Fruta prohibida
 por Sátiro Lascivo
Hace quince años que mi Raquel falleció y me dejó la tarea de sacar adelante a nuestro pequeño Pablito. Nuestro vástago, un muchacho sensible y de carácter tímido cumplió hace un mes los dieciocho años y me propuse celebrar su mayoría de edad iniciándole en la vida sexual. A pesar de mi madurez las mujeres se me dan bien, sé tocar su fibra sensible y tener con ellas unas ricas relaciones sexuales que siempre me han dejado satisfecho.

En uno de mis ocasionales escarceos conocí a la sensual Carmen, una madurita viuda con la que enseguida pude intimar. Carmen era madre de una niña, Laura, de una edad muy similar a la de mi Pablito y hablando en un encuentro de cafetería se nos ocurrió acordar un encuentro ente los muchachos para que mutuamente se iniciaran en la vida sexual.

Ni a Carmen ni a mí nos ha interesado la hipocresía de nuestra sociedad que ha demonizado todo lo relacionado con el sexo porque lo que libremente y de forma franca decidimos abordar este problema de nuestros respectivos hijos.Así, aprovechando un puente, decidimos alquilar un apartamento en Sitges para convivir los cuatro y darle la oportunidad a los muchachos  de tener su primera experiencia amorosa, pero las cosas no salieron tal como estaba previsto.

Nuestra idea era tener una nueva experiencia sexual con la madre y mi chico con su chica, pero al contrario de mi tímido Pablo, Laura es una muchacha repleta de vitalidad y dotada de un desparpajo que me dejó completamente alucinado.

- Hay que romper barreras –me dijo- ¿porqué me tengo que acostar yo con tu chico y tú con mi madre sólo por tener edad parejas? ¿qué voy aprender yo de un muchacho tan inexperto como yo? ¿porqué me tiene que interesar forzosamente un chico de mi edad cuando lo que ahora necesito es la iniciación por parte de una persona más experta? ¿Y tu chico? ¿no necesita que alguien le enseñe lo que es el sexo?

Todos esos interrogantes me dejaron completamente perplejo.

- Lo que yo propongo es que tú seas ahora mi maestro y que mi madre enseñe a tu hijo. Sólo enseña quien sabe y vosotros sois dos amantes con los conocimientos que nosotros necesitamos.

Aquella lógica me dejó confuso y perturbado, ni siquiera se me había ocurrido que a mi edad pudiera meterme entre sábanas a una muchacha tan lozana como Laura. Tampoco que mi muchacho pudiera acostarse con una mujer de la edad de su difunta madre.

Pero la lógica de la joven convenció a mi chico y a la sensual Carmen se le hizo la boca agua no más pensar en retozar con un muchacho de carnes prietas.

No muy convencido accedí a la extravagante petición de la muchacha y en el apartamento de Sitges, tras una cena íntima decidimos despelotarnos los cuatro.

En una habitación, Carmen inició a Pablo en las artes amatorias y yo me fui a la mía con la joven Laura. Hete mi sorpresa cuando sin previo aviso se abalanzó sobre mi pene y comenzó a chuparlo, introduciéndolo entero en su boca y lo dejó allí dentro un largo instante.

Nunca me habían hecho una mamada tan diestra y entusiasta como aquella. Laura, riéndose se puso de pie de un brinco y me empujó hacia la cama adonde caí de espaldas como un fardo. La sensual muchacha, de modales refinados se sentó encima de mi pecho y colocó su vagina en mi boca para que le hiciera un cunnilingus. Aquella situación me excitaba sobremanera. Introduje mi lengua en su interior y comencé a lamerle el clítoris que me sabía a delicioso manjar.

La chica suspiraba y jadeaba sin cesar. Después se deslizó hacia mi pelvis e inició una cabalgada sobre mi pene que dejaba en un juego al parchis la de las valkirias wagnerianas.Termine jadeante, extasiado de placer. Aquellos movimientos de sus caderas me enloquecieron y me parecieron una eternidad de goce sin final. Cuando la muchacha, fatigada, paró se echó encima de mi y estuvimos descansado un buen rato.

- ¿Verdad que ha valido la pena esta experiencia? –me dijo con sorna.

Yo no sabía que responder, porque mentiría si dijera que no me había gustado y ciertamente aquello era un placer que por inesperado no era menos fascinante.

- Y ahora el postre –remarcó, volviéndose de espaldas y ofreciéndome su culo para la sodomización final- No hay dos sin tres, me la has metido por dos agujeros, el tercero no iba a ser menos ¿no te parece?

Embestí con furia y la penetré con fuerza. Su juventud me contagió y me dotó de una inusitada energía que hacía años ya no tenía. Y así, moviendo con furia mis caderas la fui sodomizando hasta caer exhausto sobre las arrugadas sábanas.

- Aún tienes energía –me dijo la muchacha- ¿Ves cómo ha valido la pena esta experiencia? Tú me has transmitido la destreza de tu veterania, yo te he obsequiado con la ilusión y el vigor de mi juventud. Mutuamente nos hemos satisfecho.

Tras lavarse en el baño decidimos salir a dar una vuelta. Mi Pablo salía renovado de su habitación, parecía un muchacho nuevo.
Carmen al verme me dio un codazo y me guiñó un ojo:

- Tu chico promete –me dijo.

Y seguidamente los cuatros dirigimos nuestros pasos hacia la calle del Pecado para gozar de la suave brisa de la noche.

Sátiro Lascivo
 

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