Emociones líquidas
 La rosa descalza
...cuéntale, cuéntale al alba, cuéntale. Dile que sus besos son eternos....

”Pi, piii, piiiiiiii...”.

”Noventa y seis punto nueve, Barcelona. Las señales horarias nos indican las doce de la noche, las once en Canarias. Es sábado, veinte de marzo de dos mil cuatro. Os habla Javier Sánchez, y estaremos juntos las próximas cuatro horas, en esta fría y lluviosa noche. Y vamos con los mensajes de nuestro contestador automático. Marcos nos pide una canción para dedicársela a Eva. Nos dice que la conoció hace dos meses y que desde entonces ya no ha vuelto a verla. Para todos nuestros oyentes y en especial para ti, Eva, una bonita canción del último álbum de Estopa”.

- ¿Quieres que apague la radio?.

- No, no la apagues. Déjame escuchar ésta sólo.

”Esta mañana, ya no me acordaba cómo tocaban mis dedos esa guitarra que era para mí tu cuerpo. Ya no me acordaba, lo que sentía cuando acariciaba tu pelo.

Ya no me acuerdo si tus ojos eran marrones, o negros como la noche, o como el día que dejamos de vernos.

Sólo recuerdo que llovía y que quedamos en la parada del metro.
Pero haciendo un gran esfuerzo aún veo tu mirada en cada espejo de cada ascensor donde cada noche me sube hasta el cielo de moteles invernadero, donde se jura algo tan efímero y tan eterno.

Ni de tu risa, ni de tu prisa por darme un beso. Ni qué botón de tu camisa desabrochaba primero. Ni que rumba me bailabas cuando querías robarme un sueño.

Dicen que el tiempo y el olvido son como hermanos gemelos. Que vas echando de más lo que un día echaste de menos”.

- Ay... Cómo me gusta cuando a alguien le dedican una canción: llevan escondidos mensajes de amor que sólo entiende la otra persona. Imagina lo que ahora estará sintiendo Eva.

- Si la está escuchando, sí. Seguramente se sentirá muy especial en este momento.

- Apágala ya si quieres.

- La dejaré flojita. ¿Habías visto Barna desde aquí alguna vez?

- No, en este mirador no había estado nunca. Desde aquí se ve muy a lo lejos el mar.

- Si miras bien, podrás ver las olas. Hasta puedes oír como te susurran.

- ¿Ah, si? A ver, dime cómo son esas olas.

- Son azules, de espuma blanca. Te mojan si las tocas y se calientan cuando la luna se refleja en ellas, salpicándote la cara con gotas saladas. Si te dejas llevar, te sorprenderán y podrás sentirlas.

- Uy... No sabía que fueses tan romántico.

- Sshh... Que te van a oír, y luego se me quita la fama de duro que tengo.

- ¿Duro tú? Ja ja. Igual de duro que el M&M’s que tengo en la boca: te deshaces.

- Bla, bla, bla... ¿Tienes frío, nenita?.

- No, estoy bien.

- Como te veo medio encogida en el asiento, pensé que tendrías frío. ¿Te sientes incómoda por estar aquí?.

- Para nada, pero... ya sabes que estar solos es como tentar a la tentación.

- Es que no me apetecía ir al Imagine. Los sábados está a reventar. Tenía ganas de tranquilidad, de estar a solas contigo.

- Dijiste que íbamos a tomar algo y, no sé cómo, hemos terminado dentro de tu coche. ¡Qué peligro tienes!

- Ja ja... ¡Qué va, tonta! Además, sé que eres una niña buena.

- Sí, sí. Tú fíate de la virgen y no te corras. Santa y casta, como tú dices.

- Qué gamberra eres. Estás siendo una niña mala, ¿eh?

- Oye...

- Dime.

- Si te dicen: fóllame, cabrón... ¿a ti te excita?

- Ja ja ja...¡qué cabrona!

- ¿Sabes qué? Es que ahora mismo me he acordado de la escena de una peli. Creo que era en Amantes. La chica le introduce un pañuelo de seda por el culo al chico mientras le chupa la polla. Cuando se la folla y él está a punto de correrse, ella empieza a sacárselo, estirando despacio. Él está encima de ella y se desploma con todo su peso sobre su cuerpo, jadeando sin control, follándola salvajemente. Se corre así, gimiendo muy fuerte. Es una imagen muy excitante. Ella le abraza y...

Él la mira en silencio. Le gusta escucharla. Su voz siempre le pareció cercana, cálida. Estaba con ella en la intimidad de su coche, y le hablaba de sexo con toda la naturalidad del mundo. Su espontaneidad al hablar y la timidez que acompañaba a su mirada era una mezcla que le envolvía. Tenerla tan cerca, mirarla, olerla, observar sus gestos, su cara, su cuerpo. La sensualidad de su voz y las sugerentes palabras le iban excitando poco a poco. Saber que puede tocarla, besarla... Ella espera que lo haga. Él lo sabe.

Retira hacía atrás el asiento, dejando espacio para estirar las piernas. Se reclina, apoyando la espalda en él. Enciende un cigarro, da una honda calada, y sigue atento a cómo le relata la escena de esa película.

La oye, pero ya no escucha lo que está diciendo: se recrea en su mirada. Sus expresivos ojos tienen forma de almendra y el color dulce de la miel. Su mirada le transmite mucha calma y la frescura de su juventud. Le obsesionan sus labios, perfilados de sensualidad: son como el rojo más jugoso de las fresas. De piel blanca, con las mejillas sonrosadas por el frío, la nariz salpicada de pecas del color tostado de la arena le dan un aspecto infantil e iluminan su rostro. Su cabello dorado le acaricia la cara, cubre sus hombros hasta descansar en sus redondos pechos.

Le asaltan imágenes de las veces que ha fantaseado con ella, de las noches que se han excitado sin verse, de los momentos calientes que han provocado y han terminado masturbándose juntos. Ahora está sentada, con el cuerpo girado hacia él, tiene la espalda apoyada en el salpicadero y una de sus piernas, doblada, metida debajo de la otra.

La atracción que les unió es imposible de explicar. Quizá tan sólo fue el deseo. Cada uno tenía el suyo, esa emoción íntima que ellos habían conseguido unir. Un deseo real, profundo, de acercarse al otro. Esperar con ilusión cada encuentro, y esperar el siguiente con ese punto que te proporciona la emoción; el no saber que sucederá.

Ella le sonrió y él la miró fijamente. Fascinado por el encanto de su sonrisa, Óscar dejó de pensar y la deseó, la deseó mucho. Mucho más de lo que podía imaginar.

- ¿Qué me miras?.

- Tu boca. Me gustan tus labios... Quiero besarte, Leire.

Ella lo mira nerviosa. Le gustan sus ojos. Son grandes, azules, transparentes, inquietos. Su mirada le hace perder la noción del tiempo. Podría estar mirándole durante horas o tal vez unos segundos, intentando retener en su mente este momento para hacerlo eterno.

Cuando él le habla todo lo demás se apaga, como si quedara ausente de cualquier ruido y tan sólo existiera el sonido de su voz. Quiere decirle que le ama con locura, pero no lo hará. Nunca puede. Es como si se quedara muda, y siente sus propios latidos bombeando fuertemente en su corazón, en el pecho, en la garganta...: un temblor caliente que le recorre todo el cuerpo.

Desea su boca, sentir los besos de sus finos labios que tanto anhela. Su mirada le está invitando a acercarse. Sus ojos le piden a gritos ese beso. Es lo que más ha deseado durante meses. Tantas noches soñando con este momento, imaginando sus besos, inventando sus caricias, y ahora... Él quiere besarla.

Sus bocas se buscan. Las manos se adelantan para tocarse. El tiempo se para. Se aceleran los latidos. Y la música, en la radio, ha dejado de sonar...

Pasa la punta de su lengua por sus labios sin que ella abra la boca. No cierran sus ojos, quieren verse reflejados en ellos. La saliva de Óscar le va pintando los labios, con un brillo transparente y el sabor de su ternura. Su lengua le va calmando los nervios con una caricia lenta y húmeda que hace que se vayan abriendo.

Ella le acaricia la nuca, con los dedos aferrados a su cuello que le piden que no se separe. Se lamen lentamente los labios. Los mordisquean. Se besan en la cara. Se escucha el sonido de esos besos nuevos, unos chasquidos mojados que besan el alma.

Las manos de Óscar van sumergiéndose debajo del jersey de Leire. Le acaricia el vientre, haciendo círculos alrededor de su ombligo y, con la palma de la mano abierta, va subiendo por su cálida piel, hasta encontrarse con sus pechos.

Sus pechos... No son pequeños, tampoco son grandes; son jóvenes, suaves, firmes. Los aprieta suavemente. Reaccionan al contacto de sus caricias. Los rosados pezones se endurecen. Los coge entre las yemas de sus dedos. Los pellizca, estirándolos hacia fuera. La besa en el cuello, y ella le susurra al oído:

- ¿Por qué no te haces una paja? Me calienta ver tu cara cuando te excitas.

- Qué mala eres. Ya sabes que me pones muy cachondo diciéndome eso.

- Me gustaría ver cómo te masturbas. ¿Quieres que te ayude?

- Tócala...

Leire acerca su mano a la entrepierna de Óscar y empieza a palpar su polla por encima del pantalón. Desabrocha los botones de su tejano despacio, uno a uno, recreándose e intentando meter los dedos por el espacio que le va quedando abierto. Le acaricia por encima de su slip, notando la humedad de su excitación y lo empalmada que tiene la polla.

Sus besos se convierten en mordiscos, hundiendo sus lenguas más violentamente en sus bocas. Óscar le va recortando los pezones en pedacitos de placer, con los dedos en forma de tijera: le va arrancando suspiros más y más placenteros. Leire siente como su sexo se va mojando cada vez más. Óscar le mete la mano entre las piernas y presiona su vagina con los dedos. Sus braguitas se clavan en los labios, rozando en el clítoris, y nota como su coño palpita deprisa.

Él vuelve a mirarla. Sus ojos la buscan continuamente. Con la voz entrecortada, Leire le avisa de su orgasmo. Óscar empuja con fuerza sus dedos, intentando atravesar la tela del pantalón. Su lengua le penetra la boca como si estuviera follándosela, respirando y tragándose los jadeos. Una oleada de placer le recorre todo el cuerpo y ella se estremece entre sus brazos.

Con un movimiento instintivo, Óscar agarra su polla comprobando su descarada erección. Leire apoya la mano encima de la suya, acompañándole en el lento sube y baja de la piel de su verga.

- Cógela más arriba.

- ¿Así? ¿Te gusta así?

- Bufff... Sí... No pares, nena.

- Ummm... Me encanta lo dura que se te pone la polla. ¿Quieres que te haga una mamada? Me encantaría sentir tu leche caliente en mi garganta.

Leire se arrodilla entre sus piernas, le quita poco a poco la ropa y contempla su tiesa verga, delante de su cara, ahí, esperando...

Óscar siente que no hay imagen más morbosa que ver la carita de Leire inclinarse ante su polla, deseando metérsela en la boca y dispuesta a hacerle gozar.

Besa la parte interna de sus muslos y con las uñas va arañando suavemente sus piernas, desde las rodillas hasta las ingles. Lame sus testículos, su prepucio. Coge firmemente la polla con una mano y la dirige a su boca. Sus carnosos labios aprisionan su glande, mientras va engullendo despacio la dura carne del amor. Con la otra mano masajea suavemente sus huevos.

Óscar le retira un mechón de pelo que le tapa el rostro y se lo recoge detrás de la oreja para poder ver el vicio en la cara de su compañera. Por un momento, siente que va a correrse. Cierra los ojos intentando calmar su eyaculación. Respira hondo y, a ciegas, sus manos buscan el calor del cuerpo de Leire, mientras ella engulle su polla. La aprisiona entre la lengua y el paladar. La recorre desde la base hasta la punta, entrando y saliendo de su boca, lamiéndola lentamente y haciendo círculos de saliva alrededor de su capullo.

Sube a su boca para besarle, sin separar su lengua de su cálida piel, buscando el camino por el sendero de su vientre, su pecho, su cuello, hasta alcanzar sus húmedos labios. Comparten el sabor de su sexo, mezclando sus salivas con el placer. Leire le pajea mientras le besa. Óscar le masajea los pechos y ella les va acercando su verga. Hace rodar uno de sus duros pezones en su glande, mojándolo en la excitación de Óscar. Luego el otro. Abraza la tiesa polla con sus tetas, aprisionándola entre ellas. Lamiendo la punta de su polla le masturba, hasta que nota que Óscar está a punto de correrse. Se detiene. Se incorpora y pasa al asiento trasero.

Se sienta con las piernas separadas, muy abiertas. Se chupa un dedo y lo mete dentro de sus braguitas. Lo vuelve a sacar y vuelve a lamerlo. Le ofrece sus dedos, metiéndolos en la boca de Óscar para que pruebe su sabor. Los unta en las gotas saladas que emanan de su capullo. Los hunde de nuevo en su boca y los relame, mirándole.

- Me encanta el sabor de tu polla...

Los desliza por su pecho, por su vientre, y vuelve a llevarlos a su vagina. Separa los labios de su coño y se introduce dos dedos. Los mueve despacio, los gira dentro, se retuerce en el asiento. Los saca completamente mojados y estimula su clítoris hinchado con las yemas de sus dedos, masturbándose delante de él, mostrándole su sexo impaciente por recibirle.

- Quiero follarte, Leire. Correrme dentro de ti.

Se toca los pechos imitando las caricias de Óscar y, con una pícara mirada, le invita a que pase atrás con ella.

- Ven. Fóllame. Métemela lo más profundo que puedas. Haz que me corra otra vez.

Sentada a horcajadas encima de sus piernas, con sus nalgas vírgenes apoyadas en los muslos de Óscar, su coño desnudo espera ser penetrado por su polla. Sólo por la suya. Coge la tiesa verga con firmeza y la dirige a su sexo apoyándola a la entrada de su coño, entre los labios calientes y mojados.

Su músculo vibrante va entrando lento en ella notando cómo los pliegues de su interior lo van aprisionando y van deslizándose por toda su verga, a trompicones, lentamente. Bajando hasta tenerla bien dentro y sentir como sus ingles chocan. Los pezones erguidos quedan a la altura de su boca y Óscar los ensaliva, los muerde, come de ellos y deja que sea ella quien se folle su sexo. Comienza un movimiento rítmico que, poco a poco y mucho a mucho, llega a convertirse en un baile de lujuria imparable. Una entrega total de sus almas que llena por completo sus cuerpos.

Sus bocas saciándose de besos. Las lenguas se hacen el amor mientras sus sexos están follándose, a ritmos distintos, desatando todo el deseo guardado.

La lluvia repica con fuerza en los cristales, como si quisiera entrar dentro. Quizás no sea eso lo que pretenda, sino que les está escondiendo con un velo de agua que no me los permite ver. Sólo una atrevida luna los traspasa con su luz para reflejarse en la mirada azul de Óscar. Y allí, entre sus brazos, ella se siente otra mujer, alguien más parecido a ella misma, pensando que no existe un lugar mejor en el mundo para amarse. El aire ha dejado de respirar y Leire puede ver esas olas. Las que él inventa para ella.

Óscar está en su interior. Su sexo se queda inmóvil, latiendo dentro de ella, gozando viéndola buscar su placer. Leire alcanza el clímax. Vibrando encima de su cuerpo, empapada del calor y la sal de la vida. Su orgasmo se va escapando por la boca en forma de gemidos y por su piel, recorriéndola con escalofríos, sintiendo la dura carne del amor anclada en ella. Y le sonríe, vestida de caricias y con el corazón desnudo.

La sujeta por la curva de su estrecha cintura. La otra mano agarra las prietas nalgas de Leire, gozando del pellizco que recoge en sus manos llenas. De una sola embestida, empuja su polla hasta el fondo. Su sexo golpeando con fuerza su sexo. Los gemidos chocando contra sus bocas. Las embestidas son más fuertes, más hondas, hasta que siente como le empuja una grandiosa ola de alivio que le arrastra hacia la orilla. Un inmenso placer que le recorre todo su cuerpo tras estallar en la cálida playa de Leire, rociándola de blanca espuma.

Su semen la invade, llenándola de su sal, de su calor, de su sabor, de su olor, vertido en el interior de su cuerpo. Un interminable orgasmo que va saliendo por la boca, por los ojos, por el sexo, por toda su piel.

- ¿Estás bien, cielo?

- Bufff... Sí, un poquito mareada.

- Ja ja... Eso te pasa por subirte en una ola gigante.

- Sí, será eso. En un enorme cipote flotante... ¿Y tú? ¿Cómo estás amor?

Palabras calientes que se transforman en caricias húmedas. Besos salados llenos de un cariño profundo. Una montaña de amor. Un mar de abrazos. Un océano de ternura y un abismo entre los dos.

Casi no me atrevo a romper este momento. El vaho ha empañado las ventanillas, apenas se les puede ver. Gracias a los faros de otro coche, que se marcha del lugar, puedo ver sus caras un solo instante. Si no los conociera, podría pensar que son dos amantes comiéndose a besos, disfrutando de cada uno como si fuese el último.

¿Lo será? ¿Cómo les ves tú desde fuera? Parecen dos enamorados haciendo el amor. Pero no, no lo son. Ellos solamente son dos amigos amándose.

Cuando las olas se evaporan, los sentimientos sólidos se inundan de emociones líquidas. Están tan cerca y tan lejos... Y desde la distancia, ellos hacen su trueque de calor. El sol le da su luz y ella, la luna, le guiña el ojo enviándole una sonrisa. Y justo en ese momento, aparece la magia. Cada encuentro es como un ritual, que se repite en cada atardecer y media hora antes del amanecer.

Los cálidos juegos duraron muy poco y la noche se los vuelve a llevar lejos.

¿Tú lo sabias? ¿Desde cuándo?

La noche y él, amanecer. La luz del día y él, sueño de cada noche.

Las sábanas están en el suelo. Tendida en la cama va a despertar a la realidad. Tiene el pelo pegado a la nuca por el sudor, las mejillas coloradas de excitación el camisón celeste subido hasta la cintura... Los tirantes bajados dejan desnudos sus generosos pechos, mostrando sus pezones endurecidos a la luz que entra a chorros por la ventana.

Entre sus piernas está su almohada. Los muslos la abrazan fuerte, frotándola contra su sexo. Sus braguitas rosas clavadas en sus labios le provocan un placer inmenso.

Se acaricia los pechos de la misma forma que él le enseñó a hacerlo: atrapando entre sus dedos los pezones, en forma de tijera, recortando suspiros en pedacitos de placer.

Le despiertan sus propios jadeos, encadenados a un fuerte orgasmo que la inunda de emociones líquidas. Gemidos ahogados que gritan su nombre, donde el aire vuelve a esquivar su voz. Le resbalan gotas saladas por la cara, hasta mojar sus tibios labios. Abre los ojos y los vuelve a cerrar, para recuperar esa imagen que guarda en su mente. La sonrisa del día no se corresponde con la tristeza de su corazón. Lágrimas que se escapan sin querer. Un sueño roto. Un orgasmo vacío.

Érase una vez el alma de una rosa descalza, hermosa y frágil. Un día, al despertar, decidió decirle a su realidad que ya no la necesitaba, que siempre le echaría de menos en sus sueños, pero que ya no dependía de lo que sucediera para seguir amándole.

Él, día, y aquella noche. Él, calor, y su magia. Él, silencio, y la música. Él, encuentro, y esta espera. Él, sueño, y la realidad. Él...

”Ring, ring... ringg “

- ¿Sí?

- ¿Está Leire?

- Sí. Un momento. ¿De parte de quién?

- Soy un amigo suyo, pero no la avises. ¿Podrías darle un recado?

- Sí. Dime.

- Dile que encienda la radio, en la emisora que a ella le gusta. Cuando veas que cierra los ojos y empieza a morderse las uñas, dile que... que quiero verla, que la espero en el Café París, de aquí a una hora.

- ¿Pero...? Dime tu nombre, no sabrá quién eres.

- Sí. Si lo sabrá.

”Pi, piii, piiiiiiii”.

”Noventa y seis punto nueve, Barcelona. Las señales horarias nos indican las doce de la noche, las once en Canarias. Es martes, dieciocho de mayo de dos mil cuatro. Os habla Javier Sánchez y estaremos juntos las próximas cuatro horas en esta cálida noche de primavera. Y vamos con los mensajes de nuestro contestador automático. Óscar nos pide una preciosa canción de Juan Aguirre y Eva Amaral. Para todos nuestros oyentes y en especial para ti, Leire...”.

”Sin ti no soy nada: una gota de lluvia mojando mi cara.
Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo.
Solía pensar que el amor no es real, una ilusión que siempre se acaba.
Y ahora sin ti no soy nada.
Sin ti, niña mala. Sin ti, niña triste que abraza su almohada tirada en la cama, mirando la tele y no viendo nada. Amar por amar y romper a llorar.
En lo más cierto y profundo del alma, sin ti no soy nada.
Los días que pasan, las luces del alba, mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada.
Porque yo... sin ti, no soy nada.
Me siento tan rara... Las noches de juerga se vuelven amargas.
Me río sin ganas con una sonrisa pintada en la cara.
Soy sólo un actor que olvidó su guión, al fin y al cabo, son sólo palabras.
Qué no daría yo por tener tu mirada.
Por ser como siempre los dos, mientras todo cambia...”.

”Es sueño y es realidad, es sentir y es amar, es dolor y es vida. Es sólo un relato más, una de las muchas historias que nos llegan a este programa y que compartimos con vosotros todas las noches. Gente que, como tú y como yo, buscan continuamente la necesidad de comunicarse a través de palabras, escuchándolas, leyéndolas o como este escrito que tengo entre mis manos... escribiéndolas”.

”Este relato nos lo ha hecho llegar una persona que, de forma anónima, nos pide que lo leamos en antena: sin origen, pero con un destino. Momentos de vida. Historias con vida. Sueños reales, o la realidad de un sueño”.

”Gente a la que, como a vosotros, le gusta escuchar, y gente que sabe hacer que los silencios hablen. Quizá, donde no alcancen las palabras, pueda llegar la música. Es ahí precisamente donde nacen nuestras emociones. Si he sido capaz de transmitirte solamente una, es que mi voz ha llegado a ti”.

”Tan sólo quedan dos minutos que nos separan de las cuatro de la madrugada. Ha sido un placer compartir otra noche más con vosotros. Me despido hasta mañana, con el deseo de volveros a encontrar aquí, en Emociones Líquidas: Javier Sánchez, en la noventa y seis punto nueve de la F.M.”.

Para ti, surfista. Por hacerme sentir la intensidad de las olas en nuestros encuentros. Por enseñarme a enamorarme de un momento. Por dedicarme la banda sonora que emociona a este loco corazón. ¿Sabes? Estoy pensando que tengo muchas ganas de abrazarte.
Un beso, infinito.

P.D.: Siempre me había preguntado por qué la luna tiene ese color tan blanco.  Ahora lo sé, ella me lo ha dicho: está congelada.
 

La rosa descalza
 
 

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