Sufriendo respuestas
 por Nana
- Sabes que estoy un poco borrachilla, ¿verdad?

- Sí, claro que lo sé... Delante de mí te has bebido casi una botella de vino.

- Eh, eh, yo habré bebido vino blanco, pero tú bien que te has dedicado al tinto.

- Jajaja, entonces estamos empatados, ¿no crees?

- Vale, vale, admitimos los dos borrachillos... Pero eso tampoco te da derecho a preguntarme lo que me has preguntado.

- Venga, Laura, tampoco ha sido algo tan raro.

- ¡¡¡Cómo que no!!! ¿Tú ves normal preguntarle a tu novia a cuántos tíos se ha follado en el último año?

- Joder, dicho así es verdad que suena muy mal, pero los dos sabemos que es verdad que te has follado a unos cuantos, ¿no?

- Ah, ¿y tú no?

- No, yo no... Yo no me he follado a ningún tío este año...

- Capullo que eres, jajaja. ¡¡Me refería a chicas!!

- Eso es diferente, sí, chicas unas cuántas...

- Eres un especialista en cambiar de tema, ¿eh?

- No estaba cambiando de tema, más bien intentaba distraer tu atención porque no te ha gustado el tema que he sacado.

- Joder, Luis, entiéndeme. He llegado a casa y habías preparado la cena. Hemos cenado; nos hemos bebido dos botellas de vino entre los dos; has puesto música y me has sobado el culo mientras bailábamos...

- Ha sido al revés, hemos bailado y mientras te sobaba el culo...

- Más sobabas que bailabas y ¡cállate ya que no me dejas acabar!

- Jajajaja, ups, me callo...

- Gracias... Me has quitado la blusa y la falda... Me has levantado en brazos; me has traído a la cama; me has quitado el sujetador; has besado mis tetas; me has quitado el tanga y cuando estaba pensando qué iba a notar primero, si tu lengua o tus dedos en mi coño... ¡¡vas y me dices que cuántos tíos me han follado!!

- No sé. Lo he pensado de repente.

- Ya... Pero te recuerdo que es algo de lo que decidimos no hablar, ¿o lo has olvidado?

- No, recuerdo las reglas que pusimos. Nunca preguntar sobre nuestros líos y nunca repetir con el mismo.

- Exactamente, y tú acabas de romper la primera regla... ¿También has roto la segunda? ¿Has repetido con alguna?

- No, no lo he hecho. Y ya sé que quedamos en no hablar del tema, pero no sé... Hoy me ha apetecido. No, apetecer no es la palabra, más bien he sentido curiosidad por saber con cuántos te lo has montado...

- Luis, cuando empezamos nuestra relación, los dos sabíamos muy bien cómo éramos; que nos gusta el sexo y que creemos en la fidelidad mental dentro de la pareja pero no en la sexual... Que podíamos seguir juntos por encima de ciertas "canillas al aire" porque eso es sólo sexo... Pero también hablamos del tema y decidimos que no nos íbamos a contar nuestras aventuras...

- ¿Me dirás que tú nunca has sentido curiosidad por mis líos?

- Caray, claro que sí, jajaja... Anda que no me he mordido veces la lengua para no preguntarte, pero la cuestión es que no lo he hecho, porque así lo decidimos.

- Lo sé, lo sé... Olvídalo, ¿vale?

Olvídalo... Como siempre estabas poniendo la decisión en mis manos. Como siempre sabías llevar muy bien la conversación para que al final pareciera que era yo la que decidía el sí o el no. Siempre, desde el primer momento en que nos conocimos, fue igual contigo. Una cena del trabajo, cuarenta personas en la reunión de los que sólo conocía a cinco o seis, y tú apareciste de la nada y preguntaste ¿Te importa que me siente a tu lado? Terminó la cena, la gente empezó a marcharse y tú preguntaste ¿Quieres que nos vayamos a tomar una copa? Hablando, hablando, te expliqué que estaba mal con mi pareja de entonces y tú dijiste ¿Te apetece desahogarte conmigo? Así empezamos nuestra amistad, con preguntas de las que nunca sufrías la respuesta porque siempre sabías que iba a contestar lo que tú querías. Si temías que ibas a oír algo que no querías, simplemente no preguntabas.

Empezamos a conocernos hablando de sexo; desde el primer momento los dos nos mostramos como personas muy desinhibidas en ese aspecto, totalmente descreídas en el amor, burlonas de la fidelidad pero sí creyentes en la pareja. Me contaste de esa boda que se anuló cuatro meses antes de la fecha porque tu novia se enamoró del chico de la imprenta que os iba a hacer las invitaciones y cómo eso hizo que perdieras tu fe en el amor. Y yo te conté que el culpable de mi ateismo amoroso era aquel chico con el que salí en la facultad; bueno, salíamos él, yo y la mitad de la población universitaria femenina. Así que a falta de males de amores para confiarnos, nos contamos nuestro variado repertorio sexual. En cinco meses de cafés y copas nos convertimos en expertos el uno del otro, pero sólo en la teoría porque, aunque parezca increíble, ninguno dio el paso para practicar.

El que por fin dio el paso fuiste como siempre tú. Como siempre con una pregunta. Habíamos quedado una noche, igual que muchas otras, para salir de copas. Una rubia que se te insinuó en el bar, un camarero que me sonreía mucho, y tu pregunta ¿Vamos a mi casa a por la última? Y la respuesta, que ya sabías que iba a ser sí, fue que sí. En dos semanas apenas salí de tu casa; sólo para ir a trabajar y para ir a mi antiguo piso a por ropa que fue llenando tus armarios. Después de esos quince días nos sentamos por fin a hablar seriamente. Tal y cómo nos conocíamos el uno al otro, era una tontería hacernos una promesa de amor eterna. Nos queríamos, nos compenetrábamos y habíamos descubierto que sexualmente nuestra compatibilidad era del cien por cien, pero a esas alturas nuestra sinceridad ya nos había hecho explicarnos que una cosa es tu pareja, con la que quieres volver a dormir a casa, con la que compartes satisfacciones y penas, con la que piensas en el mañana como una prolongación del día de hoy; y que otra cosa muy diferente era un polvo ocasional con alguien. Mientras la mente echara de menos al otro, nuestro cuerpo podía vagar a su rumbo.

Después de la aceptación de las reglas no volvimos a hablar nunca más de ese tema. Sentadas las bases de nuestra relación, como pareja habíamos funcionado muy bien ya que nos compenetrábamos casi perfectamente tanto a nivel sexual, como emocional. Algunas llamadas extrañas, comentarios pillados al vuelo de tus amigos, o explicaciones de una noche de juerga que acababan bruscamente, me habían hecho pensar en alguna ocasión que habías triunfado, y supongo que alguna otra vez podrías haber pensado lo mismo de mí, pero, de hecho, ninguno de los dos podríamos haber asegurado si el otro había mantenido o no relaciones con alguien más. Y allí estabas, tras un año de vida en común, proponiéndome que nos explicáramos nuestras aventuras.

Aparte de satisfacer mi femenina curiosidad, ¿qué mal podía haber en hablar abiertamente del tema?

- ¿Olvidarlo? ¿Acaso tienes miedo de que te pregunte yo ahora?

- No, no. Pero te ha molestado y... dejémoslo, ¿sí?

- ¡¡Ahora no quiero!! Estoy lo suficientemente sobria para no olvidar lo que me has preguntado, pero no estoy lo suficientemente borracha como para hablar de esto.

- Eso lo arreglo yo en un plisplas... ¡Voy por más vino!

- Eh, moreno, espera un momento...

- ¿Qué pasa?

- ¿De verdad crees que estamos preparados para hablar de ese tema?

- Bueno, quizá hoy que es nuestro primer aniversario es un buen momento para saber si vamos bien o debemos replantearnos esto, ¿no? Saber si de verdad nos afectan o no nuestras aventuras.

- Vale, vale, pero pongo dos condiciones... Bueno, tres...

- Te escucho.

- Primera, si vamos a hablar del tema, hablamos pero los dos, contamos una cada uno. Segunda, necesito más vino...

- La primera, de acuerdo; el vino te lo traigo enseguida; ¿y la tercera?

- Que te desnudes tú también, caradura...

- Jajaja, voy por el vino y ya vuelvo...

- Ponle hielo al mío.

- ¿Vino con hielo? Eres toda una exquisita gourmet, ¿eh?

- Es que me apetece fresquito...

- Vale, vale, vino con hielo para la señorita... Dame un beso, tonta...
 

La mezcla de alcohol, curiosidad, lo inusual de la situación y ese sutil chantaje de comprobar si nuestra relación estaba o no por encima de nuestras aventuras, hicieron de mecha para que accediera. Era verdad que estaba algo bebida y era verdad que me resultaba hasta cierto punto excitante saber que estaba a punto de contarte alguno de mis polvos ocasionales, aunque también me moría de ganas de conocer tus líos. La pequeña parte de mi cerebro que conservaba la sobriedad intentó avisarme de algo, pero la acallé enseguida.

Quizá sí que, como una ráfaga, pasó por mi cerebro la idea de que realmente no quería, no debía saber detalles, que estaba jugando con fuego y que me iba a quemar, pero se vio apagada por una morbosa curiosidad de averiguar por fin detalles de tus aventuras, de saber con quién las mantenías, de conocer qué pasaba antes, durante y después de ellas. Incluso creo que, lo que me decidió definitivamente a aceptar, fue una corriente de ingenua malicia que esperaba ver, aunque fuera por un segundo, una chispa de celos asomando a tus ojos cuando te contara las mías.

Acepté jugar a tu juego porque íbamos a participar los dos y porque, viéndolo desde tu punto de vista, no pasaba de ser una simple travesura. Nuestra relación se había basado desde el principio en la sinceridad, la libertad y la complicidad, y esa noche no iba a descubrir nada que no supiera.

Tú, como siempre, lanzaste el dado en forma de pregunta y yo, como siempre, empecé a mover ficha sin tan siquiera mirar qué número había salido.

- Tu copa y tu botella y mi copa y mi botella...

- Gracias, cielo. Mmmmmm, qué fresquito... Venga, desnúdate...

- Ya voy, ya... Mira, mira, con estristís y todo, jajaja.

- ¡Qué arte tienes, mi niño!

- Si me sigues mirando con esa cara de admiración, vamos a olvidarnos de los deberes...

- No, no, no. Venga, ven a sentarte aquí conmigo.

- Espera que me lleno yo la copa también...

- Oye, ¿sabes que nunca te he visto la polla tan... tan... en estado de reposo?

- Demasiado vino, creo.

- ¿Seguro que sólo es eso? ¿No será también que te da un poco de miedo lo que vamos a hablar?

- Tú siempre tan chinchona, ¿eh? Venga, ¿quién empieza?... Tú, que yo he preguntado primero.

- ¿Y si vamos en orden cronológico?

- Hasta en esto tienes que ser metódica... Vale, de acuerdo; ejem, ejem, supongo que tengo que empezar yo. Nos vinimos a vivir juntos en enero y mi primer rollete fue en, ejem, a finales de febrero, así que...

- Me parece que entonces me toca empezar a mí...

- ¿Eh? ¿Antes tú ya? ¿Cuándo?

- A finales de enero.

- Joooooder, Laura, no pierdes una, ¿eh?

- Ahora no vale mosquearse, que tú has empezado esto...

- Vale, vale. Caray, en enero; me ganas por goleada... ¿Y quién fue el afortunado? ¿Alguien que conozco?

- Me temo que sí. Carlos...

- ¿Carlos? ¿Mi amigo? ¿Mi amigo Carlos? Jajaja.

- No sé que es lo que te hace tanta gracia...

- Ya verás, ya... Anda, empieza...

- Y luego me llamas a mí chinchona... A lo que iba, no sé si te acuerdas que quedamos para celebrar el cumpleaños de Santi y tú tenías guardia en el hospital y no pudiste ir.

- Sí, sí que lo recuerdo.

- Pues ese día fue; cenamos, y luego fuimos a Bikini a bailar. A las tres o así empezaron a desfilar casi todos y nos quedamos Mari, Esther, Santi y yo.

- ¿Y Carlos?

- A Bea le dolía la cabeza y Carlos se fue con ella.

- Y el muy pillo volvió después de dejar a la novia bien aparcadita en casa.

- Sí, jajaja, volvió al cabo de un rato... Y ya sabes lo que suele pasar; Santi y Esther se perdieron juntos, Mari estaba de ligoteo con uno, y nos quedamos Carlos y yo, en la barra, charlando y bebiendo. Y me empezó a contar los problemas que tenía con Bea, que no iban bien, que la quería pero que algo pasaba...

- Ya, ya, la vieja táctica de dar pena.

- Seguro que tú la has usado más de una vez.

- Pues claro, ¿por qué te crees que la conozco tan bien?

- ¡¡Pillín!!... Ays, ya me has hecho perder el hilo.

- Carlos te contaba los problemas que tenía con Bea.

- Ah, sí. Bueno, pues eso, y después de un rato dijo de acompañarme a casa en coche. Cuando llegamos aquí, como parecía que tenía ganas de seguir charlando, le dije si quería subir a casa a tomar la última; me dijo que estupendo y subimos.

- Anda que no es listo éste ni nada...

- Jajaja... Bueno, llegamos aquí, puse dos copas y nos sentamos en el sofá. Enseguida volvió al tema de Bea y él mismo fue llevando la conversación al tema sexual; me contaba que Bea es un poco fría, que nunca toma la iniciativa, y que tú tenías mucha suerte...

- ¿Yo? Este es idiota. ¿Pretende follarse a mi novia y dice que tengo mucha suerte?

- Eso le pregunté, que qué quería decir. Y me dijo que en una noche de borrachera Quique, mi ex, le estuvo explicando que yo en la cama era genial...

- Tu ex es un poco bocazas, ¿no?

- Sí, mucho...

- Así que Carlos te tendió la trampa de adularte con lo bien que follas y tú caíste.

- No, no, no fue eso. Yo ya sé lo que él pretendía, pero decidí darle eso exactamente para que viera qué se estaba perdiendo. Y bueno, ya sabes qué pasó luego...

- No, no sé. ¿Qué pasó?

- Ostras, Luis, no pretenderás que nos demos detalles... ¿O sí?

- Estamos de confesiones hoy, así que confesémonos.

- Luis, Luis, que tú y yo acabaremos mal hoy.

- No digas tonterías y cuenta, venga.
 
 

Otra vez el aviso de que algo estaba a punto de escapársenos de las manos pero esta vez se ahogó directamente en mi orgullo femenino. Sabía que el hecho de que fuera yo misma la que te lo contara todo te excitaba, pero además, en tus ganas de querer detalles, creí adivinar celos por descubrir qué había pasado exactamente con Carlos. Era mucho más que saber qué habíamos hecho o dejado de hacer y más que saber cómo me había follado. No te conformabas con saber que había estado con él ni con imaginarme; querías, a través de mis propias explicaciones, saberlo todo.
 

Con esa idea en mi cabeza, creí que ibas a caer en tu propia trampa porque tú te pondrías celoso, lo sabía, y después yo podría sacar toda mi artillería de mujer para hacerte ver que sólo había sido sexo y que mi cabeza y mi cuerpo te seguían perteneciendo.
 

Y así, segura de mi jugada y de mi gran triunfo, me lancé a explicarte todos esos detalles que estabas pidiéndome.
 
 

- Ays, en fin... Pues eso, que ya vi por donde tiraba él y decidí seguirle el juego; él se fue acercando un poco y yo no me retiré; empezó a enroscar un dedo en mi pelo y yo me humedecí los labios; puso una mano en mi rodilla y fue subiendo y yo abrí un poco las piernas... Y como iba un poco lento, supongo que porque no sabía cómo iba a reaccionar yo, decidí pasar al ataque...

- Ésta es mi chica.

- Le dije que se levantara y le hice ponerse delante de mí; le desabroché el pantalón, le saqué la polla y empecé a chupársela.

- ¿Y cómo la tiene? ¿Como yo? ¿Más? ¿Menos?

- Jooooder, es increíble. Te estoy contando que se la he chupado a tu mejor amigo y lo único que te importa es cómo la tiene.

- Mujer, eres la mejor fuente de información de que dispongo.

- Pues ahora no te lo digo, hala...

- ¡¡No seas mala y dímelo!!

- No, no, depende de cómo te portes después.

- Como un campeón, como siempre... Venga, sigue, ya te sacaré el dato luego.

- Pues eso, le chupaba la polla y mientras él iba diciendo "mmmm, es la mejor mamada de mi vida, sigue, sigue, qué bien lo haces, mmmmm"...

- ¿Eso decía? No le harías esas cositas que me haces a mí con la lengua, ¿no? Mmmmm, sólo de pensarlo me pongo celoso...

- No, tonto, esas cositas sólo son para ti... Además ¿qué otra cosa iba a decir Carlos? Cualquiera se arriesga a que le claven una dentellada en la polla, ¿no?

- También es verdad... ¿Y tú mientras?... A ver, a ver, ¿dónde estaba tu mano derecha?

- Perdida en mis braguitas, como si no lo supieras... Si él se lo pasaba genial, yo también, ¿no?

- Claro, claro... Vaya imagen, ¿eh? Como para haber llegado yo en ese momento...

- Si hubieras llegado en ese momento, te hubieras unido a la fiesta. Pero, un minuto después, habrías pensado que eso era una escena de vodevil, jejeje.

- ¿Por? ¿Qué pasó después?

- Es que Carlos fue a dar un paso hacia atrás y, como se le habían bajado los pantalones y se le habían enroscado en los pies, dio un traspié y cayó de culo...

- Uuuuy, qué daño, ¿no? Me duele el mío sólo de pensarlo...

- Pues a nosotros nos dio un ataque de risa, jajaja... Pero yo estaba muy caliente y ya sabes que como tenga un [i]orgasmus non consumatus[/i] me pongo de muy mala leche, así que me levanté del sofá, me recogí la falda y me senté encima de él.

- Hala, con bragas y todo...

- Pssss, tuve el detalle de apartarlas.

- Menos mal, porque sino hubiera parecido que follabais con un condón de ganchillo como los que me hacía mi abuela.

- A tu abuela le pides un condón de ganchillo y te deshereda.

- Eso fijo.

- Bueno, déjame acabar que está siendo más larga la explicación que el mismo polvo.

- Venga, acaba.

- Pues eso, follamos y, cuando estaba a punto de correrse, me preguntó si dentro o fuera; le dije que podía dentro porque tomaba la píldora. Así que se corrió y, gracias a la ayuda de mis propios dedos, al cabo de un momento me corrí yo...

- ¿Y así acabó todo?

- Bueno, luego encendimos un cigarro y charlamos un poco.

- El típico y tópico cigarrillo de después.

- ¡¡A ver si esperabas que echáramos una partida de parchís después de follar, lelo!!

- Mujer, una partida de parchís no, pero después de un polvo sabe más rico otro polvo que no un cigarro, ¿no?

- ¡¡Eso por supuesto!! Pero tú podías llegar en cualquier momento, así que le dije que tenía que irse. Me preguntó si podíamos quedar algún otro día los dos pero le dije que no, que había pasado y pasado estaba, que no debíamos repetirlo.

- ¿Y no te insistió?

- En ese momento, no; se levantó, se despidió y se fue. Algún día después intentó acercarse pero, como ya vio que no parecía dispuesta a repetir, lo acabó dejando estar.

- Pobre Carlos, seguro que pensó que acabarías obnubilada por sus encantos...

- Hombre, reconoce que eso pica al orgullo de cualquiera; creyó que me había seducido pero luego yo no quería volver a quedar con él... Oye, Luis...

- Dime, Laura...

- No es que quiera insinuar nada ni mucho menos, pero ya que estamos hablando con tanta sinceridad hoy...

- Sí, totalmente sinceros, venga, dime.

- Es que, verás, llevo rato observándote y no he podido evitar fijarme en que...

- ¿Me vas a decir lo que sea de una vez?

- Pues que hay cierta parte de tu anatomía que hace rato que ha perdido el estado de reposo, jajaja... No habrá sido imaginando a Carlos, ¿verdad?

- No sólo está perdiendo el estado de reposo, sino que se está acelerando cada vez más... Y no es por Carlos, no; es por ti...

- ¿Por mí? ¿Y qué he hecho yo ahora?

- Hacer, hacer, nada; pero tu coño lleva rato mojado y ya sabes que reacciono de manera automática ante tus humedades. Y ahora pregunto yo, no habrá sido recordando la caída de culo de Carlos, ¿no?

- Jajaja, no, no. Ha sido cuando me has preguntado dónde estaba mi mano mientras le chupaba la polla...

- ¿Sí? ¿Por?

- Porque sé que tú no hubieras dejado mi coño sin atención...

- Tócate, Laura... Tócate para mí como te tocaste para él...

- ¿Así?... Dejando que los dedos resbalen, lentamente... Que se hundan en mí, que se empapen... Arriba y abajo, abajo y arriba... Una y otra vez, recorriéndome entera...

- Abre más las piernas, deja que te vea bien...

- Sí... Me gusta tocarme para ti, mientras tú te masturbas suavemente...

- Me encanta verte completamente abierta para mí...

- A mí me encanta ver tu polla creciendo bajo tu mano...

- Sigue tocándote, Laura, no pares...
 
 

Y seguí tocándome para ti, igual que muchas otras veces antes que nos habíamos masturbado el uno delante del otro, pero haciendo de esta vez algo diferente. El deseo que fluía entre mis dedos ya había borrado cualquier rastro de mi deseo por Carlos. Dejé que el ritmo de mis dedos se acomodara a la velocidad con que recorrías tu polla; no nos tocábamos y nada nos decíamos pero sin embargo la cadencia era totalmente armónica. Tu miembro fue creciendo entre tu mano mientras mis dedos se empapaban totalmente.
 

Tus ojos no se apartaban de mi sexo, siguiendo cada ligero movimiento. Me recorría por completo, dejando que mi mano fuera resbalando, perdiéndose las yemas de mis dedos entre los labios. Con una mano los separé un poco y fui en busca del clítoris, ya duro, para dedicarme a él. Posé uno de los dedos sobre él y empecé a moverlo, primero suavemente, luego más fuerte, haciendo más y menos presión, con pequeños movimientos rotatorios. Bajé un poco el ritmo porque no deseaba correrme aún, quería esperarte y que lo hiciéramos juntos.
 

Sin dejar de masturbarte, tu mirada fue ascendiendo hasta que se posó sobre mis pechos. Siempre me decías que eran las tetas más bonitas que habías visto y, sabiendo que eso te gustaba, subí las manos lentamente hasta acomodarlas debajo de los pechos. Los levanté y los apreté ligeramente, como ofreciéndotelos, y dejé que las palmas fueran cerrándose en torno a ellos, acariciando su piel, masajeándolos, hasta que con los dedos atrapé los pezones, pellizcándolos suavemente. Mientras hacía esto, observé como tu mano se cerraba más fuerte en torno a tu pene y cómo incrementabas el ritmo. El orgullo de saber que en ese momento controlaba tu deseo, avivó aún más mi fuego interior y mis manos descendieron, junto con tu mirada, para buscar mi satisfacción.
 

La visión que antes había conjugado en tu mente de otra polla clavándose en mí, la intenté borrar penetrándome con dos de mis dedos. Cuando viste cómo desaparecían en mi interior, tu mano aumentó aún más su velocidad. Sentados uno delante del otro y a pesar no tener contacto físico, nos hacíamos mutuamente el amor, como si nos guiaran los mismos hilos, las mismas ansias, el mismo deseo. Nuestras respiraciones se volvieron más agitadas, los movimientos más rápidos y más resueltos, más decididos y más profundos, hasta que, casi al unísono, nuestros cuerpos descargaron ese deseo compartido más allá de lo físico.
 

Quedamos los dos jadeantes, satisfechos, con una sonrisa de gozo que nos hizo estallar en carcajadas en cuanto nuestras miradas volvieron a encontrarse. Cuando por fin nos serenamos un poco y recuperamos el resuello, con un pañuelo de papel que cogiste de la mesilla, limpiaste los rastros de deseo que habían quedado sobre las sábanas, y luego te inclinaste hacia mí y me diste un suave beso en los labios.
 
 

- Ha sido estupendo, cariño.

- Sí, sí que lo ha sido.

- ¿Sí? ¿Me he portado como un campeón? Entonces ya puedes decirme cómo la tenía Carlos.

- No conseguirás que pique. Y no sigas por allí que ahora te toca a ti... Hala, te toca contarme lo de Miss Febrero...

- No le dejan a uno ni descansar. Venga, allá voy... Un viernes por la tarde llamaron desde abajo...

- Uy uy uy, ¡si te acuerdas del día que era y todo!

- Era cuando hacías aquel curso y me pasaba los viernes tarde solito en casa; por eso me acuerdo.

- Sí, es verdad... Vaya rollo de curso, no aprendí nada en él; aunque ya veo que a ti te fue muy bien.

- Pssss, algo, jajaja... Pues eso, llamaron, fui a contestar y era una chica preguntando por ti y le dije que subiera.

- ¿Por mí? ¿Quién era? ¡Venga, dímelo!

- Pues era... Bea.

- ¿Bea? ¿La novia de Carlos?

- La misma que viste y calza.

- Querrás decir la misma que desvestiste y descalzaste.

- ¿Te he dicho hoy que te adoro? Jajajaja.

- No, no me lo has dicho pero te perdono si continúas.

- Vale, vale. Subió y le dije que no estabas; y como parecía preocupada le pregunté si quería pasar y hablar.

- Y entró...

- Sí; pasó para la sala mientras yo fui a buscar un par de cervezas. Las traje, nos sentamos cada uno en un sillón y empezamos a hablar de cosas banales, del tiempo y de no sé qué más y de repente se echó a llorar.

- ¿A llorar? ¿Qué cerveza le diste? ¿Tan mala era?

- Tonta... Me dejó tan K.O. al verla llorar que me levanté y me puse de rodillas delante de ella, intentando calmarla con mi cercanía y le pregunte qué le pasaba.

- ¿Y por qué lloraba?

- Le costó pero empezó a contarme que se había peleado con Carlos, que no era la primera vez, que ella creía que él la iba a dejar...

- Pero ¿por qué? ¿Qué les había pasado exactamente?

- Pues no lo sé, porque no estaba escuchando...

- ¿Qué quiere decir que no escuchabas?

- Es que, verás, ya sabes que Bea tiene la manía de ponerse esas falditas tan cortas, tamaño cinturón y, como estaba delante de ella tan cerca y agachado, tenía un panorama genial de sus bragas y me puse cachondo.

- ¿No esperarás que me crea que te excitaste viéndole las bragas a Bea? Luis... que no tienes 15 años.

- Lo sé, lo sé... Pero ya ves, cosas que pasan... Además tiene los labios muy gorditos y se intuía un coñito de lo más apetecible, jajaja.
 
 

Aquello me molestó. Mucho además. Pensar que en un instante, por la simple visión de unas bragas, se podía despertar tu deseo. Bea había ido a casa a buscarme a mí, pidiendo un poco de consuelo a casa, para hablar de sus problemas. Tú simplemente la habías recibido y tu apetito se había abierto en esa situación de lo más inocente. ¿Cuántas veces te pasaría eso a diario? ¿A cuántas mujeres desearías por la calle, en el trabajo, en el bar, en el autobús? ¿Y con cuántas de ellas habrías tenido sexo?
 

Yo sabía que tú tenías éxito entre las mujeres y que en el hospital en que trabajabas había muchas que se te insinuaban. Y si había pasado eso con Bea que no había ido para seducirte ni nada por el estilo, ¿qué pasaría con las mujeres que sí buscaran algo contigo? Me tuve que morder la lengua en ese momento para no pedirte la lista completa de tus aventuras; pero no me la mordí por vergüenza, sino por miedo. Miedo a tu respuesta. Miedo a descubrir una lista interminable.
 

No eran celos lo que sentí porque yo no era una persona celosa. O eso creía yo.
 
 

- Total, que ella contando sus penas y pensando que la escuchabas y tú mirando sus bragas.

- Más o menos; hasta que notó que apenas le respondía y que no le miraba precisamente a los ojos. Me preguntó entonces que qué miraba, y yo sólo le dije "quiero follarte".

- Y Bea, la candorosa, se desmayó.

- Jajaja, qué mala eres, Laura... No se desmayó, no; intentó levantarse del sillón pero yo le puse las manos en las rodillas y no dejé que se incorporara. Le dije que no íbamos a hacer nada malo, que era sólo sexo, que se dejara llevar.

- Y se dejó llevar...

- Durante un momento no supe si quería darme una torta o salir corriendo, pero luego suspiró y se relajó. Entonces me arrodillé delante de ella, le atraje el culo hacia el borde del sillón, le quité las bragas, abrí sus piernas y me dediqué a su coñito.

- ¿Y era tan apetecible como parecía?

- La verdad es que estaba rico rico...

- ¿Y ella? ¿Encontró rica rica tu chupadita?

- Pues no sabría decirte... Estaba con los ojos cerrados y de vez en cuando susurraba que eso no estaba bien, aunque tampoco me decía que parara... Así que eso hacía Bea; eso, y gemir.

- ¿En serio? Pensaba que sería de las silenciosas.

- Buffff, qué va, no veas cómo gime... Al principio me asustó y todo; fíjate que pensé que si estaba el vecino en casa iba a empezar a golpear la pared como aquella vez, ¿te acuerdas?

- Claro que me acuerdo... Cuanto más pegaba él en la pared, más chillábamos nosotros... Y al día siguiente querías comprar unos tapones para los oídos y dejárselos en el buzón.

- Sí, y tú no me dejaste hacerlo.

- Luis, tampoco es cuestión de enemistarse con el vecindario.

- Vale, vale... Pero se lo merecía.

- Puede que se lo mereciera, pero hay cosas que no se hacen... Y venga, continúa... ¿Llegó a salir Bea de ese estado de trance?

- Si esa es tu fina y delicada manera de preguntarme si conseguí que se corriera, te diré que la duda ofende...
 
 

No veía la cama, no veía las paredes, no te veía a ti, no veía nada de la habitación. Sólo la veía a ella. Bea sentada en el sillón de nuestro salón, sin bragas, con las piernas abiertas de par en par. Bea jadeando y respirando agitadamente, con el vello erizado y la piel enrojecida. Bea levantando el culo del asiento para acercarlo más a ti. Bea agarrada fuertemente a los brazos del sillón, clavando las uñas en la piel y arañándola. Mi último pensamiento cuerdo de la noche llegó entonces; al día siguiente enviaría los sillones al tapicero para forrarlos nuevamente.
 

Un primer plano de su cara apareció en mi mente. Bea con los ojos cerrados, las mejillas coloradas, la frente perlada de sudor y pasando la lengua por los labios sedientos. Ya no podía recordarla como siempre, con su aspecto aniñado y su sonrisa fácil. Su cara habitual de chica tímida y apocada había dejado paso a una máscara de gata seductora o, más bien, de gata en celo a punto de alcanzar el orgasmo. La imagen de Bea que había conjugado en mi mente abrió entonces los ojos; su mirada vidriosa, húmeda, plena de deseo, triunfal, se rió de mí.
 

Odié a Bea en ese momento y supe que nunca podría volver a hablar normalmente con ella sin recordarla como mi mente la había dibujado. La odié por haber descubierto tan tarde cómo era en realidad, porque había conseguido engañarme con sus modales de niña bien. Incluso pensé que en algún momento le había comentado el curso que estaba haciendo yo y que ella ya sabía de antemano que no iba a estar en casa. Seguro que había ido a seducirte y te había tendido una trampa.
 

La imagen de Bea sudorosa y jadeante volvió a mi cabeza y entonces la visión se amplió y apareciste tú en escena. Estabas arrodillado entre sus piernas, con tus manos sobre sus rodillas para mantener sus piernas bien separadas, y entonces  hundiste tu cara entre sus muslos. Tu lengua la recorrió lenta, pausadamente, saboreándola, arrancándole gemidos y pequeños gritos que se clavaban en mi mente. Bea seguía retorciéndose, ardiendo de excitación en nuestro sillón, mientras tú atrapabas su clítoris entre los labios y bebías el deseo que manaba de su cuerpo. Una sonrisa se dibujó en tu rostro cuando notaste próximo su orgasmo y entonces tu lengua empezó a penetrarla rápida y furiosamente hasta que, un momento después, el cuerpo de Bea se relajó cansadamente sobre el sillón.
 

Moví la cabeza para intentar expulsar toda esa película de mi mente aún sabiendo que era inútil, que esas imágenes me iban a perseguir, fotograma a fotograma, durante mucho tiempo. Al menos, en esa película mental, el fin ya estaba escrito.
 
 

- Vaya, vaya, vaya con Bea... Qué desfachatez la suya. Viene a casa, se corre en la boca de mi chico, y se va...

- ¿Cómo que se va?

- Ah, ¿no se acabó allí la cosa?

- ¡¡Pero si yo tenía los pantalones a punto de estallarme!! Se llega a ir en ese momento y se me queda la polla en erección perpetua.

- Tampoco hubiera sido tan grave eso; ya hubiéramos sabido aprovecharla.

- Sí, sí, pero yo necesitaba alivio inmediato en ese momento... Así que abrí la bragueta, saqué la polla y, cuando se la iba a meter, me detuvo y me dijo que sin preservativo que no follábamos... Y por un segundo me dejó helado.

- ¿Helado? ¿Por qué?

- Caray, porque, como nosotros no usamos, pensé que no teníamos en casa; hasta que recordé que debía tener uno perdido en algún cajón, de esos que coges alguna noche que reparten por los bares. Y ya me ves, con la polla tiesa asomando por el pantalón y rebuscando por los cajones.

- Pero ¿encontraste alguno al final?

- Sí, encontrarlo sí; pero era de una talla mini y, como apretaba horrores, pasé de tener una polla talla XXL, a tener talla M y gracias.

- ¿XXL? Luis, no exageres; que soy yo, Laura, que ya sé cómo tienes la polla.

- No me negarás que la tengo hermosota.

- Hermosilla y gracias.

- Pues mi minipolla consiguió arrancar maxigemidos a Bea, que lo sepas... Si es que estoy hecho todo un semental...

- ¿Otra vez? ¿Se volvió a correr Bea? Eso sí que no me lo imagino.

- ¿No te lo imaginas? ¿Tú tienes visiones de tus amigas follando o qué?

- Noooo, no, pero, cuando hacemos salidas de chicas solas, evidentemente hablamos de sexo y, ya sabes, ves un poco por dónde van los tiros. Y Bea es de las que nunca suelta prenda, así que siempre hemos creído que es un poco... un poco...

- ¿Inocente?

- Mojigata más bien. Le calculábamos un orgasmo al mes; así que no te digo más.

- Vosotras sois muy malas, ¿eh?

- ¿Malas? No, para nada. Vemos, escuchamos, analizamos y...

- Y sacáis la conclusión que más os conviene.

- La que más nos conviene, no; la que nos dará más juego a la hora de criticar.

- Lo que yo decía; sois malas, malísimas... Aunque eso sí, me apunto a la próxima salida de chicas, jajajaja.

- Como no te hagas pasar por mi prima, la que practica halterofilia, veo un poco difícil que cuele... Venga, no te despistes del tema, ¿se acabó allí todo?

- Sí, sí; ni había recuperado el aliento, cuando se levantó, balbuceó no sé qué y se fue... Y eso fue todo...

- No es todo, no; hay un detalle que has pasado por alto.

- ¿Un detalle?

- Has dicho que Bea se levantó y se fue.

- Sí...

- ¿Y las bragas? ¿No se las puso?

- No, jejeje, con las prisas se le olvidaron.

- Y te quedaste las bragas de Bea en recuerdo de esa tarde.

- ¿Yo? Qué va; las tiré.

- ¿Las tiraste? ¡Qué poco romántico!

- ¿Qué tiene que ver el romanticismo con unas bragas usadas?

- Chico, no sé. Podías haberlas guardado.

- ¿Para qué? Si me quedara con tus bragas cada vez que follamos, te las tendrías que comprar por docenas.

- ¿Pero no pensaste que Bea podía pedirte que se las devolvieras?

- La verdad es que ni lo pensé. De todas maneras, desde ese día no volvió a mirarme a la cara, así que imagínate si voy un día y le digo "oye, Bea, tengo en mi casa tus bragas y he tenido el detalle de lavarlas".

- Seguro que ella te hubiera contestado, "¿a mano o a máquina?"

- Pero eso... ¿antes o después de desmayarse?

En una situación normal hubiera seguido con la broma, pero ya no podía, ya no podía continuar diciendo tanto sinsentido cuando en mi mente sólo había imágenes  de Bea, de ti, y de multitud de chicas, conocidas o no, que te seducían y por las que te dejabas seducir. En tu cara había una sonrisa satisfecha, que no sabía si era producto de recordar lo que había pasado con nuestra amiga o de qué, pero necesitaba borrar esa sonrisa. Necesitaba eliminar de tu memoria cualquier rastro que quedara de Bea, porque de mi cabeza ya sabía que sería imposible.

Me acerqué a ti, gateando sobre la cama, hasta quedar de rodillas entre tus piernas. Por un momento quedaste sorprendido cuando capturé tu boca con la mía y te besé con pasión de mujer herida. No había lujuria en mi beso; había celos de un recuerdo pasado, duda de un dolor presente, confirmación de un futuro lleno de imágenes. Respondiste a mi beso con esa frívola seguridad tuya que te hacía creer que mi ardor era producto de la excitación de la noche.

Bajé la mano entre los dos y así tu miembro con mi mano. Protestaste un poco por la cierta brusquedad con la que empecé a masturbarte, pero enseguida cobró vida y respondió a mi masaje. Seguí besándote para sentirte totalmente mío en ese momento, igual que quería que tú únicamente me sintieras a mí. Cuando tu pene alcanzó su máxima dureza, mis movimientos se volvieron más lentos y acompasados; lentos y al compás de ese dolor que se retorcía en mi interior.

Perdida en mis pensamientos como estaba, apenas te oí decir que querías follarme. Posaste tus manos firmemente sobre mi cintura, me izaste como una pluma y quedé sentada sobre tu regazo. Tu mano relevó a la mía para guiar tu pene hacia mi cuerpo, mientras yo me abrazaba a tu torso y hundía mi cara en tu cuello. Al sentirte en mi interior, empecé a moverme, restregando mi cuerpo contra el tuyo y endureciéndose mis pezones con cada roce con el vello de tu pecho. En la habitación sólo se oía el ruido de nuestros jadeos y de los sexos al encontrarse para seguidamente volverse a separar, pero eran sólo eso, sexos que chocaban, sin alma que impulsara el placer. Sentía tus brazos a mi alrededor, y sin embargo no notaba tu cercanía; a pesar del íntimo abrazo, me notaba distante de ti como nunca antes lo había estado.

Mírame, me dijiste. Me separé de tu cuello y te miré a los ojos pero no pude aguantar tu mirada llena de deseo. En ese momento necesitaba que mi cuerpo sintiera, pero sólo eso, sentir, no ver; necesitaba que las miles de imágenes de mi mente desaparecieran aunque fuera durante un minuto. Deseaba que el dolor se diluyera y para ello quería notar mi cuerpo lleno, vibrante ante las sensaciones, pero sin dejar que ni uno sólo de los sentidos pudiera distraerme.
 

Me levanté, me di la vuelta y me puse a cuatro patas sobre la cama. Te oí incorporarte y cerré los ojos, esperando que me penetraras. Posaste las manos en mis nalgas, noté una ligera presión en mi sexo y entonces tu miembro encendió nuevamente la hoguera al invadir mi cuerpo. Concentré toda mi atención en el movimiento de tu pene, entrando y saliendo rápida y firmemente; en cada golpe de tus caderas que me empujaba hacia delante y cómo, a la vez, tus manos sobre mi cintura me frenaban; en cada neurona de mi cuerpo que recogía las sensaciones de mi sexo y las multiplicaba por mil; en el calor que se extendía por mi cuerpo y no conseguía fundir el hielo que se había instalado esa noche en mi corazón; en el deseo que seguías encendiendo en mí y en el que yo te provocaba.

Quisiste tumbarme boca arriba pero me negué; deseabas ver mi cara en éxtasis mientras me penetrabas, y yo únicamente deseaba olvidarme. Dejé caer mi cara en las sábanas deseando hundirme en ellas y el olvido; era imposible. Sentía tu miembro hundiéndose en mí, pero también sentía que ya no era de mi propiedad y que alguna mujer más, quizá varias, también lo habían disfrutado y seguirían haciéndolo hasta que el tiempo dictase la sentencia de nuestra relación.

El movimiento de tus manos sobre mi piel, hizo que consiguiera volver la atención sobre mi cuerpo. Me ardía la piel por donde pasaban, desde la cintura hasta los pechos; se posaron sobre ellos, oprimiéndolos, mientras los dedos iban en busca de los pezones para mimarlos y martirizarlos a la vez. El peso de tu cuerpo descansó sobre el mío cuando te recostaste sobre mí y supe que el torturante placer que me invadía estaba a punto de estallar. Cuatro embates más de tus caderas, cuatro profundas invasiones de tu miembro, y entonces un grito silencioso me recorrió entera, naciendo en mi sexo y extendiéndose hasta el último rincón de mi ser.

Así fue como compartimos un orgasmo intenso, vibrante, y doloroso, muy doloroso, que dejó mi cuerpo físicamente satisfecho pero con una gran sensación de vacío interior. Poco después nos quedamos dormidos, tú abrazando mi cuerpo y yo retorciendo mis pensamientos.

Hoy sé que debí hacer más caso a lo que me había intentado decir mi cabeza, que estaba metiéndome en un terreno peligroso. Nunca me había considerado una persona celosa pero esa noche descubrí que el fantasma de los celos es ciego hasta que le concedemos la visión a través de nuestros propios ojos. Para ti esa noche no cambió nada, para mí lo cambió todo. Era incapaz de estar en nuestro salón sin ver a Bea; incapaz de mirarte sin ver cómo besabas a otra; incapaz de esperarte en casa sin pensar que estarías con alguna.

Empezaste a notar que algo raro pasaba. Quizá fueron todas las broncas que tuvimos en una semana y que no habíamos tenido en un año de convivencia; quizá fue la facilidad con que yo pasaba del buen al malhumor; quizá fueron mis repentinos ataques de frialdad. Cuando mi insistencia en volver a sacar el tema de tus aventuras, se tornó casi enfermiza, llegaste a la correcta conclusión de que aquella noche de aniversario, que para ti había sido de risas, de excitación, de confesiones, de sexo, había dañado nuestra relación. Un día por fin, te atreviste a hacer la pregunta de la que ya sabías, como siempre, la respuesta.

- Fue un error hablar aquella noche, ¿verdad?

Intenté explicarte qué era lo que me pasaba, qué sentía, qué me rondaba la cabeza. Tú primero te reíste de mí por mis tontos pensamientos; luego te enfadaste por la desconfianza que mis palabras daban a entender; más tarde intentaste hacerme ver que tú estabas y seguías conmigo y no con otras. Pero acabaste dándote cuenta de que un dolor muy hondo me había estado consumiendo por dentro y entonces, por primera vez desde que te conocí, preguntaste algo a lo que no sabías qué iba a responder yo.

- ¿Qué va a pasar ahora con nosotros??

Lo peor de todo es que, la que de verdad sufrió la respuesta a esa pregunta, fui yo.
 
 

por Nana
 

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