Una reveladora primera vez
 por Laika
Es la primera vez que hago esto y no sé si al final resultará como espero o por el contrario lo único que se merecerá es que lo tire a la papelera…En fin, ¡ya se verá!

Mi vida sexual dista mucho de ser activa, enriquecedora y fascinante; aunque habría de escribir eso de “distaba”, porque la cosa ha cambiado mucho últimamente.

Mi educación en el terreno sexual no es que estuviera llena de tabúes, pero sí se podría clasificar como algo recatada, casta, dentro de unos cánones y valores, que con el tiempo me he dado cuenta, distan bastante de la realidad. Supongo que, como toda “niña”, esperaba la llegada de mi príncipe azul, y éste no aparecía de ninguna forma o al menos no daba la talla que yo había impuesto a mi esperado “Don Juan”.

Siempre he salido en pandillas mixtas: en el colegio, en el instituto, en la universidad… Pero se puede decir que con la que más salía, con la que más me divertía, era esa pandilla que comenzó en el colegio y que prosiguió con el tiempo, aunque no todos los miembros siguiéramos los mismos caminos. De hecho, aún hoy, sigo teniendo la misma panda de amigos-as, aunque ahora de muy distinta forma, claro.
En lo referente a mis amigas, todas, absolutamente todas, tenían más vida sexual y sentimental que yo. Por una parte las envidiaba, pero por otra, a veces, me alegraba de no pasar por los desengaños que pasaban ellas, o por los problemas, que también tenían. Y en cuanto a mis amigos, pues eso, amigos, muy amigos pero de ahí no pasaba ninguno, aunque también he de decir que aunque hubieran pasado, sólo hubiera dejado que pasara uno, pues el resto no eran para mí otra cosa que eso mismo, “amigos”.

Paso de enrollarme más y concluiré esta especie de introducción aclarando que a mis treintitantos años, aún era virgen. Había tenido novio, con el que no había pasado de alguna masturbación mutua y no muy placentera, cosa que incluso me llevó a pensar que yo no era muy “normal”, que quizás fuera homosexual, o frígida… o yo qué sé las cosas que se le pasan a una por la cabeza. Así que se puede decir que me resigné a ser una mujer sin vida sexual, aunque no por ello dejaba de tener ojos y de gustarme los hombres (cuando alguno que valía la pena pasaba por delante). Incluso durante mucho tiempo llegué a pensar que no siendo fea la persona que veía en mi espejo, sí que parecía no tener ningún atractivo sexual para nadie, ni siquiera para los salidos de turno que te puedes encontrar en alguna que otra fiesta.

Aunque estudié una carrera técnica, una carrera de esas que pocas salidas ofrecen para el sexo femenino, acabé dando clases particulares. Puede parecer y de hecho a mi me lo pareció durante mucho tiempo que esto de dar clases era algo “pobre” de pocas aspiraciones… Pero el tiempo y las circunstancias me han demostrado que dista mucho de esa pobreza con la que lo había clasificado, y no solo es una actividad enriquecedora, sino que además de una no escasa remuneración económica (al menos para mí aunque para ello he de llevarme unas 10 horas diarias dándolas). Mis alumnos van desde la edad de 6 años, en alguna ocasión especial, a los que normalmente ocupan mis grupos que son adolescentes o incluso mayores, de unos 18-22 años.
Este curso pasado tuve un grupo reducido de 3 alumnos para selectividad. Dichos alumnos habían repetido bachiller y por exigencias de sus padres más que por ellos mismos, estaban dispuestos a currárselo para sacar buena nota y poder escoger la carrera que les interesaba y no aquella que les asignaran… Son tres chicos (Juan, Luís y David) de la misma edad (19), amigos entre ellos, compañeros y muy distintos físicamente. Juan es moreno, con el pelo corto y ojos castaños, de tez muy blanca, de estatura normal y no muy fornido, sino más bien delgado. Luís es castaño, de ojos verdes, muy alto, ancho de espaldas, no musculoso pero sí fuerte y de piel morena. David es de estatura intermedia entre sus dos amigos, castaño claro, de ojos pardos y también bastante delgado. Mientras Juan es de carácter tranquilo, relajado, parsimonioso… David y Luís son más inquietos, más dinámicos, incluso nerviosos.
Mi relación con estos alumnos comenzó siendo solo la de profesora-alumnos, pero con los días y el trato fueron confiándome ideas, pensamientos, sucesos, incluso me preguntaban por ciertas reacciones de las chicas que salían con ellos… Según sus palabras, “es que conmigo se podía hablar de todo”. Así que después de mis dos horas de clase con ellos, solían quedarse a esperar que yo recogiera y me acompañaban al aparcamiento donde solía dejar mi coche.
Transcurrió de esta forma todo un curso y muchos momentos de regañinas, de nervios ante los exámenes, de enfados, de desilusiones por su parte respecto a sus aspiraciones con alguna chica y también algún que otro triunfo reflejado en forma de buenas notas con la consiguiente satisfacción personal que ello supone para un profesor-a. Les empecé a estimar, pues el trato hace siempre que surja un cariño y los comencé a ver como amigos, además de cómo alumnos.

Tras los exámenes de selectividad, después de haberme dado los enunciados de dichos exámenes, de haberlos comentado y de la espera del resultado, llegó el momento de despedirme de ellos y de felicitarlos, puesto que no solo habían aprobado sino que habían colmado sus expectativas. Todo ello lo hice por teléfono o e-mail porque ellos no habían vuelto a pasarse por las clases, hasta que un día a principios de este mes de Julio, al salir del edificio, me los encontré a los tres apoyados en mi coche y esperándome.
Me dio mucha alegría el verlos y los felicité de nuevo, preguntándoles a continuación si habían configurado la lista de elecciones a carreras… y demás. Ellos me saludaron con un beso cada uno en la mejilla (cosa que me sorprendió, era algo nuevo para mí puesto que mi contacto físico nunca había llegado a eso, soy bastante distante en ese sentido), contestaron a mis preguntas y me entregaron una bolsita de regalo. No había mucha luz, pero de haberla habido hubieran visto lo colorada que me había puesto, y lo nerviosa que me ponía al abrirla y ver un estuche de terciopelo rojo. Los estaba observando y ante sus miradas lo abrí para ver que dentro había un pequeño colgante de oro, se trataba de un pequeño elefante con su cadena y que Juan se brindó a ponerme.
Me sentía abrumada y no sabía muy bien qué decir. Ellos, inmediatamente, me ofrecieron sus brazos, me tomaron las llaves del coche que yo llevaba en la mano, guardaron los libros en el maletero y me dijeron que la sorpresa no acababa ahí, que me tenían preparada otra y que los tenía que acompañar. Así que me dirigí con ellos a la salida del aparcamiento, caminamos un breve trayecto hablando y riéndonos de los planes que tenían para este verano, libres de estudios por primera vez desde hacía algunos años. Llegamos a un restaurante cercano que estaba harta de ver cada día pero en el que nunca había entrado. En la puerta, apenas habíamos entrado, el méttre nos atendió y ellos le comunicaron que tenían reserva, cosa que me sorprendió; supongo que el comprobar que era algo preparado de antemano me agasajó, me abrumó.
En el restaurante estuvimos muy bien, un ambiente distendido, de bromas, de elogios por su parte y de conversaciones, unas más profundas que otras y más o menos interesantes dependiendo del momento de la cena… En el transcurso de la misma pedimos vino, un blanco joven y  afrutado de mi elección que gustó mucho a los tres y del que repetimos con una segunda y una tercera botella. Yo me encontraba muy a gusto, pero a falta de costumbre, el alcohol estaba haciendo mella en mí y el “contento” por mi parte era manifiesto, puesto que creo fui la que más bebí. De postre tomamos helados, cada uno de un sabor distinto y de los que fuimos probando todos, unos de otros a sugerencia suya. Por último pidieron champagne, brindamos por su futuro y porque les fuera muy bien, a lo que ellos replicaron que me echarían mucho de menos.
Con las copas a medias, sentí la necesidad de ir al baño y allí pude darme cuenta de que el rubor se había hecho dueño de mis mejillas y que mis ojos brillaban como hacía mucho no veía. Estaba algo acalorada, así que me refresqué la cara, el cuello y con la mano húmeda toqué mis pechos que comprobé estaban turgentes, cosa que me avergonzó, pues pensaba que si eso era percibido por ellos ¡menuda vergüenza! Mientras contemplaba mi imagen en el espejo y comprobaba que por alguna extraña razón parecía tener el “guapo subido”, oí cómo se abría la puerta y sorprendida vi aparecer a Juan. En un primer momento creí que con lo “alegre” que parecía estar, se trataba de una confusión por su parte y había equivocado el camino, el servicio para hombres estaba justo en frente, cosa que le señalé haciendo él caso omiso a mis palabras. Ante mi expectación, cerró la puerta, miró por debajo de las puertas de los WC, se dirigió hacia mí y con una suavidad y dulzura inesperadas me tocó la cara, me sonrió y dirigió su rostro al mío. Me besó la frente, me peinó los cabellos despejando mi cuello que besó después para subir hasta mi boca, rozándola suavemente con sus labios. Me quedé atónita, no sabía qué hacer, qué decir y sólo hacía pensar que aquello estaba mal, que por mi parte debía pararlo… pero mi cuerpo no hacía el menor caso a todas esas llamadas de mi razón y se dejaba hacer sin más, sin moverme, simplemente agitando mi respiración, cerrando los ojos y dejándome llevar por una sensación nunca experimentada por mí, o al menos no desde hacía mucho tiempo.
Conseguí separarme unos centímetros, lo suficiente para poder tomar aire y preguntarle qué estaba haciendo. Él seguía sonriendo y con una voz dulce, sosegada, me dijo que le gustaba, que hacía tiempo que tenía sueños eróticos en los que yo aparecía insistentemente, que siempre que estaba con una chica acababa comparándola conmigo, diciéndose así mismo que yo diría esto o aquello en la misma situación en que la chica emitía palabras y juicios que a él no interesaban para nada. Yo no pude sino decirle que esos sentimientos solían ser frecuentes, que muchos alumnos se sentían atraídos por sus profesores, que era algo así como “muy normal” pero que no por ello debía pensar que eran sentimientos verdaderos, sentimientos que había que tener demasiado en cuenta… Él seguía con aquella mirada tierna, tanto que estaba consiguiendo que me derritiera, que rememorara por instantes el roce de sus labios, su tacto en mi cuello… Aún así conseguí balbucear que lo mejor sería que saliéramos de allí, que Luís y David nos estaban esperando y que se extrañarían de que tardásemos tanto. Ante mi sorpresa él se sonrió más ampliamente y me preguntó: “¿crees que soy el único que se siente atraido por ti?”, a lo que prosiguió con al explicación de que los tres habían comentado en más de una ocasión cuál sería la razón por la que yo no estaba comprometida, por qué no parecía haber ningún hombre en mi vida, por qué parecía tan por encima de ciertas emociones, de ciertos momentos de tensión sexual que se habían vivido en nuestras clases y de los que yo parecía no haberme dado ni cuenta.
Cuando una se siente incómoda puede reaccionar de muchas formas y yo lo hice quizás bruscamente, pero si no lo hacía así no podría irme, no podría hacer que la razón, que mi edad, que el hecho de ser su profesora se impusieran… Salí lo más rápidamente que pude de los lavabos e intenté componerme lo más posible, aunque no lo conseguiría, puesto que las caras de Luís y David dejaban ver que se habían percatado de algo o que quizás eran conocedores de los planes de Juan, de sus intenciones. Los dos se quedaron muy serios, David intentó hacer que la situación fuera menos tensa y comenzó a bromear sobre el aspecto de uno de los camareros y criticando también la actitud de una señora que estaba comiendo en la mesa de al lado y que hacía multitud de señas a través del gran ventanal que nos separaba de la calle.
Yo no podía mediar palabra, solo cogí mi copa y como alguien a quién le va la vida en ello, la bebí hasta el fondo, como si así pudiera hacer pasar el mal momento, olvidar lo sucedido, hacer como si nunca hubiera pasado… Pero todo ello sin prestar demasiada atención a las palabras de David y dando vueltas a un montón de ideas, de prejuicios, que rondaban mi cabeza.
Sin darme cuenta tenía delante de mí a Juan, quien me pedía disculpas ante la mirada de sus compañeros. Me pidió por favor que no me fuera, que siguiera con ellos y que no volvería a molestarme con sus sentimientos… No pude evitar mirarlo, en un principio con la intención de lanzarle una mirada fulminante, de esas que había lanzado a algunos tipos indeseables a los que no había dado la oportunidad de acercarse a mí siquiera. Pero ello me era imposible. Al mirarlo, al ver sus ojos empañados una ternura me invadió, me hizo ver que había sido de verdad, que no se trataba de una apuesta con sus amigos, de que no se trataba de una consecuencia de unas copas de más… ¿Sería verdad que sentía por mí algo especial o se trataba de hacerme ilusiones, de darle un matiz sentimental a la cosa?

Ante mi silencio, David pidió la cuenta, pagaron entre los tres y salimos del restaurante sin mediar palabra. Luís y David adelantaron el paso e iban charlando entre ellos sin intención de compartirlo con nosotros, aunque a mí no me interesaba demasiado lo que estaban diciendo. Yo por mi parte solo hacia idear la forma de hablar con Juan para hacerle entender que no lo había rechazado por ser él, que no se trataba de algo personal, simplemente que era algo “antinatural”, no demasiado racional y no dentro de las normas sociales impuestas, de esas dentro de las cuales me han educado. Él caminaba a mi lado, sin hablar, con las manos metidas en los bolsillos y escuchando todo lo que yo le estaba soltando sobre lo que estaba bien o mal. No dijo palabra alguna y seguía caminando mirándose los zapatos. De pronto necesitaba mirarlo a los ojos, ver que me entendía, comprobar que comprendía que había sido un arrebato y que ya había pasado, pero cuando lo agarré deteniéndolo y haciéndo me mirara, vi una tristeza que no había visto nunca en él y me dolió, de veras que me sentí culpable, tremendamente mal… Me sentí totalmente desarmada.

Después de aquello pasaron un par de semanas y no supe nada de ellos. Yo había seguido dándole vueltas al asunto y esta vez había sido yo la que había tenido sueños eróticos con Juan. Sí, algo de lo que me avergonzaba, pero que no había podido evitar: soñar con mi alumno, soñar que hacía cosas que no se enseñan en clase, cosas que hacían que por la mañana me levantase con las bragas húmedas y pensando que quizás me comporté de una forma exageradamente puritana, demasiado acorde con toda esa educación de lo que se debe o no se debe hacer. En pocas palabras: me arrepentía de no haberme quedado en aquél lavabo con él, de no haberme dejado llevar… Al fin y al cabo con 19 años no era un niño pequeño, no iba a corromperlo, es más… el que podría corromperme era él a mí…

El pasado viernes volví a encontrármelos apoyados en mi coche. Sorprendida y mientras me dirigía hacia ellos iba pensando cómo actuar, si sería mejor hacer como que no había pasado nada o partir de cero o dejar que ellos dieran el primer paso y dejar expresaran los motivos por los que estaban allí…
Esta vez el único en besarme fue David, Luís miraba al suelo y Juan me miraba intensamente mientras contestaba a mi saludo con un hola bastante seco. Metí los libros en el maletero y Juan se acercó a mí mientras los otros estaban delante del coche. Entonces Juan me hizo una pregunta que no me habría esperado en mil años que viviera:
- ¿No podemos hacer borrón y cuenta nueva, verdad? A lo que yo contesté:
- Creo que no, que sería engañarnos.
- Y… ¿cómo crees podríamos solucionarlo?
- No lo sé, pero de todas formas vosotros ya no tenéis más clases conmigo, ya no nos veremos por aquí… así que no tenéis por qué estar dándome explicaciones ni yo a vosotros. ¡Creo yo!
- Pero es que yo no me conformo con eso… es que yo quiero seguir viéndote, es que yo necesito verte.
- Eso es porque te has encaprichado, porque quizás te hayas obsesionado y estás confundiendo sentimientos.
- Eso tú no lo sabes, no tienes forma de saberlo. Ni yo mismo lo sé.

Entonces no pude evitar acordarme de las palabras de mi amiga, de mi más íntima amiga, de la de toda la vida, de la que lo sabe todo de mí y yo todo de ella. Ésta, al contarle lo sucedido con mi ex-alumno, me había dicho que había sido una estúpida, que debía de haber hecho todo lo que se hubiera podido hacer en aquel lavabo y que vería como después Juan se habría olvidado de mí, habría pasado a ser su profesora más especial, de la que guardara un especial recuerdo… como le había pasado a otros muchos chicos-as en su adolescencia y que quizás yo también habría aprendido mucho, todo ello con su sarcástica y picantona sonrisita.

Sin dejar que Juan terminara de decir lo que estaba diciendo le pregunté: “¿Quieres acostarte conmigo?”. La cara de Juan era todo un poema, mientras que por lo bajini oí cómo David decía: “¡yo sí!”. En ese momento pude darme cuenta de que Juan seguía siendo un chico… y no sé cómo ni por qué se me ocurrió algo que solté, escupí de repente y que aún ahora sigo preguntándome cómo pensé tal cosa: ¡pues acostémonos! ¡sí! ¡los tres!.... Juan me miraba fijamente, sorprendido, justo lo que yo pretendía, desarmarlo, abatirlo… pero lo que yo no esperaba, no creí, era que contestara, que casi sin pensárselo dijera: “¿por qué no?, si tú quieres y ellos también…” Así que mi estrategia se volvió contra mí y me dio de lleno en la cara, o quizás fuera lo que yo deseaba en el fondo, cosa que aún en estos momentos me cuestiono.

Por un momento estuve tentada de decir eso de “… es broma”, pero no lo pensé demasiado y quizás esperando que se arrepintiera, que se echara para atrás, contesté: “adelante, ¿a dónde podemos ir?”. Por dentro me estaba regañando, censurando por aquellas palabras que estaba emitiendo y que no parecían salir de mi intención, pero por fuera todo seguía un plan maquiavélico que se me estaba escapando de los dedos.
Juan se dirigió a Luís y David, comenzaron a hablar entre ellos. Luís no parecía estar muy deacuerdo o al menos parecía estar regañando a Juan, sin embargo David parecía montar todo un plan, todo un trayecto, toda una aventura… Yo esperaba que todo quedara ahí, que viniera diciendo que se iban, que se había pasado, incluso esperaba que hiciera una dura crítica sobre mi persona ante mi propuesta. Pero todo aquello que yo esperaba no llegó, sino que por el contrario se acercó a mí y me dijo que nos íbamos al chalet que tenían los padres de David en la playa, que como ellos estaban de viaje estaríamos solos y que no estaba a más de 50 minutos de donde nos encontrábamos. Yo asentí, y cogiendo las llaves me dispuse a montarme en el coche. Juan se sentó a mi derecha, David detrás mientras Luís parecía pensárselo y ante las palabras de David acabó sentándose justo a su lado.

En el trayecto el que hablaba era David, parecía que le hubieran dado cuerda. Luís regañaba de vez en cuando a David, no parecía estar muy conforme con todo aquello pero al final se había apuntado a toda aquella locura. Juan me miraba de cuando en cuando, creo se preguntaba si aquella era yo, la que él creía conocer. A unos 40 Km del destino paré en una gasolinera, David bajó al servicio, Luís seguía dentro del coche y Juan salió a comprar dos botellas de güisqui y hielo que dio a Luís para que llevara entre las piernas.
Volvimos a retomar el camino y yo rezaba porque pinchásemos, porque ocurriera algo que impidiera llegásemos a nuestro destino, que Luís dijera que quería volverse, que David pensara mejor eso de usar la casa de sus padres… Pero nada de eso que yo esperaba ansiosamente pasaba y cada vez faltaba menos para aquello, para hacer algo que censuraba, algo de lo que me arrepentiría, algo que si se enterara alguien me moriría de vergüenza… Pero de pronto, para mi sorpresa, me vi preocupada por la idea de qué iba a decirles cuando vieran que yo era virgen, con qué explicación les iba a salir, qué iban a pensar si la que ellos pensaban podía enseñarles cosas resultaba ser la aprendiz.  Yo misma estaba confusa, abrumada, nerviosa y a la vez creo que deseosa… No sé cómo explicarlo pero así me sentía.

Una vez llegamos, David bajó del coche, abrió la verja y apareció tras la puerta del garaje indicándome que metiera el coche en él. Luís entró a la casa, Juan y David cerraron la verja y la puerta del garaje. Los tres entramos en la casa y David inmediatamente se fue a la cocina donde Luís estaba preparando vasos con hielo y preguntándonos con qué queríamos el güisqui. Juan me miraba fijamente, serio, sin decir nada y con delicadeza tomó mi mano para coger las llaves del coche que colocó en una bandeja que había en la mesa del teléfono.
David llamó a Juan y juntos se fueron hacia el jardín mientras Luís se acercaba a mí con un vaso con mucho hielo y unos tres dedos de güisqui. Lo tomé en mis manos intentando no se notara demasiado que estaba temblando y sin querer mirar a Luís a la cara (creo que era delante del que me sentía más avergonzada) salí también al jardín. Era muy grande, con un césped muy cuidado y una piscina iluminada y también muy cuidada. Ante el silencio de todos, David me preguntó: ¿qué te parece? ¿está bien verdad? Y yo contesté: sí, es muy grande y está muy bien. Luís empezó a hablar de la primera vez que había ido a la playa con David y su familia, de lo bien que lo había pasado el verano anterior allí, e intentaba que Juan participara en la conversación que también parecía seguir David y a la que yo pretendía unirme preguntándoles lo que solían hacer, por dónde solían ir por las noches…
En un arrebato de sus acostumbradas locuras, David sugirió que el agua estaba buena y que debíamos probarla y sin más se quitó la camiseta, el pantalón a la vez que las zapatillas dejando ver un cuerpo bien formado y se lanzó a la piscina llamándonos a los demás. Luís le siguió desnudándose de espaldas a mí y tapándose con las manos sus genitales hasta que se tiró de cabeza al agua. Juan me miraba y acercándose a mí me preguntó: ¿tú no te bañas? A lo que yo contesté algo tímidamente: ¡no traigo bañador! Y con una sonrisa algo sarcástica se desnudó delante de mí, justo a mi lado, dejando todos sus encantos a mi vista, la cuál se quedó sorprendida ante el tamaño de su pene… Cuando creí se iba a tirar al agua me asió por la cintura y juntos entramos en la piscina.
En un intento vano y estúpido porque el vaso que tenía en mis manos no perdiera el líquido que tenía, elevé el brazo lo más que pude, y fue Luís el que lo volvió a coger de mis manos, salió del agua y entró en la casa. Regañé a Juan por hacerme entrar vestida añadiendo que era la ropa con la que me tenía que regresar…  mientras me iba quitando los zapatos e intentaba hacer bajar el vestido de gasa que flotaba en el agua, dejando ver mi ropa interior. Fue entonces David, que saliendo de la piscina me pidió le fuera dando la ropa para ponerla a secar, así que eso hice. Primero me quité el vestido, después el sujetador y por último y con algo de reparo mis braguitas, las cuales fueron bien exprimidas por David que se sonreía al ver mi cara, supongo.

No sé si queriendo o sin querer, pero nos habían dejado solos. Juan me miraba, se sonreía y volvía a tener la mirada con la que me sorprendió en los lavabos del restaurante. No sabía si eso era buena o mala señal, pero hacía que me sintiera menos tensa, menos avergonzada, menos furiosa conmigo misma… Se fue acercando a mí mientras yo iba reculando hasta que no pude más y topé con el borde de la piscina. Juan se sumergió y volvió a emerger justo delante de mí, apenas a 5 cm de mí. Sentía su respiración y cómo la mía se iba agitando. Volvió a sumergirse y cuando me quise dar cuenta sentí una presión suave en mi ombligo, una presión que intuía ejercían sus labios en mi piel, una presión que iba descendiendo por mi vientre hasta llegar a mi monte. No pude evitar cerrar las piernas que él separó suavemente con sus manos, las cuales iban ascendiendo desde mis rodillas hasta mi trasero para después desde detrás acariciar la cara interna de mis muslos… Mientras su cabeza salía del agua, conforme iba viendo sus ojos, su nariz, su boca entreabierta, me estaba excitando, me gustaba aquello que sentía, que me hacía sentir y todo el barullo de ideas que llenaban mi cabeza desapareció, es como si alguien las hubiera borrado de una vez para dejar paso solo a las sensaciones… Me besó delicadamente, apenas sin rozar mis labios, como pidiendo permiso, una autorización… y yo se la di, lo besé, mordisqueé sus labios mientras su lengua y su saliva invadían mi boca. Era un beso como no había recibido nunca, nuestras lenguas danzaban juntas, exploraban una de la otra cada milímetro y el hormigueo que subía por mi cuello me dejaba a merced de nuestros deseos, por encima de cualquier intento de resistencia.
Entre nuestros cuerpos apenas si quedaba una delgadísima película de agua. Poco a poco iba sintiendo su pecho contra el mío, su abdomen apoyado en el mío, nuestras piernas enredándose, trabándonos y haciendo que nuestros sexos se acercaran en un muy agradable y sorprendente contacto. Con mis brazos lo asía con fuerza, apretándolo contra mí en un intento de sentirlo aún más, mientras sus manos exploraban partes de mi cuerpo que no sabía el conocía cómo hacer vibrar.
En los primeros momentos cerré los ojos como dejándome llevar, pero después los abrí lo más que pude, no quería perderme su cara, su expresión, sus ojos… todo aquello que estaba ocurriendo. Besó mi cuello, lamió los lóbulos de mis orejas mientras susurraba cosas que no puedo poner en pie pero que me encantaba oir. Con su lengua fue descendiendo a mis hombros para recorrer después mis brazos por su cara interna hasta mis pechos que masajeaba dulcemente mientras pellizcaba mis pezones. Percibí cómo su sexo iba aumentado de tamaño y se erguía abriéndose paso entre mis piernas. Bajé mi mano para tocarlo, para sentir cómo iba cambiando de tamaño y cómo empezaba a aumentar su temperatura a pesar del agua de la piscina.
Mientras lo besaba, sentí cómo me acariciaba el sexo y cómo tímidamente introducía un dedo entre los labios de mi concha explorando más allá. Yo temía se diera cuenta de que encontraba algo con lo que no contaba, que no esperaba y le susurré que era el primero que metía su dedo en mí. Me miró a los ojos esperando la confirmación de lo que acababa de oir y al yo asentir, aunque sorprendido, se acercó para decirme que quería meter otra cosa…
Me tomó de la mano y subimos los peldaños de la escalera para salir de la piscina. Nos acercamos a la primera hamaca y me senté en ella mientras él se arrodillaba junto a mí, tomando mi cara entre sus manos y acercándome a él volvió a besarme, pero esta vez sin preliminares, sino intensamente, llenando toda mi boca con su lengua y saliva. Siguió besándome mientras nos acariciábamos, iba dando pequeños mordisquitos a mi barbilla, lamiendo mi cuello hasta mis pechos, jugando con ellos, recreándose en mis pezones, duros como pequeñas piedrecitas. Se deslizó por mi abdomen con su boca mientras seguía asiendo con fuerza mis senos. Conforme iba descendiendo, mi respiración se agitaba y los movimientos de mi vientre se hacían más rítmicos mientras me recorrían hormigueos por todo el cuerpo.
Me tendió en la hamaca, se colocó entre mis piernas que iba acariciando, lamiendo hasta llegar de nuevo a mi sexo, que lo esperaba ya húmedo, palpitante, así que cuando lo tocó con su lengua, cuando ésta se abría paso entre mis labios interiores para buscar el pequeño botoncito que hacía me convulsionara, me estremecí entre gemidos suaves pero intensos. Con su saliva humedecía mi clítoris y con su lengua recorría todos los orificios de mis genitales hasta llegar al posterior, recreándose en la entrada de mi vagina, la que exploró separando todo lo que la rodeaba y en la que intentó introducir dos de sus dedos, pero que ante mi pequeño quejido se abstuvo de forzar.
Comenzó a concentrar toda su atención en mi clítoris que masajeaba con su lengua, primero suavemente, después incrementaba el ritmo para volver a disminuirlo cuando yo más excitada estaba. Con sus manos acariciaba todo mi sexo, mi vientre, la cara interna de mis muslos y restregaba mis jugos por mis nalgas entre las que introducía su nariz mientras las separaba con sus manos. Empecé a moverme como nunca lo había hecho, impulsaba hacia arriba mi sexo abriendo mis piernas y apoyando los pies en la hamaca para hacer fuerza. Deslizaba mis dedos entre los cabellos húmedos de Juan para asirlos con fuerza e imprimir el ritmo que yo deseaba él impusiera a su lengua en mi clítoris. Cuando él sintió eso, me miró a los ojos y con cara de malévolo me dijo: “voy hacer que me pidas te folle de una vez”.
Me sentía no solo húmeda, sino encharcada. La temperatura en mi concha, muslos y vientre había subido como nunca yo había sentido. Mis movimientos eran convulsiones y la exigencia de “algo” me hacía gimotear pidiendo que acabara. Juan, al oírme, me miraba de una forma guarra pero que me gustaba y me decía: “¡dímelo! ¡Pídemelo!”. Yo, no sé muy bien por qué, me resistía a decir esas palabras que él esperaba oír y entre gimoteos y gemidos, le dije: “¡Hazlo! ¡Hazlo ya, por favor!”, pero él no lo hacía, no terminaba con aquello que yo deseaba acabara pero que me encantaba, me excitaba cada vez más. Por fin, cuando escapé a mi propio autocontrol, grité “¡fóllame!¡fóllame hasta el fondo, hasta que no quepa más!”
La cara de Juan reflejó su sentimiento de victoria y con mucho cuidado tomó su pene, mucho más grande desde la última vez que había puesto mi vista sobre él.
De rodillas en la hamaca, flexionó mis piernas, separándolas para colocarse en medio, muy cerca de mí. Con mucha delicadeza fue pasando su glande por todo mi sexo, de arriba abajo, deteniéndose en mi clítoris que masajeó para hacerme sentir de nuevo unos pequeños calambres que hacían me moviera, separara mi trasero de la hamaca. Volví a gemir, jadeando le pedía por favor que lo hiciera ya, que no prolongara más aquello y haciéndome el caso sumiso que antes no, introdujo poco a poco su pene en mi vagina. En un primer momento sentí la necesidad de cerrar mis piernas, pues un dolor me recorrió desde delante hacia detrás, un dolor seco, un dolor que fue mitigado poco a poco conforme él frotaba mi clítoris mientras introducía cada vez más su pene en mí.
Casi sin darme cuenta iba moviendo mis caderas al compás que Juan entraba y sacaba de mi su pene que yo sentía dentro enorme, riquísimo… Entonces me cogió por la cintura, elevó mis caderas apoyando mis glúteos en sus piernas y comenzó a envestirme con movimientos rítmicos que si bien dolían, también me proporcionaban un placer jamás experimentado por mí. No sé cuánto tiempo estuvo así, pero fue un tiempo delicioso que él dosificaba alternando momentos acelerados con otros más pausados, más lentos pero que hacían prolongar esa sensación que tanto me estaba gustando.
De pronto sacó su pene de mi vagina para frotar con él de nuevo mi clítoris, pero esta vez los calambres se aceleraban, me recorrían toda la espalda, la columna…Mis pechos se agitaban al compás de sus envestidas, mis caderas pedían me la metiera de nuevo, cosa que esta vez no tardé en pedir. Las envestidas eran ahora más fuertes, más rápidas y yo pedía más y más mientras con mis dedos jugaba con mi clítoris, casi palpando su pene en sus salidas y entradas en mí. De pronto, el calor de mi sexo aumentó, mis movimientos eran casi espásmicos, mis flujos brotaban de mí cayendo hasta mi ano… mis manos no sabían a donde asirse, donde apretar, mientras me mordía los labios y cerraba los ojos, disfrutando de mi primer orgasmo (porque eso tan maravilloso tenía que ser eso, un orgasmo).
Juan siguió entrando en mí de una forma más relajada, al compás que mi cuerpo se iba aflojando. Sin embargo el calor de su pene era ahora mayor y entre jadeos me dijo que se iba a correr y que quería yo le ayudara. Asentí mientras él salía de mí, me incorporé y con mi mano derecha así su pene al rojo, en su máximo esplendor. Con mi lengua limpié su glande de mis flujos, confundidos con el suyo. Recorrí con ella su enorme poya (pues había adquirido el mayor tamaño que yo había visto nunca) hasta llegar a su base para después introducírmela en la boca hasta que casi me dio una arqueada. Fui chupándosela al ritmo que él mismo imprimía con su mano en mi cabeza, observando cómo le gustaba que la presionara entre mi lengua y el cielo de mi boca. La entraba y sacaba, una y otra vez hasta que de repente él la sacó y se la pajeó enérgicamente, quejándose, estremeciéndose mientras salía de él a presión un enorme chorro de un líquido blanquecino, caliente y espeso que cayó sobre mis pechos en mayor cantidad que yo habría imaginado y que restregué por ellos.

Me gustó ver el placer en su cara, ver como poco a poco el pene que había estado dentro de mí tomaba un aspecto menos agresivo. Mientras yo miraba su sexo, que comparaba con el mismo hacía minutos, Juan se acercó a mi, me besó dulce y profundamente para después pedirme le hiciera sitio en la hamaca donde había pasado todo aquello. Junto a mí, pegado a mí, su cuerpo me parecía ahora muy diferente; ya no era el de un chico, sino el de todo un hombre, un hombre que había conseguido de mi lo que ni yo misma…
Continuamos besándonos unos minutos hasta que descendió su rostro a la altura de mi pecho y apoyando su oído contra mi corazón se quedó relajado, adormilado mientras daba suaves besos a mi piel…

Bueno, el que haya llegado hasta aquí podrá preguntarse: ¿qué pasó con Luís y David? ¿dónde estaban?.... Pero eso es parte de otra historia……. ;-)

Laika
 

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