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Dos cosas que odio: depilarme y la visita al ginecólogo. La depilación, una vez cada tres semanas; la visita al ginecólogo, cada vez que no puedo escaparme. Hasta ahora mi ginecólogo había sido el de toda la vida, incluso me vio nacer, pero se ha jubilado y tengo que buscar otro. Mi amiga Cuca está encantada con el suyo; no es de los de la vieja escuela, me comenta. Me parece bien y le pido el número; llamo y concierto una cita.- ¿Podría usted mañana a las tres?
- Si no hay más remedio...
- Puedo buscarle otro día si no le va bien.
- No, no, son cosas mías; mañana está bien.A continuación llamo para pedir cita para la depilación.
- ¿Esta tarde a las cuatro?
- Perfecto.Para esto sí que no hay más remedio. No es cuestión de llegar a la consulta con melenas.
Al día siguiente comida ligera y poco líquido, que sino con los nervios me entran unas ganas increíbles de hacer pis. Un vestido ligero, ropa interior elegante pero no sexy. La primera vez que fui al ginecólogo, a los 18 años, me puse unas braguitas que me había regalado mi novio de entonces y la enfermera casi se descoyuntó de risa. Entonces pensaba que eran bonitas; hoy día sé que eran de lo más horteras. Cuca me acompaña hasta el centro médico.
- ¿Quieres que entre contigo?
- No, no.
- Celia, no me digas que te da vergüenza.
- Un poco sí.
- Bueno, está bien, te esperaré en la cafetería de enfrente.
- ¿Señora Celia Luengo?
- Ya me toca, luego te veo.La enfermera me espera aguantando la puerta. Debe tener unos treinta años, morena, con el pelo recogido en una coleta, regordeta y guapa de cara. Lleva el típico uniforme de la profesión, con falda a medio muslo. No se le adivina un liguero y me río para mis adentros. Cada vez que voy al médico me viene a la mente la imagen de las enfermeras de las series de humor, con cofia, escote de vértigo, medias y liguero asomando por debajo. No he conocido nunca ninguna que vaya así, pero no puedo evitar pensarlo. Me tiende la mano con sonrisa simpática.
- Mi nombre es Sandra; es su primera visita, ¿verdad, señora Luengo?
- Sí; me recomendó Cuca de García.
- Muy bien, ahora le abriré la ficha; pase, por favor.Una consulta de lo más normal; todo muy blanco, muy aséptico. Muy de consulta de médico. A la derecha, tapada por un biombo, se entrevé la camilla. Enfrente armarios con medicamentos, libros y otras cosas. A la izquierda, una mesa blanca con dos sillas y detrás de ella el doctor Ferrer. Un cuarentón con típica pinta de médico, aunque quizá sólo sea por la bata y el fonendoscopio que lleva al cuello. Pelo oscuro, salpicado de canas en las sienes. Serio, no sonríe. Se levanta y me da la mano.
- Señora Luengo, soy el doctor Ferrer.
- Celia, por favor.Tengo tentaciones de bromear y decirle que, dado que va a conocer aquello que sólo me ve mi marido, podemos dejar los formalismos, pero su gesto formal me dice que mejor me calle.
El doctor empieza a revisar los informes que le he traído de mi antiguo médico. Sandra, la enfermera, se sienta a su derecha y me pregunta los datos necesarios para la ficha. Treinta y un años. Casada. Visita rutinaria. No hijos. Tomo la píldora. Menstruación regular, que acabo de tener. Vida sexual activa. No promiscua. Allí el doctor aparta los ojos un momento de los papeles y me mira. A ver si va a ser verdad que soy rara porque no tengo líos. O será que no me ha creído. Me pongo colorada, aparto la mirada y sigo contestando. No hay planes de embarazo a corto plazo, aún queremos esperar un par de años. Ningún tipo de molestias ni en vagina, ni ovarios, ni pechos.
- Sandra, continuaremos rellenando la ficha mientras efectuamos la exploración. - dice el doctor, y sus palabras hacen que aumente mi incomodidad y mi nerviosismo. - Señora Luengo, pase detrás del biombo y desnúdese.
- Esto... ¿desnudarme... del todo?
- Sí, claro.Me mira de nuevo con su expresión seria y me ruborizo nuevamente. Mi ginecólogo anterior sólo me hacía quitarme las braguitas. Lo pienso pero no se lo digo.
- Por ser su primera consulta haremos una exploración en profundidad.
- Sí, doctor.Me tiemblan las manos mientras bajo la cremallera del vestido y lo saco por encima de la cabeza. Lo cuelgo en una percha que veo en la pared. Me quito el sujetador y las braguitas, los cuelgo también y me dan ganas de salir corriendo de la consulta. Después de volver a vestirme, claro. Suspiro. Me siento en la camilla.
- Ya estoy lista, doctor.
- Túmbese y ponga los pies en los estribos.Lo hago. Aparece Sandra, retira el biombo y viene a colocarse a mi izquierda. Se acerca el doctor Ferrer con una libreta en la mano. Saca un taburete que hay debajo de la camilla y se sienta a mi derecha. Sin mirarme, saca un bolígrafo del bolsillo de la bata y hace ademán de anotar algo en la libreta. Suspiro de nuevo y cierro los ojos. Al fin y al cabo, no me los va a mirar y prefiero intentar aislarme de esa manera.
- Sandra, comenzaremos por tomarle la temperatura.
- ¿La seca y la húmeda, doctor?
- Claro, Sandra, como siempre.
- Abra la boca, por favor. - La entreabro un poco, justo para que pase el termómetro. - Más, señora Luengo.Algo blando me hace presión en los labios; sin pensar los separo un poco más y eso blando me entra en la boca. Abro los ojos sorprendida, miro hacia abajo y veo un dedo de la enfermera dentro de mi boca. Voy a preguntarle qué hace, pero ella se anticipa.
- Cierre la boca y chupe.
Mientras mira el segundero de su reloj, chupo el dedo. Me siento estúpida pero demasiado anonadada para hacer otra cosa. Al cabo de lo que parece una eternidad, Sandra aparta los ojos del reloj y saca el dedo de mi boca.
- Temperatura normal, doctor.
- Muy bien; ahora la temperatura húmeda.
- Sí, doctor.La enfermera levanta ligeramente su uniforme y veo desaparecer su mano bajo él. Miro de reojo al doctor que sigue anotando en la libreta y vuelvo a mirar a la enfermera. Un ligero movimiento de su brazo y saca la mano. Veo su dedo índice brillante y como húmedo. ¿No será capaz de habérselo metido allí? Lo acerca a mi boca.
- Abra la boca y chupe, señora Luengo.
Si antes estaba anonadada, ahora ya, en estado de plena idiotez, abro la boca y chupo. Sabor ligeramente salado; pues sí que se lo ha metido allí, sí. Vuelve a mirar el segundero. Al cabo de otra eternidad, saca el dedo.
- Temperatura estándar, doctor.
El médico anota el dato, entrega la libreta y el bolígrafo a la enfermera y se levanta.
- Ahora, procederé a la exploración de pechos.
Vuelvo a cerrar los ojos. La mano del doctor cubre mi pecho derecho. Mueve los dedos sobre él, haciendo presión, acomodando su mano. Aprieta un poco más, suelta la mano y vuelve a apretar.
- Anote, Sandra. Talla 90, complexión firme, textura normal.
Aparta la mano de mi pecho. Bueno, al menos, esto ya ha acabado. Dos dedos se cierran sobre mi pezón derecho. Demasiado pronto he hablado. Lo oprime, abre los dedos, los vuelve a cerrar esta vez más fuerte. Me da vergüenza pero noto cómo se endurece. Lo estira con los dedos, lo deja escapar, lo pellizca gradualmente, aumentando y disminuyendo la presión. Logro contener un gemido. Lo que no he sabido es identificar la naturaleza del gemido.
- Anote, Sandra. Resistencia del pezón derecho al pellizco casi nula; endurecimiento instantáneo; alargamiento extra.
Ya me dice siempre mi marido que los tengo sensibles pero dicho así... El doctor sigue hablando.
- Máxima respuesta por reflejo del pezón izquierdo, endurecimiento tipo simpático, alargamiento extra también.
No entiendo eso que ha dicho. Abro los ojos ligeramente y miro hacia mis pechos. Los pezones están tiesos, duros, orgullosos y engreídos, apuntando como pitones al techo de la consulta. Los dos. No sólo el que ha tocado, no, no, los dos. Qué sonrojo me noto o, como diría el doctor, estado de rojeamiento grado sumo. Cuando vea a Cuca, la mato.
- ¿Todo anotado, Sandra?
- Sí, doctor.
- Muy bien, continuemos entonces.Ay, Dios, ahora sí que me levantaba y me iba y sin tan siquiera ponerme la ropa. Esta vez no cierro los ojos, no sé si aguantaré más sorpresas. El doctor inclina el torso y acerca su cara a mi pecho derecho. Saca la lengua y da un rápido lametón al pezón. El muy simple cobra vida propia y se endurece aún más. El doctor abre la boca y mi desleal pezón desaparece de mi vista. Lo chupa, lo succiona, lo agarra con los dientes y lo estira, lo deja escapar; vuelve a repetir toda la operación. Ahora sí que casi me duele de tan duro que está. Y no sólo el derecho, el izquierdo también. ¿Se lo digo o no? Al fin y al cabo, es médico. Opto por callarme. Viendo lo que es esta medicina moderna, igual me receta que parta una aspirina con las orejas en vez de tomármela.
- Anote, Sandra. Sabor, normal; resistencia a la lamida, nula; firmeza ante la succión, óptima; consistencia después de la prueba oral, extrema.
Eso es, en palabras técnicas, lo que mi marido diría como “se te ponen los pezones como piedras, nena”.
Me agito incómoda en la camilla. Incómoda de vergüenza. Digo yo que será por eso. Noto calor y creo que igual me ha subido un poco de fiebre. Pero no seré yo quien diga que me tomen la temperatura, que ya he comprobado los métodos de la nueva escuela y me veo con otro dedo en la boca.
- ¿Todo bien, señora Luengo?
Muevo la cabeza, asintiendo. No digo ni pío, más que nada porque me da miedo cómo vaya a salirme la voz.
- Estupendo, señora Luengo, ahora pasaremos a la exploración de la zona púbica.
Joder, pienso. No decía tacos desde ni me acuerdo cuando, pero la ocasión empieza a merecerlos. El doctor coge el taburete y se dirige a la zona baja de la camilla. Lo deja en el suelo, se sienta y mira entre mis piernas.
- Sandra, venga un momento, por favor.
- Sí, doctor. – La enfermera se mueve hasta colocarse a su lado.
- Mire esto... ¿Había visto alguna vez algo así antes?
- No, doctor, nunca.Ay, Dios mío. ¿Qué tendré? ¿Será grave? No pregunto por miedo a la respuesta. Toda mi vida pasa por mi mente. Igual es que hay alguna anomalía. ¿Por qué no me lo dijo mi ginecólogo anterior? Quizá es algo tan extraño que pensaron que me desmoronaría si lo sabía. Ay. Ay. Aaayyy.
- Vaya a buscar al doctor López, Sandra, creo que necesitamos otra opinión.
- Sí, doctor.La enfermera abandona rápidamente la consulta. Tengo miedo. Clavo la vista en el techo, mordiéndome los labios para no preguntar. Oigo como el doctor Ferrer entre mis piernas murmura ahmmms y ajás y hummms y más hummms. Pasos que se acercan. Se abre la puerta y entra Sandra seguida del que debe ser el doctor López. Bata blanca, complexión fuerte, constitución atlética. Mierda, se me ha pegado la manera de hablar del doctor. Hala, otro taco. El tal López debe rondar los cincuenta, alto, con algún kilo de más y de aspecto interesante. Viene hasta mi lado y me tiende la mano.
- Hola, soy el doctor López.
Decir encantada desde la posición en la que estoy, desnuda y esperando mi sentencia, da como risa, pero se lo digo. Educación ante todo. Suelta mi mano y se dirige también a mi zona púbica, más visitada en los últimos cinco minutos que muchos museos. Debo empezar a pensar en declarar pública mi zona púbica y cobrar entrada. Sin duda, los nervios y la fiebre que me provoca este calor que siento me hacen desvariar y pensar tonterías.
- Sandra ya me ha puesto al corriente del caso.
- Mira y compruébalo por ti mismo, ¿tú habías visto algo así antes?
- A ver, que inspecciono la zona... hummmm...Ay, Dios, más hummms no, por favor.
- Caramba, creo recordar que en la facultad nos hablaron de un caso así... Una vez me encontré yo mismo con uno, pero no en un estado tan avanzado.
Testamento, mañana mismo tengo que ir a hacer testamento. Yo, Celia Luengo, en plena dureza de mis pezones... quiero decir, en pleno uso de mis facultades mentales...
- Yo tampoco, por eso te he hecho llamar.
- Pero, dime, ¿qué pruebas le has hecho antes?
- Las de siempre; temperatura...
- ¿Seca y húmeda?
- Sí, valores normales. Y después la inspección pectoral.
- ¿Pectoral completa?
- Sí, claro, es su primera visita.
- Ferrer...
- Dime, López...
- Éste puede ser un caso aislado y únicamente debido a la casualidad o a ciertos factores externos que no hemos controlado...
- Sí, eso ya lo he pensado, López...
- Bien, pero en caso de que no sea una situación aislada, creo que es todo un descubrimiento digno de ser llevado al Congreso Médico de septiembre; un caso así no debe ni puede ser obviado...Joder, y ahora sí que he dicho el taco plenamente consciente; hablan de mostrar mi caso ante un montón de médicos más. Me reconforta un poco pensar que mi vida no será en balde, si el estudio de mi cuerpo sirve para salvar a otras personas.
- Tienes razón, López; todo en pro de la ciencia.
- Eso es, Ferrer; en las próximas visitas hemos de seguir el caso muy de cerca y ver si es un fenómeno recurrente.
- Así lo haremos, López; ahora haré que Sandra anote todos los datos y comenzaremos así el estudio.
- Perfecto, Ferrer.Por fin voy a enterarme de cuál es mi mal. Noto un nudo en la garganta que me impide casi respirar. Valor, Celia, valor.
- Anote, Sandra. Concentración extrema de sangre en la zona púbica; abultamiento exagerado de los labios tanto externos como internos; oscurecimiento de la zona; apertura máxima; segregaciones abundantes procedentes de la vagina; lubricación total, llegando incluso al desbordamiento. Y, Sandra, anote en letras mayúsculas que los resultados se obtuvieron tan sólo, y remarque el sólo, con la medida de la temperatura digital y la inspección de la zona pectoral.
- Todo anotado, doctor.Dios. No acabo de entender realmente lo que ha dicho pero intuyo que no me voy a morir. Mi vida no está en peligro.
- ¿Me necesitas para algo más, Ferrer?
- Si no te importa, ya que estás aquí, realizamos los dos la prueba del calibrado vaginal. Así podemos hacer juntos el seguimiento y la presentación del caso.
- Gracias por el ofrecimiento, será un honor estudiarlo contigo.
- El honor es mío.
- ¿Cómo preparamos el instrumental? ¿Tú con la paciente y yo con Sandra?
- No, no, López. ¿Ya has olvidado el código sexológico? El instrumental debe ser siempre puesto en su máximo funcionamiento por la propia paciente para que los resultados puedan ser declarados válidos.
- Es verdad, tienes toda la razón.No entiendo nada de lo que hablan. No sé qué van a calibrar, ni qué instrumental van a utilizar, ni qué tengo que hacer. El doctor Ferrer se levanta del taburete y se dirige hacia el lado derecho de la camilla, mientras el doctor López se acerca por el lado izquierdo, hasta quedar a la altura de mi cabeza, cada uno a un lado.
- Señora Luengo, necesitamos su cooperación ahora para la realización del siguiente examen.
- Sí, doctor.Digo que sí, como llevo diciendo todo el rato, sin dejar de pensar que las ciencias evolucionan que es una barbaridad. Mientras mis pensamientos corren solos, el doctor Ferrer desabrocha su bata, baja la cremallera del pantalón y saca un pene fláccido. Sin acabar de entender, un movimiento al otro lado llama mi atención; giro la cabeza y veo que el doctor López también ha sacado su miembro y lo sostiene con la mano. Pobres, les va a coger frío.
- Escuche bien, señora Luengo. Para que la prueba tenga validez, la paciente, o sea usted, puede emplear labios y lengua, nunca dientes. Además la excitación de los miembros calibradores, o sea mi pene y el pene del doctor López, ha de ser simultánea, alternando los dos en su boca. ¿Me ha entendido?
- Perfectamente, doctor.
- Entonces ya puede empezar. Abra la boca, si es tan amable.Si dice que mi cooperación es necesaria, será que lo es. Al menos este médico te explica las cosas y no como esos otros que, sin aclararte lo que tienes, te recetan dos pastillas y adiós, muy buenas. Obediente, separo los labios y el doctor Ferrer me acerca su pene y lo introduce en mi boca. Comienzo a chuparlo y a pasarle la lengua y enseguida empieza a aumentar su tamaño. No puedo evitar pensar en Borja, mi marido; él siempre ha entendido que esas prácticas no eran muy de mi agrado y pocas veces me lo pide. Pero ese momento requiere que mi esfuerzo esté al servicio de la ciencia, así que me dedico cabalmente a la tarea. El doctor mueve la mano sobre su miembro, sin duda para facilitarme la tarea. Yo correspondo a su gesto, haciendo que su pene entre más profundo en mi boca y cerrando más los labios en torno a él.
Mientras, los doctores, demostrando su gran profesionalidad, continúan hablando de mi caso y su estudio.
- En la próxima visita, deberíamos pensar en obtener un testimonio gráfico.
- Sí, sería conveniente conseguirlo.
- Ya contactaré yo con un fotógrafo... Pare, pare, señora Luengo. Muy bien hecho; ahora proceda con el miembro del doctor López, por favor.
- Sí, doctor.Dejo el pene del doctor Ferrer, que ya tiene un grosor considerable, y giro la cabeza para continuar con mi tarea. El doctor López me acerca el suyo y lo acompaña muy gentilmente hasta el interior de mi boca. Como es más estrecho, juego con la lengua sobre él, porque creo que agradecerá la colaboración de la paciente. Parece que efectivamente lo agradece porque rápidamente se endurece. Entonces, igual que antes, lo introduzco más en mi boca y chupo con esmero. Y ellos siguen hablando de su trabajo.
- ¿Has recibido el número de este mes de la revista de la Asociación Médica?
- No... ¿Algo interesante?
- Un artículo sobre la calidad de los fluidos lubrificantes de la mujer. Y trae sobres con diferentes muestras.
- Cuando la reciba, lo leo y hacemos la cata juntos, ¿te parece?... Muy bien, señora Luengo, su contribución está siendo excelente; proceda nuevamente con mi miembro.
- Lo que usted mande, doctor.Giro la cabeza de nuevo y encuentro ante mis ojos el pene del doctor Ferrer. Está ya muy grueso y casi no me cabe en la boca. Saco la lengua y le doy unos suaves golpecitos y unas largas lamidas en la punta. No había hecho nunca antes esto pero le oí contar una vez a la cuñada de Cuca, aquel día que se bebió ella sola media botella de Aromas de Montserrat y se le soltó la lengua, que esas cosas gustan a los hombres. Y aunque el doctor Ferrer sea médico y esté ahora mismo ejerciendo, también es hombre, ¿no? Parece que sí le gusta porque me anima a que continúe. Sigo con unas lamidas por todo el miembro, antes de volver a la punta, meterla en mi boca y lamerla con labios y lengua. Esto me recuerda que hace mucho que no me como un chupachups.
Con un leve gesto me indica que le deje y vuelvo la cabeza; enseguida el doctor López mete su pene en mi boca. Este es más fino y es mejor para chupar. Y yo chupo y chupo, que siempre he sido muy obediente. Lo introduzco todo lo que puedo en la boca y él lo saca un poco. ¿Será que no le ha gustado cómo lo hago? Ah, no, porque vuelve a meterlo otra vez. Uy, otra vez. Y otra. Y otra. Debe ser que está buscando una buena posición y no la encuentra. Yo le ayudo chupando con más ganas, a ver si entre los dos encontramos la mejor postura.
Al cabo de un momento saca su miembro calibrador de mi boca y el doctor López se dirige a mí.
- Muy buena labor, señora Luengo; si todas las pacientes cooperaran como usted... Ahora seguiremos con el estudio, ¿está preparada? ¿Se encuentra bien?
- Me noto un poco desfallecida y tengo la boca seca, doctor... ¿No podría usted...?
- Por supuesto, señora Luengo, lo primero es su comodidad. Antes de continuar, la señorita Sandra se ocupará de usted.
- Gracias, doctor.Este médico es un poco áspero, pero sabe mimar a sus pacientes. Le hace una breve indicación a la enfermera para que me atienda y él y el doctor López se apartan. Sandra apoya una rodilla al lado de mi cabeza, se da impulso y sube a la camilla. Pasa la otra pierna sobre mí y queda casi sentada sobre mi cara. Uy, le veo las braguitas. Entorno un poco los ojos porque las mujeres somos muy pudorosas para mostrar nuestra ropa interior y no quiero que se turbe.
- Señora Luengo, su bebida.
Sandra ha apartado sus braguitas a un lado. Pobre, debe haberle costado el ejercicio de subir a la camilla porque la noto muy sudada. Se acerca más a mi boca y entiendo que quiere que le seque ese sudor. Será que algún estudio estadístico ha determinado una elevada concentración de sales en los fluidos de la transpiración y ella quiere reconfortarme. Qué maja. Aunque, eso sí, tengo que sugerir a este doctor que piense en tener bebidas embotelladas a disposición de las clientas. Yo no soy una tiquismiquis, pero seguro que hay otras pacientes que sí lo son.
Las bragas blancas, muy monas pero sencillitas; deben ser de mercadillo. Ahora que me fijo, tiene un pequeño descosido en la cinturilla de la braga; claro, si no las compras de marca, en dos lavados se rompen por algún lado. Luego en un momento se las remiendo, que nunca salgo de casa sin aguja e hilo en el bolso. Y sigo bebiendo; igual soy descortés por no invitar, pero tenía tanta sed. Ahora, esto de beber así a lametones es un poco incómodo; además de botellas de agua tengo que sugerirle al doctor que compre vasos, de esos de plástico que luego se pueden reciclar.
A la señorita Sandra le empiezan a temblequear las rodillas. Qué sufrida es, debe ser que está incómoda en esta posición. Intento extender la lengua lo más posible y moverla más rápido para beberme todo cuanto antes, aunque esta chica parece un surtidor; cuanto más rápido lamo yo, más suda ella. Además está empezando a jadear, ¿será que está cansada? Pobres chicas las que trabajan fuera del hogar; muchas horas y mal pagadas... Normal que vayan todo el día agotadas. Y encima ahora ha empezado a hacer unos ruiditos raros. Suenan a gemidos de niño pequeño, así, cortitos y profundos. Y cada vez los hace más rápidos. Los doctores no se enteran porque siguen allá al pie de la camilla frotándose sus penes para que entren en calor; ya había dicho yo que les daría frío si se los sacaban de los pantalones. Ay, ¿no estará a punto de darle un telele a esta pobre chica? A ver si está delirando o algo así.
- ¿Se encuentra bien, enfermera?
A pesar de lo amable que está siendo conmigo, no me atrevo a llamarla por su nombre dado que aún no hay intimidad entre nosotras.
- Sí, señora Luengo, es que voy a correrme.
- ¿Para qué lado, enfermera? ¿Quiere que le haga sitio en la camilla?
- No, no, continúe usted, por favor.Qué buen saber estar tiene esta chica; seguro que tiene por norma no confraternizar con las pacientes. Me voy a dar prisa para acabar cuanto antes. Ahora sí que muevo la lengua rápido, rápido, sorbiendo aquí y allí, y bebiéndolo todo. Ay ay, me parece que no aguanta más porque ahora tiembla exageradamente y además, más que gemir, está gritando la pobrecita. Me dice que pare, que ya está, mientras con un par o tres de profundos suspiros pone la braguita en su sitio. Baja de la camilla, se arregla su traje de trabajo y todo eso lo hace con una sonrisa en la cara... Qué buena profesional que es. Lo siento por ella porque yo me he quedado divina después del refresco y ella en cambio lo ha pasado mal. Lo único es que hace rato que me he vuelvo a notar ese calor de antes; espero que la fiebre no sea contagiosa porque mala cosa sería que venga yo a la consulta del médico y les acabe contagiando a ellos.
- ¿Ya se encuentra mejor, señora Luengo?
- Sí, doctor.
- Entonces ya podemos proceder.
- Como usted crea conveniente, doctor.
- ¿Tú primero, López?
- Encantado, Ferrer.
- Sandra, si está usted lista, anote todo lo que le vayamos indicando.
- Preparada, doctor.El doctor López se coloca entre mis piernas y empieza a calibrarme.
- Anote, Sandra. Penetración fácil y fluida; empapamiento instantáneo; adaptación vagina-calibrador correcta. Ahora inicio el movimiento de entrada y salida... Aumento de la temperatura debido a la fricción; aumento también de la lubricación, movimiento sin obstáculos... Tu turno, Ferrer.
- Voy... Anote, Sandra.
- Sí, doctor.
- Breve resistencia a la penetración debida al aumento del grosor del miembro calibrador; a partir del glande entrada limpia; vagina de paredes adaptables y respuesta de la musculatura excelente... Respecto a la fricción... Mmm, sí, aumento de la temperatura y de la liberación de fluidos. ¿Todo anotado?
- Todo, doctor.
- No hemos indicado la profundidad de la vagina, Ferrer.
- Tú siempre en todo, López. A ver que vuelvo a penetrar... Profundidad de la vagina catorce centímetros, ¿estás de acuerdo, López?
- Espera que lo compruebo por mí mismo... Penetración hasta el fondo y... ¿Catorce? Yo diría catorce y medio.
- ¿Tú crees? Déjame otra vez a mí... Entro profundamente y... Yo sigo pensando que catorce.
- Espera, espera... Debes dejar que interaccionen bien vagina y calibrador... Así, muy bien... Entra y sal un par de veces más... Así, así... ¿Qué me dices ahora?
- Sí, tenías razón, quizá me precipité en mis conclusiones... Anote, Sandra, catorce y medio.Ya no sé muy bien si es el pene del doctor Ferrer o el calibrador del doctor López o el Ferrer del doctor pene o el doctor del pene López el que me entra y sale a cada momento. Yo sólo sé que tengo un calor horroroso. Y no debo estar muy bien porque se me ha erizado toda la piel y se está enrojeciendo. Pero no me quejaré, que no quiero que se preocupen. Ay, Dios, qué calor. Me vienen como unas oleadas extrañas, que parece como si empezaran en mi pubis y se extendieran a todo mi cuerpo. Ay, qué calor. Creo que me estoy mareando y todo; noto cómo la cabeza se me va a ratos. Y no es que me duela nada, sino que incluso es como un gustito extraño, pero que no estoy como siempre también es verdad. Uff, qué mareo y qué calor.
- Muy bien, ¿qué nos queda, Sandra?
- La prueba de la capacidad, doctor.
- ¿López...?
- A ello voy, Ferrer. Anote, Sandra... Penetración nuevamente fluida... E iniciando proceso de vaciado del miembro calibrador.El doctor López empieza a mover la cadera lentamente adelante y detrás, y poco a poco va aumentando la velocidad. Debería tener cuidado porque mi tía Engracia se rompió la cadera con un movimiento similar el día que decidió probar el hula-hoop de mis sobrinitas. Claro que la tía Engracia tiene cerca de ochenta años, pero nunca es pronto para cuidarse. Ahora sí que va rápido, muy rápido; igual que mi fiebre, que sube y sube y sube. Ay, Dios, juraría que a mí me está dando algo. Sea lo que sea, he debido contagiar a este hombre porque también parece tener calor. Me noto una cosa que no sé qué es, un calor que se está empezando a derramar por todo mi cuerpo, me cuesta hasta respirar. Ahora sí que le noto bien entrando y saliendo de mi cuerpo y esa sensación que crece y crece y... Y... Y... Dioooos...
Ufff, una descarga eléctrica ha recorrido todo mi cuerpo y parece que al doctor también le ha debido pasar algo parecido porque su cuerpo se ha sacudido y ha gritado. Después de un momento, me sonríe suavemente y se separa de mi zona pública... Quiero decir, púbica. Preocupado no se le ve, así que igual es normal lo que ha pasado. Más sabrá él que yo, ¿no?
- Mi parte ya está; es tu turno, Ferrer.
- Voy, López.Ay. ¿No me van a dejar ni recuperarme un momento? Parece que no.
- Anote, Sandra... Penetración sin obstáculos debido sin duda a la situación post-orgásmica que ha propiciado el perfecto ensanchamiento del canal... E inicio yo también la descarga del calibrador...
Antes de que se empiece a mover, ya vuelvo a notar esa sensación. Ya decía yo que recuperada no estaba. Ay, si antes tenía fiebre, esto ya es... Me noto los nervios a flor de piel, el cuerpo hirviendo, el pubis en carne viva, el vello erizado y con cada golpe de caderas del doctor las sensaciones aumentan, se multiplican. Y otra vez ese centro de calor que empieza en mi vagina y se va desplazando por todo mi cuerpo a la velocidad de un caracol pero con la intensidad del rayo. Me está subiendo algo desde abajo... Es como si... como si... No puedo pensar; toda mi mente está concentrada en mi cuerpo y en no gritar que es lo que me apetece hacer... No grites, Celia, no grites... No, no voy a gritar... Dios, empieza otra corriente eléctrica como antes... No, no grito, no... Dios, ni chispitas ni chispunes, esta vez es toda la central eléctrica... No, no grito, no... Sííííí... Diooooosss...
Ufff... Suerte que también el doctor ha gritado y no habrán oído el mío... Ufff... Sea lo que sea, esto está siendo más parecido a una epidemia que otra cosa... Ufff... Todos afectados del mismo mal, aunque ellos son profesionales y no parecen preocupados. Pero esto normal no es, creo yo. No sé.
Ahora los doctores están mirando muy atentamente mi zona púbica. Y miran y contemplan y no apartan la vista. Como vuelvan con los hummms de antes, me da algo. Por fin el doctor López vuelve a hablar.
- Sandra, anote.
- Sí, doctor.
- Capacidad vaginal perfecta, no hay pérdidas. - Después de decir eso levanta la vista hacia mí. - Hemos acabado por hoy, señora Luengo. Puede usted vestirse.Los doctores se retiran y Sandra extiende nuevamente el biombo para respetar mi intimidad. Me visto intentando aguantarme de pie porque las piernas me parecen de gelatina. Mientras acabo oigo como el doctor López se despide hasta la próxima consulta. Intento calmar un poco mi respiración, salgo y el doctor está ya esperándome en su mesa. Me siento delante de él.
- No le daré informe de su primera visita porque, como ya ha podido escuchar, continuaremos estudiando su caso. Y respecto al Congreso Médico de septiembre del que hemos hablado con el doctor Ferrer, ya lo comentaremos más adelante.
- Bien, doctor.Me tiende la mano y se despide muy amablemente. Concentrada en poner un pie delante del otro, salgo de la consulta, dejo el centro médico y cruzo la calle. Entro en la cafetería y enseguida localizo a Cuca sentada en la mesa del fondo. Un amable camarero me pregunta si voy a tomar algo y le pido un cortado descafeinado de máquina con leche desnatada natural en vaso largo y si es posible limpio. Ah, y sacarina, por supuesto. Me dirijo hacia la mesa, aparto la silla y me siento. Cuca levanta la vista del Cosmopolitan que estaba hojeando y me sonríe.
- ¿Qué tal la consulta?
- Ay, Cuca, no sé...
- No me asustes, cielo, ¿ha pasado algo?
- No, es que verás... No sé qué es porque no me he enterado muy bien, pero soy algo así como un caso de estudio...
- Celia, cariño, me estás preocupando.
- No, no, Cuca, no es que tenga nada delicado.
- ¿De verdad? ¿No me engañas? ¿Me lo juras?
- Te lo juro, Cuca. Grave no es, o eso me han dicho, pero sí que soy un caso excepcional... Fíjate que han dicho de llevarme a un Congreso Médico en septiembre.
- ¿En serio?
- Sí, pero les voy a decir que no... Es que es justo cuando Borja quiere pedir las vacaciones y nos queríamos ir a Honolulu y no sé... Por otra parte me han dicho que grave no es, así que...
- Quita, quita, déjate de Congresos Médicos... Mejor Honolulu que es divino de la muerte... Además, ¿qué te crees? Seguro que te tratan como un bicho raro... Ibas a ser mirada y contemplada por un montón de médicos...
- ¿Un montón?
- Sí... Lo sé por Luis Mari, mi cuñado, ¿sabes?, el que es cirujano... En esos congresos se reúnen igual cincuenta médicos...
- ¿Cincuenta?
- Sí, sí, o más... Y seguro que si eres un caso especial todos quieren examinarte... Y eso puede resultar tan vulgar... ¿no crees?
- Ahora que lo dices...
- Pues claro, cielo... Oye, voy un momento al servicio a empolvarme la nariz...
- Te espero aquí... Mientras voy a llamar a Borja a la oficina...
- Oká... Enseguida vuelvo...
- ¿Borja?...... Hola, mi amor...... Sí, todo bien...... Sí, sí, la consulta bien...... Oye, Borja...... Verás, es que estaba hablando con Cuca ahora...... Sí, Cuca, ya te dije que me acompañaba al médico...... Pues eso, que me estaba comentando Cuca que septiembre es la época de los tifones en Honolulu...... Sí, eso dice, y que mejor vayamos en agosto......
por Nana
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