¡Jo!  picarona, tú si que sabes...

Y la fiesta continuó. Y mi propia fiesta se desmontó. Seguí bebiendo y riendo; pero ya no era yo. Me dediqué a dar vueltas por toda la casa, como una abeja en busca de una flor, mientras el efecto insecticida de la fría mirada de tu mujer me rociaba. Cuando mi dignidad decidió que no soportaría más fumigación, me uní al grupo cuentachistes que había invadido la terraza y allí me refugié de tu presencia. No hay nada mejor para bajar un subidón de libido que escuchar toda una serie de chistes machistas.

Hacia las 2 de la mañana, ni mi cerebro podía soportar otra copa, ni mis pies me aguantaban más. Me despedí de Julia y de los que me fui encontrando, mientras me dirigía a la habitación que habíamos aislado como guardarropa. Y allí estabas tú, rescatando tu chaqueta del montón de ropa que había encima de una silla. Al oírme entrar, levantaste la vista y sonreíste abiertamente al reconocerme.

– Hola de nuevo, alegre recepcionista.
– Hola hola... hey, esa azul es la mía.
– ¿Esta?

Y te acercaste para darme mi chaqueta. Y alargué una mano repentinamente temblorosa. Y me sonreíste. Y te sonreí. Y me miraste fijamente. Y te deseé. Y me llegó el olor de tu colonia. Y te deseé. Y quise decirte un millar de cosas. Y deseé besarte. Y abrí la boca... y dije lo más estúpido que podía decir.

– ¿Y tu mujer?
– Hace un par de horas que se fue para casa; mañana trabaja y si no duerme sus ocho horas, se levanta con dolor de cabeza.
– Bufff, madrugar... yo también debería ir pensando en irme a casa.

Empecé a ponerme la chaqueta; un brazo entró fácil, pero el otro no lograba encontrar la manga. Y empecé a dar manotazos al aire, buscando una manga que seguro que alguien había cosido porque no conseguía localizar la abertura.

– Jajaja, anda que vas buena... – te acercaste y en un momento fuiste capaz de encontrar la manga y dirigir mi mano hacia ella – Si esperas un minuto, subo a buscar las llaves del coche y te llevo a tu casa.
– No, no, no seas tonto. Tú vives aquí mismo y yo en la otra punta de Barcelona; ya cogeré un taxi.
– No, mujer, te llevo a casa... ¡Y es una orden, no una sugerencia!
– Eh eh eh ¡qué esa frase es mía!
– En dos minutos te espero en el portal... – y saliste de la habitación riéndote.

¿Dos minutos? En menos de uno ya estaba abajo. No se oía ningún ruido en la escalera y, como si estuviera haciendo alguna pillería, me acerqué a los buzones… cuarto segunda, cuarto segunda… y allí estaba tu nombre… Roberto… Me encantó... En busca de un poco de aire fresco y repitiendo tu nombre una y otra vez, salí a la calle para esperarte.

Enseguida bajaste, me sonreíste y, sin palabras, empezamos a caminar. Habíamos andado sólo unos pasos cuando accionaste el mando a distancia, y se encendieron las luces de tu coche. Me dirigí hacia la puerta del copiloto, mientras tú entrabas en el coche. Abrí la puerta y entré; hasta mí volvió a llegar el olor de tu colonia y volví a ponerme nerviosa. Me giré para agarrar la hebilla del cinturón de seguridad, la estiré por delante de mi cuerpo e intenté meterla en el anclaje. Pero alguien había diseñado mal tu coche, porque no había manera de atinar. Al final tuve que girar e inclinar la cabeza para ver si lograba encontrarlo. Cuando por fin lo logré, volví a sentarme recta en el asiento, sonriendo muy satisfecha de mí misma. Pero había algo extraño… el coche no se movía, ni siquiera se oía el motor; giré la cabeza hacia ti y te encontré mirándome fijamente.

– ¿Qué... qué miras?
– Intento leerte la mente.
– ¿Eh? ¿Por qué? ¿Para qué?
– O me dices tu dirección o la leo en tu mente...

Jajaja, no sé si me reí de lo absurdo de tu comentario o del repentino alivio que sentí. Por un segundo, se había pasado por mi cabeza la posibilidad de que realmente pudieras leer la mente y llevaras toda la noche haciéndolo. Claro que, si de verdad pudieras hacerlo, si pudieras ver el millar de imágenes que se agolpaban en mi mente, no estarías tan tranquilo. Te di mi dirección, arrancaste el motor y nos pusimos en marcha.

Me acomodé en el asiento; me senté ligeramente ladeada para poder observarte a gusto. Estudié tu perfil, cómo movías tus manos, las piernas, los ligeros movimientos de tu cabeza. Si alguien me hubiera visto desde fuera, habría pensado que era la primera vez que veía a alguien conducir por lo embobada que te miraba. Centré mi atención en tu mano derecha; iba del volante al cambio de marchas continuamente y yo la seguía con la mirada. Pensé que si aparecía el enanito de los deseos en ese momento, le pediría ser un simple cambio de marchas... ¡hay que ver lo que hace el alcohol!

Por fin enfilamos la calle Aragón, que atraviesa Barcelona casi de punta a punta, y que, a esas horas de la noche, se coge con todos los semáforos en verde. Aceleraste... tercera... cuarta... quitaste la mano del cambio de marchas y la pusiste en mi rodilla. Por un momento, pensé que te habías equivocado, que se dibujaría una sonrisa en tu cara, y que dirías algo así como “caray, qué tonto estoy”. Pero no lo hicistev. No apretaste la mano, no la moviste, no hiciste la más mínima presión con tus dedos. Sólo la dejaste allí, quemándome. Quizá era verdad que me había convertido en un cambio de marchas, y por eso ni tan solo era capaz de soltar el aire de mis pulmones.

Cuando el coche dejó la calle Aragón para desviarse hacia mi casa, suavemente y sin palabras, igual que la habías puesto, quitaste tu mano de mi rodilla para volver a ponerla sobre el cambio de marchas. Por fin pude respirar, aunque no conseguí moverme; estaba como paralizada sobre el asiento, mientras en mi interior reinaba un caos frenético de sensaciones.

Paraste el coche delante de mi portal. Quería seguir allí a tu lado, pero también quería salir de ese coche, refugiarme en mi casa y ordenar lo que fuera que parecía haberse desordenado en mi cabeza. Vi como dirigías tu mano a la llave de contacto, y antes de que pudieras apagarlo, abrí la puerta del coche y empecé a despedirme.

– Pues… muchas gracias por traerme.
– Ha sido un placer, Ana.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
– Pregunté a tu amiga Julia quién era la loca que había abierto la puerta.
– Jajajaja, ¿en serio le dijiste eso?
– No, en realidad no. En realidad fue ella la que dijo “la loca de Ana”.
– Caray, tener amigas para esto….
– Lo dijo con tono cariñoso, si es que eso arregla algo.
– Bueno… la tacharé de la lista negra. Ahora sí que me voy, que tú tienes que volver a tu casa. Muchas gracias de nuevo, Roberto.
– Jajajaja, ¿y cómo es que tú sabes mi nombre?
– Ah… una que tiene sus recursos…
– Si me das tu móvil te llamo mañana.

Y por supuesto te lo di. No hizo falta que me lo pidieras dos veces.

Aquella noche el recuerdo de una ceja levantada, una sonrisa, y una mano en mi rodilla me impidió dormir. Nunca antes me había pasado lo de esa noche. No es que creyera en los enamoramientos a simple vista, tampoco era amor lo que había sentido por ti; era simple y puro deseo. Quizá era que llevaba tiempo sin pareja, o tiempo sin sexo, o me faltaba chocolate en la dieta, o estaba muy sensible, o… no sé. Sólo sabía que, fuera lo que fuera que se me hubiera descolocado en el cerebro, eras tú el único que podía recolocarlo. Yo que necesitaba agenda hasta para quedar a comer con una amiga, y estaba deseando lanzarme al vacío y sin red.

Al día siguiente no trabajé. Bueno, sí que fui a la oficina, y sí que abrí mi agenda para ver lo que ya tenía programado para ese día. Y como cada mañana leí esa frase para cada día que ponen ahora en las agendas.

Sólo hay un principio motriz: el deseo (Aristóteles)

Increíble. Yo no sabía qué me pasaba, y resultaba que un filósofo que vivió 24 siglos atrás me entendía a la perfección. Después de que Aristóteles resolviera mis dudas, el resto del día se convirtió en una espera; sólo esperaba tu llamada, apenas hice otra cosa en todo el día. Esperar, y comprobar el móvil cada cinco minutos. Y esperé y esperé; y a las cuatro de la tarde, cuando ya estaba casi convencida de que te debía haber dado mal mi número, oí el sonido de mensaje recibido: ¿A las 7 en el Zurich? Esto sí que es una sugerencia. Me sentí nerviosa, contenta, histérica, excitada, feliz… y no precisamente en ese orden, sino todo a la vez.

A la hora en punto, entraba en el Zurich; me paré un momento en la puerta, buscándote entre la gente. Estaban todas las mesas ocupadas pero tú no estabas en ninguna. Mientras decidía si salía a la calle o esperaba a que una mesa quedara libre, dos chicas se levantaron para irse, y me dirigí hacia allí. Por el rabillo del ojo, vi que alguien entraba por la otra puerta del bar y, para que no me quitara la mesa, empecé a andar más deprisa. Con paso decidido, llegué a la mesa, eché hacia atrás una de las sillas, me senté y levanté la mirada en un gesto de triunfo. Cuando vi quién era mi rival en la lucha por la mesa, todo mi orgullo de conquistadora se transformó en vergüenza.

– Casi me da miedo preguntarte si puedo sentarme aquí… - Apenas podías aguantar la risa, mientras apartabas la silla que estaba a mi lado para sentarte.
– Claro que sí, - me notaba la cara ardiendo -  era tu silla la que estaba defendiendo.
– Jajajaja, deberías haberte visto corriendo por el bar; parecías una leona protegiendo sus posesiones.
– Calla, calla, ¡qué vergüenza!… entre esto y lo de ayer, ¡vaya idea te debes estar haciendo de mí!
– Buenas tardes, pareja, ¿qué vais a tomar? – la oportuna aparición del camarero me salvó de oír lo que fuera que estabas pensando.
– ¿Una cerveza? – preguntaste, dirigiéndote a mí.
– Uys, no, después de la fiesta de ayer, hoy toca día abstemio. Una Coca-Cola mejor.
– Entonces, dos Coca-Colas. – el camarero asintió con la cabeza, y se marchó hacia la barra -  ¿Has oído? Nos ha llamado pareja. – y me guiñaste un ojo.
– Jajajaja, supongo que eso lo dirá siempre.
– No sé… Una vez leí que los camareros tienen algo de psicólogos.
– Pues me parece que esta vez ha fallado con nosotros.
– Pero… - y empezaste a acercar tu cara a la mía - … no crees que… - tu cara estaba muy cerca ya - … podríamos hacerle creer… - apenas un suspiro separaba nuestros labios - … que sí que ha acertado con nosotros…

Nuestras caras estaban tan cerca que si hubiera parpadeado, mis pestañas podrían haberse enredado con las tuyas. Clavé mis ojos en tus ojos, y pude leer tanto en ellos, que decidí dar el salto al vacío; sin timidez alguna, fui yo misma la que salvé esos milímetros que nos separaban, para ir en busca de tus labios.

Me entregué a ti en ese beso; con mis labios y mi lengua intenté transmitirte todo el deseo que llevaba acumulado desde el primer momento que te vi. Y cuando noté que respondías a él con ansias parecidas a las mías, supe que tú habías sentido lo mismo que yo. No sé cuánto duró ese primer beso, porque nuestros cuerpos se perdieron juntos en el tiempo de esa entrega; y cuando al fin fuimos capaces de despegar nuestros labios, seguimos con las caras muy cerca, como si necesitáramos seguir respirando el mismo aire.

– ¿Tú crees que le habremos convencido?
– ¿Eh? ¿A quién? – no tenía ni idea de lo que me estabas hablando.
– Al camarero.
– Mmmm… No creo ni que se haya fijado en nosotros.
– Yo creo que sí; cuando ha traído las Coca-Colas se ha debido fijar.

No acababa de entender lo que me decías, como si mi mente no hubiera despertado aún del beso. Despegué mis ojos de los tuyos y desvié la mirada hacia la mesa; allí había dos vasos llenos de Coca-Cola y un cenicero que antes no estaban. Por fin comprendí lo que me estabas diciendo, te miré y, como dos tontos, empezamos a reírnos a carcajadas. Poco a poco recuperamos la seriedad y en apenas una hora, entre besos y palabras, muchos besos y pocas palabras, nos acabamos la bebida, nos levantamos y nos fuimos hacia mi casa. Tú estabas casado, yo lo sabía, y tú sabías que yo lo sabía. Los dos éramos adultos y conscientes de la situación, así que no fue necesario dar los pasos normales de encuentro, coqueteo y seducción. Y esa tarde en mi casa, te entregué mi cuerpo, te hice dueño de mi deseo, y empecé a concederte un trocito de mi corazón.

Así empezamos nuestra relación. Nos veíamos cuando podíamos, aprovechando cuartos de hora, horas enteras, noches o incluso días; tu trabajo te permitía una cierta libertad de movimientos y supimos acomodarnos a esa libertad. A veces el tiempo se limitaba a un café rápido; otras, una cena lenta con una sobremesa más lenta aún; a veces unos besos presurosos; otras, sesiones de amor y sexo vertiginosas; a veces, viajes de trabajo de un par de días a los que podía acompañarte; otras, viajes de trabajo inventados con mi casa como destino. Y entre encuentros rápidos y lentos, fogosos y calmados, breves y extensos, ardientes y serenos, me fui enamorando de ti. Nunca te pedí exclusividad, ni nunca tuve celos de tu mujer, quizá porque siempre supe que existía; pero en mi mente tú y yo éramos pareja, y era a mí a quien abandonabas para irte a ratos con Doña Estirada. Tú tenías tu vida y yo la mía, pero cuando estábamos juntos, sólo existíamos tú y yo. Para mí eso era suficiente.

Las noches que escapabas de tu casa y venías a pasarlas conmigo, nos tumbábamos en la terraza de mi apartamento y mirábamos al cielo. Jugábamos a que el primero que viera una estrella fugaz, podía pedirle al otro lo que quisiera. Yo nunca veía ninguna, y te reías de mí por eso. Sí que las veía; pero tenía tantas ganas de amarte y de complacerte que no lo decía para que tú pudieras pedir, por muy loco que fuera tu deseo.

¿Te acuerdas de la noche de mi cumpleaños? Era una noche de agosto, calurosa. Sobre la mesa de la terraza estaban los restos de la cena y el regalo que me habías traído, un conjunto de camisón y bata de seda, granates, y la promesa de que sería el único equipaje que llevaría la próxima vez que te acompañara en un viaje. Después de cenar, nos desnudamos, nos tumbamos sobre una estera, y entre besos y caricias, mirábamos al cielo buscando estrellas fugaces. Bueno, tú mirabas al cielo y yo te miraba a ti.

– ¡Una, he visto una!
– Vaya, - y adopté un fingido tono de derrota - ya he vuelto a perder.
– Jajajaja, como siempre.
– Jo… ¿Y cuál será la prenda que me toque pagar hoy?
– Mmmm… Vamos a estrenar tu regalo.
– ¿Ahora? ¿Me lo tengo que poner ahora?
– Jajajaja, ¡cómo voy a hacer que te vistas, con lo que me gusta tenerte desnuda!... No, no… espera, levántate…

Nos levantamos a la vez; me quedé de pie mientras tú te dirigías hacia la mesa, cogías la bata y le quitabas el cinturón. Te lo pusiste alrededor del cuello, te giraste y viniste hacia mí con paso lento y sonrisa de niño malo.

– Clava los pies en el suelo, cierra los ojos y déjate llevar…

Cerré los ojos, pasaste el cinturón por detrás de mi nuca, y estiraste de él. Fui adelantando la cabeza, y enseguida me topé con tus labios. Notaba el calor que emanaba de tu cuerpo, y me hubiera gustado pegarme a ti e impregnarme de tu olor pero no lo hice; sólo nuestras bocas estaban en contacto. Nos besamos, un beso largo y profundo, largo y húmedo, hasta que noté cómo el cinturón dejaba de hacer presión en mi cuello, y lentamente mi cabeza volvió hacia atrás.

Cuando la fría seda fue resbalando por mi espalda y por mis brazos, me recorrió un escalofrío. Bajó acariciante hasta la cintura, te colocaste detrás de mí, y la seda empezó a ascender de nuevo, acariciando mi abdomen, hasta que quedó detenida por mis pechos. Un leve tirón y empezó a remontarlos, y se detuvo nuevamente cuando llegó a los pezones; entre la excitación del momento y el tacto eléctrico de la seda, mis pezones se habían endurecido y eran como un escollo en el camino de la tela. Noté cómo se tensaba el cinturón y cómo intentaba salvar ese nuevo obstáculo; un impulso de tus manos, otro estirón de la seda, y mis pezones quedaron vibrando cuando por fin el cinturón los superó.

La seda giró nuevamente por mi piel, mientras dejabas mi espalda y volvías a colocarte delante. De nuevo me sentí estirada por el cinturón, y obedecí, adelantando mi pecho; entonces fuiste tú el que frotaste tu cuerpo contra mis pezones. Notar tu piel y el vello de tu pecho contra mí, hizo que aún se endurecieran más y que empezaran a latir casi como con vida propia; y cuando la sensación estaba a punto de desbordarme, dejaste ir un cabo de la seda y mi cuerpo volvió hacia atrás.

Con extrema suavidad noté cómo la seda me tocaba, primero en el hombro y un segundo después sobre mi trasero. Tu mano pasó entre mis piernas, agarraste el otro extremo, y al tirar de los dos cabos, se fue cerrando sobre mi entrepierna, acariciándola, mimándola, envolviéndola; empezaste a moverla delante y atrás suavemente, y la seda, plana aún, producía un suave y placentero cosquilleo en mi sexo. Enseguida empezó a humedecerse y a doblarse, y fue introduciéndose entre mis labios, ayudada por el suave movimiento de vaivén de tus manos. Y el suave cosquilleo se transformó en una deliciosa fricción que hacía que la tela se fuera mojando más y más y más… y que yo te deseara más y más… y más.

Las piernas me temblaban y pensaba que no me iban a aguantar; como si me hubieras leído la mente, soltaste el cinturón, pegaste tu cuerpo al mío y mientras tu boca atrapaba la mía, me agarraste del culo y me subiste. Me anudé a ti, con brazos y piernas, y comprobé que tú tampoco aguantabas más sin besarme, sin tocarme, sin hacerme tuya en ese justo momento. Sin dejar ir mi boca, empezaste a caminar hacia atrás, hasta que tus piernas se toparon con una de las sillas de la terraza y te sentaste, conmigo entre tus brazos.

Tu boca liberó a la mía, y sin despegarla de mi piel,  recorriste el camino hacia mi pecho buscando mis pezones. Me eché hacia atrás para ofrecértelos y sólo la luna en el cielo fue testigo de cómo desaparecieron entre tus labios, dándoles ese placer que sólo tu boca podía lograr. Mientras  jugabas con ellos, empezaste a estirar la seda que aún seguía metida entre mis labios y que salió completamente mojada de mí. Pasaste el cinturón por detrás de tu espalda, me rodeaste con los cabos y los anudaste a mi espalda; quedaron nuestros cuerpos unidos por ese cordón de seda, aunque no hubiera hecho falta… en ese instante, nada hubiera logrado separarme de ti.

– Ahora sí que no te escapas de mí…
– Tampoco quería escaparme…

Me agarraste de la cintura, me levantaste y, de la manera más natural, tu miembro erecto encontró la entrada y empezó a introducirse dentro de mí. Tus manos no me soltaron, y fui resbalando suavemente sobre ti, hasta que nuestros sexos chocaron; busqué tus ojos, apoyé las manos en tus hombros y empecé a moverme rítmicamente sobre ti. Las ansias de los dos hicieron que el movimiento se fuera acelerando rápidamente; los sexos se encontraban y se volvían a separar a un ritmo frenético, intenso, hasta que en nuestro interior sentimos una descarga. Nuestros cuerpos vibrantes se abrazaron, y por fin llegó la liberación, cuando las oleadas de un orgasmo nos recorrieron por completo.

Y mientras, en el cielo, la luna blanca se ocultaba detrás de una nube para disimular la envidia tras ella.

No sé en qué momento la relación cambió. Para ser exactos, la relación no había cambiado; fui yo la que cambió. O quizá es que abrí los ojos. Quizá fue el día en que después de hacer el amor, no me levanté de la cama tapándome con la sábana. O quizá fue el día que me llamaste para anular una cita. O quizá el día que no te despediste por teléfono diciéndome “te deseo”. O quizá fue el día que sí que vi una estrella fugaz. Fueron muchos los quizás que hicieron que abriera los ojos y me diera cuenta que era la otra. Que simplemente era la otra.

Comprendí que lo que yo creía que era una irrealidad real, no era más que una realidad irreal; no era a mí a quien abandonabas para ir con tu mujer, sino que era al revés… había inventado una pareja que no era tal. Cuando estaba junto a ti todo era igual que antes, pero en cuanto me dejabas, mi cabeza se convertía en un hervidero de pensamientos: ¿pensabas en mí cuando estabas con tu mujer? ¿me echabas de menos en algún momento? ¿antes de dormirte junto a ella, me deseabas buenas noches en silencio? ¿seguían resonando en tu cabeza, como resonaban en la mía, las palabras que nos susurrábamos en cada despedida?

Y empezó una época de dudas, de indecisiones, de temores, de contradicciones… contigo, era feliz; sin ti, estaba triste; contigo, bebía cada una de las palabras que me decías; sin ti, dudaba de todo; contigo, el mundo era un laberinto donde perdernos; sin ti, sólo tenía ante mí una pared que no me dejaba avanzar. Varias veces te dije que lo nuestro había acabado, que te dejaba... Y tú me mirabas y una chispa de tristeza asomaba a tus ojos; y yo veía esa tristeza y toda mi determinación se venía abajo. Entonces tú notabas esa grieta en mi muro; te acercabas lentamente a mí, me tocabas, y yo volvía a ser completamente tuya otra vez; y rato más tarde, entre sábanas y besos, nos olvidábamos de mis amenazas y mis tonterías.

Pero no eran amenazas. Eran avisos, gritos de ámame más, dame al menos la mitad de lo que yo te doy. Lo que sí sabía es que esperaba más de ti, y también sabía que llegaría un día en que quizá sí que se volverían amenazas, un día en que te exigiría más, que te pediría que tomaras una decisión… ¿Y estaba yo preparada para oír un no de tus labios? La respuesta era fácil: no, no lo estaba. Y cuando fui consciente de eso, tomé la difícil, muy difícil decisión de escribir el final de nuestra historia. Era mejor un final precipitado pero consciente, que esperar a ver cómo nuestra historia agonizaba colmada de palabras inconscientes, de reproches, de lágrimas, de rencores.

Debí hacer lo mismo que cuando decides dejar de fumar; dejarlo drásticamente y no eso de “me fumo uno más y será el último”. Debí llamarte y decirte adiós. Pero no pude. Necesitaba una vez más. Una sola vez más... ¿Por qué?... No lo sé... Sabía que en esa vez más iba a venderte mi alma… Pero necesitaba esa última vez. ¿Qué se sentiría al encender un cigarro sabiendo que es el último? ¿Sabrían las caladas como las de cualquier otro cigarro? ¿Sería posible apagarlo y no volver a encender otro? Si sólo pensándolo, ya notaba que me ahogaba por dentro… ¿sería capaz de decirte definitivamente adiós?...

Y ahora estoy sentada en mi habitación, delante del espejo ante el que me hiciste sentirme bonita aquel día, esperándote, vestida sólo con unas braguitas y con una camisa tuya, de esas que dejabas en mi casa para cuando pasabas la noche aquí; estoy tan perdida en lo que siento en este momento, que necesitaba sentirme arropada por algo tuyo… perdida pero resuelta, resuelta pero triste, triste pero decidida, decidida pero perdida… Llevo mucho rato aquí sentada, esperándote y recordando. Y es curioso, antes sólo me producía placer recordar toda nuestra historia y ahora, el placer se mezcla de una forma muy extraña con el dolor. Quizá esto son sólo pensamientos con los que me estoy engañando e intentando convencerme a mí misma de que he tomado la decisión correcta… No lo sé… Quizá, después de todo, Aristóteles no tenía tanta razón…

Suena el interfono… vuelco del corazón… descalza, de pies y de alma, voy a contestar… ¿sí?... soy yo, cariño… sube, sube… cuelgo, abro la puerta, y espero mientras sube el ascensor… hola, mi amor… ¿por qué tu voz me suena así de cariñosa?... hola, mi sol… y lo digo porque es verdad que eres mi sol… mmmm deberías llevar siempre mis camisas, no sabes lo bien que te sientan… entras, cierras la puerta, me coges de la barbilla y paseas tus ojos por mi cara… ¿es posible que hoy estés más bonita que nunca?...   anda, lelo, bésame…

Bajas tu boca hasta la mía en un beso suave y soy yo la que acerco mi cuerpo al tuyo; hoy necesito llenarme por completo de ti, hacer mía cada una de tus sensaciones y vivirlas en mí. Nos abrazamos fuertemente, mientras labios y lenguas se unen con ansia. Acabo de encender mi último cigarro, y quiero que los dos lo saboreemos. Dejo tu boca y con la punta de la lengua recorro tu mejilla hasta tu oreja y te susurro al oído:

– Vamos a la habitación.

Deshago el abrazo, te cojo de la mano y te voy guiando; llegamos a la habitación, y sigo estirando de ti, hasta que quedas de espaldas a la cama. Me acerco lentamente a ti, y me llega el olor de tu colonia, como el primer día, y vuelvo a desearte, como el primer día. Acerco las manos a tu camisa y empiezo a desabrochar lentamente los botones, acariciando con la mirada la piel que voy descubriendo; estiro de los faldones para sacarla del pantalón y la hago resbalar por tus hombros hasta que cae al suelo. Vas agachando la cabeza, buscando de nuevo mi boca, pero yo subo las manos, las apoyo en tu pecho y te empujo descaradamente hacia atrás.

– ¡¡EEhh!! ¡¡Mala!! Jajajaja – te ríes mientras caes sobre la cama.
– Mmmm… ¡con que esas tenemos! – y pongo cara de enfado – Pues ahora te vas a quedar allí tumbado y sin protestar, ¿eh?

Te tumbas en la cama, obediente. Me arrodillo a los pies de la cama, te quito los zapatos, los calcetines y los dejo en el suelo; voy gateando sobre la cama y me coloco a tu lado. Me miras con una sonrisa maliciosa dibujada en tu cara y alargas las manos para coger la camisa e intentas estirar de ella hacia arriba.

– No, no, hoy me toca hacer a mí…
– Jajaja, te estás vengando de las estrellas fugaces, ¿eh?
– Algo así…Cruza las manos detrás de la cabeza y no hagas nada más.

Perezosamente paseo los ojos por tu cuerpo casi desnudo. Siento la necesidad de sentirte bajo mis manos y las estiro para acariciar tu pecho con las yemas de los dedos; me gusta el tacto suave de tu piel y me gusta oír el suave ris ris ris ris que provocan mis dedos al pasar entre el vello que lo cubre. Enrosco varios pelos entre mis dedos y estiro de ellos, sonriendo cuando oigo tus quejidos de protesta.

– ¡Eh! ¡Me haces pupa!
– Pobrete mío… ¿crees que un beso te aliviaría?
– Mmmm, más de uno tendrá que ser…

Bajo la cabeza y te lleno el pecho de besos dulces, cálidos, suaves; beso tus pezones, los chupo, noto cómo reaccionan, y los vuelvo a besar.

– Más abajo también me ha hecho pupa…

Tu tono mimoso me hace sonreír. Bajo por tu cuerpo, llenándote el torso de besos; mi boca llega hasta tu ombligo, y asoma la lengua para rodearlo completamente.

– Creo que un poco más abajo también he sentido algo de dolor…
– Uy, sí que he sido mala…
– Sí, sí, me duele… y mucho…

Una última lamida a tu ombligo y lo dejo para seguir la fina línea de vello que se mete bajo tu pantalón, donde tu excitación es más que evidente. Alargo la mano y te acaricio por encima del pantalón.

– ¿Aquí es dónde te hace daño?
– Mmm…sí…
– Voy a tener que descubrir la zona a tratar…

Desabrocho lentamente los botones del pantalón; paso mis dedos a la vez por la cinturilla del pantalón y de tus slips y empiezo a estirar de ellos hacia abajo, mientras levantas la cadera para ayudarme. Te los quito y los dejo en el suelo. Me pongo otra vez a tu lado y contemplo tu cuerpo, deteniéndome en tu pene erecto; acerco mi mano a la punta y la acaricio suavemente.

– ¿Así que esto es lo que te hace pupa?
– Sí, sí… deberías comprobar que no ha sufrido daños…

Cierro la mano, y la bajo, recorriéndolo en toda su longitud; continúo acariciándolo, mientras a mi mente vienen todos los momentos de placer que hemos compartido. Tomo con la mano tus testículos, acariciándolos con los dedos, y voy agachando la cabeza; sonrío al oír cómo aguantas la respiración y cómo exhalas el aire cuando la punta de mi lengua te roza. Unas suaves lamidas en la punta, que la rodean, la cubren, la ensalivan bien; después unas largas lamidas hasta la base, mimándolo entero. Vuelvo a la punta, y lentamente el capullo va entrando en mi boca, juego con él, lo acaricio con la lengua; sé que eso te gusta y hago que la caricia sea suave y profunda. Poco a poco va desapareciendo más y más dentro de mi boca, mientras mi mano lo agarra por la base y lo masajea. Tus suaves gemidos gritan el placer que mi boca te entrega.

Te incorporas y, con rapidez, me coges de la cintura y me atraes hacia ti, sentándome sobre tu abdomen. Metes las manos bajo la camisa, subes acariciante hasta capturar mis pechos, posas tus manos sobre ellos y los aprietas, primero suavemente y cada vez más fuerte, mientras notas cómo mis pezones se van poniendo cada vez más duros. Los tomas entre los dedos y los pellizcas, haciendo que se endurezcan más.

– Quítate la camisa.

Enseguida la camisa desaparece de mi cuerpo, mientras me agacho para que quede el pecho a la alcance de tu boca. Sonríes porque sabes que me encanta sentir tu boca sobre mí y esta vez tampoco me decepcionas. Abres bien la boca y parte de mi pecho se oculta dentro de ella; lo vas dejando escapar lentamente, dejándolo brillante de saliva, deteniéndote en el pezón. Lo agarras suave pero firmemente entre los dientes, y la punzada de dolor que siento, enseguida se transforma en placer bajo las suaves caricias de tu lengua. Y sin despegar los labios de mi cuerpo, vas en busca del otro pecho.

Pones las manos detrás, sobre mi culo, y estiras de mí, hasta que queda mi sexo sobre tu cara; pasas la punta de la nariz sobre mis braguitas, aspiras el aroma, sientes su humedad. Metes dos dedos bajo el elástico de las braguitas, a la altura de la cadera, y lo vas siguiendo, bajando hacia mi sexo. Apartas la braguita hacia un lado y enseguida tu boca viene a ocupar el lugar de tus dedos. Noto las largas lamidas de tu lengua, y calmas tu sed bebiendo de mi deseo; poco a poco, tu lengua va abriéndose paso, invadiendo mi intimidad. Mientras tu lengua va en busca de mi clítoris, lo encuentra y le da placer, mis manos suben hasta mis pechos y juego con mis pezones. Los efectos de mis dedos pellizcando mis pezones se suman a las sensaciones de tu lengua en mi sexo, y hacen que olas de goce llenen mis sentidos.

Subes las manos hasta la cintura y me llevas hacia el lado, para tumbarme sobre la cama. Te apoyas sobre el costado, y ahora eres tú el que contempla mi cuerpo casi desnudo. Pones un dedo sobre la comisura de mis labios, sigues el contorno de mi boca y te ríes cuando abro la boca para intentar atrapar tu dedo. Continúas bajando por mi cuello, hacia mis pechos, y acaricias levemente los pezones.

– ¿Y a ti no te duele nada?
– Mmmm… ahora que lo dices…
– Déjame adivinar dónde te duele…

Una última caricia a mis pezones duros, y vas bajando la mano, hasta que se pierde en el interior de mis braguitas. Tu boca busca a la mía, y mientras las lenguas se unen, intercambiando nuestros propios sabores, dos dedos se introducen fácilmente en mí. Los mueves lentamente, aumentando el ritmo al compás de mi respiración que se vuelve más agitada.

Te arrodillas a mi lado, me quitas las braguitas, y lentamente cubres mi cuerpo con el tuyo; pones las manos a los lados de mi cabeza, sosteniendo tu propio peso. Nuestras caras quedan muy cerca, las miradas se cruzan, mientras tu pene busca la entrada de la vagina; una suave presión, un ligero empuje y tu cuerpo empieza a invadir el mío. Cierro los ojos, y me concentro en ese punto en que nuestros cuerpos se unen; noto cada milímetro de tu pene mientras se introduce dentro de mí, y cómo mi cuerpo se va acomodando a esa placentera invasión. Elevo las caderas para acercar más mi cuerpo al tuyo, y disfrutamos del roce de nuestros sexos y de los movimientos agitados que nos acercan y nos enfundan en un placer intenso. Abro lentamente los ojos y me encuentro con dos pupilas brillantes, fijas en mí.

– Ana… te quiero…
– Shhhh…

Pongo un dedo sobre tus labios para que no sigas hablando; subo las manos, las cierro sobre tu espalda y te atraigo hacia mí. Escondo mi cara en tu cuello, mientras enlazo mis piernas alrededor de tus caderas, obligándote a pujar más y más. Los cuerpos sudorosos, completamente unidos, moviéndose a un solo compás; las respiraciones que se acoplan; los gemidos que llenan la habitación. Siento que falta poco y aprieto más las piernas en torno a ti. Dos penetraciones más lentas pero más profundas, arqueas la espalda y, con un ahogado gemido de placer, te liberas en mi interior. Sigues moviéndote dentro de mí, y apenas un momento después, una descarga eléctrica  estalla en mi interior, recorriendo todo mi cuerpo, dejándome satisfecha y agotada.

Liberas mi cuerpo de tu peso, y te apartas a un lado, mientras los cuerpos siguen abrazados. Poco a poco la respiración vuelve a la normalidad y con ella mi mente empieza a tomar conciencia realmente de la situación. Te miro, y dulcemente te acaricio la mejilla con el dorso de la mano; me sonríes con expresión satisfecha y tus labios se posan fugazmente sobre los míos.

– Cielo, hoy tengo que irme, no puedo quedarme más.

Te levantas de la cama, vas recogiendo tus ropas y te vas vistiendo; sentada en la cama, veo desaparecer tu cuerpo bajo las ropas por última vez. Mientras acabas de abrocharte el pantalón, levantas la mirada hacia mí.

– ¿Cuándo quedaremos? ¿Quedamos el viernes para cenar?
– No, no vamos a quedar.
– ¿El sábado entonces?
– No, no me has entendido…
– Jajaja, anda, dime tú cuándo…
– No, Roberto, no vamos a quedar más…
– Ana…
– No, espera, déjame hablar… Te quiero, y lo sabes… Pero…
– ¿Pero qué, Ana?
– Necesito alejarme de ti.
– Ana, no vuelvas otra vez con esas… Hablamos mañana, ¿vale?
– No. Me ha costado mucho tomar esta decisión, pero debo hacerlo… Cuando estoy contigo soy feliz, muy feliz, pero cuando te vas con ella… - aún ahora soy incapaz de nombrarla.
– Siempre has sabido lo que había.
– No… siempre estuvo allí, pero yo no lo he sabido ver hasta ahora… - respiro hondo y, por primera vez en todo este rato, mi voz suena firme - Tengo que alejarme de ti.

Das dos pasos hacía mí pero te detienes, porque hoy sí que ves la determinación en mi mirada, sin grietas, sin fisuras; y dudas… y ahora es tu orgullo de hombre abandonado el que me habla.

– No podrás alejarte de mí. Me buscarás y vendrás a mí.
– No, eso no es cierto. – digo mientras muevo mi cabeza con decisión.
– Oh, sí, sí que lo es. Volverás a mirar atrás.
– Me alejo de ti... sé que cada segundo que pase, cada metro que ande volveré a mirar atrás. Pero tú nunca... nunca.... me verás mirar hacia atrás.

Te quedas mirándome antes de dar media vuelta e irte... una mirada extraña. Al menos extraña para mí, porque por primera vez veo que me crees. Me miras con una mezcla de sorpresa, dolor y algo más que no logro descifrar. Creo que es respeto por mí.
 
 

No han pasado ni 2 minutos, ni siquiera te ha debido dar tiempo a salir de mi edificio y........... ¿sabes?.......... ya te estoy echando de menos...
 
 

por Nana
 

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