Imágenes de un sueño
 por Pauline en la playa
El Edén.

Vamos, imagina. Está ahí y hay de todo; todo lo que tu caprichosa mente llegue a imaginar. Si quieres, puedes crear un edén psicodélico: hierba naranja, cielo verde con nubes rosas, montañas en forma de letras...tus letras...tu nombre en parpadeo constante. Música que no para de sonar y que va cambiando con tus pensamientos. Sube el volumen, tus orejas son un gran amplificador.

Sintoniza con los diales del horizonte. Haz que las nubes lloren y manchen tus zapatos blancos. Sientes calor y hueles a polvo de madera en el aire.

¿Estás en el Edén?

Yo sí, y puedo ver lo que quiera. No muy lejos de mi, sólo a unos metros de mis uñas pintadas de rojo está la playa. Dunas de arena tostada y un mar en calma. Liso, plano, verde aguamarina. Es de noche y una gran luna sonriente se baña desnuda en el agua salada.

Quisiera ir y romper la calma. Y jugar. Y ser de nuevo la niña que quería hacerse mayor. Desnudarme y sumergirme en el mar. Bucear hasta quedarme sin aire, salir a la superficie y respirar. Llenarme con el olor de felicidad de la vida. Nadar hacia el infinito y volver a la orilla; sentirme cansada.

Descansar en la orilla, dejar que el agua me moje y que la arena acaricie mi piel. Mirar mi cuerpo, observar mis curvas, dibujarme con mis dedos. Hacer una voltereta y contarme los dedos de los pies.
Estirarme en la arena y dejar que el calor de la luna dore mi piel, color de luna.

¿ De qué color es la luna?

La luna se pinta los labios, coqueta mira su reflejo en el mar y perfila su sonrisa. Me manda un beso pero se pierde en el agua. Estoy demasiado cansada para ir en su búsqueda; me quedo dormida.

¿Duermes Dormida?

Despierto antes del amanecer, mis ojos reconocen la felicidad de la playa. Es la luz del alba, es grisácea y cubre mi cuerpo. Me estiro, abro mis brazos, muevo mi cuello, separo mis muslos, alzo y volteo mis nalgas y hundo los dedos en la arena. Estoy despierta, sonrío al comprobar que no ha sido solo un sueño.

Me voy de la playa, la luna ya no está.
 

Génesis.

Gardel canta un tango.

Eva, desnuda y sin ningún pudor, se pasea no tan inocentemente como parece por delante de Adán. Adán, precioso cuerpo masculino y brillante mente estudia las casualidades de la vida...y mira a Eva como se contonea.

Las constantes preguntas de Adán sobre la importancia que tendrán sus actos en un futuro, ya que son el primer hombre y la primera mujer son continuamente interrumpidas por los coqueteos, caricias, besos y palabras de Eva.

- Adán, Adán...¿quieres una manzana roja?

Eva coge la manzana del árbol; se pone de puntillas y tensando su vientre y estirando el brazo prende la manzana. Es preciosa, rojo intenso. Eva se coloca la manzana entre las piernas y la aprisiona con los muslos. Sube los brazos y une sus manos por encima de la cabeza; su cuerpo se arquea ligeramente. Moja sus labios y lentamente empieza a balancearse, a frotar la suave textura de la fruta contra el clítoris.

- Adán, Adán...¿quieres la manzana?

Y Adán mordió la manzana. Clavó sus dientes en la fruta y Eva se tambaleó, perdió la pose adoptada. Separó los muslos, dejando caer la fruta y agarrando la nuca de Adán la guió hacia su sexo. Él empezó a paladear los labios húmedos y aprisionó entre sus labios el gran botoncito. Se separó y olió el olor de ella. Empezó a lamer y los dedos de Eva recorrían su roja hendidura.

Eva apoyó su espalda en el árbol, la lengua de Adán no paraba de chupar. Empezaba a gemir, se tocaba los pechos, se chupaba los dedos. Los dedos de él, húmedos de ella, acariciaban la zona anal. No llegaba a introducirse dentro de ella pero el toqueteo era constante y su boca no dejaba de comerse tan madura fruta.

En ese momento, previo al orgasmo de Eva, una serpiente aparece entre las ramas, serpentea entre ellas y mira a los dos amantes.

Ella no es mala, no es la tentación, pero la mente de Eva imagina la perversión; ve la serpiente, los movimientos sinuosos de su desplazamiento, la lengua roja vibrando fuera de la boca, los ojos iluminados por el sol, brillantes y acechantes.

Y Eva, desatendiendo al buen Adán que sigue comiendo de su droga, mata a la serpiente. Un golpe seco de manzana en la sien del reptil. La serpiente queda sin vida, colgando de entre las ramas. Muerte.

Eva cayéndose al suelo, vive. Los dedos de Adán entran en el descenso hacía el suelo. Tocan el placer de ella, la llevan al orgasmo; ella aprisiona la mano de él entre sus piernas y la boca de Eva busca su sabor en los labios de Adán. El orgasmo une sus cuerpos, reviven renovados.

Ríen.

Hacen el amor. Gardel hace rato que ya no canta. Silencio.

Solo oigo susurros entrecortados, suspiros ansiosos, gemidos ahogados, un grito de Adán, respiraciones agitadas y de repente...zas, zas.

Abro los ojos para ver que es ese ruido. Es Eva.

Está de pie con la serpiente en la mano usándola como un látigo. Eva recorre las nalgas de Adán con la punta de la serpiente; le azota las nalgas, le acaricia el culo. El pene erecto de él roza la húmeda hierba violeta. Eva acaricia la perfecta espalda de su amado, se apoya en su espalda con las piernas abiertas. Eva empieza a frotarse contra la espalda de Adán, empezando a masturbase mientras clava sus dedos en el culo de Adán, pone la serpiente entre sus nalgas y estirando por los dos extremos, la piel escamosa de la tentación, roza y acaricia desde su polla hasta el final de sus nalgas.

Un estirón rápido y Eva cesa esas caricias. Sin dejar de humedecer la espalda de Adán, Eva empieza a fustigar el atlético culo de él.

Adán gime. Eva azota.

Cierro los ojos. Dejo de oír sus cuerpos y el sonido del sexo.
 

Las mil y una puertas.

El pasillo es largo, dos líneas paralelas se unen al final.

¿ El final de qué?

No logro ver nada, solo veo colores. El blanco que lo envuelve todo: paredes, techo, suelo y mi ropa. Y el negro de las puertas. No es miedo lo que me paraliza, es terror. Terror al negro, es terror a que el blanco inmaculado se manche de gotas carmín escupidas desde en interior de esas puertas.

Empiezo a andar, muy lentamente, mirándome los pies. Están desnudos, siento el frío mármol bajo mis plantas. Ando sin mirar, dejo a mis dos lados muchas puertas cerradas. Sigo pasando, andando descalza. Me detengo delante de una, de la izquierda.

Pego la oreja a la puerta, no se oye nada.

Abro la puerta....veo el mar.

Una enorme serpiente de forma fálica que sale de las aguas provoca un enfurecimiento del cielo, que ahora es de color rojo. Empieza la tormenta.

La luna sonríe malévola y en un sitio apartado del lugar, ajenos a la tormenta, un grupo de jóvenes dan gozo a sus cuerpos. Un entramado de lenguas, casi viperinas, se dan placer encadenado. Uno al otro, chupan y son chupados.

Los cuerpos están sudados, lucen grandes penes lubricados. Las muchachas son bellas. Sus caras muestran la lujuria y el placer que sienten. Follan y son follados.

Mis ojos se llenan de imágenes.

Cierro la puerta.

Silencio, mucho silencio y empiezo a andar. Empiezo a pensar que hay demasiado silencio. Quiero oír una canción, pero mis deseos no funcionan. Silencio. Tengo que abrir otra puerta. Derecha.

La segunda puerta negra se abre.

...otro escenario. Dos sillas de frente. Dos mujeres sentadas en ellas. Piernas abiertas, rodillas tocándose. Dos mujeres desnudas mirando a un hombre con una antigua cámara de fotos.

Flash.

Los dos pezones rozándose; los rosados y grandes de la mujer morena con los pequeños y puntiagudos de la joven.

Las fotos son continuas y las dos mujeres, sabiendo que son observadas y excitándose por ello, dan rienda suelta a sus manos.

Flash.

Fotos en blanco y negro: pechos tocados, pezones erguidos, dedos que acarician, yemas que dan calor, labios que se unen, ojos que se miran, bocas que se comen, humedad que resbala, manos que dan placer, dedos que buscan y encuentran, piernas que se abren, ingles que se tensan, rodillas que se pelean, culos arañados, nalgas separadas, voces sensuales, dedos chupados, bocas abiertas, tres dedos que entran, tres dedos que salen...

Flash. Flash. Flash.

No veo nada. Abro bien los ojos, me los froto, quiero ver....solo veo un denso humo. No veo nada.

Enfadada cierro la puerta. Pongo música al sentimiento. Radiohead acompaña la soledad de mi momento. A pocos metros de mi, seis u ocho puertas, la tercera puerta late, voy directa hacia ella. Ya no me mueve el miedo, sino la indiscreción de mis pensamientos.

Un pasillo delimitado por innumerables filas de literas colocadas a pocos metros unas de otras. El ejército. Los militares de la palabra; sus uniformes yacen pulcros encima de la silla asignada. Son de color rosa chillón. Son el escuadrón de la palabra en verso.

Cientos de jóvenes semidesnudos. Solo visten una camiseta y unos calzoncillos de algodón blanco. Unos más altos y otros más delgados, mayoritariamente morenos; todos reposan firmes ante las literas. Brazos caídos a lo largo del cuerpo y piernas juntas.

Observo los pocos detalles de la sala y mi mirada, en un principio tímida, se recrea en sus abultados paquetes. Solo logro ver a una veintena, el resto se pierde en la oscuridad.

Mi cuerpo está tenso, mis hombros rígidos y mis piernas clavadas en el suelo. Mis ojos no dejan de acariciar los sexos. La mirada vidriosa delata mi excitación, mi deseo de tocar, de poseer a varios de esos cuerpos. Intento adentrarme en la sala.

No hay ninguna barrera pero al intentar andar, mi cuerpo no avanza, me quedo en el umbral, mientras la imagen de una mujer que intenta ser yo, camina sobre unos tacones negros hacia los jóvenes. Sus manos, rápidamente, se entregan al calor de los roces. Los sexos se endurecen con las caricias sobre el slip. Las manos de la mujer se pierden en las caderas de uno de los chicos, se mueven por el cuerpo y desplazan la camiseta hacia arriba.

Mi otro yo masajea el esternón del joven con la lengua. Mil escalofríos me recorren al ver la imagen. Los dedos de la mujer juguetean con el ombligo, recorren los abdominales y terminan escondiéndose debajo de la tela blanca.

Siente el calor picante de esa polla provocada. El resto del escuadrón también está siendo provocado. La erección es la palabra que define el momento. La mujer que me está robando esas sensaciones ha colocado bien la mano y parece que con los dedos esté perfilando la punta del pene.

Los chicos y yo esperamos ansiosos a que le baje el slip y recoja esa cabecita con los labios húmedos que no para de morderse. No se si llega a hacerlo, cierro la puerta de golpe.

Ya no ando, corro, corro muy deprisa. Intento huir de mi misma. Parece que las puertas tengan vida, se sacuden a mi paso. Tengo que abrir otra o estallaran en diminutas astillas.

Huyo entrando en la cuarta puerta.

Cuatro paredes. Tres rojas. Una negra.
Un foco de luz blanca alumbra un cuerpo femenino.
El cuerpo pende del techo. Un entramado de cuerdas y nudos visten el cuerpo de la mujer.
Cuerdas negras aprisionan sus tobillos contra sus muslos. Tiene las manos atadas detrás de la espalda.
El cuerpo está suspendido por la cintura y por los nudos de los tobillos.
Una polea y una gruesa cadena metálica.

El sexo de la mujer está cautivo detrás de un gran nudo. Los pechos no están atados ni presionados. Inclinada, como se encuentra, luce un bonito torso.

No hay movilidad en la mujer, solo el leve balanceo de las cuerdas.

Cierro la puerta. No tengo ganas de caminar. Me quedo quieta, esperando escapar del pasillo. Intento abrir los ojos y veo que ya lo están. Empiezo a gritar. Un sonido seco sale desde la profundidad de mi garganta. Miles de rostros blancos con labios rojos me sonríen y me gritan desde mi imaginación. Mi cabeza da vueltas sin moverse del lugar, mi respiración se altera, se agita.

El edén me ha vuelto loca.

Me despierto de repente en mi cama. Con la mano toco su cuerpo. Vuelvo a la tranquilidad y comprendo que todo ha sido un sueño. Cojo un papel y garabateo cuatro líneas sobre Adán y Eva, cientos de soldados, serpientes fálicas, lesbianas de principio de siglo, nudos y cuerdas, ...

Ella duerme boca abajo, no dejo de acariciarle las nalgas. El contacto con su cuerpo me devuelve a la realidad. Luego escribiré mi sueño. Ahora voy a besarla.

Me meto debajo del edredón y mi boca descansa al final de su espalda. Su piel está tibia y dormida. Mis dedos dibujan en su cuerpo la ruta de la seda; desciendo por las nalgas y sigo por los muslos hasta que encuentro la parte trasera de las rodillas. Beso las rodillas de mi amada mientras voy separando sus muslos. Para encontrar la seda, sólo me queda subir la cabeza, deslizar mis orejas entre sus piernas y al llegar al tope, quedarme ahí, dormirme y soñar que estoy en el edén.
 
 
 

por Pauline en la playa
 
 

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