|
|
....para nadieMaldito miércoles en que te conocí, maldito miércoles en que me besaste y maldito miércoles en que, también con un beso, me dejaste. No he vuelvo a verte.
En miércoles me besaste y el jueves despertaste a mi lado, en la cama. Me desperezaste con caricias sobre mi cuerpo dormido. Empecé a gemir cuando acariciaste mis pechos y pegué mi espalda a tu cuerpo al notar tus besos en mi cuello.
-Buenos días peque.
Recuerdo la noche anterior, nuestro primer beso y nuestras primerizas caricias el uno con el otro. Abrazos y bocas desbordadas, cuerpos que se buscan y sensaciones a flor de piel.
Despertando juntos, abrazándonos la piel, chupándonos los besos, agarrándome por los hombros, juntándome a tu pelvis y moviendo mis caderas de una forma en la que te pedía que entraras en mi.
Besos, más besos. Músculos que empiezan a tensarse y roces que encienden los cuerpos. Tu duro sexo empezó a penetrar mi húmeda vagina. Separé, abrí un poco las piernas rodeándote con una de ellas. Mis manos buscaron tus nalgas, tus dedos presionaron mis labios.
Me follabas con tu abrazo. Chupaba tus dedos uno a uno y todos a la vez. Mordisqueaba las yemas, ensalivé los nudillos, me los metí hasta el fondo de mi garganta. Los sorbía, los lamía y presionaba la punta de tus tres dedos.
Tú, seguías golpeando con ritmo y locura contra mi, dentro de mi.
- Buenos días mon amour.
Me senté encima tuyo, dejando de besar tus dedos. Tocabas mi tripa, acariciabas mis caderas, palpaste mis pechos y trasteaste con los pezones, ahora de un rosado subido y erguidos.
Moviéndome adelante y atrás, arriba y abajo, notándote cada vez más cerca de mi placer. Te derramaste en mi interior, sentí tu calor y me dejé ir acompañada de tu dulce miel en mi interior.
Delicioso jueves.
El sofá verde de mi portal amparó nuestros arrumacos. Yo diciéndote que no, que allí no. Tú, bajándome los téjanos y metiendo tu mano por debajo de mis bragas.
Nos caímos en el sofá, solté el bolso.
Y con besos imparables empezamos a recorrernos. Subiste mi camiseta y empezaste a acariciar mis tetas con tu boca, por encima del transparente raso que cubría mis pezones. Me mordías, y en mis primeros gemidos, me penetraste con tus dedos.
Te acariciaba por encima del pantalón, intentando sin lograrlo, desabrocharte el cinturón.
Al llegarme el orgasmo que tu buscabas, me deshice de tus dedos y me abalance a tu regazo. Regalándote mis vaivenes, dándote mi orgasmo.
Viernes, Sábado y Domingo.
Viernes, sábado y domingo contigo. Con tus besos, entre tus manos, con tu lengua, entre tus abrazos, con tu boca.
Cogidos de la mano y hablando de mil ilusiones. Robándonos besos y caricias en cada esquina. Jugando a provocarnos. Provocándonos con juegos.
Fuimos a la sesión golfa del cine. No sé para que película compraste dos entradas. Entramos y nos sentamos en la última fila.
Tus besos hicieron que no prestara atención ni al inicio de la película. Tus manos se apoyaban en mis rodillas, arremangaban la falda hacia arriba, buscaban el calor entre mis muslos abiertos, completamente dedicados a tus caricias. Guié tus dedos hacia mi boca, mis labios los recogieron y mi lengua los humedeció.
Me gustaba mirarte. Me gustó guiar tu mano a mi interior, debajo de las bragas que no llevaba. Sentí rápidamente el calor que me transmitías, el cosquilleo en el coño que me hacia empezar a gemir de gusto. Y por encima de la camiseta toqueteaste mis pechos. Creí que iba a gritar pero me ofreciste tu boca y acallé mi orgasmo entre besos húmedos que tú me dabas con pasión.
Tu mano reposaba aún entre mis piernas, cuidando que no se escapara el placer, que se encargara de impregnarte sólo a ti. Con decoro y casi sin moverme empecé a bajar la cremallera de tus pantalones.
Contigo cumplí una de mis fantasías. Te chupé la polla hasta que te corriste en el cine.
Arqueando mi cuerpo hacia tu sexo, empecé a lamerte. Primero la puntita rosada, luego te metí entero dentro de mi boca. Subía mis ojos al encuentro de los tuyos mientras seguía comiendo. Continué engullendo tu miembro que desaparecía entre mis labios.
Paré un instante y con un tono de voz bajito dije: Quiero beberme tu leche.
Nos besamos casi salvajemente mientras no dejaba de acariciar tu sexo, que se impacientaba por mis palabras, por mi boca. Tu deseo me volvía a mojar y tus dedos endurecieron mis pezones por debajo de la camiseta.
Volví a tu sexo, aceleré el ritmo de mi lengua, chupé la punta y empecé un rápido mete y saca de tu polla en mi boca. Mamé tu vara repetidamente dejándola bien húmeda. Con la mano emprendí movimientos masturbatorios y mi boca besó, morreó tu inflada cabecita.
Leche dulce y espesa en mi boca. Me llenaste a borbotones, tragué hábilmente, sin dejar que te escaparas por mis comisuras.
Lunes tardío.
Te esperé sentada en una plaza. Tardaste más de una hora en decirme que no vendrías. Me fui a casa, mientras empezaba a nublarse el cielo, mientras me mojaban la finas gotas de lluvia.
Más tarde me llamaste al móvil. Movistar te informó que no estaba disponible. Estaba en el cine.
Martes, la víspera.
Tú no sé si lo sabias, yo no tenía ni idea.
Cenamos con velas en mi casa. Brindamos con un buen vino por nosotros dos y empezamos una conversación que nos mantuvo en vela hasta bien entrada la madrugada. Terminamos con la segunda botella de vino.
Poco a poco se te cerraban los ojos. Te tumbaste en la cama y te perdiste en sueños, quizás soñaste conmigo. Mientras, yo te masajeé desde la espalda hasta los pies. Me quedé dormida a tu lado.
Maldito Miércoles (bis)
Te despertaste con la madrugada y estuviste observando mi cuerpo debajo de la sábana. Acariciaste mi piel desnuda con delicadeza para no despertarme, pasaste la mano por mis nalgas deteniéndote en cada milímetro de piel. Con tu lengua fuiste recorriendo mi espalda, mi columna hasta llegar al final de ella y entonces mojaste tus labios en mi. Oliste mi olor. Probaste mi gusto.
Deshiciste la cama y la sábana sólo cubría mis pies. Desnudos nos rozábamos las pieles, te quedaste acurrucado en mi pubis, asiéndome fuerte por las caderas. Me desperté un poco, ronroneé y dando media vuelta volví a quedarme medio dormida, sabiendo, habiéndote visto donde apoyabas tu cabeza.
Tu traviesa lengua quiso despertarme. Diabluras en mi cuerpo. Tus brazos separaron mis piernas, abriéndome para ti. Dejando a primera vista mi sexo abierto, rosado. Tus besos sobre los labios empezaron a humedecerme. Intercalabas los besos con las intensas lamidas sobre mi clítoris. Se hinchaba. Empezaba a retorcerme en la cama. Chupabas de arriba abajo mi sexo, con paciencia, con calma y estas caricias tan placenteras me excitaban, empezaban a sacarme de mi ser.
Gemidos y suspiros hablaban por mi.
Bebiste de mis aguas como si ellas te dieran la vida. Yo las derramé para ti, para que no pararas. Repasando mi sexo por sus mil lados y costados, sorbiendo mi botoncito, rozando tus dientes contra mis labios, no parabas.
Gemí cuando me introdujiste los dedos, se perdieron en mi interior. Los bañabas en mi a la vez que no dejabas de acariciarme con la lengua. Metías tus dedos dentro de mi, retrocedías en tu camino y antes de salirte, entrabas con más fuerza de nuevo, más adentro.
Sentí que me corría cuando empezaste a sacar y a meter tus dedos de golpe. En medio de mi gran orgasmo saliste de mi y mi cuerpo saltó en tu búsqueda. Necesitaba tus dedos. Te necesitaba.
Diste media vuelta a mi cuerpo y mientras yo seguía removiéndome mordisqueaste mis nalgas. Mordiscos breves pero fuertes que se marcaron en mi carne. Y la presión de tu lengua se posó sobre mi ano, encadenándome al segundo orgasmo, unido al primero.
Caricias linguales, tu lengua se había convertido en un músculo duro que me iba dilatando, abriendo más y más a ti. Reemplazaste tu lengua por un dedo. Y con este acomodado metiste el segundo.
Temblaba.
Y continué temblando, sin poder parar de correrme, al notar como tu polla entraba en mi, en mi culo. Me sacudía con tus entradas, tus sacudidas eran cada vez más fuertes, seguidas e intensas.
Apoyaste las manos en mis caderas y empezaste a guiarme en unos movimientos acompasados con los tuyos. No pude ver tu cara mientras te corrías, pero si pude oír el grito tembloroso de tu voz.
Salimos de casa después de una bien merecida ducha. Aún recuerdo como me enjabonaste, aún recuerdo los abrazos húmedos y los besos mojados. Aún me acuerdo.
Y, en la parada del metro al despedirnos hasta la noche, me diste ese maldito último beso.
Yo no lo sabía. De haberlo sabido te hubiera abrazado con más fuerza y sin tanta prisa por llegar al trabajo.
por Pauline en la playa (ahora ni siquiera te odio)
Volver al Indice de Pauline