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Termino de pintarme los labios y suenan dos ligeras campanadas. Muriel dice “es él” y corre para abrir la puerta. Efectivamente es él. Hernán. Por primera vez escucho su voz, profunda y caliente como el centro de la tierra. Un rugido que pone a temblar mi seguridad.Dejo la butaca del tocador y doy un par de pasos hacia atrás para verme en el espejo y recordar que me he convertido en toda una mujer. Los nervios me están traicionando.
Muriel y Hernán terminan de platicar y ella lo invita a pasar. Intento dar unos cuantos pasos con el inútil deseo de huir de esta situación. Pero me topo con la cama. Levanto la mirada, sonrío y, detrás de una máscara de infantil insolencia, digo “hola”. Muriel sonríe satisfecha. Hernán la tiene sujeta por la cintura y me lanza una mirada que se clava en mis ojos. Pestañeo. Muriel me observa, ahora fascinada. Me acabo de transformar en otra persona:
- Hernán, ella es Ana –Muriel dice esto a manera de presentación y se va al baño.
Él se acerca para darme un beso en la mejilla:
- Hola –me dice con su voz que me aplasta.
Alcanzo a responderle “hola” y me cuelgo de su perfume para seguirle el rastro hasta la ventana. Las luces de la ciudad lo rodean como si fueran estrellas:
- Tienen bonita vista.
- Gracias: tú la escogiste –le digo perdiendo el aliento.
Unas repentinas ganas de fumar me llevan hacia el balcón y cuando abro la puerta ésta deja escapar un chillido. Hernán voltea a verme.
- Voy a fumar... –le digo.
Él se queda mirándome y como creo que no me entendió hago la seña de llevarme un cigarrillo a la boca y sonrío para explicarle:
- Es el area de fumar.
Hernán –muy cortés- me dice que no fuma pero que de todas maneras me acompaña.En el balcón hay una mesita y tres sillas, de hierro forjado, todas blancas. Prefiero ir con mi cigarrillo hasta el barandal. Me apoyo de espaldas a la ciudad para tener una mejor vista de Hernán. Camina hacia mí y me observa con una curiosidad que me desarma. Creo que eso me obliga a agachar la cabeza para decirle:
- De verdad: muchas gracias.Hernán se apoya en el barandal. Mira hacia la calle. Un segundo. Menos. Vuelve a mirarme. Esto dura más de un segundo. Huyo de sus ojos. Tiene la nariz ancha y una boca de labios gruesos, húmedos. Se acaba de afeitar... No debo seguir viéndolo. Giro para distraerme con la ciudad. Su mirada cubre todo mi cuerpo. Me está dando calor. Se humedece mi apretada entrepierna... Ya estoy viéndolo de nuevo. Esto me excita. ¿Sabrá que ya me tiene en su poder?
En realidad no importa. Sólo espero que sea bueno conmigo, y me abandono a su mirada, a su voz que me dice –a mitad de camino entre la sorpresa y la diversión-:
- Es que no pareces hombre...
Muriel entra y me pregunta:
- ¿Ya estás lista?
Camina hacia Hernán y se recarga en él. Muriel se deja abrazar por la cintura y me mira encandilada cuando una de las manos de Hernán baja lentamente por su abdómen. Ella se endereza impulsada por un placer repentino. La conozco. Es hermosa. Ríe en el momento de apartarse y darle un manotazo a la traviesa mano de Hernán y le dice “oye” y cuando parece que le va a dar otro manotazo él la inmoviliza tomándola por los brazos y envolviéndola su cuerpo, confiado, seguro. Hernán me guiña un ojo y me pregunta lo mismo:
- ¿Ya estás lista?
La confusión impregna mi respuesta.
- Sí: vamos. Ya estoy lista.
Tomo el encendedor y la cajetilla de cigarrillos. Los meto en un pequeño bolso que levanto de mi cama. Muriel se detiene unos segundos para darle los últimos toques a su cabello. Hernán sigue hacia la puerta.
Antes de alcanzarlo, Muriel me detiene para preguntarme cómo lo veo. Yo le pregunto cómo me ve. Ella sonríe entusiasmada y profetiza:- Nos la vamos a pasar muy bien.
Hernán nos espera. Sostiene la puerta como si fuera un caballero. Muriel cruza el umbral con toda naturalidad y yo me detengo para cederle el paso a Hernán. Él toma mi brazo con mucho cuidado y me dice:
- Primero las damas.
Muriel me mira con curiosidad:
- ¿Estás segura de que quieres salir?
Se me hace un agujero en el estómago y les pido que se detengan un instante y que, por favor, sean sinceros conmigo:- ¿De verdad parezco mujer?
Muriel voltea a ver a Hernán y él –mostrando asombro y sin dejar de sonreír- me dice:
- Ya te dije: es que no pareces hombre.
Cierro los ojos, aspiro todo el aire que puedo y digo:
- Está bien: vamos –y, en tono de súplica, me dirijo a Hernán-: no me va a pasar nada, ¿verdad?
Hernán se ríe. Nos abraza como si fuéramos de mantequilla y nos lleva suavemente hacia el elevador:
- No se preocupen...
No nos suelta durante la espera:
- El bar está practicamente vacío –dice.
Llega el elevador. Muriel pasa primero. Sigo yo y me acomodo en una esquina. Hernán entra y dice:
- Vamos a emborracharnos para romper el hielo.
Muriel dice sí, sí y lo abraza. Ambos me miran y les confieso que sí: necesito un buen trago:
- Me voy a poner bien loca.
Nuestras risas se apagan un piso antes de la llegada. Es el momento del silencio. De tomar aire y que sea lo que Dios quiera. Las puertas se abren. Hernán nos vuelve a ceder el paso y esta vez nos toma por los hombros y nos acompaña unos cuantos metros que parecen kilómetros porque tengo la impresión de que todos me están mirando pero no es cierto porque la gente pasa a nuestros entretenida en sus asuntos, cada quien sigue su camino, su conversación, salvo ése de ahí que se ha detenido paa vernos mejor y puedo darme cuenta que estudia mi cuerpo y la verdad no me importa porque me siento protegida por esta mano que se ha quedado apoyada en mi hombro desnudo y que de vez en cuando parece acariciarme y eso hace que un flujo de energía surga incontrolable desde mi sexo y se resbale por todo mi cuerpo provocándome unas ganas locas por arquearme pero no puedo detenerme y sólo consigo entrecerrar los ojos y sentir que floto, floto, floto hasta que sus manos se van y siento un abandono terrible y que me hace buscarlo con la mirada y ahí lo veo, con un empleado del hotel a su lado. Le dice algo y Hernán le dice a Muriel que ella ya sabe dónde se encuentra el bar, que en seguida nos alcanza. Ella ha venido muchísimas veces a encontrarse con Hernán. Se conoce el camino de memoria.
Nos dejaron solas. Muriel me dice sígueme y la sigo y siento que soy una tiesura a su lado. Me dice que vamos al bar donde ella y Hernán han hecho la mayor cantidad de travesuras. La sola idea la excita. Ya me ha contado cómo es que se la pasan juntos. Es excitante. Siento que mi corazón comienza a dar de brincos. Llegamos a una puerta de madera. Un empleado la abre para nosotras y se inclina levemente para decirnos:- Señoritas...
Es un hombre muy amable. Muriel se detiene y observa. Le pregunto qué busca. Tengo que elevar un poco la voz para que me escuche. Sólo veo a una pareja escondida en la penumbra. Lo están aprovechando. El empleado aparece delante de nosotros y nos hace unas señas indicando que lo sigamos. Muriel me dice al oído que quería ver si el bar estaba vacío:
- Así es mejor.
Subimos unas escaleras y el empleado vuelve a cedernos el paso:
- Señoritas...
Es un apartado con vista a todo el bar. Muriel y yo avanzamos hasta la baranda. Aquí el volúmen es más bajo. Escuchamos cómo se cierra la puerta detrás de nosotros. Y luego una voz tranquila que dice:
- Hola Muriel.
Volteamos. Muriel se alegra mucho y abraza al hombre que, al parecer, estaba sentado a nuestras espaldas. Ya lo distinguí. Sé quién es: se llama James. Muriel le pincha la barriga con un dedo y me dice:
- Ana: tú ya sabes quién es este travieso.
Es el mejor amigo de Hernán.
- Hola –me dice-: ya quería conocerte.
Me lo quedo mirando. No oculta su deseo y me invaden unas ganas locas de aventurarme:
- Yo también.
Pone su mano en mi cintura para darme un beso en la mejilla. Parece casual. Pero sus dedos... no puedo moverme. Él retrocede y me sonríe. Sigo sin reaccionar. Da media vuelta y nos ofrece algo de beber. Hay de todo.
Muriel me abre los ojos en clara actitud de interrogatorio. James ve nuestros cuchicheos y sonreímos. Él vuelve a la preparación de los martinis. Muriel me jala del brazo y nos sentamos en el sillón. Cruzo las piernas y cuido que la mini que traigo puesta no muestre más de lo necesario. Ella lanza un comentario al aire:
- Este es mi salón favorito...
- No lo dudo... no lo dudo... –dice James y lanza una carcajada.
Muriel se acerca a mi oreja y me dice emocionada:
- Creo que le gustaste...
- ¿Qué cuchichean? –pregunta James.
- Dice Ana que estás guapísimo...Siento que me va a dar un infarto. Muriel parece una niña traviesa.
- ¿Es cierto eso? –vuelve a preguntar James. Le gusta este juego. Y a mí también.
- Eso depende... –le digo y en ese instante Muriel me da un manotazo y me dice susurrante que soy una loca de remate.
- ¿Qué pasa? –le digo en broma.
James avisa que viene con las bebidas. Coloca un martini frente a Muriel, otro frente a mí y no deja de mirarme hasta que el mundo se mueve cuando se sienta a mi lado. Pone una mano en mi rodilla y me pide que lo disculpe:- Me dejé caer en el sillón.
Él es grande. Claro que me hizo saltar. Me río nerviosa y pongo mi mano sobre la suya y le digo no te preocupes. En ese momento inclino mi cuerpo para alcanzar la copa. Muriel está fascinada, no deja de coquetear con James, la conozco bastante bien. Escucho a James que dice:
- Bellísimas...
James bebe y no deja de mirarme. Hago lo mismo. Bebo y no dejo de mirarlo. En ese momento se abre la puerta y entra Hernán.
- Veo que no me esperan...
Muriel deja su copa sobre la mesa y salta para abrazar a Hernán y darle un beso largo y pausado como sus caricias. Parece que no se van a detener. James me dice al oído que pueden seguir así toda la noche:
- Siempre hacen esto.
Lo dice con un soplido... una mirada... parece que James me penetra con ella. No digo nada. Abro bien mis ojos para que se introduzca por ellos... Nos vemos... No sé qué hacer... En cualquier momento va a comenzar esto... Mi pecho... Paso saliva.... Sonrío... Me excita su forma de mirarme... No puedo moverme...Sonrío... Dejo que el deseo haga lo que quiera con mi rostro... Cierro levemente los ojos cuando su mano acaricia mi muslo... Vuelvo a mirarlo...Su mano rodea mi cintura... Ahogo un gemido de placer... Se detiene... No puedo dejar de mirarlo.... Mi respiración da un brinco cuando sus dedos tocan mi rostro... Se acerca... Lo siento cerca... Su respiración... Su olor... Sus labios... Nuestros labios se vuelven húmedos... Me acaricia y me besa a su antojo... Soy una muñeca que ha perdido la voluntad en sus brazos.
- Veo que ya se conocen.
Hernán me mira desde lo alto. Se ve poderoso. El placer me tiene adormecida. James me sigue sosteniendo en sus brazos. Muriel está en la barra preparándole una bebida a Hernán. James dice:
- Esta muchachita no se anda con rodeos...
Miro a James fascinada. Que diga lo que quiera. Me encojo de hombros. Muriel llega con la bebida de Hernán. Sonríe. Hernán quiere hacer un brindis. James me acerca la bebida. Levantamos las copas y Hernán se queda mirándome al decir:
- ¿Qué quieren que hagamos?
Muriel ríe y dice “que me mates” y toma del cuello a Hernán y en medio del beso le vuelve a decir:
- Mátame...
Muriel ya no se controla. Besa a Hernán. Lo abraza. Mueve la pelvis como loca. Está muy excitada. Se separa abruptamente. Me ve. Su mirada es de fuego.
Vuelve a ver a Hernán. Lo toma de la cintura del pantalón y lo jala hacia el otro sillón. Desaparecen de mi vista. James los sigue con la mirada. Cierro los ojos. Escucho los gemidos de Muriel. Los susurros con los que le pide a Hernán que se la meta. Mi entrepierna está húmeda. La mano de James recorre mi muslo. Besa mi oreja. Muriel grita de placer. Mi piel se pone de gallina y, lentamente, me dejo caer del sillón. Me apoyo en mis rodillas. No alcanzo a ver ni a Muriel ni a Hernán. Los oigo. Observo a James. Sonríe mientras se baja los pantalones, cómodamente sentado. Me quedo viendo su sexo: erguido y palpitante. Mis manos lo toman... Vuelvo a ver a James... Muriel grita cada vez más alto... Las manos de James toman mi cabeza y comienzo a sentir que mi boca se va llenando –lenta y golosa- con una larga historia... Y esto es sólo el principio.
Enmimismada
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