En familia (capítulo IV )
 
Jacqueline subió a su cuarto, deseosa de entrar al baño y darse una duchada.
En la puerta del baño de su habitación, recordó que no tenía champú y decidió pedir prestado el de su hermana Anabelle, quien, ella calculaba ya debía de estar en casa. Bajó las escaleras y entró a la cocina y preguntó a la sirvienta donde se hallaba su hermana, a lo que la sirvienta respondió que creía que se hallaba en su cuarto, pues, después de llegar había mencionado que se iba a dar un baño, pero todavía no había salido de su habitación.

Jacqueline volvió a subir las escaleras y se dirigió a la puerta del dormitorio de su hermana. Al llegar allí la descubrió cerrada y se apresuró a dar unos pequeños golpes en la puerta. Esperó unos momentos, pero no había respuesta. Jacqueline, pensó, o esta en el baño todavía o esta durmiendo.
Abrió la puerta muy despacio, en caso fuera esto último y entró a la habitación.

Allí sobre su cama se hallaba su hermana profundamente dormida.  La toalla que llevaba la cubría escasamente. Jacqueline entró al baño y tomó la botella de champú. Al entrar a la habitación otra vez, se detuvo a contemplar a su hermana. Que bella se veía allí tendida. La piel de Anabelle lucía tan suave en sus espaldas. La cintura formaba un arco precioso que daba comienzo a un culo redondo precioso que por mala suerte estaba cubierto por la toalla y Jacqueline no podía ver bien. Por debajo de la toalla salían las piernas de Anabelle formando una tijera. Anabelle miraba lo bien que se le veían las piernas.

De repente sintió una excitación muy grande. Tenía muchas ganas de acercarse y acariciar aquella espalda y quitar esa toalla que le impedía ver el culo de Anabelle. Se acercó suavemente a la cama y se sentó al lado de Anabelle.
Acarició su pelo mirando a su hermosa cara. Viendo que esto no despertaba a Anabelle, suavemente empezó a topar casi imperceptiblemente la piel de la espalda. Que suave era, pensó Jacqueline. Sentimientos muy fuertes de cariño envolvieron a la muchacha. Siguió acariciando la espalda de Anabelle, y cada vez su mano se desplazaba más hacia abajo. Disfrutaba grandemente pasar su mano sobre la curvatura que presentaba la cintura de Anabelle.

Jacqueline cada vez más sentía una deliciosa excitación. Sentía su chucha mojándose más a cada momento. Esta excitación la volvía más osada a cada momento. Muy lentamente empezó a retirar la toalla que cubría el resto del cuerpo de Anabelle. Muy despacio lo hizo y quedo ante su vista el cuerpo desnudo de su hermana. Jacqueline miraba extasiada aquel hermoso cuerpo. Entre las piernas cruzadas en forma de tijera, Jacqueline podía apreciar claramente la chucha de Anabelle. Que hermosa se veía. La excitación de Jacqueline iba en aumento, sentía unos deseos enormes de dar un beso a aquella chucha preciosa ante sus ojos. Pero sabía que hacerlo despertaría a su hermana. Se conformó con mirarla.

Finalmente, Jacqueline decidió tomarse la ducha que pensaba en el cuarto de baño de su hermana. Así no tendría que ir y venir a devolver el champú.
Lentamente se incorporó de la cama en la que se hallaba sentada y empezó a desvestrirse frente al espejo de cuerpo entero que allí se hallaba. Muy calladamente se fue despojando de cada prenda que llevaba puesta. En el espejo miraba como su cuerpo poco a poco se presentaba ante su vista. De vez en cuando, dirigía una mirada hacia el cuerpo de su hermana y se decía lo bellas que eran las dos.

Al hallarse totalmente desnuda, ingresó al baño y sigilosamente cerró la puerta y se introdujo en la ducha. Abrió la llave de agua y sintió con gran placer como el agua caliente hacía su piel erizarse de placer. Tomó el jabón y se enjabonó despacio sintiendo cada movimiento y caricia que su mano propiciaba a cada espacio de su cuerpo. A cada momento recordaba algún detalle del cuerpo de su hermana y esto le daba gran placer y la excitaba cada vez más. Enjabonó su chucha y con la mano jabonosa empezó a frotarse el clítoris. De repente sintió unas convulsiones que recorrieron todo su cuerpo y tuvo un orgasmo fabuloso. Jacqueline se masturbaba con frecuencia, pero, aquel orgasmo había sido el mejor de toda su vida.

Terminó de ducharse y salió de la bañera tomó una toalla y empezó a secarse.
Envolvió la toalla alrededor de su cuerpo y salió del cuarto de baño. Miró de nuevo a su hermana desnuda sobre la cama. Esta se había movido y ahora se hallaba boca abajo con las piernas bien abiertas. Jacqueline miraba aquella chucha desplegada de manera tan sensual ante sus ojos. Con su vista la acariciaba y acariciaba todo el resto del cuerpo de Anabelle. Jacqueline sentía que su chucha se mojaba de nuevo. Se acercó a la cama y volvió a sentarse en el mismo lugar de antes. Al ver la desnudez de su hermana, ella se quitó la toalla que a su vez envolvía su cuerpo. Así, las dos se hallaban desnudas en igual forma.

De repente, Anabelle dio un giro y levantó su cabeza y la puso sobre las piernas de Jacqueline de tal forma que su cara quedaba muy cerca de su entrepierna. Jacqueline quedó petrificada con aquel movimiento. No sabía que hacer. No podía moverse ni un centímetro para no despertar a su hermana y tener que explicar su presencia de la forma en que estaba. Se resignó a esperar a que su hermana se moviera y poder salir. Los minutos parecían eternos. Poco a poco, Jacqueline se fue relajando. De pronto tomó conciencia de la sensación que la respiración lenta de su hermana producía muy cerca de su chucha. Jacqueline sentía ese calor que desprendía el aire que Anabelle soltaba y su piel se erizaba cada vez más. Sentía que sus jugos otra vez inundaban su chucha. Qué situación, pensaba Jacqueline, pero a medida que la respiración de Anabelle hacía su efecto y excitaba a Jacqueline ella empezó a acariciar la cabeza de Anabelle. A los pocos momentos, sin querer su cuerpo se movía muy lentamente de una manera undulatoria. Jacqueline con su mano casi sin voluntad propia acercaba la cabeza de Anabelle a su sexo. Poco a poco consiguió apartar sus piernas un poco y la nariz de Anabelle se hallaba escasamente a uno o dos centímetros de su clítoris.

La respiración de Anabelle volvía loca a Jacqueline. Esta sentía como poco a poco su cuerpo reaccionaba y se acercaba a un orgasmo. De repente y mientras se hallaba con los ojos cerrados con su cabeza hacia arriba, sintió algo muy suave y húmedo que tocaba su clítoris. Abrió los ojos y bajó su vista para mirara a Anabelle sacando su lengua y acariciando con ella su clítoris. En breves segundos, Jacqueline no pudo soportar más y jadeando tuvo un orgasmo tan poderoso que casi le hace perder el conocimiento.

Anabelle levantó su cara para mirar a a su hermana y se incorporó lo suficiente para propiciarle un beso caliente en la boca. Jacqueline abrió la boca y las dos se unieron hurgando sus bocas con sus lenguas por largo rato. Las dos sentían el calor y la humedad de sus respectivas bocas. En un tácito entendimiento, ninguna pronunciaba palabra alguna. En un momento, se acomodaron y entrelazándose entre sus brazos y piernas continuaron besándose larga y cálidamente.

Al mismo tiempo, sus manos se alargaban cruzándose entre los dos cuerpos propiciándose mutuamente caricias por todo el cuerpo. Apenas dejaban de besarse un momento para dirigir sus bocas hacia sus respectivas tetas que a turnos mamaban sin cesar. En cada lamido y chupada iba impregnado una cantidad grande de cariño, un cariño especial pues se fusionaban el deseo y el amor fraternal. Anabelle lamía las tetas de Jacqueline alternando entre una y otra.
Empezaba lamiendo los contornos, para luego ir en círculos acercándose a la areola y finalmente chupar y mamar desesperadamente sus pezones. Igualmente, cuando era su turno, hacía Jacqueline. De esta manera pronto las dos sintieron un orgasmo en todo su cuerpo.

Sin perder el hilo de la excitación, las dos se colocaron en un 69 y fueron lamiéndose las piernas mutuamente hasta llegar a sus respectivas chuchas. Las dos, instintivamente, presionaron con sus caderas para lograr asentar lo más fuerte posible sus sexos en la boca de la otra. Con sus manos libres, las dos
se acariciaban las nalgas y poco a frotándose mutuamente fueron llegando hasta el culo. Jacqueline tomó la iniciativa y tras lubricar su dedo un poco con los jugos, mezcla de saliva y flujo vaginal de Anabelle, comenzó a frotarle muy despacio el culo.

Mientras mamaba su chucha, ya introduciendo su lengua lo más que pudiera o chupando y mamando su clítoris, con su dedo iba dibujando círculos alrededor del culo presionando su entrada suavemente con cada pasada. Pronto, el culo de Anabelle fue cediendo paso al dedo de Jacqueline, quien muy despacio lo fue introduciendo hasta tenerlo adentro lo más que pudo. Anabelle sentía un placer indescriptible. El ojete de su culo apretaba el dedo de Jacqueline con cada movimiento como queriendo ordeñarlo. Ella también siguió el mismo camino con su propio dedo en el culo de Jacqueline. Las dos se tenían mutuamente de una manera algo extraña al principio pero muy erótica y placentera a medida que continuaban los movimientos.

Al cabo de breves minutos las dos sintieron como sus cuerpos empezaban a experimentar sensaciones nunca antes logradas. Empezaron a arquearse a moverse frenéticamente frotándose con sus cuerpos. Acariciándose, metiendo ya no uno sino dos dedos en el culo de cada una, mientras con la otra mano se frotaban las tetas pellizcando los pezones y demás deliciosas caricias.

Súbitamente, sobrevino el orgasmo. Las dos sintieron como sus chuchas despedían cantidades enormes de jugos que cada una chupaba y tragaba sin cesar. Tremendo orgasmo no parecía terminar nunca. Con cada oleada de placer las dos se aferraban más, la una a la otra. Finalmente, la intensidad fue bajando hasta que quedaron abrazadas en esa posición sin moverse por largo rato.

Finalmente, las dos se dirigieron a la ducha y se tomaron un baño juntas, enjabonándose mutuamente y aprovechando para acariciarse más. Sin mencionar palabra las dos se daban miradas cariñosas y al mismo tiempo con cierta perplejidad. Luego se sentaron el la cama y empezaron a conversar acerca de lo sucedido.

Anabelle le dijo a Jacqueline que ella no podía creer lo que había pasado, pero que se alegraba, en cierto modo, de que fuera así pues de esa manera no había que buscar por fuera lo que habían experimentado y de esa forma se mantenía la cohesibidad que presentaba la familia. Jacqueline estaba de acuerdo y acordaron que cada vez que alguna necesitara se buscarían para experimentar placeres tan deliciosos.
 

 ue con ella no jugase.
 Octavio

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