Aste Nagusia
 por Dominance
395 km... 387 km... 371 km... 359km... 342 km...
 

- ¿Cuánto falta?

- Joder, enano... ¡Si acabamos de salir! Anda, hazte un canuto y
disfruta del viaje.

- Eso es. Disfruta y haznos disfrutar. - Dije sonriendo mientras
subía el volumen de la música y aceleraba hasta llegar a los 170
km/hora.

- ¡Yo paso de que el enano me haga disfrutar con una de sus
supermamadas! – Gritó “El Bola" desde los asientos traseros para
hacerse oír.

- Al final me vais a comer la polla los dos a la vez; versión
olímpica. Papel y tabaco, please.
 

273 km... 240 km... 212 km...
 

- Me estoy meando como una persona mayor. Vamos a parar a echar
gasolina y de paso meo.

- De eso nada, enano. Esto es un viaje de animales, no de tías que
paran cada cincuenta kilómetros para mear y retocarse; no me jodas.

- Iñaki tiene razón, enano. Nos jodes la media... Píllate los huevos
con las piernas y aprieta, a mí me funciona... Ah, y piensa en algún
deporte aburrido, tipo gimnasia rítmica; eso relaja un cojón y medio.

- Hijos de puta sois... Vaya viajecito me estáis dando.
 

172 km... 140 km... 111 km...
 

- ¡Vamos, que ya queda poco! – Nos animó Bola mientras se liaba el
enésimo porro del viaje.

- Mira la bola asesina, jajajaja. Menudo pedo lleva. Acelera, coño,
¡que me meo!

- Este canutito me ha quedado de lujo. Estoy pensando en ofrecerme al
Lenny Kravitz, tíos. ¿Sabéis que durante una temporada el cabrón
contrató a un notas que lo único que hacía era liarle canutos a todas
horas? Y encima le pagaba mil doscientos euros a la semana, jajajaja.

- Joder, por ese dineral yo le lío los canutos y le limpio el culo
cada vez que cague, no me jodas. Jajajaja. - Comenté alucinado y sin
parar de reír.

- Oye Ñako, al final... ¿Con qué armamento vamos a contar para las
fiestas? - Preguntó Bola mientras encendía sus pulmones con el humo
del hachís.

- Tenemos de todo, tíos... Tenemos....

- Teeeeeeeennnnnnnnnngooooooooooo...... gambas, tengo chopitos, tengo
ensalada very good ¡¡¡aliñá!!! Jajajajajaja. - Roco, conocido también
como el "enano", interrumpió mi frase cantando esta conocida
cancioncilla popular. El efecto de los porros hizo el resto;
estuvimos cerca de cinco minutos riéndonos sin parar. Sin parar y sin
desacelerar, porque cada vez quedaba menos para llegar a Bilbao. A
Bilbao y a su semana grande, llamada ASTE NAGUSIA.

- Bueno... pues eso, jajaja. Que tenemos de todo. He pillado polvos
de éxtasis, pastillas, dos gramos de farlopa y doce de hachís.

- Así me gusta, hijo de puta... Vida sana. Si mi mujer supiera
vuestra cruda realidad, me pide el divorcio según entro en casa. Con
vosotros me juego la hipoteca del piso... – Contestó Bola, fingiendo
estar apenado.
 

77 km.... 51 km.... 20 km..... BILBAO. Un cartel de carretera nos
daba la bienvenida en Euskera "ONGI ETORRI".
 

- Ya entramos en Bilbao, animales. – Anuncié entusiasmado.

Nos íbamos a alojar en casa de mi primo Fernando. Se acababa de
comprar una casa que estaba amueblando y, como él seguía viviendo con
sus padres, amablemente nos la cedió para esos días. Al llegar,
Fernando nos esperaba con su novia, una jovencita de veinte años
enganchada al hachís. Tras las típicas presentaciones, besos y
abrazos, Idoia, la novia de Fernando, comenzó a hacer unos porros de
bienvenida con una técnica que todos alabamos. Según sus propias
palabras, le encantaba estar fumada para ver pasar el tiempo. Curiosa
forma de vida, pero a ninguno se nos ocurrió criticarla; es más, en
ese momento, todos lo agradecimos.

- Iñaki, ven... Te voy a enseñar dónde tenéis todas las cosas.

Seguí a mi primo Fernando, quien me indicó dónde se encontraban todas
las posibles cosas que íbamos a necesitar durante nuestra estancia.
La casa con dos habitaciones era austera en la construcción pero
llena de comodidades; equipo de música espectacular, pantalla de
plasma para ver las olimpiadas, la PlayStation para pasar el rato, el
frigorífico repleto de alcohol y el alimento necesario para pasar los
tres días que allí estaríamos.

- Mira, aquí en este armario tenéis cosas para desayunar, la nevera
está llena y en el congelador hay un gramo de Speed para cuando os
despertéis. (El Speed, como su nombre indica, es una droga que te
acelera y al igual que la cocaína se esnifa, pero sus efectos, si
cabe, son más devastadores).

- Jajaja, joder, Fernando. No cambias... Gracias por todo pero no te
preocupes que necesitaremos pocas cosas; venimos con los deberes
hechos.

- Así me gusta, primo. Yo mañana salgo con vosotros; hoy os toca
descubrir las fiestas sin mí.

- Perfecto, sin problemas.

En cuanto se fue, los tres viajeros decidimos darnos un merecido baño
para relajar las tensiones acumuladas y pasamos el resto de la tarde
fumando porros y bebiendo cerveza, en mi caso con limón, de otra
manera no me gusta. Estuvimos charlando y riendo hasta que a eso de
las nueve de la noche, mi primo y su novia nos llevaron a cenar las
hamburguesas más famosas de Santurtzi.

- Vosotros confiad en mí, yo pido por todos. - Dijo Fernando con autoridad.

A los pocos minutos apareció en la mesa con una hamburguesa con queso
para Idoia, y... con cuatro hamburguesas de “Caballo”. Así se
llamaban.

- La madre que me parió, ¿pero esto qué es? Jajajaja. - Roco reía
mientras me miraba buscando una respuesta.

- Pues comida para animales, es decir, para nosotros. Tú abre la boca
y come. – Le contesté yo.

La hamburguesa de caballo hacía honor a su nombre. Tres rodajas de
pan y en su interior dos hamburguesas, tomate natural, lechuga,
cebolla, queso, jamón cocido, bacon y un huevo frito; esos eran los
ingredientes de la jodida hamburguesa.

- Esto me lo como yo en dos minutos. Fernando, ve pidiéndome cuatro
como ésta, jajaja.- Bromeó Bola.

La verdad es que los cuatro nos comimos las hamburguesas sin mayor
problema; todos somos de buen comer y mejor beber. Regamos la cena
con dos botellas de Txakoli, una especie de vino blanco típico del
País Vasco. Después de cenar, nos fumamos el último canuto con mi
primo e Idoia y amablemente nos dejaron en la estación de tren.

Eran las once de la noche y tan sólo nos quedaban once paradas y
veintitrés minutos para desembarcar en la zona de txoznas, bares al
aire libre en donde se celebran las fiestas de Bilbao.

En el tren, como cada año, pactamos un lugar de encuentro por si
alguno se perdía durante la noche. De todos modos los tres llevábamos
teléfono móvil, pero de esta forma nos quedábamos más tranquilos.

- Tengo los huevos cargados de amor, tíos. Este año no me voy sin
follar de aquí. Preparad los culos porque, si veo la cosa muy negra,
os haré morder la almohada, jajajaja. - Nos amenazó Roco entre
carcajadas.

- Este año follas, Roco. Veo que Iñaki te ha mirado con una extraña ternura.

- Jajajaja, hijo de puta. – Dije, dándole una colleja a Bola.

Por fin llegamos a la estación de Abando, justo en el centro de
Bilbao, y al salir nos encontramos de golpe con la fiesta. Se dice
que las fiestas de Bilbao albergan a un millón de personas
aproximadamente, pero cuando estás allí, metido en el meollo, ese
número parece multiplicarse por tres. Mirases en la dirección que
mirases, sólo veías cabezas, cabezas y más cabezas, y más... muchas
más. Es una sensación acojonante.

Como era el tercer año que acudíamos a la llamada de las fiestas,
fuimos directamente a una de las txoznas que más nos habían gustado
en años anteriores. La txozna en cuestión tiene el nombre de
“MEKAGUEN” y nos gustó especialmente porque había buen ambiente y la
música que pinchaban era variada. Allí podías escuchar a grupos de
corte radical tipo Habeas Corpus o Kortatu, pero también se dejaban
oír canciones de grupos míticos como Los Village People, Sting, etc,
etc.

Después de poner un fondo de cien euros cada uno, Roco, como siempre,
se encargó de administrar el dinero y pedir las consumiciones.

- Empezamos con un poco de cerveza, ¿no? - Preguntó el enano cabrón,
intentando disimular su afición por el Ballantines.

- Sí, cervecita que ahora entra bien; la siguiente tanda ya le
zumbamos al güisqui. - Asintió Bola.

Dada mi poca afición a la cerveza, le dije a Roco que a mí me pidiese
un Katxi de Kalimotxo. El Katxi es el nombre que allí le dan a los
vasos de litro y el Kalimotxo, una mezcla de vino tinto peleón con
coca-cola.

- Ya está el mariconazo éste con el Kalimotxo. - Apuntó Roco.

- Vamos, perra, ¡obedece a tu Amo! - Le dije empujándole contra la barra.

Mientras Roco pedía las consumiciones, yo empecé a trabajar las manos
haciéndome un porrete. Mientras calentaba el hachís, aproveché para
echar un vistazo al personal que nos rodeaba. Había muchísima gente y
gente de todo tipo; salvo un pequeño grupo de punks, casi todos eran
de aspecto normal. Me fijé en un par de chicas de unos veinticinco
años que charlaban animadamente con un tipo bastante feo. De las dos
chicas, la que me gustó fue una de tez blanca, con el pelo liso
recogido en una coleta y una camiseta blanca sin mangas que dejaban a
las claras las intenciones de sus pezones; no eran otras que las de
echar un vistazo, porque sin duda, querían salir de aquella opresión
a los que la camiseta les sometía.

- Vamos, chicos. ¡A beber como putas! - Brindó Roco mientras engullía
la cerveza.

- Canuto listo, mariconas. ¡A beber como putas y a fumar como perras!
– Me uní al brindis de Roco, una vez liado el porro.

Después de ese canuto vinieron dos más y después de la cerveza,
empezamos a consumir Katxis de güisqui con coca-cola.

Me fijé en que la chica de la camiseta blanca, que ya teníamos al
lado, nos miraba. Supuse que miraba el porro y le dije a Bola que se
lo pasase.

- ¿Fumas porros, guapa? - Le invitó Bola con la mejor de sus sonrisas.

La chica sonrió y le dio las gracias mientras cogía el porro y se lo
llevaba a los labios.

Ese fue el momento en el que yo me acerqué, porque nosotros
trabajamos en equipo y no está bien dejar a un compañero de viaje
sólo en ningún momento.

- Hola, yo me llamo Iñaki y él es un maleducado que, sintiéndose más
feo que los demás, no suele presentarnos a las chicas guapas con las
que raramente habla.

La chica soltó una carcajada mientras me daba dos besos y me gritaba
al oído su nombre.

- Yo soy Paula y ella es Olatz.

- Encantado, Olatz; bonito nombre.

Les presenté a Roco y estuvimos charlando con ellas durante un buen rato.

Paula era bastante guapa, tenía unos hermosos labios y un aspecto de
“descuidada” que la hacía realmente atractiva.

Nos comentó que era Argentina y que estaba pasando unos días en
Bilbao, en casa de unos familiares. Es decir, el perfil de mujer con
posibilidades reales de follar.

Después de decirle que me parecía atractiva y que me caía muy bien,
le di un trocito de hachís, en plan enrollado.

- ¡Muchas gracias! Me los fumaré a vuestra salud. – Me agradeció la
Argentina, muy sonriente.

Roco fue a pedir más alcohol y cada vez tardaba más en regresar. El
enano es una persona con una gran facilidad para entablar
conversación con la gente, sobre todo con grupos de mujeres que,
viendo su cara de buena persona, supongo que no ven en él ningún
“riesgo”.
Lo malo es que eso demora enormemente el consumo de alcohol ya que en
el trayecto hacia la barra puede tranquilamente entablar conversación
con más de un grupo, lo que a Bola y a mí nos desespera totalmente.

- ¡Más güisqui para mis niñossssssss! - Gritó cuando por fin regresó.

- Vamos, enano... Que nos tienes secos. Bueno, qué... ¿éstas follan o
no, Iñaki?

- Follar te aseguro que follan, Bola. El problema es que dudo que lo
hagan con nosotros.

Más risas. Más risas y más alcohol.

Durante esos segundos, dimos la espalda a las dos chicas y, cuando
nos volvimos para hablar de nuevo con ellas, la sorpresa fue
mayúscula. Un tío le estaba comiendo la boca a nuestra amiga la
Argentina. Y ¡cómo se la comía!... Allí, delante de todo el mundo,
Paula nos enseñaba durante algunas milésimas de segundo su lengua;
nos la enseñaba durante el corto trayecto de los labios del chico a
su boca. Él, ni corto ni perezoso, no se cortó un pelo y con su mano
sobó las tetas de la Argentina, mientras restregaba su paquete contra
el sexo de Paula.

- Nuestro gozo en un pozo, chicos. - Sentenció un apenado Roco.

- Será puta la tía ésta... Somos unos pringados, joder. Aquí el tema
está en llegar y meter mano; vamos de enrolladetes y así no follamos
ni pagando. - Comentó El Bola.

- Menudo cabrón el tío, como siga así le roba las tetas. - Dije flipando.

- ¿Sabéis qué os digo?... ¡Que se jodan! A beber para olvidar...
Hazte un porro, Iñakín. - Ordenó Roco.

Olvidada la chica Argentina, con sus pezones hirientes incluidos,
proseguimos en nuestra búsqueda de la felicidad basada en el consumo
de ingentes cantidades de alcohol. Los katxis iban cayendo a un buen
ritmo y eso provocó en mí unas irrefrenables ganas de orinar.

- Me meo, tíos. Pero mucho... Voy a buscar algún sitio donde descargar.

Uno de los problemas de las fiestas de Bilbao es la escasez de
urinarios. El ayuntamiento pone varios pero, dado el número de
visitantes, se quedan cortos a todas luces. La gente lo sabe y
aprovecha cualquier sitio para vaciar el alcohol ingerido. Eso
incluye a hombres y mujeres.

A pocos metros de donde estábamos, vi un pequeño jardín rodeado de
otras txoznas. Apenas eran unos cien metros cuadrados cerrados por
dos vallas. Fui directo a una de las vallas en las que otros cuatro
tipos descargaban la vejiga al mismo tiempo.

Normalmente me cuesta bastante orinar cuando estoy rodeado de gente
pero tenía tantas ganas que, a los dos segundos de presentar mi polla
a la valla, empecé a mear relajadamente. Mi sorpresa llegó cuando a
tres metros de mí llegaron dos chicas de unos veinte años. Una de
ellas, la más guapa, una preciosa rubia de pelo rizado, se bajó los
pantalones vaqueros, se puso en cuclillas y se bajó un tanga de hilo
negro mientras su amiga hacía una especie de pantalla para que se
viese lo menos posible.

Aquella imagen me dio muchísimo morbo. Otros años había visto mear a
mujeres en las fiestas, entre los coches, en rampas de garajes,
aunque nunca había tenido a tan pocos metros orinando a una mujer y
menos a una tan guapa.

Me daba vergüenza mirar por miedo a ser descubierto, por eso hacía
miradas breves, de no más de dos o tres segundos, y volvía a mirar a
la valla, centrándome en mi meada. Pero a los dos segundos miraba de
nuevo a esa chica, volvía a ver como el pis salía de su cuerpo y
volvía a ver su cara, hablando con su amiga, ajena a mis miradas y a
las de los demás meadores de la zona. Me puse cardíaco. Me hubiera
masturbado allí mismo tranquilamente pero decidí alejarme, no sin
echar otro vistazo atrás antes de perderla de vista.

- Vengo berraco perdido, tíos. - Exclamé preso de los nervios cuando
me junté de nuevo con mis amigos.

- ¿Qué pasa, cabronazo? ¿Ya te has metido un lonchazo de farlopa o
qué? - Me dijo Bola.

- No, aunque, por cierto, tengo ganas jajaja; ahora vamos. Pero no es
eso, es que he estado orinando en un jardincillo que hay aquí cerca y
una niña rubia preciosa, con uno de esos tangas de hilo, finito,
finito, de los que se les meten por el culo, se ha puesto a mear...
¡a mi lado!

- Vamos a mear, ¡pero ya! Jajajaja. – Imploró el enano.

- Jajajaja, vamos, aunque no creo que siga meando, pero así nos
preparamos unos tiros de farlopa que estoy que no puedo más.

Llegamos al jardín pero, como ya había vaticinado segundos antes, la
rubia no estaba. Bola y Roco fueron a miccionar y yo eché un vistazo
al personal que estaba sentado en el jardín. No vi más que a grupos
de borrachos fumando porros y riendo y no me lo pensé dos veces; me
senté en el suelo y saqué la cartera.

La coloqué entre mis piernas, evitando en lo posible miradas ajenas,
y saqué la papelina. Puse una buena cantidad de coca sobre la cartera
y con el D.N.I. y la tarjeta de la S.S. hice tres buenas rayas.

No me hacía falta probarla para saber que era buena. Era escama,
mucho más pura que la tiza; más cara, pero más efectiva.

- Vaya imagen, cabronazo. Esto es para hacerte una foto, jajajaja -
Dijo Roco en cuanto volvió.

- Venga, dale rápido que esto es un cantazo, tío.

Roco hizo un canutillo con un billete de veinte euros y esnifó la
primera línea de coca. Al poco llegó El Bola y se metió la segunda...
y acto seguido fui yo el que hincó el pie en tierra y, con mi
peculiar estilo farlopero y de un certero golpe, consumí la tercera
raya.

- ¡¡¡Uffffff, la madre de dios!!!!! ¿Pero esto qué es? Jajajaja,
tengo los dientes más dormidos que en el dentista, jajajaja. – Roco,
exultante, no podía parar de reír.

- ¡¡¡¡¡¡¡Ahhhhhhhhhh!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡Vamos a quemar Bilbao!!!!!! - Aullé yo.

- Vaya nochecita nos espera.... ¿¿¿Y vosotros erais los que decíais
que la primera noche de tranqui, que unas copas y a casa??? ¡¡¡¡¡Hoy
follamos!!!!! - Gritó El Bola.

Una vez bien meados y esnifados, decidimos ir a la zona Borroka,
palabra que en vasco significa lucha, y que es una zona de txoznas de
clara tendencia pro ETARRA.

Dado el número de gente, nos costó quince minutos llegar allí. La
música ya no era la misma, sólo se oían por los altavoces a grupos de
corte radical. Todos los temas en euskera, contundentes y coreados
por grupos de borrokas, punks, y skin heads antifascistas. De todos
modos allí encajábamos bien; los tres conocíamos muchas de las
canciones que sonaban, estábamos más borrachos que ellos y nuestras
camisetas, las de Bola y Roco de grupos musicales radicales y la mía
con el slogan ANTIFEIXISTES PER SEMPRE y una hoz y un martillo,
encajaban perfectamente dentro de ese ambiente.

El ambiente era muy abierto; era fácil entablar conversación con las
personas que te rodeaban, siendo habitual pasarse los porros de un
grupo a otro, convirtiendo así el lugar en una gran fumada común.

Allí hablamos con un grupo de Red Skins con muy malas pintas pero
buen rollo. Igor, un enorme Skin de casi dos metros me comentó los
distintos viajes organizados por Herri Norte, la hinchada radical del
Athletic de Bilbao a Madrid. Estuvimos hablando durante un largo rato
de política. Él, un independentista convencido, me hablaba de
represión policial, de torturas y de opresión. Yo le daba mi opinión,
mi visión de las cosas, pero lo mejor es que, a pesar de discrepar en
mucho de lo hablado, nos respetamos. Nos hablamos con respeto y
cuando eso se hace todo es mucho más sencillo. Roco y Bola seguían
empinando el codo mientras yo fumaba porros con los skins.

Igor me presentó a su novia Edurne, una chica con un corte de pelo
estilo Chelsea muy guapa e interesante; me lo pareció menos cuando me
comentó que estaba metida en un juicio por una agresión con arma
blanca. En otro lugar y momento aquella situación me hubiese, cuando
menos, violentado; pero el alcohol y la camaradería con las que nos
trataron, hicieron de aquella charla algo especial. Los skins
hicieron buenas migas con nosotros y nos invitaron a un concierto de
un grupo que yo ya conocía, llamados Skalariak, que se iba a celebrar
esa misma noche en una casa okupada. Como ellos ya salían hacia allí,
nos intercambiamos los móviles y quedaron en llamarnos para confirmar
la hora del concierto.

Mientras esperábamos la llamada, decidimos consumir otro katxi más.
Esta vez acompañé a Roco a la barra y allí pude observar todo tipo de
carteles proetarras así como varias huchas para depositar la voluntad
a favor de la repatriación de lo que ellos definían como presos
políticos vascos.

- Vaya pedo llevo, Ñako. Veo todo doble, la vida es bella... ¡la vida
locaaaa! - Me gritó al oído Roco, completamente borracho.

- Jajajaja, éste es mi Roco, ¡¡con dos cojones!! Estás tan crecido
que en cualquier momento te veo soltando euros en la hucha.

- Una polla, aquí sólo se colabora con la causa del alcoholismo. - Dijo él.

Cuando había pasado ya cerca de una hora sonó mi móvil. Era Igor, el skinhead.

- Oye, en media hora empieza el concierto. Anota la calle, os esperamos aquí.

- Vale... Ahora vamos, hasta ahora.

Emprendimos la marcha hacia el sitio del concierto, mientras nos
íbamos bebiendo el güiski con coca-cola. Estaba cerca de la zona de
fiestas, así que, después de preguntar un par de veces por la calle,
no nos fue difícil encontrar el Gaztetxe o Kasa Ocupada.

El sitio era una especie de nave industrial repleta de punks,
borrokas y grupos de skinheads antifascistas. En las ventanas rotas
ondeaban ikurriñas, banderas okupas y pancartas en contra de los
desalojos.

Rápidamente nos encontramos con el grupo de skinheads que nos habían
invitado al concierto. Allí estaba Igor con su novia y seis o siete
skins y punks más.

- ¡Aupa, Iñaki! – Me saludó, mostrándose contento por el reencuentro.

- Aupa, Igor – Contesté, respondiendo a su saludo.

Rápidamente nos pusieron al día. Nos llenaron de katxis de güisqui,
cerveza y kalimotxo y nos pasaron un par de porros de una marihuana
soberbia.

- Primero tocan los 2dbat y luego cierran los Skalariak. ¡Verás que pasada!

Nos pusimos en primera fila y con los 2dbat llegaron los primeros
pogos, bailes que consisten en soltar el codo y básicamente...
empujarse con los atrevidos que tengas al lado. Todo con muy buen
rollo y levantando rápidamente a las personas que van cayendo al
suelo. Los más atrevidos hacían mosh, o sea, se arrojaban desde el
escenario para caer en los brazos del público. La verdad es que el
concierto estaba muy bien. Tocaron aproximadamente cuarenta y cinco
minutos y entonces salió a escena el grupo estrella, los Skalariak,
un grupo muy conocido en País Vasco que hace una mezcla de ska y punk.

En uno de los parones entre canción y canción, Igor me comentó si nos
apetecía una raya de speed. Le dije que íbamos ya muy cargados, pero
ante su insistencia, no quise hacerle un feo y le dije que de acuerdo.

Sin cortarse un pelo, Igor sacó un papel bastante grande y lo puso
sobre el escenario. Volcó por lo menos un gramo de speed e hizo unas
quince rayas. Aquello era acojonante. Nos pusimos en fila y Roco,
Bola, yo... y el resto de amigos de Igor, incluido él, fuimos
esnifando una a una todas las rayas. Incluso el bajista de los
Skalariak se agachó, dejando de tocar, y esnifó la última raya que
Igor había preparado para ellos.

El subidón fue espectacular. Roco y Bola se subieron al escenario y
allí encima bailaron durante unos segundos hasta que decidieron
saltar sobre el público. Una hora más tarde el concierto terminaba y
nosotros iniciábamos una buena amistad con los skins.

La gente empezó a abandonar el Gaztetxe y entonces Bola nos pidió
volver al Mekaguen ya que, según él, le quedaban como máximo dos
horas de posible erección y allí, con los skinheads, entendía que las
probabilidades de mojar eran mínimas. Decidimos hacerle caso y
emprendimos la marcha tras fundirnos en un abrazo con nuestros
cicerones.

Cuando estábamos a mitad de camino, observamos como una gran masa de
gente se arremolinaba en torno a una especie de caseta. Estaban
emitiendo en una pantalla un video proetarra en el que se veían
cargas policiales, fotografías de presos torturados, distintas
cárceles de la geografía española y fotografías de gente como los ex
presidentes Aznar, González y otro tipo de personajes como Amedo, el
guardia civil Galindo e incluso el rey de España, enmarcados todos en
un punto de mira. La cosa era bastante solemne; junto a la pantalla y
los altavoces, de los que salía una música funeraria, dos jóvenes
enarbolaban unas ikurriñas con un crespón negro, mientras el público
asistente levantaba el puño y daba vivas a ETA. Si ya de por si esa
visión acojonaba a cualquiera, para mí lo más impresionante fue ver a
tres mujeres de unos cincuenta años de edad subidas en la barra de
una txozna cercana y enseñando a los asistentes sendas banderas con
el lema EUSKAL PRESOAK - EUSKAL HERRIRA. Pensé que muy probablemente
sus hijos serían presos etarras y un escalofrío recorrió todo mi
cuerpo. Pensé en su realidad, tan distinta a la visión que del
conflicto Vasco se tiene en el resto de España. Incluso pensé en el
amor ciego de esas madres que ondeaban orgullosas unas banderas que
exigían la repatriación de sus hijos, dispersados por las diferentes
cárceles del estado español.

Me quedé en blanco durante unos segundos al igual que mis compañeros.

- Vaya bajonazo... Vámonos de aquí que igual se lía. - Dijo un
extrañamente sereno Roco.

- Sí, será lo mejor, porque se me ha bajado el pedo de golpe. – Le apoyó Bola.

- Qué fuerte es todo esto, tíos... – Añadí con la mirada perdida.

Proseguimos la marcha y, al llegar al jardín en donde horas antes
habíamos meado, decidimos hacer una segunda parada. Después de
evacuar una mínima parte de lo bebido y cuando Roco y Bola partían
hacia el MEKAGUEN, los detuve en seco.

- ¡Quieto parao! Vamos a probar una cosita que tengo aquí. Creo que
lo necesitamos, jajaja.

- Utilízame, Ñako. Ahora mismo eres mi científico particular y yo un
conejillo de indias dispuesto a que experimentes conmigo. - Dijo Roco.

- Habló la oveja Dolly. - Sentenció El Bola.

- Que te jodan... - Le contestó Roco.

- Esto con calma, son polvos de éxtasis. Os mojáis el dedo con
saliva, lo metéis en el tarrito y luego os lo chupáis. – Y continué
dándoles detalles de los increíbles efectos de lo que íbamos a
consumir.

Los tres chupamos nuestros dedos y en un maquiavélico brindis los
juntamos y le dimos cada uno a chupar al que teníamos a la izquierda.

- ¡Por nosotros! - Dijimos los tres a la vez.

El subidón fue inmediato y brutal. Los polvos de éxtasis se adueñaron
de nuestras mentes y reímos a carcajadas con cualquier tontería
durante un buen rato. El corazón se aceleraba al mismo tiempo que
nuestras ganas de diversión descontrolada, disfrutábamos estando en
la cresta de la ola y aquello era un descontrol.

En pocos minutos estábamos bailando en el Mekaguen al ritmo de Los
Village People, riéndonos con los bailes que unos travestis subidos
en una especie de podiums hacían. Bailábamos alocadamente siendo el
centro de atención; la gente alucinaba al vernos y durante un buen
rato charlamos con diferentes grupos de personas. Pero fue con uno
formado por tres jóvenes con los que decidimos compartir hachís y
charla.

Ellos eran Unai, Javier y Koldo. Tres chavales que apenas superaban
los veinte años y que estaban completamente borrachos. A los pocos
minutos aparecieron dos chicas... Justamente la rubia de tanga de
hilo que horas antes había orinado a mi lado y su amiga, la que hacía
de cortina para evitar miradas obscenas como la mía.

Unai me presentó a la rubia.

- Mira Iñaki, esta es Maider, mi novia... ¿A que está buenísima?

- Está más buena que tú, eso desde luego. Hola, Maider, encantado.

- Hola, guapo... ¡Dile a Unai que deje de beber ya!

- Ni hablar de eso; mis amigos han ido precisamente ahora a por más
güisqui y creo que el nombre de uno de los katxis es el de Unai,
jajajaja.

No me lo podía creer, menuda coincidencia. La rubia meona que horas
antes me había puesto cardíaco estaba junto a mí, con una borrachera
importante y pidiéndome papel para liarse un porro.

Roco y Bola llegaron con refuerzos alcohólicos y Unai se lanzó a por
ellos, lo cual me pareció estupendo sobre todo porque me dejaba a
solas con Maider. Su amiga, de nombre Bea, charlaba animadamente con
Bola y otro de los amigos de Unai.

- Bueno, y cuéntame.... ¿Qué te parecen las fiestas? - Me preguntó la
rubia mientras encendía el porro que se acababa de liar.

- Acojonantes. Ya las conocíamos; este es el tercer año que venimos,
pero hasta ahora no habían sido lo mismo.

- ¿A qué te refieres?

- Pues a que hasta ahora no había tenido la suerte de charlar contigo.

- Jajaja, eso se lo dirás a todas... Mira que sois los madrileños...

- No creas... Bueno, sí. Os digo a todas lo mismo, pero a las demás
les miento.

- Joer.... ¿Y ahora yo qué digo?

- Nada, me basta con que sonrías... Y si ya me pasas el canuto, en
cuanto llegue a Madrid te juro que rompo la Cibeles y te pongo a ti
allí de monumento.

- Jajajaja.... Menuda labia tienes, guapo. Dime una cosa.... ¿Te ha
gustado mucho?

- ¿Perdón? – No entendía a qué se refería.

- Sí... Que si te ha gustado mucho... verme mear.

La frase era lapidaria, me puso contra las cuerdas y, ante lo que sin
duda era una situación delicada, decidí tirar por la calle del medio.

- Pues... sinceramente ha sido lo mejor de toda la noche. Tienes un
mear muy bonito y femenino.

- Pues, ¿sabes qué? Que me estoy haciendo pipi otra vez... ¿Me acompañas?

En ese momento me quedé helado, sin saber muy bien qué decir. Tan
sólo acerté a decir una tontería.

- Claro... pero... ¿y Unai? Lo mismo se mosquea si te acompaño.

- No te preocupes por Unai, está completamente borracho hablando con
tu amigo el pequeñajo y ese par de zorrones que no sé quiénes son.

- Pues... te sigo...

La rubia me cogió de la mano y lentamente fue guiándome mientras
avanzábamos entre el gentío hacia el jardín. Desde esa privilegiada
posición, caminando detrás de ella, me dediqué a estudiar su cuerpo.
Una preciosa melena rubia rizada caía sobre sus hombros hasta media
espalda. Continué bajando la vista hasta llegar a la cintura estrecha
de piel blanca que asomaba entre el top que llevaba y los pantalones.
Un poco más abajo, en los vaqueros y en cómo marcaban su bien formado
culo, se centró mi mirada. Casi sin pensar, adapté mi paso al ritmo
que marcaba la tela del vaquero tensándose y destensándose sobre sus
nalgas.

Cuando ya salimos de la multitud y una vez bien recreada la vista, me
adelanté hasta ponerme a su lado.

- Oye, ¿te apetece una raya? - Le pregunté a la rubia.

- ¿Y a ti verme mear de nuevo?

- Ya sabes que sí, a eso he venido. Yo me voy a poner una, ¿quieres?

- Claro, pero cortita.... Que me pongo muy loca con la coca.

- Yo también; me pongo loco con la farlopa y con la idea de verte
mear, fíjate qué cosas.

Nos sentamos en el suelo y preparé las dos rayas. La verdad es que
Maider me gustaba mucho; físicamente era muy atractiva y toda la
situación de estar allí en aquel jardín a punto de ver cómo orinaba
delante de mí sin que su novio supiese nada... me aceleraba.

Maider esnifó su raya y yo la mía; otro subidón se acercaba...

- Voy a aprovechar ahora que no hay nadie meando... Anda, ven y me
tapas un poco, no vaya a haber otro mirón como tú, jajaja. – Maider
rió mientras se levantaba.

Fuimos a la esquina y me puse delante de ella. Me temblaba todo;
tenía ganas de follármela allí mismo...

- Tú ponte aquí. - Me indicó mientras se bajaba los vaqueros.

Se puso nuevamente en cuclillas y se bajó hasta los tobillos aquel
minúsculo tanguita... Empezó a mear mientras yo no le quitaba ojo y
notaba cómo mi polla, a pesar del alcohol y las drogas, despertaba
sin contemplaciones.

- No te cortes, mirón... Si te gusta mirar... mírame... - Me dijo sonriendo.

Y miré, vaya que si miré. Ya sin ningún disimulo, clavé mis ojos en
su coñito y aprecié como un chorro de pis de color casi transparente
salía de él. Iba completamente rasurada, sus piernas eran largas y la
visión de su cuerpo y de ese tanguita en los tobillos me estaba
volviendo loco. Me imaginé debajo de ella, recibiendo esa lluvia
dorada caliente en mi cuerpo, bañándome en su orina y deleitándome
con aquella excitante visión. Saber que a ella le gustaba ser
observada por mí añadía, si cabe, un impulso a mis pervertidos deseos.

- Qué suerte tiene tu novio... – No pude evitar decir mientras me
mordía los labios.

- Shhhh.... No me hables de él que me da bajón. - Pidió ella.

A los pocos segundos terminó, se levantó rápidamente y se colocó el
tanga y los vaqueros.

- Y tú... ¿no tienes ganas de mear?

- Pues... sí. La verdad es que sí. Pero contigo delante me da que voy
a ser incapaz.

- No te preocupes, no miro si no quieres.

- ¿Tú quieres mirar?

- Sí, sí quiero... Yo también soy una mirona.

- Pues mira entonces...

Me pegué a la valla y saqué mi polla en estado de semierección.
Intenté concentrarme en mi misión, pero no pude evitar mirarle a los
ojos y ver cómo ella hacía exactamente lo mismo que yo había hecho
segundos antes, es decir, vi cómo clavaba sus ojos en mi polla.

Empecé a mear y lo hice durante un buen rato. Excitado, aturdido por
todo lo que allí estaba pasando.

- Espera... Creo que necesitas ayuda - Me dijo Maider.

Y acto seguido, sujetó mi polla con sus dedos; lo hizo de una manera
delicada, sensual, acariciándola levemente mientras meaba,
masturbándome sin casi querer hacerlo y mi polla, justo en el momento
en el que dejé de orinar, comenzó a crecer de una forma escandalosa.
Maider olvidó la delicadeza de sus dedos y pasó a aferrarla toda con
su mano; me estaba masturbando allí, delante de bastante gente que,
en ese momento, yo desconocía si miraban o pasaban del tema....

- ¿Vamos a la ría? – Me susurró Maider al oído.

- Sí... claro... vamos...

Nuevamente me llevó de la mano entre la multitud, pero esta vez fue
distinto. Mientras caminábamos, la misma Maider fue guiando mi mano
por todo su cuerpo con descaro. Primero hizo que mi mano recorriese
su cintura, subiendo lentamente hacia sus pechos que fueron amasados
por mí con fuerza y deseo. Metros después hizo descender nuevamente
mi mano, llevándola hasta su tripa y bajando nuevamente hasta su
sexo, un sexo que pude acariciar por encima del pantalón,
imaginándomelo húmedo y excitado. En ese momento giró su cabeza y
agarrándome de la nuca, hundió su lengua en mi boca mientras mis
manos se deleitaban con el tacto de su prieto culo cuasi adolescente.

Seguimos avanzando lentamente y no sin dificultad hasta llegar a una
valla que daba a la ría; al llegar allí Maider paró en seco, se giró
y me dijo:

- Ahora, si quieres metérmela, toca hacer un poco de alpinismo.

- Te tengo tantas ganas que ni el mismísimo K-2 podría frenarme....

Con un poco de mi ayuda, Maider saltó la valla y desapareció de mi
vista. Detrás de ella salté yo y al caer al suelo me encontré con una
pequeña ladera en pendiente de unos cien metros cuadrados que daba a
la ría y en la que varias parejas retozaban.

- Aquí estaremos tranquilos, no te preocupes por la gente... Aquí se
viene a lo que se viene. – Me dijo Maider con una sonrisa pícara.

La puse contra la valla y nos besamos apasionadamente. Ya sin
necesidad de su guía, exploré todo su cuerpo con mis manos, dedicando
una especial atención a sus pechos; unos pechos firmes que al notar
el roce de mis dedos alcanzaron una brutal dureza.

Comenzamos una lucha por despojarnos de toda ropa al tiempo que
nuestras lenguas se buscaban sin necesidad de tocar los labios.
Maider encontró descanso apoyando su espalda en la valla y
agarrándome de la cabeza me obligó a enfrentarme a sus pechos; los
chupé por encima de la camiseta, mojándola de saliva y violentando
unos pezones que se marcaban con total nitidez a través de la fina
tela que los cubría. Ella misma se despojó de la camiseta y el
sujetador y yo, después de deleitarme con la visión de aquellas dos
tetas que retaban a las leyes de la gravedad, me lancé a chupetear y
mordisquear sus exultantes pezones.

- ¿Tienes un condón, Maider? – Pregunté ansioso.

- Sí... sí tengo... Sigue, ¡no pares, joder!

Ella misma desabrochó sus pantalones y empujándolos con las manos,
los dejó caer al suelo. Con mi mano izquierda sujeté su cabeza por la
nuca y con la derecha emprendí un viaje a sus infiernos. Primeramente
acaricié su sexo por encima de la tela de sus braguitas sin dejar de
comerle la boca. Después, en un movimiento más pausado, me deleité
acariciando y amasando su culo, abriéndolo y hurgando en su agujerito
a lo que ella respondió emitiendo un gemido entrecortado, seco y
acelerado.

- Méteme el dedo...

Y eso hice; primero lo llevé a su boca dejando que lo lamiese durante
unos segundos, aprisionándola contra la valla metálica y pegando mi
cuerpo al suyo. Cuando Maider hubo empapado mi dedo con su saliva, lo
llevé de nuevo a su retaguardia y lentamente pero con decisión fui
hundiéndolo en su trasero, dando fuertes empujones que hacían que
ella con cada embiste diese un respingo.

Aquello me gustaba, pero estaba loco por probar su néctar y, sin
sacar mi dedo de su culo, fui dejando caer lentamente mi cabeza,
saboreando su barriga, deteniéndome en su ombligo y jugando con el
piercing que lo adornaba. Dejé un reguero de saliva descendente que
culminó en un profundo lametón a sus bragas.

Con la mano que me quedaba libre, aparté la fina tela y me encontré
de bruces con aquello que tanto deseaba; mi lengua, sabia en estas
lides, merodeó por los rincones más íntimos de Maider, retrasando lo
inevitable y consiguiendo que ella alcanzase la excitación máxima
antes de regalarle el primer lametón en el corazón de su clítoris.

La chica estaba empapada y mi excitación se acercaba a los límites de
lo razonablemente sano. Abandoné su cavidad anal y decidí centrarme
en lo que estaba haciendo y ella más agradecía. De un tirón la dejé
sin bragas, dejándolas a la altura de sus tobillos, junto con sus
pantalones, y recreándome con la visión de aquel coñito lleno de
deseo.

Separé sus labios y recorrí toda su vagina de abajo a arriba,
empapándome de ella y presionando con mi lengua su clítoris en cada
viaje. Ella, lentamente se dejó caer, arrastrando su espalda por la
valla y quedando finalmente sentada en el suelo... Me arrodillé ante
ella, acabé de quitarle las bragas y los pantalones y con mis manos
separé aún más sus piernas hasta quedar abierta de par en par,
permitiéndome así una total libertad de movimientos que aproveché
para introducir mi lengua en su sexo, comenzando así a follármela de
aquella manera.

A los pocos segundos me detuvo y dijo:

- Espera, espera... No aguanto más, madrileño.

Buscó en uno de los bolsillos de su pantalón un preservativo y
torpemente me lo colocó en el pene. Arrodillado, agarré sus
extremidades por los tobillos y las apoyé sobre mis hombros, cerrando
así sus piernas, lo que me permitiría, al penetrarla, sentirla
plenamente.

La entrada fue brutal; mi polla fue metiéndose de lleno en su coño al
tiempo que ella mordía sus labios y gemía cada vez con más
insistencia. Comencé un vaivén en el que nuestros sexos se atrapaban
el uno al otro ajenos a lo que nuestro alrededor sucedía. Su sexo
desprendía un calor que me abrasaba y al oírle susurrar "Más...
más... más..." me centré en su placer y no en el mío. Deslicé mi
polla hasta el fondo para acto seguido, sacarla casi por completo de
su sexo, manteniéndome unos segundos quieto antes de volver a
hundirme en Maider. Mis manos recorrieron la suave piel de mi amante
hasta aferrarse a sus caderas; una vez allí, la sujeté con fuerza y
comencé a follármela con todas mis fuerzas. Los dos nos miramos a los
ojos, sonriendo levemente al ver los gestos de placer del otro,
disfrutando con cada mueca y cada gemido, haciendo de ese momento
algo único e inigualable.

- ¡Qué bien me estás follando, madrileño!.... Cuando te vayas a ir,
hazlo en mi boca...

Maider pellizcaba sus pezones con fuerza, consiguiendo así que todo
aquello me resultase más morboso aún. Sus labios eran mordisqueados
por sus dientes y los otros, los de abajo, se acoplaban a mi sexo
mordiéndolo con cada embestida, haciendo que el roce me provocase
amagos de orgasmo con cada empuje. A duras penas pude mantener la
cadencia adquirida durante unos segundos y sintiendo que mi orgasmo
se avecinaba, introduje mi polla en su sexo una vez más,
manteniéndola en lo más profundo de su ser y permaneciendo quieto
durante unos instantes en los que me dediqué a recrearme en la visión
de su cuerpo desnudo... hasta que no pude más y salí. Me arranqué el
condón y poniéndome de pie acerqué mi polla a la boca de Maider. Ella
logró el orgasmo masturbándose con sus dedos mientras engullía mi
polla, saboreándola y recreándose en una mamada maestra.

Su lengua lamía mis huevos y ascendía por el tallo de mi pene hasta
llegar al capullo, donde jugueteaba con su lengua en un zigzag
interminable y delicioso.

- Me voy a correr... – Acerté a decir.

Y entonces Maider se metió por completo mi polla en la boca,
esperando mi descarga final que llegó sin previo aviso. Oleadas de
placer hicieron de mi cuerpo un puro escalofrío mientras ella
acertaba a tragar todo el semen que de mí brotaba, hasta que segundos
después, exhausto e incluso mareado, me dejé caer en el suelo junto a
ella.

Allí tendidos nos dimos un medio abrazo avergonzado que acabó en un
beso algo frío dado lo que allí había sucedido. De la pasión anterior
sólo quedaron pequeños retazos esculpidos a golpe de beso, pocas
palabras y un sentimiento extraño para los dos.

Fue entonces cuando recordé a mis amigos y ella a su novio.

Miré mi móvil y tenía tres llamadas perdidas de Bola.

- Mierda... Espera que les llamo.

- ¿Dónde estás, cabronazo?

- Ahora te cuento, tío... ¿Cómo está el tema por allí con el Unai ese?

- Tranquilo jajaja; se ha ido con sus colegas a otro lado hace un
rato. Nosotros estamos con la amiga de la rubia... Estás con ella,
¿no?

- Sí, sí... Ahora mismo vamos.

Cuando llegamos, vi como Bola se estaba enrollando con Bea; Roco,
para variar, hablaba con un grupo de chicas animadamente. Y para
variar también, ambos tenían en sus manos el elixir de sus vidas,
Ballantines con coca-cola.

- ¡Ese es mi Roco! - Dije mientras le abrazaba.

- Jajaja, ¿qué pasa, chiquitín? Llevas una hora de pendoneo... Habrás
mojado el calamar, ¿no?

- Jajaja, sí, se ha dado un buen baño de multitudes... Ya te contaré.
Oye, la rubia y su amiga, muy a pesar de Bola, se van a casa y yo
tengo un hambre del carajo. ¿Nos tomamos un bocata en el TXOMIN,
aquel bar de los bocatas?

- Por mí vale. – Aceptó Roco.

Al despedirnos de Bea y Maider, ésta me cogió de la cintura y pegando
sus labios a mi oído me dijo...

- Encantada de conocerte, mirón. Suelo mear todos los días en el
jardín ese... Así que igual volvemos a mirarnos.

- Eso está hecho. Te prometo que todas mis miradas te buscarán a
partir de ahora.

Nos dimos un beso en la boca y enseguida Bola, Roco y yo nos
despedimos de ambas.

- Soy un desgraciado... No me jodas. Menudo calentón llevo. – Se
quejó un malhumorado Bola.

- Tranquilo, yo de mirarte a ti y de imaginar a Iñaki con la rubia,
te aseguro que voy más salido que tú, jajajaja. - Contestó Roco.

- Venga, vamos a por un bocata - Dije tirando de ellos.

Justo antes de llegar al bar de los bocadillos, nos topamos con un
concierto de un grupo radical que cantaba en euskera. No entendíamos
nada de lo que cantaban, pero la música era contundente.

- Hostia, cómo molan. Vamos a verlos un rato. – Les propuse.

Había empezado a llover ligeramente por lo que no había demasiada
gente viendo el concierto. Era increíble el ruido que hacían. La
batería se te metía en los oídos con cada golpe y las guitarras y
voces guturales de los dos cantantes eran ráfagas de odio que se te
clavaban en la cabeza.

Allí nos fijamos en una chica que, en claro estado de embriaguez,
bailaba alocadamente junto al escenario. Cómo no... Roco empezó a
hablar con ella mientras Bola y yo nos fumábamos relajadamente otro
canuto más.

Después de un par de canciones, Roco se acercó a nosotros muy ilusionado.

- Cómo mola esta tía, jajaja. Es francesa y casi no habla español...
¡Está buenísima, dios!

La verdad es que la chica tenía su atractivo; llevaba un piercing en
la nariz y vestía una camiseta negra que marcaba unas enormes tetas.

- Me ha preguntado si tenemos drogas; dame algo de coca para
invitarla. - Dijo el enano.

Saque del bolsillo la papelina y se la di.

- Toma, pero deja algo para nosotros, jajaja.

- Os la voy a presentar.

Roco trajo a la francesa y ésta nos dio las gracias por la coca en un
castellano muy malo, lo que unido al nivel sonoro del grupo musical
hacía casi imposible entenderse con ella.

- ¡Ahora tú y yo nos vamos a meter un raya, guapa! - Gritó Roco a la francesa.

- Sí... Yo te chupo polla si tú querer, ¡gracias! – Contestó ella
también a gritos.

- ¿Qué dices? – Le preguntó Roco.

Joder con la francesita, pensé.

- ¡¡¡Dice que te va a chupar la polla en agradecimiento!!! Jajaja -
Le grité al oído a Roco.

- ¿Qué? No entiendo nada con esta puta música, joder.

Entonces me acerqué a la chica para hacer de intermediario.

- Dice que vale, que sí. ¡Que tú chupar su polla, guapa y que “Vive
la France”!

La francesa me sonrió y me levantó el pulgar en un gesto de aprobación.

- ¿Qué coño dice, hostia? – Volvió a preguntar Roco gritando aún más.

- Dice que vayáis a poneros la coca allí, detrás de ese contenedor de
basura que está pegado a la ría.

- ¡Vale! ¡Ahora venimos!

La francesa llevó de la mano a Roco detrás del contenedor mientras
Bola y yo seguíamos viendo el concierto.

- Mira el enano, jajaja, le van a chupar la polla al muy cabrón
jajaja - Le grité al oído a Bola.

- ¡¡¡¿¿¿Y eso???!!! - Preguntó Bola, intrigado.

- Debe de ser un agradecimiento muy común en Francia jajajaja – Le
contesté riéndome.

Detrás del contenedor asomaban las cabezas de Roco y la francesa y
segundos después ambas desaparecieron. Estarán arrodillados esnifando
la coca, pensé.

Un momento después las cabezas de ambos aparecieron de nuevo, riendo.
La francesa le plantó un beso en los morros y volvió a hincar la
rodilla; ya sólo se veía la cara de Roco y por los gestos de su cara,
sin duda la francesa había empezado a comerle la polla.

Bola y yo nos descojonábamos viendo la situación. La verdad es que
ambos sentíamos envidia al ver su expresión, pero los dos nos
alegramos de ese momento especial que nuestro amigo estaba viviendo.

Decidimos acercarnos con disimulo para observarles sin ser vistos.

La francesa nos daba la espalda y tapaba parte del cuerpo de Roco, de
manera que de él no veíamos nada más que sus gestos de placer. La
escena era morbosa; ante nuestra mirada teníamos el perfecto culo de
la chica y los suaves pero decididos movimientos de su cabeza en un
vaivén glorioso. Era evidente que también ella estaba disfrutando de
la mamada, porque se subió la falda, enseñándonos sus braguitas, y
empezó a acariciarse su sexo. Nos resultó muy excitante ver cómo ella
se masturbaba mientras le comía la polla a Roco. Metía sus propios
dedos en su humedad y gozaba cada segundo mientras daba placer a
nuestro amigo. A nuestro amigo y, sin saberlo, también a nosotros
porque ver aquella mamada hizo que mi sexo despertase.

Para evitar ser vistos y joderle el rollo a Roco, decidimos volver al
concierto y dejar allí solos a los tortolitos.

A los pocos minutos la francesa estaba de nuevo bailando junto al
escenario, mientras Roco permanecía allí, impasible detrás del
contenedor.

Segundos después volvió y me gritó al oído.

- ¡¡¡¡Si te cuento lo que me ha pasado, no te lo crees en tu puta
vida!!!! ¡¡Vámonos de aquí, jajaja!!

- Seguro que me lo creo, ¡no te preocupes jajaja! – Le contesté
uniéndome a sus risas.

Eran ya las siete y media de la mañana y cada vez quedaba menos gente
en las fiestas, aunque el número todavía era importante.

Al llegar al TXOMIN BOCATA, cada uno nos comimos un bocadillo de lomo
con pimientos verdes, queso y cebolla. Más que comer, engullimos,
porque a esas horas el hambre y el cansancio eran ya notables.

Y así se nos hizo de día, fuimos caminando lentamente por la calle,
esquivando vasos de plástico, botellas rotas, vómitos y borrachos.
Decidimos sentarnos a descansar junto a la ría mientras nos hacíamos
el último porro. Allí dimos un repaso a lo vivido en esa primera
noche, entre risas, abrazos y amistad; una amistad sincera, de las de
verdad.

- ¿Sabéis una cosa? Creo que os quiero más que a mi vida. – Dijo Bola
con la mirada perdida en el agua.

- Lo sabemos, chiquitín. Nosotros también nos queremos a nosotros
mismos, jaja. – Sonrió Roco.

- Tú siempre tan tierno, enano de los cojones. Como te pongas tonto
te demuestro todo mi amor entre las sábanas. - Replicó Bola.

- Umm... Qué mal suena eso; fingiré que no he oído nada... - Dijo Roco.

- Ha sido una larga noche y creo que es hora de ir a casa ya, tíos.
Espero que no se me olvide nada de esta noche; en cuanto llegue a
Madrid me pongo a escribir un relato de todo esto... Lo prometo.

Eran las nueve de la mañana del primer día en la ASTE NAGUSIA.

Lo prometido es deuda.

Dominance
 
 

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