En familia (capítulo V )
 
Era un viernes por la noche, en la casa solo nos encontrabamos mi hermana Anabelle y yo. Jacqueline había viajado al campo para disfrutar del fin de semana en la finca de una amiga y mi madre había viajado a una ciudad vecina a visitar a mi abuela. Ella pernoctaría allí y volvería a la mañana siguiente con el fin de no manejar por la noche.

Yo había pensado salir a disfurtar una noche en la ciudad, pero, me daba pena dejar a Anabelle sola en casa. Mientras cenábamos, le conversé de mis planes y de mi inquietud de dejarla sola. Ella, apresuradamente, me dijo que no me preocupara, que saliera tranquilamante. Añadió que pensaba mirar una película en televisión y que luego se acostaría temprano. Sin embargo, en su mirada se
notaba cierta tristeza.

Finalmente, la sirvienta nos sirvió a cada uno una taza de café expreso y continuamos conversando de cosas, en general. Al levantarnos de la mesa, le dije como dándole una orden, ve a tu habitación, búsca un vestido bonito, póntelo y arreglate hermanita que irás conmigo de juerga. Ella abrió los ojos con una expresión mezcla de sorpresa y alegría. Subió, no, corrió por las escaleras a su habitación.

Me dirijí a mi habitación, cerré la puerta y me introduje al baño. Me desvestí y me metí a ducha. Qué bien se sentía el agua caliente, creo que estaba más estreseado de lo que me permitía admitir. Dejé que el agua me cayera sobre la cabeza y los hombros por largo rato mientras pensaba adonde llevar a mi hermana. Yo ciertamente quería tomarme un trago y relajarme oyendo buena música. De pronto recordé que un amigo, el dueño de un music bar, me había comentado a la tarde que esa noche tendría un grupo de músicos que iban a interpretar blues en español. Magnífico, me dije. ese era un sitio seguro al cual podía llevar a Anabelle y ambos disfrutar de una hermosa velada.

Salí del baño y me vestí. Cojí las llaves del auto y me dirigí a la sala para ver si Anabelle ya había bajado. Como no la vi en la sala me dirigí a la cocina y pregunté a la sirvienta. Esta me dijo que Anabelle no bajaba todavía.
Volví a la sala y me senté a leer un periódico que se hallaba sobre una mesa al costado del sofá. LLegué a la página sobre la economía del país y me quedé pegado leyendo un artículo sobre la contracción económica que se avecinaba por consecuencia de la crisis financiera. Esto afectará mi negocio, me dije, y continué leyendo como que el resto del mundo no existia.

Me encontraba yo absorto, concentrado en mi lectura cuando oí los pasos de Anaballe que ya bajaba las escaleras. Al acercárseme, levanté mi vista y a la primera mirada se me cayó el periódico de las manos. Allí parada delante de mi estaba mi hermana. Yo no podía pronunciar palabra, era la mujer más hermosa que sin duda había visto en mi vida. Llevaba un vestido negro de tela elástica que se ceñía a su cuerpo delineándolo de una manera que dejaba entrever todas sus perfectas curvaturas. Era corto y sus piernas salían por abajo enseñándose perfectas y preciosas. Llevaba unas medias negras de nylon muy delgado que daba una tonalidad exquisita a la piel de sus piernas. Sobre el vestido, tenía puesto un abrigo liviano, pero largo que le llegaba hasta sus tobillos. También el abrigo era negro. Esto resaltaba la blancura de su piel y su pelo color castaño claro, casi dorado. Se había maquillado exquisitamente luciendo una madurez que todavía estaba ausente.

Finalmente pude decir, vamos. Me puse de pie y la conduje hacia la puerta principal. Salimos de la casa y entramos al carro. Encendí el motor con mano temblorosa y ella notando esto me preguntó que qué me pasaba. Yo le respondí que nada y simplemente me concentré en conducir el vehículo. Abruptamente, comencé a decirle que íbamos donde un amigo mío que tenía un bar y que allí se presentaba un grupo de música blues. Ella me respondió que le era indiferente donde fuéramos, que simplemente estaba feliz de salir conmigo pues era la primera vez en toda su vida que yo salía con ella, los dos solos, a cualquier lado.

De cuando en vez, yo dirigía mi mirada hacia sus piernas. El vestido corto, por supuesto, dejaba apreciarlas completamente. Barbara, decía yo entre mi, qué piernas tiene mi hermanita. A veces, nuestras miradas se cruzaban y yo le sonreía, creo yo que con cara de tonto. A lo que ella simplemente se limitaba a corresponder. Era obvio que ella notaba que su atuendo y maquillaje me tenían intranquilo. Pero, yo pensaba que talvez no se daba cuenta que era ella, esa hermosísima mujer a mi lado que realmente me tenía a mil. Cuando pensaba en esto se me escapaba una risita que me hacía lucir, estoy seguro, más que tonto.

Llegamos al bar de mi amigo. Detuve el carro en el parqueadero y salí. Rodeé el vehiculo y le abrí la puerta. Ella se acomodó el abrigo y torció su cuerpo para salir. Al hacerlo mi vista se dirigió automáticamente a sus piernas y pensé, Dios, qué piernas. Ella salió y se puso al lado mío hasta que yo
asegurara las puertas del carro. A paso lento, ella tomada de brazo nos dirigimos a la entrada del sitio. Allí nos recibió mi amigo quien, al parecer, al ver a Anabelle parecía que la mandíbula se le iba a caer al piso. Murmuró un saludo hacia mi y le dio un beso en la mejilla a Anabelle. El pobre estaba extasiado. Cuando pasamos el umbral, ella delante y los dos atrás, me dijo:
- Oye, tu hermana esta preciosa. De pronto emparentamos. A lo que yo respondí con una gran risotada, mezcla de burla y nervios, para que no siguiéra hablando sandeces.

Mi hermana y yo nos dirijimos a una pequeña mesa rodeada por una especie de sofá y nos sentamos. Mi amigo regresó a la entrada para recibir a más gente que llegaba en ese momento. Enseguida se nos acercó el mesero y nos preguntó que qué queríamos tomar. Miré a mi hermana y ella pidió un Baileys sin hielo.
El mesero se dirigió a mi y me dijo, usted lo de siempre? A lo que yo respondí que si.

Pregunté a mi hermana si no deseaba quitarse el abrigo, pues, como había bastante gente en el lugar, hacía un poco de calor. Ella, incorporándose, me dijo que si. Me levanté y la ayudé a sacarse el abrigo. Viéndola sin el abrigo se la veía una mujer más que deliciosa. Para no pasar un mal rato, me apresuré a dirigirme a la entrada y entregar el abrigo a cambio de una ficha para retirarlo cuando salgamos. Volví a la mesa y Anabelle se veía exquisita. Me senté a su lado, más cerca esta vez y empezamos a conversar. Le pregunté de los estudios, hablamos del clima, de la tormenta de días pasados. Ella pareció ruborizarse un poquito al recordar el día de la tormenta. Yo no sabía porqué.
 

Mi amigo decidió venir hasta nuestra mesa y conversar con nosotros. Le pregunté que a qué hora empezaban a tocar los músicos. El me respondió que en unos quince minutos, cuando sean las diez en punto. Luego hablamos de varios temas y el tiempo fue pasando. Finalmente, una chica rubia, medio flaca, pero que lucía bien se presentó en escena. Probó el microfono y tras saludar a los asistentes se dispuso a cantar una canción. No era ni buena ni mala para cantar. En realidad el espectáculo dejaba mucho que desear.

Mi hermana y yo continuamos conversando, talvez con la idea de no tener que escuchar mucho a la cantante. Me contó que nunca había tenido un novio. Que todos aquellos pretendientes que llamaban a casa preguntando por ella, no eran sino solamente eso, pretendientes. Además mencionó que ella no estaba interesada en el futuro cercano a tener ningún tipo de relación con ninguno de ellos. Ante esta actitud, le pregunté si todavía era virgen, a lo que me respondió que, si, adicionando que jamás ningún hombre había tenido intimidad con ella.

Así conversamos por buen rato y finalmente el "show" se acabó. Enseguida mi amigo apareció de donde quien sabe donde y encendió el equipo de sonido del local. Buena música empezó a sonar por los altavoces y un respiro de alivio se oyó por todo lado. Como que todos los asistentes habían estado esprando que esto sucediera, se pusieron de pie y cada uno tomando una pareja se dispusieron a bailar animadamente. Noté que Anabelle se movía en el asiento, así que decidí pedrile que baile conmigo.

Salimos a la pista de baile y era un contento mirarla mover y contonear su cuerpo al ritmo de la música. Caramba, Anabelle se veía estupenda. ¡Qué cuerpo! Todos los presentes, hombres y mujeres miraban insistentemente a mi hermana.

De pronto la música tomó otro giro. Empezaron a sonar baladas medio románticas y Anabelle, en vez de pedirme ir a nuestro asiento, me abrazó y se me pegó a mi para bailar como si fueramos enamorados. Era un verdadero placer bailar de esa manera con mi hermana. Se sentía tan bien. No se si era mi amor fraternal o la atracción que cualquier hombre tuviera con una mujer magnífica. La verdad es que en ese momento no podía pensar muy claramente. Su mejilla junto a la mía mientras bailabamos invitaba a que girara la cara para besarla. No pocas ocasiones estuve tentado a hacerlo, pero, me detenía la idea de que era mi hermana con quien yo bailaba.

Para la tercera canción, ella se pegó aún más a mi y empezó a decirme lo mucho que me quería. Me decía que yo era el hermano más bueno y guapo que existía. Que ella soñaba con encontrar un hombre como yo para dedicarle todo su amor. Le dije que me parecía normal que ella, después d ela muerte de mi padre, mirara en mi al hombre ideal. Me interrumpió y me dijo que era mucho más que eso. Añadió que si yo no fuera su hermano allí mismo me haría el amor. Yo me reí a carcajadas, pero ella, muy seriamente, mirándome a los ojos me dijo que desde hacía mucho tiempo me veía no simplemente como a su hermano sino como hombre. Me dijo, hermanito, estás buenísimo, ¿qué culpa tengo yo? Yo me ruboricé un poco y no pude disimularlo. Esto la pusom más cariñosa y pegándse a mi cuerpo con toda su fuerza dirigió su boca a mi mejilla y me dió un beso que se sentía diferente del que se le dá a un hermano. Este era más humedo y caliente.

La música paró y decidimos ir a sentarnos antes de que empezara la próxima. Al sentarnos, ella tomó mi mano y no la soltaba por nada del mundo. De pronto me dijo que era hora de que regresaramos a la casa a lo cual yo asentí con la cabeza. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la puerta, mientras mi hermana retiraba su abrigo con el ticket que me habían dado, yo ufi dionde mi amgo que se hallaba en la caja para cancelar el consumo. Mientras me hacía la cuenta me decía lo bien que se veían el par de hermanitos. Me hizo además el comentario de lo bonito que se veía el cariño que Anabelle parecía profesarme. Pagué la cuenta y luego de despedirnos de mi amigo salimos hacia el carro.

Conducía yo despacio hacia nuestro hogar en silencio. Ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna. Hice un alto en una luz roja y noté que Anabelle me miraba. Volteé y ella me preguntó si me había molestado la confesión que me había hecho. A lo cual yo le respondí que no, que ni lo pensaraa de esa manera. Que tal vez lo que me pasaba era que me hallaba un tanto confundido. Le dije que en relaidad a mi también me había parecido como si hubiera salido con otra mujer, no mi hermana. Que los sentimientos que se habían transmitido entre nosostros mientras bailabamos y durante toda la velada eran mucho más que entre hermanos. Ella me miraba insistentemente mientras yo decía estas palabras.

Sabes, me dijo, una vez te vi desnudo en tu baño cuando yo había entrado a coger algo a tu cuarto y no pude dejar de admirar tu verga. Me apreció la cosa más linda que había visto en mi vida. Desde aquel entonces, me masturbo con la sola imagen de ella en mi mente. En ese momento extendió Anabelle su mano y tocó muy suavemente por fuera de mi pantalón mi verga. Desde el mismo momento en que sentí sus dedos por encima de la tela del pantalón, ésta empezó a pararse con cada caricia de Anabelle. Yo no sabía qué decirle, estaba extasiado. Con cada movimiento de su mano me recorrían el cuerpo descargas que hacían que se me erizara todo el cuerpo. Me habían tocado antes, pero esto era diferente, mucho más intenso, tan solo comparable a la vez que mi propia madre me había acariciado la verga.

Finalmente llegamos a la casa. En cierto modo yo sentí alivio, pues las caricias de Anabelle no me dejaban conducir el carro bien y temía un accidente a cada momento. Tan pronto apagué el motor, me volteé y tomé a mi hermana entre mis brazos urgando su boca preciosa con mis labios y lengua. Ella correspondía de una amnera caliente, calientísima. Mientras la besaba ella volvió a tomar mi verga por encima del pantalón y la movía de abajo hacia arriba y viceversa. Con mi mano libre, ya que con la otra la abrazaba, comencé a acariciar sus tetas. Qué duras y grandes se sentían sus senos en mi mano. Introduje la misma dentro de su vestido y sentía como con cada caricia sus pezones se ponían duros y erectos.

Paramos un momento y ella sugirió que mejor entraramos en la casa. Pasamos la puerta principal y subimos directamente a la habitación de Anabelle. Ni bien entramos ella se arrodilló frente a mi y muy despacio abrió la bragueta de mi pantalón. Con mucho cuidado introdujo su mano y logró sacra mi verga. La quedó mirando por unos momentos y luego empezó a besarla muy suavemente. Las piernas me temblaban del placer que esto me daba. No podía, no quería moverme ni un centímetro para evitar que Anabelle paráse lo que estaba haciendo. Poco a poco la besaba cada centímetro. Lentamente pasaba su lengua a lo largo y ancho.
¡Qué placer! Me sentía en el cielo. De una manera muy cariñosa, se introdujo despacio mi verga en su boca y empezó a chuparla como a un helado mientas la metía y la sacaba rítmicamente. Dentro de su boca, con la lengua presionaba aún más la cabeza de mi verga. Poco a poco sentía que mis fuerzas se dirigían y concentraban en torno a mi verga. Nada más existía. Anabelle la mamaba caliente y húmedamente. Finalmente ya no aguanté más, mi verga empezó a soltar a chorros su leche. Anabelle abría más su boca y chupaba más insitentemente para no dejar escapar ni una sola gota. Los chorros se repetían sin cesar parecía que nunca iba a acabar. Finalmente me sostuve buscando apoyo en una silla que estaba cerca y acabé. Anabelle seguía chupando y mamando muy lentamente para limpiar mi verga de todo vestigio de leche, para que no se desperdiciara nada. Finalmente dejó salir mi verga de su boca y se incorporó para darme un beso caliente en mi boca.

Notando Anabelle que a duras penas podía yo mantenerme en pie me dirigió a su cama y me hizo acostar en ella. Se paró delante de mi y empezó a bailar mientras se despojaba lentamente de su ropa. Con cada prenda que se quitaba yo descubría zonas cada vez más bonitas de su anatomía. Ella notaba que me gustaba lo que veía y picarezcamente de cuando en vez me lanzaba un beso volado. Finalmente estaba completamente desnuda frente a mi. Qué mujer, pensaba yo, mientras la miraba.

Anabelle se subió a la cama y poco a póco me fue despojando de mis ropas. cada vez que un pedazo de piel quedaba al descubierto, me la besaba y lamía en varias pasadas hasta continuar con otra prenda. Es así que lentamente, me quitó toda la ropa. Tirando toda la ropa que se hallaba sobre la cama al suelo, se dió la vuelta y se puso de espaldas a mi que me hallaba entre sus piernas. Se agachó lentamente permitiéndome admirar su hermoso culo. Una vez que su cara topaba mis piernas, empezó a retroceder cada vez más lentamente en concordancia con cada beso que me daba en las piernas. Con su cara y sus
besos, forzó yo abriéra mis piernas cada vez más. Anabelle siguió retrocediendo hasta que su chucha estaba muy cerca de mi cara. Su olor me embriagaba. Mientras ella besaba y lamía mis huevos, yo empecé a besarle sus muslos y poco a poco me fui dirigiendo hacia su chucha. Su olor de hembra me
volvía loco. De pronto introduje de un solo golpe mi lengua en su chucha lo más que podía. Ella dio un salto, pero, regresó con más ímpetu a mamar mi verga de una manera desenfrenada.

Poco a poco, ambos nos íbamos volviendo más salvajes. Yo mamaba, mordía su chucha cada vez más fuerte. Sus jugos corrían por mi mejilla ya que no avanzaba a tragarlos a la velocidad que salían. Ella, con cada arremetida mía, me mamaba más duro la verga. Esta vez lógicamente yo aguantaba más. Ella, en
cambio, empezó a convulsionarse y presintiendo un orgasmo, mojé uno de mis dedos en sus jugos vaginales para luego, en momento que yo considré adecuado, le introduje en su culo, despacio primero y luego hasta donde más pude. En ese momento, Anabelle, soltó mi verga y empezó a frtotarse contra mi cara de una manera incontrolable. Gritaba cosas initeligibles y lo único que se le entendía era: más..., no pares...., más. Pronto su cuerpo se fue como relajando y cayó sobre mi como fulminada. Yo la volteé y abriendole las piernas introduje mi verga de un solo golpe en su chucha. Anabelle me abrazó fuertemente y empecé a metérsela y sacársela como que el mundo se acababa. A las pocas arremetidas, Anabelle empezó a tener otro orgasmo y yo iba ascendiendo como cuando uno se monta en una montaña rusa. Anabelle acababa a cada momento y finalmente yo exploté dentro de ella. Fue un orgasmo largo y quedamos abrazados el uno al otro exhaustos.

Asi nos dormimos. Me desperté temprano. Anabelle todavía dormía. Aproveché para mirarala largamente. Miré su rostro angelical. Me acerqué y tratando de que no me sintiéra le dí un beso y me levanté. Enseguida me dirigí a mi cuarto y me metí en la cama. Encendí la televisión y miré sin concentrarme en lo que veía, las noticias. Pronto me dirijí a ducha y me dí un buen baño.
 

.
 Octavio

Volver al Indice de Octavio