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Digame lo que quiere, se lo conseguimos |
- ¿Bueno, pero podrá hacerlo, si o no?La mujer que hablaba era Virginia. Pese a su edad madura, mantenía una bonita figura. Con su largo pelo color caoba, sus senos que aún se mantenía firmes, sus nalgas que si bien empezaban a caerse aún era redondo gracias a las horas de gimnasia, era una mujer bella y atractiva.
Miraba al hombrecillo que había detrás de la mesa, a través del humo de su cigarrillo. Fumar era de los pocos vicios que se permitía, dado que el precio del tabaco había subido tanto que sólo unos pocos adinerados podían inhalar el humo su humo. Desde que en la Tierra empezaban a escasear los recursos naturales, sólo los que tenían una inmensa fortuna podían vivir entre lujos y permitirse caprichos que siglos antes estaban al alcance de todos.- Bueno, usted ya sabe lo que hay. El gobierno ha prohibido...
- El gobierno lo prohibe todo, Sr. Gory. Se piensan que saben más que nosotros, que tienen que cuidarnos. Pero justamente tantas prohibiciones nos está llevando al aburrimiento. Me permito ciertos caprichos: tabaco, alcohol... y sexo.
- Entonces una mujer como usted no...
- ¿Una mujer como yo que? Si, en una hora pudiese tener a cualquier hombre que quisiera. Podría disfrutar de él todo el rato que mi dinero pudiese pagar. Podría ir a las lunas de Orion y participar en una orgía que durase semanas. Pero todo eso ya lo he hecho. Quiero algo más. Lo quiero a él.
- Ya sabe que desde que el gobierno lo prohibió, prescindimos de sus servicios.
- ¿A quien pretende engañar? Dijo mientras arrojaba una bolsa encima de la mesa Aquí tiene un millón de créditos. Será suficiente y más de lo que valdría.
El hombrecillo miró la bolsa. Por ese dinero él mismo le daría todo el placer a esa mujer. ¡Incluso lo haría sin cobrar! Pero era mucho dinero. Si bien su negocio le daba mucho, había los malditos impuestos... tenía una agencia que buscaba evasiones para el aburrimiento. Al final la mayor parte de las actividades eran sexuales. Pocos querían ir de cacería en tierras marcianas. Todos buscaban orgías, sexo, frenesí desmesurado para olvidar el aburrimiento. Cogió la bolsa.
- Que sepa que esto... no será oficial. Quedará entre usted y yo. Y no podrá reclamar nada, no hay documentos ni nada que nos relacione. Le dio a la mujer una especie de tarjeta de crédito, blanca excepto por la banda magnética Este es su pase. Pone la dirección donde tiene que ir. Una vez lo haya utilizado para entrar y salir sé autodestruirá, así no quedaran pruebas. Usted y yo no hemos tenido nunca esta conversación.
- Gracias dijo la mujer no se preocupe por nada.
- Espero que sepa lo que hace. La última mujer que lo probó ahora está muerta, por eso el gobierno lo prohibió. Y yo no quiero problemas.
Virginia salió de las oficinas de Evasiones Terrenales. Por fin lo había conseguido. Regresó a su casa. Nada más entrar una bola peluda fue a recibirla.
- ¿Hola Ultra, te has portado bien, cariño? Ultra era su gato, la única compañía que se había mantenido estable en los últimos años.- ¿Tienes hambre, vida? Ahora te abro una latita, amor.
Una vez un tipo le dijo que si se mostraba igual de cariñosa con los hombres como lo hacia con su gato, encontraría marido. Virginia se lo quedó mirando fijamente, decidió que eso hombre no pasaría por su cama y con una excusa lo puso de patitas en la calle.
Puso la tarjeta en el lector. La pantalla le mostró la dirección y la hora dónde tenía que ir. Perfecto pensó me da tiempo de arreglarme. Virginia fue al cuarto de baño. Se despojó de toda su ropa y me metió en la ducha. Dejó que el agua caliente rozara su cuerpo, ese cuerpo que muchas mujeres envidiaban y muchos hombres deseaban. Ella estaba orgullosa de su figura, muchas horas de gimnasia con su monitor... esbozó una sonrisa, muchas horas, pero casi nunca acaban los ejercicios previstos, siempre terminaban los dos desnudos, eso sí, muy sudados...
Se vistió para la ocasión, aunque sabia que lo de menos era la ropa que llevara, pero le gustaba vestirse bien, para lucir sus curvas. Salió a la calle y cogió y cogió un taxi. Quiso provocar al taxista pero recordó que hacía poco los habían cambiado por meros androides. Eran más seguros y fiables, decían. Aunque los que perdieron el empleo decían lo contrario...
Llegó a la dirección indicada. Se trataba de una vieja tienda abandonada, una tapadera perfecta, pero tan evidente... quizás por eso era el escondrijo adecuado. Puso el pase en la puerta y está se abrió con muchos chirridos. Entró, las luces automáticas se encendieron, pero ella no veía a nadie. Anduvo por la habitación, hasta que se fijó en una puerta. Está se abrió nada más acercarse, y vio que se trataba de un ascensor. Montó dentro y apretó el único botón que había. Se cerró la puerta y el ascensor descendió. No sabía exactamente cuantos pisos, estuvo unos minutos allí dentro, hasta que el viaje llegó a su fin. Se volvieron a abrir las puertas y salió del cubículo. Y allí estaba... ¿como podía definirlo? ¿El? ¿Esa cosa? ¿Esa babosa espacial?
Si lo que decian de esos seres era verdad, conseguiría el máximo gozo en una experiencia sexual. Los llamaban babosas espaciales, desde que tuvieron el primer contacto hace años. Otra raza en el Universo, pero con la peculiaridad de que su sexualidad era desmesurada, podía gozar y hacer gozar durante horas. Eran telepáticos, o sea que sabían exactamente que hacer para dar placer, y en el momento del orgasmo eran capaces de conectar las mentes y de esa manera se gozaban de dos orgasmos, el propio y el de ellos. Era una experiencia que pocos podían olvidar. Además de tener una gran resistencia, por lo que podían estar mucho tiempo haciendo sexo.
Se acerco al extraño ser. Y notó una voz en su mente. Ven, no tengas miedo... Era como se comunicaban, telepáticamente. Virginia se acercó. El ser estaba tumbado en el suelo. Y si, parecía una babosa, pero muchísimo más grande, mediría como unos dos metros, y no se le veía ninguna cara ni ojos ni extremidades. Quedó a un par de metros de ella. ¿Que se supone que tenia que hacer? No hagas nada - volvió a decirle la voz - Desnúdate, estarás más cómoda. Ella se fue quitando la ropa. No sabría como explicarlo, pero no sentía ni repulsión ni asco, al contrario, se estaba excitando. Al quitarse el tanga lo notó húmedo. ¿Era ese ser que le controlaba las emociones telepáticamente o es que se había excitado por la situación?
Ven hacia mí oyó decirle la voz Ponte encima de mí, no tengas miedo. No, si miedo no tenia, lo que tenia era el corazón bombeando fuerte, el coño humedeciéndose por momentos y un deseo sexual intenso. Se puso encima de la babosa. Ella pensó que tendría un tacto viscoso, pero al contrario, su piel era suave, tibia, y poco a poco la fue envolviendo. Era tan agradable estar ahí... el cuerpo del ser la envolvía cuidadosamente, como arropándola, y ella notó como su piel sufría un ligero masaje, causándole un gran placer. Era recibir un masaje, pero en todo el cuerpo a la vez. Se abandonó a las sensaciones placenteras que le producía ese ser. Eso es, relájate, disfruta, goza. Le dijo la voz. Y vaya si lo hacia! Recibía las caricias justo donde deseaba, con la presión adecuada. Poco a poco ese placer se convirtió en lujuria. Notó como una extremidad del ser se formaba entre sus piernas. Era una especie de pene, que luchaba por entrar en su gruta. Abrió las piernas y dejó que entrara dentro de ella. Pero no lo hizo, por que ella lo que deseaba era aumentar la excitación, notando como se movía arriba y debajo de su abertura, incrementando el deseo, como a ella le gustaba hacer. Y así pasó. El ser leía su mente y le hacia lo que ella deseaba. ¡Era genial! Pensó Virginia, no tengo que decir nada, él sabe exactamente lo que quiero, cuando y como. El miembro jugo con su coño, entrando, saliendo, bombeando fuerte o lentamente según los deseos de Virginia.
Luego notó como otro miembro le rozaba el ano. Delicadamente la penetró, sin daño, y luego, a medida que la excitación de ella subía, fue aumentando de tamaño, provocándole olas de placer. Otro miembro creció cerca de la boca de ella, y lo engulló como si se tratara de un pene, a ella le encantaba chupar, lamer, morder las pollas de sus amantes, e hizo lo mismo, lo devoraba con glotonería lujuriosa. Era maravilloso estar ahí, con todos sus agujeros penetrados, con toda su piel masajeada, acariciada, gozando como nunca. Y notaba como su excitación, su gozo, se disparaba. Y entonces empezó lo mejor. Notaba su gozo, pero también, dentro de ella, notaba el gozo de ese ser. Estaba experimentando lo que se decía de esas babosas, compartía la excitación de él, multiplicando las sensaciones, llegando a un éxtasis casi infinito. Virginia perdió la cuenta de sus orgasmos, se sucedían uno detrás de otro, sin parar.
Perdió la noción del tiempo, perdió cualquier barrera que nunca hubiese podido tener en cuestión de goce sexual. Su mente divagaba sin control, uniéndose al goce de esa babosa, era el paraíso del placer. Y al fin llegó, llegó el momento en que las dos mentes se unieron en su totalidad, el gozo de él era el suyo propio, notaba el placer que el ser recibía de ella, el gozo de acariciar su piel, de sus miembros penetrándola. Virginia sintió temblar todo su cuerpo, jadeaba, gritaba, se retorcía, su coño ya no era húmedo, era un río de jugos, sus caderas se movían sin parar, ya no se limitaba a un goce físico, era un goce mental, los dos juntos, mente con mente gozando uno del otro, uno con otro.
Virginia perdió el conocimiento, o eso supuso, porque despertó aún envuelta en el cuerpo de la babosa. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas, idas, meses? Hemos gozado muchos, los dos juntos oyó decirle la voz Será mejor que te marches. A Virginia le hubiese gustado quedarse, no separarse jamás de ese ser, para poder disfrutar cada día, cada noche... pero tenía que irse. Se vistió, cogió el ascensor y volvió a estar en la calle. No cogería ningún taxi, quería dar un largo paseo, para recordar, para grabar en su mente todo lo que había pasado. ¿Volvería a gozar tanto otra vez? ¿Y ahora, que seria lo próximo? ¿Qué puede superar esto? ¿Por qué cuando se encuentra lo que uno busca, luego hay que perderlo? Virginia se internó en los solitarios callejones, pero con una enorme sonrisa en sus labios. Algo nuevo encontraría, algo diferente, Aún quedaba mucho para experimentar.
En su habitación, la criatura descansaba. Era agotador cada apareamiento, pero valía la pena. Pobres e inocentes hembras humanas. Cada vez era más difícil que vinieran hembras, desde que el estúpido gobierno terráqueo prohibiera cualquier contacto. Tuvo que matar a esa hembra, por un desliz leyó su mente, notó que su gozo no era sexual, sino por que había inseminado a una hembra y que pronto, cuando nacieran sus hijos, empezaría la colonización de este planeta.
Thunder
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