|
|
Nunca he tocado su cuerpo, no conozco el olor de su piel, ni su sabor, ni siquiera reconocería sus caricias sobre mi cuerpo en la oscuridad. Nada.Pero su voz... mmm, su voz a través del teléfono me ha hecho el amor infinidad de veces, me ha acariciado, me ha penetrado, he sido suya.
Nos conocimos en la fiesta anual de la empresa de Carlos. Era cliente suyo, un reconocido pintor francés que aseguraba sus obras en el gabinete de mi marido, en Madrid.
La verdad es que no recaí en su presencia hasta que se acercó para decirme en su torpe castellano, que le encantaría plasmar mi cuerpo en uno de sus lienzos. Me habló de mis hombros, de mi cintura, de mis ojos... Pierre se giró hacia mi marido que había escuchado perfectamente la conversación y con toda calma le preguntó qué relación nos unía y qué le parecía su oferta. Carlos conoce mi timidez, y seguro de que yo nunca aceptaría, le dijo que por supuesto, que yo era libre de hacer lo que desease.
Soy muy tímida con respecto a mi cuerpo, ni siquiera me atrevo a hacer topless en la playa, no me gusta que nadie observe mi cuerpo y menos desnudo. Así soy yo a mis treinta y pocos años. Aunque si diré, que conservo la talla 36. Si quizás Carlos alguna vez me dijese que me desea, que adora mi cuerpo, que soy bonita... tendría más confianza en mi misma, pero su trabajo, ese que me proporciona todos los caprichos, se lleva toda su atención. Se que me quiere, que me siente la esposa perfecta, pero yo necesito algo más, caricias, placer, que un día se afloje la corbata y tengamos sexo salvaje.
De Pierre no diré nada, no describiré su físico, es algo que nunca me ha importado en los hombres. Sólo diré que es bastante mayor que yo. Quizá sea esa madurez lo que necesito en mi vida, alguien que me transmita la seguridad que me falta.
De regreso a casa no dejaba de imaginar la escena de mi cuerpo desnudo frente a él, analizando cada centímetro de mi piel. Presentía que él conocía mis pensamientos. No sabía que me ocurría, jamás en mis ocho años de matrimonio, tuve pensamientos sexuales hacia otra persona que no fuese Carlos.
Al cabo de un mes, Carlos, por cuestiones de trabajo viajó a París y me llevó con él, suele hacerlo cuando es para más de dos días. Allí contactó con Pierre y quedamos para cenar los tres.
Sentí el peso de una mano sobre mi pierna, no me lo podía creer. ¿Estaba loco o que? Pero le dejé hacer. Le dejé acariciar mis muslos y rozar la costura de mi tanga. Carlos hablaba de aseguradoras y porcentajes ajeno a lo que sucedía por debajo del mantel... eso aún me excitaba más y tuve mi primer orgasmo, más por la situación que por placer.No hablamos, no nos miramos. No supe de él hasta tres meses después de nuestro encuentro bajo aquella mesa francesa.
Supe que regresó a España por casualidad. Como pude, me las ingenié para que la secretaria de Carlos me diera su móvil y sabiendo que estaba en el tren de camino a Barcelona, le mandé un mensaje.
- Hola, que tal tu viaje? Yo estoy en la cama. Sola, , y no tengo prisa por levantarme...
Empecé a acariciarme imaginando su perplejidad al leerlo, ¿se esperaría algo tan descarado por mi parte? Yo sabía que no habría respuesta, no me importaba. Pero mi móvil recibió una llamada un minuto después. A las ocho de la mañana!! Mi vida social es muy escasa; acompañar a mi marido en fiestas benéficas, cenas de negocios... nadie podía requerirme a esas horas.
Número oculto, alcancé a leer en medio de mi placer matutino. Descolgué aún sin saber por qué.
- Quiero que te toques, que te toques para mi. Imagina mi lengua rozando tus pezones. ¿Los tienes duros ya?
Un hilo de voz que provenía de mi, dijo que si. Era su voz, era Pierre.
No me lo podía creer!, me comportaba como una zorra descarada, esa que jamás me he atrevido a confesar, sólo en la profundidad de mis pensamientos cuando juego sola. Y me gustaba. Él no podía verme, y yo podía hacer lo que quisiera, nadie iba a juzgar mi comportamiento.
Me pidió que cogiera su pene como si fuese mi juguete preferido y que acariciase mi cuerpo con él. Mi única mano libre se apresuraba por tocar todo mi cuerpo, no daba a basto, quería recorrerlo entero sin dejarme ni un centímetro, quería pellizcar mis pezones, quería acariciar mi vientre e ir bajando mi mano para introducirla en mi minúsculo pijama ya empapado y arrugado. Necesitaba mis dos manos para este juego, pero no podía, no quería soltar el móvil, su voz era la que me proporcionaba el placer y necesitaba seguir escuchándola. Me tumbé boca abajo en la cama para que mis pezones sintiesen el roce del almohadón. Él susurraba que deseaba tocarme. Mis caderas comenzaron a moverse suavemente, estaba muy caliente. Mi respiración hacía palpable esa excitación que iba en aumento. Mis ojos estaban cerrados, podía verlo. Su voz se transformo en presencia, estaba en mi cama, podía sentirlo. Su lengua recorría mi piel caliente dejando un surco de saliva tibia a su paso. Me senté sobre su sexo empalmado. Arqueé más mi espalda para meterlo dentro de mi, mientras él acariciaba mi pequeño pecho con sus manos. Ya no recordaba mi complejo, seguro que a él le gustaba así. Lo sentí muy dentro de mi. Mis caderas se balanceaban hacia ese ritmo de placer. Cogió mi culo con sus fuertes manos y lo separó para penetrarme más hondo. Su voz seguía martilleando mi sexo. Yo no podía articular palabra, sólo quería que me diese más. Mi respiración se aceleraba y él pedía oirme más y más fuerte.
Obedecí, dejé que oyera mi placer, quería que lo sintiese, que, aunque rodeado de gente en ese tren, participara de él. Mi corazón latía entre mis piernas muy fuerte, iba a explotar y su voz seguía penetrándome incesante. Me pedía que siguiera, que no parara, y yo no podía hacerlo. Ni aunque alguien hubiese entrado en mi habitación, hubiese podido parar.Me pidió que acelerara el ritmo. Lo hice. Estaba como hipnotizada, cada palabra que Pierre pronunciaba, era exactamente lo que yo deseaba en ese momento.
- Sigue, sigue cielo...- me susurraba con una voz dulce pero lasciva a la vez.
Estaba casi a punto, unos segundos más y llegaría mi orgasmo..... Ya!!
Fue rápido pero intenso. Nunca tuve uno así. Era una sensación muy extraña. Me había entregado a un hombre que no era mi marido.Mis dedos empapados se quedaron un rato más entre mis muslos, no podían escapar aprisionados por mis últimas contracciones vaginales.
Me dijo que le había gustado, que le gustaba que fuese así de descarada. Yo no podía ni pensar. Estaba agotada.
Tenía que colgarme, la azafata le preguntaba que si deseaba tomar algo. Yo deseaba tomar su cuerpo y volver a empezar, pero no me preguntaron a mi. Se despidió con su voz dulce, suave, y yo me quedé de nuevo sola en la cama. Como cada día.
Han pasado cuatro meses desde aquella primera vez, y he de confesar que no ha sido la única. Nuestros encuentros telefónicos han conseguido que su sabor ya no sea desconocido. Sabe a mi sexo, a mi placer, ejerce justo la presión que a mi me gusta, es delicioso...caliente, húmedo.
Hoy Carlos ha traido un sobre con dos invitaciones para la nueva exposición de Pierre en París. Iremos a pasar al menos una semana allí.
Tengo miedo de verle, no se que espera de mi. No se que espero de él. Nunca nos hemos hecho promesas. Sólo esa complicidad, como a él le gusta decirme y a mi me gusta oirle. Siento que la vida ha de dar muchas vueltas para que yo me comporte con un hombre en persona como puedo hacerlo a través del teléfono. Ni siquiera se si quiero hacerlo.Pero en mis fantasías, ya he tocado su cuerpo, ya conozco el olor de su piel, y su sabor, y reconocería sus caricias sobre mi cuerpo, entre mil manos.
Mar
Volver al Indice