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Era medianoche cuando una voz masculina me preguntó si me llevaba a casa. Me costó unos instantes recordar dónde estaba, tuve esa sensación extraña de no despertar en mi cama. Abrí los ojos y le vi delante de mí, era Alex, el padre de Marc, quien se ofrecía a acompañarme.Nos habíamos quedado dormidos en el sofá, viendo la misma película de dibujos de todos los viernes. Sabíamos de memoria todos los diálogos, y entre risas y cuentos inventados para Marc, apostaría que yo fui quien se durmió antes.
Marc, tumbado encima de mi pecho, todavía seguía dormido. Su padre le cogió en brazos para llevarlo a su habitación. Mientras, fui al baño a lavarme la cara y despejarme un poco. Miré el reloj y sus agujas marcaban las cuatro de la madrugada.Al regresar, Alex me esperaba en el salón. Me gustó la sensación de verle allí de pie, esperándome. Por un momento sentí que me miraba distinto de otras veces. Que recorría mi cuerpo con sus ojos, como si me viera por primera vez. Quedándose absorto, sin importarle que yo me diera cuenta. De mis ojos a mis labios, bajando lentamente por mi cuerpo. Descansando en mis pechos un instante, que se insinuaban debajo de la camisa blanca anudada por encima del ombligo. Deteniéndose un momento en mi cintura desnuda. Observando el movimiento de mis caderas al andar. Perfilando mis piernas con su mirada, hasta quedarse hipnotizado en los cuadros blancos y negros de mi corta falda, que se subía rebelde al caminar.
Tan sólo fueron unos segundos, pero me hizo sentir un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. “Vaya tontería”, pensé mientras me acercaba más a él. Para mis dieciocho años era un hombre inaccesible, e inalcanzable poder tenerle una noche entre mis piernas. Seguramente eran las ganas que yo tenía de que se fijara en mí como mujer y que no me viera como la canguro de hijo. Él me atraía desde hacía tiempo, imagino que desde la primera vez que le vi.
Era uno de esos hombres prohibidos que me dan morbo. Siempre con una sonrisa amable. Atractivo, inteligente, educado, con sentido del humor. Un físico imponente que desbordaba sensualidad en todos sus gestos. No sé si eran aprendidos, o espontáneos, pero expresados con la seguridad de que podía despertar el interés de cualquier mujer.
Treinta y cuatro años. Casado, con una bella esposa, y un niño precioso. El candidato idóneo para tener una aventura de una noche salvaje. Sexo por sexo. Una noche de vicio, donde lo entregas todo, y saber con seguridad que a la mañana siguiente no te acosaría llamándote.El ascensor tenía un acceso directo hasta el parking. Yo iba medio dormida y bajamos en silencio. Subimos al coche y nos dirigimos a mi casa. Estábamos en la zona alta de Barcelona, las calles estaban casi vacías a esa hora. Nos encontrábamos todos los semáforos en rojo, el trayecto se hacía más largo, pero no me importaba.
Alex inició la conversación, rompiendo el silencio que se respiraba. Ni recuerdo de lo que empezó a hablarme, seguramente cosas banales que se dicen cuando no sabes que decir. Hasta que empezó a hacer preguntas sobre mí. Al principio eran preguntas inocentes, sin doble sentido, al menos eso me pareció. Le respondía sin mirarle. La conversación iba animándose, cada vez era más fluida. Fue cuando me hizo una pregunta sobre sexo. Me giré sorprendida. Me miraba confiado de que me había puesto nerviosa. Le sonreí pícaramente y le solté una respuesta descarada.
Entonces empezó el juego. Preguntas directas sobre sexo a las que obtenía respuestas que le arrancaban la risa. Mi aspecto no debía ser de lo más sexy en ese momento; con cara de sueño, sin un ápice de pintura en la cara, y con la ropa descolocada. Bajé el espejo para mirarme y con los dedos peinarme un poco. Él me miraba de reojo diciéndome que no hacia falta, que despeinada tenia un encanto especial.
Su voz sonaba calmada, segura, con una irresistible autoridad que iba excitándome poco a poco, sin darme cuenta. Y cada vez más, iba creándose un ambiente de sensualidad propiciado por los dos.
Entre risas e insinuaciones, en tono de bromas, habíamos llegado a mi casa. Detuvo el coche. Los dos enmudecimos y nos envolvió el silencio. Un silencio cargado de excitación. Volvió a fijarse en mi cuerpo, pero esta vez su mirada me decía muchas cosas más. Yo también le miraba, seguía a sus ojos esperando su despedida. Quizás no era eso lo que quería. Esperaba un gesto que me indicara que aquel juego que habíamos iniciado seguiría, y que acabaríamos la partida.
De repente, metió su mano entre mis piernas, dejándola quieta, escondida debajo de mi falda. Al principio me quedé rígida, con la respiración cortada, mirándole sin poder reaccionar. Subía y bajaba la mirada, de mis ojos a mi boca, sin decir nada. Era un silencio tenso que me lo decía todo. La seguridad con la que él se abalanzó sobre mí me cohibía. Mi indecisión no duró mucho, apenas unos segundos. Le correspondí acercando mi boca a sus cálidos labios, sin llegar a rozarlos. Respirando de sus ganas, ofreciéndole las mías.
Su cara a un centímetro de la mía, con el brillo en su mirada reflejando deseo y complicidad. La brisa de su aliento acariciándome. Tomó mi cara entre sus manos y me dio un ligero beso en los labios. Después sonrió haciendo una mueca traviesa. Podía leer lo que él deseaba... Sexo. Yo no podía resistir lo que sus ojos me pedían y sucumbí a la tentación. Entreabrí mi boca y nos besamos. Las lenguas se rozaron. Lamía mis labios, los mordisqueaba, volvía a penetrar mi boca con más fuerza. Besos, lentos y profundos.
Sabía que aquello no estaba bien, pero era más fuerte la excitación que me provocaba esa situación. Le deseaba. Deseaba que siguiera. Cerrar los ojos y abandonarme a la sensación de vértigo de aquella aventura. Saciarnos de esa locura y enloquecer juntos.
Estaba totalmente entregada a ese morbo. Las ganas de que me follara me encendían por dentro.
Salimos del coche y nos metimos en el portal de mi casa, buscando un lugar improvisado para dar rienda suelta a la pasión. En la escalera, en el hueco que quedaba justo detrás del ascensor. El riesgo de que alguien nos oyera lo hacia más excitante, pero era difícil que nos descubrieran, era ya muy tarde. Así, que mientras ellos dormían, nosotros íbamos a jugar con los límites del deseo. En un rincón que nos esperaba para escondernos de la moralidad. Dispuestos a enseñarnos el vicio que emanaba de nuestros cuerpos.
Le pedí que me desnudara. Desabrochó los botones de mi camisa, dejándola completamente abierta. Me fascinó la habilidad con la que iba desnudándome. Hacia que cada botón que me desabrochaba, en cada movimiento del roce de la ropa me regalara una caricia en mi piel sedienta. Estaba excitadísima.
Me acarició el vientre lentamente, trazando círculos en torno a mí ombligo. Sus dedos fríos multiplicaban mis sensaciones. Tomó mis pechos en sus manos abiertas, ahuecó sus palmas para apretarlos con suavidad, dejando a los pezones escapar entre sus dedos. Los estrechó entre el índice y el pulgar, los iba estirando lentamente mientras me miraba. Yo contenía la respiración con una sensación de placer inmensa, arrancándome los primeros suspiros de placer.
El contacto de sus manos frías encendía fuego en mi piel. Deseaba que siguiera tocándome. Sus caricias me estremecían.
Sus manos bajaban por mi espalda para tomar posesión de mi culo. Yo mordía mis labios en silencio, sintiendo como la pasión se apoderaba de mí. Uno de sus dedos acarició mis labios, saqué mi lengua para lamerlo. Se lo chupaba con las mismas ganas que deseaba su polla, mientras él apretaba mis nalgas y me pegaba contra su cuerpo.
Su mano se deslizó por debajo de mi falda, acariciándome entre las piernas. Apartando mis braguitas para tocar mi sexo. Sus dedos rozaban mi coño, separando mis húmedos labios, presionando mi clítoris hinchado con la palma de su mano. Mi cuerpo temblaba de excitación. Los clavó de un golpe fuerte, hasta lo más hondo de mi sexo. Sentí un dolor leve que hizo que mordiera mi labio inferior. Mis ojos le avisaron del dolor y eso le provocó una excitación aún mayor.
De un movimiento violento me puso contra la pared, de espaldas a él. Levantó mis brazos por encima de mi cabeza, cogiéndome fuertemente de las muñecas. Estaba completamente a su merced y lo peor, o lo mejor, es que me encantaba. La fría pared endurecía mis pezones ardientes. Sentí su boca recorriendo mi cuello, mordiéndome con rabia, y su polla empalmada restregándose en mi culo. Me susurraba al oído como iba a follarme. Oírle relatar lo que iba a hacerme me excitaba muchísimo. Estaba muy caliente y mi coño impaciente por sentirle dentro.
Que siguiera agarrándome con una mano me hacia sentirme suya, sometida al impulso de sus deseos. Su lengua lamía mi nuca. Apretaba más su polla contra mi culo, la tenía durísima. Sus dedos entraban y salían de mi coño, follándome a un ritmo endiablado, clavándolos hasta los nudillos. Yo me retorcía de gusto. Mi coño estaba empapado. Sentí las contracciones de mi corrida desgarrándome por dentro. Mis gritos se transformaron en jadeos y un leve dolor se confundía con el máximo placer. Arrancando de mí gemidos incontrolados.
Me senté en un escalón. Sentía el frío mármol en mis nalgas. Mi coño caliente seguía palpitando, tenía ganas de sentir su polla. Él, de pie, metido entre mis piernas. Sus manos en mis tetas, apretándolas suavemente. Agarré su polla con mi mano, masturbándole despacio. Lamiendo sus huevos, metiéndolos en mi boca. Sin apartar mis ojos de los suyos, fui subiendo con mi lengua por toda su verga hasta llegar a su capullo. Aprisionándolo entre mis labios. Hundiendo lentamente toda su polla en mi boca, hasta notarla toda dentro. Subiendo. Bajando. Mamándosela cada vez más deprisa. Chupando y ensalivando su glande. Dándole golpecitos con la lengua. Repasando mis labios con la punta de su polla, como si fuese un pintalabios. Gotas de su vicio brillaban en mis labios y un hilo de vida quedó colgando, uniendo su polla de mi boca. Me cogió de la mano y me levantó para besarme. Saboreando juntos las ganas de follarnos.
Puso las manos en mi cintura y dando un giro a mi cuerpo me sentó encima de él, a horcajadas. Estábamos poseídos de deseo. Los besos nos ahogaban. Respirábamos jadeos. Los labios enrojecidos de mordiscos. Nuestra piel delirando de caricias. Yo estaba muy mojada y su polla estaba durísima. La cogí con la mano apretándola suavemente, frotando su glande en mi clítoris, mojándome con él. La apoye en la entrada de mi coño, bajé hasta el fondo, sintiendo su dureza. Su polla me llenaba entera y contraje las paredes de mi vagina para estrujarle en mi interior. Comencé a moverme, lenta hacia arriba y aún más lenta hacia abajo. Mis pechos quedaban a la altura de su boca. Lamía mis erguidos pezones. Marcaba el ritmo de nuestro placer aferrándose a mis caderas. Yo meneaba mi culo pegado a sus testículos para hundirme más en su verga. Saliendo y entrando de él. Engullendo su polla con mi coño.
Estaba derritiéndome de gusto, mi coño estaba empapado. El ritmo que habíamos desencadenado se nos imponía y se volvía más rápido. Las embestidas eran cada vez más salvajes. Sentía que iba a correrme otra vez. Sus manos apretando mi culo, clavándome su polla hasta lo más profundo. Rodee su cintura con mis piernas. Apoyé mis manos en sus rodillas, arqueando mi espalda, y un interminable orgasmo empezó a recorrer mi cuerpo. Sentí como su polla latía con fuerza. Descargando toda su leche caliente dentro de mí. Quemándome de placer. Nos abrazamos sintiendo los latidos acelerados de nuestro corazón y los espasmos de nuestros sexos.
El abrazo fue largo, silencioso. Agotando los últimos minutos para sentirnos. Grabando ese momento en nuestra piel. Su cuerpo y el mío sabían que era la despedida. Nuestro calor se resignaba a separarse, porque el deseo no entiende lo que la razón le impone.
Pasó su mano por mi pelo, acariciándome, enredando los dedos en el, y despeinándome.
- Cualquier parecido con la realidad es producto de tu imaginación. Dijo Alex guiñándome un ojo.
Yo le escuchaba sonriendo, sin decir nada. Mirándonos a los ojos.
Apoyó dos dedos en sus labios, los besó, y los llevó a los míos para sellar con mi beso la complicidad de nuestro silencio.
- Lorena, todo ha sido un juego de morbo. Muy excitante, sí. Pero sólo es sexo. Nunca pensé que llegaríamos al final de la partida.
- Sí, lo entiendo perfectamente. Sé donde están los límites de la realidad. Me ha encantado jugar contigo. Por cierto Alex... Game Over... ¿Insert Coin?
La rosa descalza
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