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Le conocí hace cuatro meses en un antro nocturno cuyo nombre, al menos de momento, prefiero no mencionar y mucho menos recordar. Lo que a continuación voy a relataros es el encuentro y desencuentro de un amor. El mío y el de Pablo.Encuentro:
El antro en cuestión se llamaba “NdNO”. Ya sé que hace dos líneas he comentado que no quería recordar ni nombrar el mencionado antro, pero una, aparte de guapa y engreída, es de un cambiante que asusta al miedo.
El mozo en cuestión, ni guapo ni feo sino todo lo contrario, se me acercó decidido y algo bebido, más de lo segundo que de lo primero a decir verdad. Pero a decidida en esta vida no me gana nadie y, aquella noche en concreto, a bebida pocos y él, menos.
- Hola, ¿estás sola?
- Sí, y así permaneceré muy a tu pesar, borracho.
- Pues nada, simpática... Ahí te quedas.Y ahí me quedé, en efecto. Pero sólo hasta que el efecto del tercer Vodka sacó a relucir mi único defecto, si se puede calificar así: soy una orgullosa de cojones. Así nací y evolucioné magistralmente hasta llegar a la perfección que hoy me caracteriza.
Dicho esto, obvia decir que entre mis planes no estaba el de permitir que aquel tipo decidido y en clara ascendencia ebria tuviese el placer de quedarse con la última palabra.
Dicho y hecho. Con un gesto hice saber al chico - de ahora en adelante, ebrio- mi intención de reanudar la corta e insulsa conversación mantenida con anterioridad.
Una de las virtudes de los antros nocturnos de Barcelona es el bajo consumo eléctrico de los mismos, aunque me temo que el motivo de tan pobre iluminación no es exactamente un grito a la ecología, sino un deseo expreso por ocultar los múltiples trapicheos que allí se cuecen. Por eso, por la poca luz existente y supongo que por el alcohol ingerido, las confusiones son habituales e incluso necesarias.
Un ebrio, no el protagonista del relato, sino su acompañante, sonrió e hizo ademán de acercarse a mí para conocer el motivo de mi llamada.
- No... Tú no. Quiero hablar con tu amigo el ebrio.
- Ah, él... pues ahora le hago venir.
- Buen chico.Después de unos segundos interminables en los que los ebrios intercambiaron información, el protagonista del relato, mejor dicho, el actor secundario del relato, ya que la protagonista es quien escribe, se acercó nuevamente a mi vera con la mejor de sus sonrisas.
- Hola, guapa.
- Siéntate, ebrio... y pídeme un algo de beber.
- Eso está hecho.Estaba decidida a quedarme con la última palabra y la copa, de gorra, por supuesto. Con ella en la mano y a la vez que encendía un cigarrillo, me dispuse a calibrar las fuerzas del enemigo:
- Por cierto, ebrio, ¿cómo te llamas?
- Pablo. Aunque tengo otro nombre, pero ése es secreto.
- Ah. ¿Y cuál es ese nombre secreto, Pablo?
- No puedo decírtelo, por algo es un nombre secreto, ¿que no?
- Dímelo y te la chupo.
- Duende. Mi nombre secreto es Duende.
- Qué nombre secreto más feo, ¿no?
- La verdad es que sí, ¿me la chupas?
- Ni muerta.Ante semejante individuo, por mi mente sobrevoló la idea de huir despavorida del ebrio y del antro, aunque he de reconocer que a pesar del shock inicial, la conversación fue tornando, lentamente eso sí, a una charla que misteriosamente fue resultándome agradable.
El ebrio resultó ser un tipo interesante. Poco a poco fue encandilándome con su peculiar forma de ser y, sin aún saber cómo llegó a pasar, acabamos hablando de nuestro pasado, presente y futuro; pasado en el que él no existía, presente que protagonizaba y futuro incierto para las pretensiones que se le adivinaban. A Pablo, como a todos, yo le gustaba; lo supe porque no dejó de mirarme a los ojos y por un tic nervioso en su ojo izquierdo que lo delataba. Ese tic me resultó gracioso e incluso atractivo; no era muy exagerado y provocaba una mueca en su rostro que le hacía parecerse a Paul Newman, un icono sexual para las guapas y presumidas como yo.
El tiempo pasó volando sentados frente a frente en aquella barra de bar; disimuladamente él provocó que nuestras piernas se rozasen mientras charlábamos, y yo... me dejé rozar. No había duda, le gustaba. Aunque eso era lo normal; lo que no era normal es que él me empezase a gustar a mí, pero así fue. De los roces pasamos a las caricias pero el deseado beso no llegaba y, después de tanto roce, la verdad es que una, más que deseo, sentía necesidad por probar los labios del rozador y así, a regañadientes, se lo hice saber con mi peculiar sutileza.
- Pablo... que digo yo si no va siendo hora de que me beses...
- Claro... ¿En la boca?
- Mejor algo más abajo.
- Si me dices esas cosas me va a entrar el tic.
- ¿Te refieres a ése que convierte tu cara en un no sé qué?
- Mismamente ése.
- Tranquilo, lleva aturdiéndome desde hace horas. Acompáñame, anda.Con Pablo siguiendo mis pasos y contoneándome, ya que no sé caminar de otra manera, llegué hasta los lavabos y, allí mismo y de un portazo, encerré nuestra creciente pasión entre esas cuatro paredes.
Apresuradamente me deshice de cuanta ropa sobraba, es decir, de toda. Al menos toda la que cubría mi sexo que, a esas alturas de la noche estaba húmedo y, a pesar del contrasentido, sediento y necesitado de besos. No acostumbro a dejarme besar por un desconocido y mucho menos en un lavabo público y, ni que decir tiene, nunca ahí abajo, que es donde se supone que Pablo iba a besarme, o al menos donde yo deseaba que lo hiciese. Pero aquello había dejado de ser una situación normal desde el momento en el que el ebrio dejó de llamarse así para pasar a ser Pablo, el tío peculiar y encantador que me rozó descaradamente mientras estuvimos acodados en aquella barra de bar. Aclarado este punto con el ánimo de que el lector pueda llegar a pensar que una es golfa pero no putón verbenero, pasé a efectuar un plan de ataque articulado en tres puntos cuyo nombre sería el de “Libertad duradera”.
1- Invasión por las buenas:
- Y ahora bésame ahí abajo como a mí me gusta, Pablo.
- ¿Y cómo te gusta que te besen ahí abajo?
- Bien besado, así que hazlo bien y pronto.
- Qué pasada, esto es una locura, ¿que no?
- Besa y calla.Y calló y besó como pocos me han besado. Besó despacio, degustando mi manjar y gustándose con sus besos, como los buenos toreros que cuajan una faena y mientras regalan su arte a los tendidos saben que lo están haciendo bien. Y él lo hacía bien; se arrodilló ante mí y sus manos forzaron mis piernas haciendo que se abriesen delante de sus narices y de su larga y rosada lengua. Con ella merodeó los límites de mi sexo, henchido y húmedo por el deseo que en esos momentos me embriagaba; sus lametones cada vez se hacían más profundos y lascivos mientras yo, rebosando deseo por los cuatro costados, me abría más y más ante él y para él. Sujeté con fuerza su cabeza y agarrándolo del pelo lo llevé despacio pero de forma decidida a mi entrepierna y, una vez con la lengua en su sitio, empecé a mover mis caderas buscando y huyendo de aquellos besos que tanto me estaban atormentando. Pablo, más decidido ya ante mis primeros gemidos, ganó en confianza y sus manos aferraron con fuerza mis nalgas mientras, literalmente hablando, me follaba con su lengua. El calor que mi sexo desprendía fue extendiéndose sin descanso a cada rincón de mi cuerpo, un cuerpo entregado a los besos y caricias que Pablo le otorgaba.
2- Daños colaterales:
Pablo continuó comiéndome cada vez con más frenesí; sus dedos se pasearon por mi raja sin descanso, mezclándose con esa lengua que besaba con premura mi clítoris y con esos mordisquitos que de vez en cuando decidía regalarme. Sin pedirme permiso, tampoco hacía falta, sus dedos abandonaron mi húmeda cueva y fueron a parar a mi culo, que aplastado contra la fría pared, no opuso resistencia cuando los dedos de Pablo se abrieron paso, lenta pero decididamente. Mi ano se acomodó a esos largos dedos que lo martilleaban con insistencia y pasión; unos dedos que me follaban el culo al mismo ritmo que, por delante, su lengua hacía lo propio con mi sexo. Entonces y para mi desgracia, alguien desde fuera aporreó la puerta y exclamó:
- Oye, vale que estéis follando en el lavabo, ¿pero os queda mucho?
Era una voz de mujer. De mujer impaciente y quizá envidiosa. Pablo contestó:
- No demasiado, pero vamos... que si me ayudas acabamos antes - dijo en tono jocoso y riendo.
- Pues espero que os quede menos que a mí para mearme en las bragas... ¡Hay que joderse!
Y se hizo el silencio. Y Pablo se sumergió nuevamente en mi interior, por ambos lados, por delante con la lengua y por detrás con sus dedos. Y comencé nuevamente a gemir con fuerza, importándome poco la espera de la mujer y los posibles mencionados daños colaterales. Pablo chupaba obsesivamente mi coño en busca de un orgasmo que parecía desear más que yo misma. Su lengua entraba y salía y volvía a entrar y allí se quedaba, a veces quieta y otras en movimiento. Y sus dedos hacían lo mismo. Me sentía follada por completo y a punto de correrme como una perra en celo; entonces y ante su empuje, apoyé mi mano izquierda en la pared y con la derecha me sujeté con fuerza a la puerta del lavabo dejando mis dedos colgando.
Pablo sacó su dedo de mi ano y se dedicó con ambas manos a separar mis nalgas, abriéndolas por completo y haciendo que mi culo se ofreciese, vicioso como nunca, a esa pared que era testigo mudo de nuestro encuentro. Y entonces sucedió lo increíble. Noté cómo los dedos que colgaban de la puerta del baño eran besados. Aquello me excitó mucho; sentí los labios de la chica, que minutos antes protestaba, besándolos, lo que provocó que mis gemidos se hiciesen más fuertes y explícitos. Esa complicidad entre la chica de fuera y yo me volvía loca. Pablo, que nada de esto sabía, empezó a chupar mi clítoris, dándole pequeños mordisquitos que me hacían enloquecer mientras la chica de fuera introducía dos de mis dedos en su boca y les propinaba una fenomenal mamada....
- ¡Me corro, chicos! - acerté a decir.
Dicho y hecho. Me corrí en ese preciso instante sin dejar de ser chupada y sin descanso.
- ¿Chicos? ¿Lo qué? - dijo Pablo intrigado.
3- Tocata y fuga:
Después de vestirme como buenamente pude y tras darle un beso a Pablo, salimos del cuarto de baño. Y allí estaba ella, sonriendo y guiñándome un ojo. Nada nos dijimos, sólo esa mirada cómplice y sincera bastó para saber que ella había disfrutado tanto como yo al chuparme los dedos y compartir mi orgasmo. Nos dimos un beso en la boca y nos despedimos con un hasta siempre.
Un hasta siempre que se convirtió, con el paso de los días y las citas, en un bienvenido a casa para Pablo. Las películas de cine se convirtieron en series de televisión o cintas de video que solíamos ver abrazados en el sofá; el sexo ocasional y practicado en todo tipo de lugares dejó paso a la placidez de mis sábanas, nuestras sábanas. Aprovechábamos cualquier instante para aprender el uno del otro, para resumir nuestras vidas y hacernos conocedores de las mismas. Era un conocimiento mutuo necesario y deseado, un conocimiento que nos llenaba y nos hacía sentir una felicidad fuera de lo común.
Las primeras semanas de convivencia, a pesar de aborrecer ese término y lo que conlleva, fueron un remanso de paz salpicado de buen sexo y más sexo. Follábamos a todas horas y sin ningún motivo; él aprovechaba cualquier momento para meterme mano y yo, difícil que es una, me resistía en apariencia, porque realmente lo deseaba tanto o más que Pablo. Desde siempre me gustó calentar a los tíos, tener esa sensación de dominio total y permanente es una de las cosas que más y mejor he hecho en mi vida.
Recuerdo esas interminables mamadas que le daban los buenos días cada vez que compartíamos sábanas, sudores y escalofríos; normalmente, y todavía no sé el porqué, me despertaba cachonda perdida cuando dormíamos juntos, que no era siempre porque yo, siempre yo, no soporto dormir acompañada y siempre he preferido dos camas a una. Lo primero que hacía al despertar era abrir los ojos y clavarlos en el techo; acto seguido y sin dejar de mirar al mismo, dejaba caer mi mano lentamente hasta toparme con su miembro durmiente y lo masajeaba hasta que tomaba vida propia y estallaba de calor entre mis dedos, como aquella mañana en la que decidí robarle a Pablo la gustosa visión de mi cuerpo desnudo...
Acaricié su verga hasta que una formidable erección me hizo saber lo mucho que Pablo me deseaba. Entonces paré, me detuve en seco y le hice saber, con un sensual gesto, que guardase silencio y quietud. Y él, como no podía ser de otra forma, obedeció.
Me levanté y lo dejé allí, tumbado y empalmado, sin saber muy bien a qué atenerse, nervioso y algo contrariado.
Lentamente le di mi espalda desnuda y, caminando de esa manera que tan sólo las mujeres conocemos, desaparecí de la habitación dejando tras de mí un reguero de excitación y morbo...
Fueron segundos los que tardé en volver, aunque supongo que esos mismos segundos a Pablo le parecieron interminables horas de incertidumbre y dolor. Un dolor que estaba dispuesta a mitigar, a mitigar y a provocar, porque así es el sexo... dulce y doloroso.
Con dos cuerdas até las extremidades de mi amante a las cuatro esquinas de la cama y, lentamente y entre besos, con un pañuelo de seda negra dejé a Pablo a oscuras.
- Esto es demasiado, cielo.
- Lo sé. Cállate.Mi sensación de poder iba en aumento y más cuando, al notar mi lengua lamiendo los dedos de sus pies, Pablo no pudo contener un gemido seco y entrecortado acompañado de un escalofrío. Lentamente fui reptando por sus piernas, sin apartar mi mirada de esa verga que se mantenía inhiesta sin necesidad de ser acariciada y dejando un reguero de saliva por su piel.
Según iba subiendo en dirección a su polla, mi sexo fue acariciando sus piernas continuando el camino que previamente mi lengua había marcado y haciendo que mi propia saliva fuese mezclándose con los jugos de mi deseo.
Era deliciosa la visión de la polla de Pablo a punto de estallar en mi cara; si lo hubiera deseado en ése momento podría haberle provocado el orgasmo, pero mis planes eran más a largo plazo y bastante más crueles...
Mi lengua recorrió los huevos de Pablo con lentitud, deleitándome en ese dulce movimiento envolvente que culminó cuando me los metí, de lleno, en la boca. Mis manos ascendieron hasta su pecho y pellizcaron suavemente sus pezones, haciendo que estos endureciesen al instante, mientras liberaba sus huevos y con mi lengua lamía, por primera vez en aquella mañana, esa verga martirizada hasta entonces.
Sin soltarla de mi boca, con una de mis manos comencé a pajearlo lentamente, despacio pero con fuerza, apretándola entre mis dedos y rodeando su cabeza con mis labios en lo que tan sólo era el principio del juego que tenía planeado.
- Voy a correrme....
- Más quisieras tú.- respondí.Había llegado el momento estelar de la mañana, pensé.
Con un pequeño mordisquito abandoné la calidez de su cuerpo y me dispuse, original que es una, a bañarlo y a darle calor y color con un yogur.
Me puse de pie, colocando un pie a cada lado de su cabeza y de espaldas a la pared. Lentamente fui descendiendo hasta quedarme en cuclillas con mi sexo en su boca; un sexo que, rápidamente y con vicio, Pablo apresó entre sus labios, mordió y beso, lamió y penetró sin descanso mientras yo dibujaba en blanco abstracto su cuerpo con el yogur.
Su lengua bebía de mí y la mía se alimentaba de su cuerpo. Lentamente me dejé caer hasta su azucarado sexo y lo engullí por completo mientras me retorcía de placer, del dado y el recibido, del suyo y el mío.
Cuando nuestros orgasmos estaban a punto de encontrarse, nuevamente paré y me alejé; aquello era delicioso pero tenía un defecto, era caduco. Y mi objetivo era hacer de ese nuestro deseo, algo perenne.
Nuevamente de pie, esta vez me dejé caer sobre su sexo y, gimiendo y temblando, su miembro me penetró saciándome por completo. Estaba húmeda, empapada de sexo y yogur; observando los gestos que Pablo me regalaba y disfrutando como nunca antes lo habíamos hecho.
Con uno de mis dedos busqué sentirme doblemente penetrada y sin pensármelo dos veces, lenta pero decididamente, fui presionando hasta que mi esfínter cedió y dio cobijo a mi deseo. Me sentía llena, enloquecida ante esa pasión que había cedido terreno a una lujuria que todo lo iba inundando. Aceleré el ritmo y comencé a cabalgarlo con más fuerza mientras le pedía a Pablo que se corriese dentro de mí; necesitaba que todo aquel vicio rebosase a gritos de mi interior, pero también quise regalar a sus ojos la posibilidad de ver nuestro orgasmo y de un tirón le arranqué la venda y le devolví ese sentido que anteriormente le había robado.
- Y ahora... ¡Mira cómo me tienes! - grité.
Mi cara jadeante y manchada de yogur, mis pechos balanceándose al ritmo de mis caderas y aquella mano que se perdía en mi espalda, hicieron que Pablo, en el mejor orgasmo de su vida, me llenase de semen mientras yo, con un empujón final, me desvanecía exhausta en su regazo.....
Desencuentro:
Aquello fue genial, sí. Pero no todo en nuestra relación lo era, no al menos con el paso de las semanas. La pasión fue dejando paso a la rutina y lo que en un primer momento hacíamos por puro placer o interés común, pasamos a hacerlo mecánicamente y, al menos por mi parte, incluso con desgana.
Pablo nunca fue un dechado de virtudes físicas o intelectuales, pero a su lado encontré la calma necesaria para cualquier mujer en mi situación, es decir, una situación a secas; ni buena ni mala. El problema era que esa situación que había sido encantadora al principio de nuestra relación, acabó convirtiéndose en eso, en una situación, y yo, o estoy situada en la cima o me deshabitúo con facilidad.
Todo lo que antes me parecía hermoso, gracioso u original, en esta fase de la relación, pasados nuestros primeros meses de noviazgo, me sacaba de quicio. Así de sencillo.
La desgana afectó incluso a nuestra vida sexual. A las siete semanas dejé de follar con él, a las nueve dejé de besarlo en la boca y al cuarto mes nuestros encuentros sexuales se limitaron a alguna masturbación esporádica y compasiva que solía hacerle utilizando dos dedos mientras ojeaba alguna revista de moda italiana, que era y es lo que realmente me llena.
Cuando permanecía en silencio la cosa iba bien. Para mi desgracia esos casos eran los menos; ya me lo advirtió en nuestra segunda cita:
- Soy muy extrovertido y me encanta conversar, ¿que no?
- ¿Que no? No entiendo esa expresión, Pablo.
- Es una coletilla; soy muy de coletillas, ¿que no?
- Y raro también, ¿que no?Como buena caprichosa que soy, poco a poco y sin saber ni el cómo ni el porqué, la cosa se fue torciendo. A Pablo me lo regaló la vida o la casualidad, aún hoy no lo sé, pero hay regalos que tienen fecha de caducidad y la suya se acercaba peligrosamente.
En su momento, la conversación que acabáis de leer me resultó simpática; ahora la recuerdo con desgana e incluso con alguna que otra arcada que suelo evitar pensando en cosas agradables, por ejemplo en el día en el que reúna el valor necesario para darle la patada. Porque ahora, hoy por hoy, todo lo que tiene que ver con Pablo me aburre soberanamente e incluso llega a desagradarme. Necesitaba un cambio en mi vida; bastante suerte tuvo él en cruzarse en mi camino, ya que ni en sueños un tipo así podría ilusionarse con lucir a alguien como yo, tan coqueta, inteligente y atractiva.
A los dos meses de relación mi madre, viuda de Don Jaume Palet, me lo advirtió:
- Niña, ¿qué haces tú, siendo tan mona, con un chico que tiene un tic?
- Esperar a que se le quite, madre.Y el tic no se le quitó; pero mis ganas de convivencia sí, mi pasión también y mi miedo a darle una coz bien dada también.
Ayer le dejé, aunque no sé si él se dio cuenta, la verdad. Tampoco eso tiene mucha importancia.
Desperté a su lado y al verlo ahí se me revolvió el estómago; de su nariz afloraban unos pelillos negros y alargados, estaba sin afeitar y con ese jodido tic nervioso que no le abandona ni en sueños. Lo tuve claro. Apresuradamente salté de la cama, me vestí y corté nuestra relación:
- Te dejo, Pablo.
- ¿Dónde vas?
- A ninguna parte.
- Ah... que lo pases bien en ninguna parte...Creo que al ebrio no le ha quedado del todo claro. Decidle vosotros lo que hay, que a mí me da la risa floja.
FIN.
Dedicado a Ana por estar siempre.
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