Mutua finalidad
 por Dominance
Gina es una mujer abanderada. Tiene unas bragas rojas por bandera y las mueve como nadie; cuando camina por la calle lo hace sabiendo que deja un rastro inconfundible, un reguero de miradas y un mar de dudas. Y es que ellas dudan. Todas lo hacen, sin excepción. Cuando ven caminar a Gina, siempre esbozan la cruel y sucia mirada de la envidia.

- ¡Que se jodan! -Suele decir ella.

Y ellas lo hacen; se joden por no tener un culo como el de Gina, por no tener ese desparpajo al caminar y por carecer de su peculiar estilo. Muchas, por no tener, no tienen ni estilo; las malas lenguas dicen que ella lo tiene tan acentuado porque, desde la adolescencia, ha ido robando el estilo a las mujeres que se han cruzado en su camino. Algunos pocos dicen que ya tuvo estilo al nacer. Lo hizo de culo y sonriendo. Así de fácil.

Gina gusta a todos; gusta a todos los hombres y a todas las mujeres, incluso se gusta a si misma. Muchas veces me confesó que le gusta mirarse al espejo cuando da rienda suelta a su imaginación. Se mira, se abre y se rinde a sus encantos, demasiados y muy juntos para no claudicar. Se suelta y se imagina siendo un hombre follándola. A los pocos años de nacer fantaseó por primera vez con una polla, pero no con una polla cualquiera; fantaseó y se excitó pensando en "su polla". Mojó sus bragas pensando que tenía una enorme verga entre sus piernas; se imaginó desvirgando a cada una de las compañeras de clase que por aquel entonces tenía y, con cada uno de los sucios pensamientos que la acompañaron en su adolescencia, Gina crecía. Crecía y se perfeccionaba, igual que los asesinos, en serio, que tanto le cautivaban.

Os resultará extraño leer esto, lo sé. Quiero que sepáis que ésta es una loca historia de un conocimiento mutuo, el de su polla y mi culo.

Su obsesión iba en aumento. Fue en el segundo curso cuando la idea de poseer una polla se afianzó en la mente de Gina. No le fue en absoluto difícil ver pollas; ella se lo tomaba muy a pecho, quería una polla y, para saber qué tipo de pene era el que realmente deseaba tener, lo mejor era examinar diferentes pollas; cuantas más, mejor. Gina hacía pajas en los baños de los chicos, eso lo sabían todos, y también lo sabían todas. La rutina siempre era la misma y siempre daba resultado:

- Hola.
- Hola, Gina. ¿Qué tal estás?
- Bien.
- ...
- ...
- ¿Quieres algo?
- Hacerte una paja.

Un día tuvo la brillante idea de ofrecerse como pajera en el tablón de anuncios del instituto. En menos de treinta minutos despachó a once jóvenes con sus respectivas pollas; algunas eran gruesas, otras eran delgadas y alargadas... Sólo una la cautivó y decidió que ésa, precisamente ésa, era la polla que deseaba tener entre sus piernas.

- Tú serás mi polla guapa. -Le dijo con firmeza mientras provocaba su orgasmo. Y él asintió. Sería su polla, pero a cambio le pidió algo:

- Si yo soy tu polla, ¿tú qué eres para mí?

Gina, por primera vez desde hacía demasiado tiempo, dudó. Se le había olvidado dudar, pero aquella respuesta la dejó en un mar de dudas del que salió a regañadientes.

- Pídeme lo que quieras, polla mía -Acertó a decir.

- No hace falta que pida nada, culo mío.

Y así, de aquella manera, Gina fue el culo de Iñaki, y éste pasó a ser la polla de ella.

Polla y Culo decidieron convivir. En la mente de Gina sólo cabía su polla-guapa; cabían ella y todo lo concerniente a ella. Minuciosamente estudió cada día a su polla. Lo hacía mientras la chupaba, cuando pajeaba a Iñaki cada mañana y hasta cuando éste dormía plácidamente enroscado en ella. Era justo en esos momentos, mientras Iñaki dormía, cuando Gina se dedicaba al exhaustivo estudio de lo que algún día sería la polla que tuviese entre sus piernas. Gina mimaba a su polla, la medía, la fotografiaba y la grababa en video. Aun queriendo a Iñaki, de quien verdaderamente estaba enamorada era de su polla; ella era su obsesión y, por y para ella, Gina se dedicaba en cuerpo y alma.

Las paredes fueron poco a poco tiñéndose de color carne; Gina las llenó de polla, de su polla, de fotografías más o menos artísticas en las que la polla de Iñaki era protagonista y absolutamente todo lo demás era eclipsado por el papel estelar de su carne.

Su osadía, en más de una ocasión, la llevó hasta el despacho del Director de su instituto:

- ¿Puede explicarme qué es esto, señorita Gina? -exclamó indignado Luís Fausto mientras dejaba caer la carpeta de Gina en la mesa.

- Mi carpeta, señor Director.

- Ya sé que es su carpeta pero, ¿puede explicarme por qué está forrada con una fotografía de un pene?

- No es un pene, señor Fausto. Es mi polla. Mi polla-guapa.

Efectivamente, era su polla. Y su polla, o más bien la obsesiva fijación que tenía por su polla, empezó a acarrearle ciertos problemas. Aquella corta conversación se zanjó con dos días de expulsión. Daba igual; para aquel entonces ya todo daba igual en su vida.

Muchas de las que eran sus amigas en el instituto dejaron de serlo. Y es que Gina ya no tenía conversación, o más bien sólo tenía una. La de siempre.

En Maite encontró el cobijo y la comprensión necesaria, un alma gemela, otra personalidad distinta al resto; ambas, marginadas por diferentes motivos, llegaron a hacerse inseparables. Maite tenía graves problemas de adaptación social; vestía siempre de riguroso negro, le obsesionaba el cine "Gore", la música siniestra y defendía la violencia como un modo original de vida. Creía en Satán. No era precisamente normal pero entendía a Gina y, sobre todo, no la juzgaba como el resto de sus compañeros. Ambas pasaban horas y horas charlando; la una, del fin del mundo y de la inutilidad de vivir la vida que les tocaba vivir; la otra, Gina, de su polla, de lo mucho que necesitaba su presencia y del sufrimiento que le provocaba su ausencia.

Maite empezó a ser una habitual mirona en los maratones sexuales que cada día Gina e Iñaki tenían. Gina disfrutaba orgullosa de su polla ante la atenta mirada perdida de Maite. A Iñaki, como al resto de los mortales que orinan de pie, la presencia extraña le extrañaba, y mucho, pero para nada le importaba y mucho menos le molestaba. Nunca comentó nada al respecto; todo lo contrario, disfrutaba con las pequeñas locuras de su culo. Disfrutaba y gozaba follándose a Gina delante de su amiga; en más de una ocasión, aunque no siempre, ésta se masturbó sin ningún rubor delante de la celestial pareja.

Gina hace muchas cosas bien, la mayoría de lo que se propone; en la cama, esa mayoría pasa a ser absoluta e hiriente. La primera noche en la que Maite presenció como Gina utilizaba la polla de Iñaki, ambas esperaron desnudas a que éste llegase de trabajar. Para la ocasión decidieron llenar de palabras las paredes del dormitorio; con dos pinceles gruesos y dos botes de pintura, uno rojo y otro negro, pasaron la tarde escribiendo obsesivamente palabras como Follar, Más, Polla, Sexo, Sucio y un largo etcétera. A última hora y justo minutos antes de que Iñaki se encontrase con semejante delirio pictórico, acabaron de terminar los botes escribiendo más literatura sobre sus cuerpos desnudos.

Y así, desnudas, excitadas y en una habitación pobremente iluminada por la luz de cuatro velas, esperaron la llegada de Iñaki; Maite lo hizo sentada en un sillón de cuero negro, con las piernas abiertas y fumando sin descanso mientras, con una frialdad pasmosa, se autolesionaba haciéndose pequeños cortes en la mano con un cuchillo. Gina esperó tumbada en la cama y con las manos atadas al cabecero; en su pecho se leía únicamente una palabra: Obsesión.

Poco después llegó él y se extrañó de la no presencia de Gina. Solía recibirle siempre con dos besos; el primero en su pene, siempre, el segundo era variable; algunas veces se lo regalaba a su boca y otras, las menos, los carnosos labios de Gina glorificaban cualquier otro rincón de su cuerpo.

Cuando entró en el dormitorio su cara palideció; su vicio fue creciendo y ascendiendo por las laderas de lo imposible, de aquella visión increíble e imposible que, después de una larga y profunda respiración, pudo comprobar que era enteramente real, como la excitación que todo aquello le provocaba y que invitaba, a su vez, al despertar de su sexo y a la aceptación de las reglas del juego.

Gina se abrió por completo y saboreó la lasciva e incrédula mirada de Iñaki. Sus ojos se clavaron en el sexo de Gina; un sexo hambriento que rezaba en silencio lo que su alma vociferaba.

- Deja que ella te desnude, Iñaki.

Y claro, Iñaki se dejó. Maite, se acercó a él y lentamente desnudó su cuerpo mientras Gina retorcía sus carnes sobre la cama. Cuando terminó de desnudarle, alma incluida, y una vez desprovisto de toda prenda, Iñaki se acercó lenta pero decididamente hasta los pies de aquella hembra que se relamía de deseo; con las manos acarició suavemente los pies de Gina al mismo tiempo que sus ojos, llenos de carne, ensuciaron su habitual tierna mirada hasta convertirla en algo caótico. Él, loco de deseo, confundió a las caricias y, entre jadeos desnudos, se tornaron en arañazos de amor y rabia; sus uñas dejaron un rastro inconfundible en la piel de Gina, marcaron un camino a seguir que únicamente cicatrizó al hundirse en ese sexo que Gina había remodelado en templo.

Disfrutaba viendo enloquecido al dueño de su polla; sonreía pícaramente al ver cómo "su polla" crecía y enfilaba el camino deseado, ese camino de ida larga y vuelta breve. En su cuerpo se leía la palabra polla y eso es lo que Iñaki le dio. Se la regaló en el coño, empujando hasta el fondo y haciendo que ella, convulsionada por el gozo, llegase a lastimarse las muñecas con tanto y tan loco movimiento.

Igual de breves eran las miradas que Gina dedicaba a Maite; en la primera, pudo ver como su amiga acariciaba sensualmente su sexo mientras, sin perder detalle de las primeras embestidas de Iñaki, relamía uno de sus dedos en lo que era la perfecta imitación de una mamada, la misma felación que seguramente su amiga ansiaba hacerle a Iñaki.

Su pene, embadurnado en Gina, era acogido con dulzura por el sexo de ésta; cada vez que él empujaba y se hundía en ella, una oleada de sensaciones convertía a Gina en una náufraga de los sentidos. Todos estaban al servicio de su polla y su obsesión. Su sana obsesión, era lo que convertía a Iñaki en una marioneta consentida y con sentido; un sentido descarado que tuvo su razón de ser desde que, en aquel baño y en aquellas condiciones, decidió que su culo sería el de su amada Gina. Para siempre.

Maite no perdía detalle; en una de las miradas furtivas que Gina le dedicaba, ésta pudo comprobar cómo, y ante su sorpresa, Maite se levantó del sillón, apagó una de las cuatro velas que permanecían encendidas y volvió a sentarse nuevamente.

- Mira lo que está haciendo mi amiga -dijo Gina entre jadeos -Está muy caliente, le gusta ver cómo me folla mi polla...

Y él miró y vio a la extraña joven que, con las piernas completamente abiertas y apoyadas en los reposabrazos, se introducía en su sexo aquel falo de cera al mismo tiempo que una de sus manos jugaba inocentemente con sus pezones. Iñaki veía cómo la vela se hundía en su coño, notó cómo Maite le miraba a los ojos con la boca entreabierta, mordiéndose los labios y susurrando la palabra polla, una y otra vez... polla... polla...

Y él siguió mirando, miró y sentenció.

- Tu amiga es un poco puta... Y tú eres la más puta y, además, eres sólo mía.

- Soy tu puta, Iñaki. Lo soy, y tu puta polla es mía; dame polla...

Para él eran demasiadas sensaciones, para ella todo lo que deseaba y ansiaba, y para Maite... un espectáculo jodidamente maravilloso.

La lengua de Iñaki chupó los pezones de Gina; un pezón izquierdo avergonzado, tímido y totalmente distinto al derecho, exultante y seguro de si mismo. La excitación que mostraba ese pezón era casi desafiante y así lo entendió él; lo apresó entre sus dientes y lo mordió, haciendo que todo en aquella habitación, absolutamente todo, quedase a merced de las pasiones recién nacidas. Después de unos segundos en los que continuaron follando enrabietados y sin descanso mientras Maite seguía a lo suyo, esto es, dándose placer a si misma con una rabia parecida a la de la pareja, Gina le pidió a Iñaki que la desatase. Éste así lo hizo y Gina, una vez libre de ataduras, hizo a Iñaki salirse de ella; con pausa y sin dejar de mirarle a los ojos, ella se dio la vuelta y se puso a cuatro patas. Fue entonces y sólo entonces, cuando Iñaki pudo leer lo que Maite había escrito en la espalda de su amiga: "Tu culo quiere polla".

Leyendo eso enmudeció. Viendo a Gina a cuatro patas tuvo que enloquecer y, viendo cómo ella misma separaba sus nalgas con las manos sin dejar de mirarle a los ojos, no le quedó más remedio que firmar la rendición incondicional. Iñaki se quedó parado, inmóvil, sin saber qué hacer o cómo hacerlo; tuvo que ser Maite quien, después de escupir en el culo de Gina, le obligase a penetrarla.

- ¿A qué esperas? Dale lo que pide, fóllate su culo -ordenó.

La reacción fue la esperada e inevitable; Iñaki agarró con firmeza su pene y lo hundió en las profundidades de Gina. Ella acogió dulcemente las embestidas recibidas como un regalo. Las letras que en su espalda había pintado su amiga, se hacían cruda realidad.

Maite comenzó a gritar todo tipo de obscenidades; sin orden ni sentido insultó a ambos mientras llegaba al orgasmo con esa vela consumida por el vicio. Gina, rota por el placer y el dolor que su polla le provocaba, mordió las sábanas en un intento inútil de apagar sus gemidos; gemidos secos pero mojados como nunca, compartidos, que hicieron que aquella habitación explotase en un descomunal orgasmo de dos rombos.

El paso de los días fue tejiendo una tela de araña viciosa y alocada entre Gina y Maite. Pasaban días enteros juntas; hablando de sus cosas, preparando nuevos encuentros sexuales e imaginando lo inimaginable. Gina y su obsesión crecían minuto a minuto; estaba empeñada en tener una polla. En cierta medida la de Iñaki ya era suya, pero ella la quería en propiedad y colgando de su entrepierna.

Lo habló con su amiga y decidieron, en perfecta comunión, que la mejor opción era la de hacer un molde exacto de la polla de Iñaki. Recabaron toda la información necesaria y, gracias a las habilidades de Gina en los lavabos del instituto, consiguieron el dinero suficiente para comprar las vendas de yeso, la vaselina y el látex líquido que necesitaban para la fabricación del molde.

Esa misma tarde esperaron desnudas la llegada de Iñaki. La idea de la clonación le sorprendió pero, para qué negarlo, ya estaba acostumbrado a este tipo de locuras.

Las dos amigas tenían bien aprendida la lección. Lo primero era rasurar el pubis de Iñaki; mientras Maite sujetaba el miembro, Gina mojó y enjabonó la zona para después, con sumo mimo y cuidado, afeitar los alrededores de su obsesión. Acto seguido, Maite untó en abundante vaselina la ya erecta polla de Iñaki; la situación le provocaba una gran excitación y eso que, al menos de momento, las jóvenes simplemente estaban centradas en realizar correctamente su trabajo, sin dedicarle a Iñaki ningún gesto obsceno salvo algún ligero coqueteo por parte de Gina.

Hecho esto, llegó el momento de cubrir el pene con las vendas de yeso. Gina, después de mojarlas en agua, fue aplicando los trozos de tela sobre el pene erecto de Iñaki. Llegado a este punto y en espera de aplicar una segunda tanda de vendas, lo importante era que Iñaki mantuviese la erección en todo momento. Para ello contó con la inestimable colaboración de Maite; la amiga de Gina le susurraba al oído lo mucho que le excitaba su polla mientras, la amiga de Maite, es decir, Gina, se encargaba de lamerle el cuello y los pezones.

Pasados dos minutos y mientras Maite seguía a lo suyo, Gina aplicó una segunda tanda de vendas, dejando el molde listo; ahora debían de esperar los diez minutos necesarios para que el yeso fraguase.

No fue difícil mantener erecto el miembro de Iñaki. Las dos jóvenes se sentaron y masturbaron delante de él; unos segundos después, Gina se aventuró a explorar los más oscuros rincones de Maite y, sin dejar de mirar al dueño de su polla, fue introduciendo cadenciosamente uno de sus dedos en el lubricado sexo de su amiga. Iñaki estaba en la gloria. Maite gemía como una posesa, al parecer era rematadamente multiorgásmica, y las sabias manos de Gina fueron recaudando pequeños orgasmos que ambas regalaban a los ojos de Iñaki.

Diez minutos más tarde, Gina sacó con cuidado el molde de la polla de Iñaki. El resultado fue espectacular; ya tenía un "negativo" de su polla. Misión cumplida. Obsesión creciente.

Dos días esperó a que el yeso quedase completamente seco. Nerviosa soportó la espera. Llegado el momento, llenó de látex líquido el molde y esperó con sufrida paciencia a que solidificase. El resultado fue un sueño para ella; lo había logrado, tenía una perfecta réplica de la obsesión que, durante las últimas semanas, era el sentido único de su existencia.

Me alegra que leas esto; ya que así sabrás que de obsesiones también se vive.

La posesión de aquella polla cambió radicalmente a Gina. Era una persona nueva; aún más segura de si misma, afable, cariñosa y extrovertida. Tan sólo quedaba, de la anterior Gina, su pasión por la polla de la que era dueña y... todo el vicio que había albergado desde que conoció a Iñaki.

Nadie sabe bien cómo empezó a hacerse popular en el instituto; el caso es que todas, absolutamente todas las alumnas que hasta hace poco la repudiaban, empezaron a rifársela como amiga, a idolatrarla y a obsesionarse igualmente. El instituto cerró un año después; nunca nadie supo muy bien los motivos aunque las malas lenguas dicen que la culpa fue, como no, de Gina.

Iñaki sí supo el porqué del cierre. Se enteró una noche en la que, como tantas otras, Gina y Maite le esperaron desnudas en el dormitorio. En cuanto entró en la habitación, Gina le desnudó y tumbó en la cama, justo en medio de las dos y frente al televisor.

- Y ahora, relájate y disfruta viendo cómo folla tu polla -dijo Gina sonriendo y ruborizada.

Iñaki sonrió y se acomodó entre aquellos dos cuerpos desnudos.

Maite dio rienda suelta al video y al vicio que en él se escondía. La grabación era casera y en ella aparecía Gina en un primer plano; obviamente quien grababa era Maite, pero en aquel baño había más gente. La cámara bajó lentamente recorriendo el cuerpo de Gina, lo hizo hasta su entrepierna y llegado a ese punto, Iñaki contempló como una rubia de pelo rizado, arrodillada en el suelo, engullía la réplica de su pene. Las manos de Gina tiraban del pelo de la joven feladora; sabiamente, Gina y sus tirones de pelo, marcaban el ritmo que la rubia debía de llevar. Un ritmo contundente que obligaba a la chica a abrir su boca al máximo para así poder tragar la polla que mamaba.

Maite, cámara en mano, no perdía detalle ni de la felación, ni de las caras de gozo que su amiga regalaba en pantalla. Cuando Gina consideró que su polla había sido suficientemente mamada, colocó a la rubia contra la pared y, con una voz que Iñaki jamás olvidará, le dijo a la chica:

- Ahora bájate las bragas. Te voy a meter mi polla, Rebeca.

Rebeca obedeció. Dejó caer sus bragas hasta las rodillas y arqueando la espalda ofreció a Gina su primer coño. Su polla penetró el sexo de aquella rubia de una manera brutal; Gina follaba como un salvaje, sin miramientos y hundiendo su polla hasta el fondo de la rubia. Las embestidas eran tan demenciales que las carnes de Rebeca se asemejaban más a un Mar enfadado que a un culo virginal; Gina disfrutaba follándosela, Maite disfrutaba grabando e Iñaki se obsesionaba lentamente tirado en aquella cama. Después de unos segundos, Gina simuló un orgasmo que vino precedido de enorme jadeo, la rubia quedó tirada en el suelo tiritando...

- Que pase la siguiente -dijo Gina.

Y Maite guió la cámara al exterior del lavabo. Allí, cinco estudiantes más, compañeras de Gina, hacían cola esperando polla. Esperando a la polla de Gina.

Llevo dos años ya viviendo con Gina, con Gina y su polla de latex; yo soy la otra polla, la de Iñaki. Y es que, qué queréis que os diga, soy la polla escribiendo. Raro, ¿verdad?

FIN.

Dedicado a Gina, como no. Mi polla es tuya, culo mío.
 
 

Dominance
 
 

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