Ikeya
 por Pauline en la playa
 
 

Ikeya, te amo. Ikeya, dame un beso. Ikeya, abrázame.  Ikeya, tócame. Ikeya, susúrrame al oído. Ikeya, te quiero. Ikeya, te añoro.

Un cometa brilla en el cielo, se mantiene constante, su luz me llena los ojos. Su intensidad acapara mis cinco sentidos. Anonada miro al infinito y entonces descubro tu nombre. Ikeya.

Han sido pocos días, siete días intensos, siete días inolvidables. Ahora, a solo dos días luz de tu ausencia, las lágrimas recorren mis mejillas y una sonrisa permanente, se dibuja en mi cara. Algunas lágrimas terminan en las comisuras de mis labios, otras mueren en el dorso de mi mano. Cierro los ojos y te veo sonreír.

Mis ojos te buscan y te encuentran. Me miras y haces que sonría. Tus ojos recorren mi cuerpo. Tu olor me seduce y hace que me aproxime a tu cuello y te de un suave mordisco. Tu piel me sabe a miel, mis labios se abren y saboreo tus yemas, tus labios me acogen  y mis dedos se rozan con tus dientes. Te escucho atentamente, intentando grabar cada palabra tuya en mi mente, tus manos se apoderan de mis oídos, con dulzura me quitas los pendientes y me masajeas el lóbulo de la oreja. Mis manos recorren tus omóplatos por encima de la camiseta, mis dedos se colan por debajo de la tela y veo cómo te erizas. Es un sentimiento a flor de piel.
 

Para Ikeya, no te olvides de mi sonrisa.
 

El planeta rojo

Este verano había previsto pasar mi semana de vacaciones en un pueblecito de Teruel. Tenía ganas de salir de Barcelona, dejar atrás rascacielos, aglomeraciones y cobertura. Me hospedaría en casa de unos amigos que había conocido hace dos veranos. Tomás y Carlos.

Me hice la maleta la noche anterior, metí cosas de más y al mediodía emprendí mi salida.  El viaje se me hizo largo, mis únicos acompañantes fueron Sexy Sadie en los altavoces y el mapa Repsol de copiloto. Sonaron cuatro cuartos y las campanas redoblaron siete veces. Había llegado.

Aquella noche fuimos al bar del pueblo. Una chica rubia con un corpiño blanco hablaba con el chico de barbas largas. En la barra un par siluetas alzaban los brazos en busca de una copa. Un atractivo moreno de ojos claros estornudaba. Alguien abría la puerta del baño y salía pisando fuerte encima de unos tacones. Un par de chicos en el fondo del bar hablaban animadamente, ajenos a los otros ocupantes. Pedí una ronda para los tres, me sentí cómo en casa. Ya era la segunda vez que desviaba mis ojos hacia el fondo del bar, en busca de tu figura.

Carlos, cogiéndome del brazo empezó a presentarme a la gente. La rubia era Elisa y estaba hablando con Roberto, el barbas. Maite e Isabel sostenían orgullosas sus botellas verdes y reían muchísimo. Jaime tenía alergia al perfume que usaba Sara, por eso seguía estornudando. Los dos chicos del fondo se acercaron.  Ikeya y Oskar. Oskar me dio un par de besos y presento al colectivo a su amigo Ikeya.

- Esta tampoco es de aquí, ¿no? – pregunto afirmando - ¿Cómo has dicho que te llamas?

Ya no había vuelta atrás. En este momento ya era tuya aunque tú no lo supieras. Me besaste la mejilla, yo te di un suave abrazo. Deseé casa centímetro de tu piel. Ibas a ser mío, me lo dijiste con tu mirada.

Aquella noche, después de abandonar el bar, mientras subíamos por la calle de la iglesia, te cogí de la mano y empezamos a charlar. Me di cuenta de que eras tímido y de que te gustaba. Apretabas tus dedos contra el dorso de mi mano. Subimos hasta la cima de la colina sin soltarnos de la mano. Yo reía, tú contabas tus ocurrencias. Las miradas del resto del grupo se centraban en nosotros. Cada minuto que pasaba me gustabas más, me acercaba a ti y me sentía correspondida. Una vez arriba, mi pecho se hinchó y respiré con fuerza. El aire fresco y limpio llenaba mis pulmones, expiraba cerca de ti.

El barbas empezó su explicación sobre el universo. Me cautivo la imagen del que dijiste que era el planeta rojo. Esa estrella en el infinito, matizada en tonos rojos, era diferente al resto y dejando de lado la ubicación y explicación de la Osa Mayor y Menor fijé mis pupilas en esa luz rojiza.

Deseé besarte, pero temiendo precipitarme y dar un paso en falso, solo pude invitarte a venir con nosotros a la cascada. Aceptaste y el cielo se fue detrás de nuestra historia. Al despedirnos noté el calor de tu pecho encima del mío. Acompañada de Carlos y Tomás y casi dando saltos de alegría llegamos a nuestra guarida.

Dirección: la cascada.

Fuimos tres coches. Yo agarraba el volante con una mano, te miraba de reojo y charlaba animadamente con los de atrás. A la luz del día aún me parecías más guapo. Tu sonrisa blanca y tus labios carnosos me perdían. Por fin llegamos.

El camino era de bajada, andábamos con cautela. Hierbas, matojos y finas ramas arañaban nuestras piernas y brazos.

Hoy recorro con mis dedos las señales que dejaron en mi cuerpo y no puedo evitar revivir esos momentos.

Fuiste el primero en quitarte la camiseta, creí enloquecer de deseo al ver tu cuerpo y sin poder reprimirme y como si me tratara de una niña pequeña empecé a hacerte cosquillas. Lo único que buscaba era el contacto con de tu piel. Me dejaste hacer.

- Las caricias me pierden, son mi punto débil, son la forma más fácil de atraparme – dijiste mirándome.

Cruzaste el charco de barro, donde luego yo me resbalé al intentar seguirte, y dando un salto e inclinando el cuerpo hacia delante te sumergiste. Entonces me resbalé en el fango y solo oí tu carcajada aunque todos rieron ante tan patosa caída. Me quedé inmóvil, con el culo pegado en el barro, mirando cómo subías por las piedras y venías en mi búsqueda. Me tendiste la mano y pude levantarme. Las gotas de agua resbalaban por tu torso, estabas despeinado y con el bañador pegado a tus piernas. Un bulto más que excitante se marcaba y se adivinaba debajo de tu abdomen. Con la vista seguí la línea de tu vello y al llegar a tus pectorales, vi que tenías las tetillas arrugadas, sentí el deseo de apresarlas entre mis labios. El vello aquí se espesaba. Tu piel morena, tersa y mojada cautivó a mis dedos que se posaron encima de tu esternón. Noté el cambio de temperatura. Estabas frío, estabas erizado.

- Esta muy fría el agua?
- Pues 8 o 9 grados debe tener, pero ven, tírate y veras que fresquita te quedas!!!

Me zambullí de un salto y si, el agua estaba muy fría. Al salir a la superficie....uoh, uoh, UOHHHH – Qué fría coño!

Elisa, la rubia, se había tendido encima de la toalla y empezó con el ritual de esparcirse crema por todo su cuerpo, aprovechando la ocasión para lucir palmito. Los otros, de uno en uno iban saltando y quejándose de la temperatura del agua. Salí agarrándome a una rama y me senté encima de una musgosa piedra. Me observaba los muslos, estaba erizada. Me arregle el bra del bikini, los pezones, debido al frío, desafiaban la tela, presionaban en busca de libertad. Disimuladamente me froté con las manos. Ikeya apareció entre mis piernas, con la mandíbula apoyada en la piedra verde. Maite, a mi lado de pie tiritaba – yo no me meto más – sentenció. La mano de Ikeya cogió uno de sus tobillos y.... ya volvía a estar dentro del agua. Todos nos reímos, aquello era divertido.

El paisaje es precioso, nos encontrábamos en el nacimiento del afluente Guadalaviana. Es un oasis en medio de los bastos campos de trigo. El color dorado permanente y la sensación de aridez de esta tierra había sido reemplazado por el verde de los robustos y altos olmos y el sol se colaba entre el frondoso ramaje. Es un lugar sombrío y húmedo dónde crecen enormes helechos y el musgo resbaladizo cubre cuanto encuentra a su paso. El agua, aparte de fría, era clara y cristalina, transparente en la superficie. Una pequeña gruta te lleva al inicio de la cascada.

El agua caía fuerte y ahora parecía de color blanco. Probamos a saltar desde allí y así atravesar la densa cortina de agua. Los chorros salpicaban con fuerza, ejerciendo una presión molesta encima de nuestras carnes. Esta vez, saltamos  a la de tres. Uno, dos y ... tres. Patos al agua.

Rompimos la calma del lugar y las ondas acuáticas hacían círculos expansivos alrededor de nuestros cuerpos.

Noté como unas manos presionaban mi cabeza hacia abajo, me pillo desprevenida y no puse resistencia. Fue el inicio de las aguadillas, todos contra todos. Cierta predilección por Ikeya, con la ventaja de así poder rozar mi cuerpo contra el suyo. Yo intentaba zambullirlo presionando mi cuerpo contra su espalda, él me cogía del hombro y por el muslo y me hacía tragar agua.

Al cuarto trago de agua intenté escaparme, empecé a nadar, pero me estiraste del pie y de nuevo me hundiste con un movimiento de vaivén. Buceé hasta toparme con tus pantorrillas y me aferré a ellas hasta que perdiste la inestabilidad nos encontramos cara a cara, debajo del agua clara. Abriste los ojos y te besé muy suave. Nos rozamos los labios y rápidamente ascendimos a la superficie, me faltaba el aire. Nos cogimos de las manos y nos impulsamos de nuevo hacia el fondo y entonces, fuiste tu quién atrapo mi boca. Qué sensación tan rara, nadie me había besado debajo del agua. Abría la boca para dar paso a tu lengua, gran cantidad de agua se colaba hacia el interior de nuestras cavidades. Se puede decir que tragamos bastante agua y que apenas aguantamos varios segundos en el fondo. Nuestras lenguas húmedas y frías se entrelazaron por un momento. Un intenso momento.

La cara oculta de la luna no es de otro color

- Y a ti qué te gusta hacer morena?
- Ummm, pues no sé, muchas cosas. Lo típico y lo atípico, para desconcertar al personal.
- Ahhhh! Me vas a volver a besar?
- Ven, sígueme, vamos a buscar un lugar.
- Se de un lugar que te va a encantar, pero primero tenemos que pasar por casa de Oskar. He de coger un par de cosillas.

Me hubiera gustado quedarme allí, en la plaza del pueblo, sentada en el borde de la fuente, mirándote y sintiendo como tus manos recogían la mía. Con la otra fumaba. Pero no creo que a los vecinos les hubiera gustado ver como te desnudaba y te besaba todo el cuerpo. Me cogiste por la cintura, le toqué las nalgas mientras empezamos a andar.

Delante del pórtico de madera de casa de Oskar intentaste besarme. Me quedé esperando, no tardaste nada. Llevabas una mochila y una gran llave de hierro en la mano. Te pregunte con mi expresión, me besaste. Me arrastraste calle arriba, torcimos a la derecha, nos colamos por un caminito empedrado y te detuviste delante de una casa de ladrillos rojos. La cerradura cedió y la puerta chirrió al abrirla. Me sorprendió lo que vi.

El suelo estaba recubierto de una moqueta de esparto, había dos ventanas con mosquiteras y un hilo con una bombilla colgaba del techo. No habían muebles, solo unas estanterías en las que había una cadena de música, varios libros (meditación, yoga, reiki...) y varios instrumentos (bongos, panderetas, castañuelas y otros desconocidos por mi). Yo estaba tocándolo todo, haciendo sonar todo aquello cuándo sentí tus manos en mis cervicales. Me relajé y paré de hacer ruido. Oía tu respiración, notaba tu calor, cerré los ojos. Me diste la vuelta y nos quedamos pegados. Nos besamos, me dejé llevar. Sacaste una manta de tu mochila, te ayudé a extenderla, me moría solo de imaginarme allí tumbada a tu lado.

Botón a botón, fuiste abriendo el mono, al llegar a la cintura paraste y pasaste las manos por mis pechos, cada mano se apoderó de unos de mis senos, subiste y desataste el nudo del cuello, con cierta gracia y rapidez desabrochaste la tira inferior del bikini, dos de tus dedos rozaron el contorno de mi pecho. Estaba acalorada, intenté tocarte pero no me dejaste. Seguiste con los botones, el mono de deslizó piernas abajo, tu te deslizaste con él, con tus palmas resbalando por los costados de mis muslos, de mis piernas. Me desnudaste por completo. Me hiciste tumbar cara abajo en la manta, me diste un cojín para que apoyara la cabeza.

Tus manos, mi espalda. Suaves toqueteos, tiernos barridos dándome la bienvenida, pidiéndome empezar a tocarme, tus yemas apenas rozándose con mi espalda. Tus manos se movían al son de los tambores que sonaban en la cadena. Subías por mi columna, expandías tus palmas y bajabas por mis costados hasta la zona lumbar. Vaciaje venoso. Tus dedos recorriendo mi piel de arriba abajo, ejerciendo presión, encadenando caricias y susurros en mi espalda. Amasamiento palmar, amasamiento digital, tus nudillos apretando en mi cuello, un movimiento continuo y giratorio. Tus yemas clavándose en mi piel, arañándome la espalda. Suspiros cada vez más profundos, cada vez más relajados y excitados. Tu resbalando por mi piel, palpándome, transmitiéndome tu deseo en cada pase.

Qué masaje, qué placer! Me derrito entre tus dedos y lo sabes. Mi sexo se humedece por momentos, anhelante a tus caricias, pero esperare, no quiero darte prisa.

Estoy a tu entera disposición, abierta para ti, con ganas de que bajes tus manos, con ganas de que traspases la barrera que tú te has puesto. Noto como te despides de mi espalda, me has besado empezando por el cuello, con pequeños chupetones, has ido bajando lentamente y cuando tus labios reposaban en mi cóccix, con tus brazos me has terminado de separar las piernas. Una exclamación sale de tu boca, sigues descendiendo y noto tu lengua en medio de mis nalgas, noto como tu saliva va humedeciéndome y mezclándose con mis fluidos. La punta de tu lengua me moja, la punta de tu nariz la acompaña en este viaje alucinante al fondo de mi ser. Estoy entregada a ti por completo. Mis caderas se mueven a tu ritmo, dependo de ti, instintivamente alzó la pelvis, te acomodas en mi interior. Tu lengua rastrea mi sexo, yo quiero que te quedes justo donde estas, pero tu sigues bajando, cosquilleando en mi cuerpo, muslos, rodillas, pantorrillas, tobillos y pies. Me das un suave masaje, presionas contra mi planta, no hace falta preguntar si me gusta, sabes con certeza que así es. Te pido que te desnudes antes de seguir, no me haces caso, estoy al borde del orgasmo, estoy tierna y cachonda. Hundo mi cabeza en el cojín mientras siento de nuevo tu humedad en mi sexo, tu lengua, dura y mojada ha entrado en mi interior, siento como se circunvala en mi vagina. Tus dedos masajean el clítoris, esta hinchado, es el centro del mundo en estos momentos y estalla el placer, me fundo en tus dedos, en tu boca, el orgasmo dura y recorre mi cuerpo de pies a cabeza, es intenso, tiemblo, gimo y te miro. No puedo parar de sonreírte con la cabeza ladeada te pido un beso. Me ofreces tu boca y sintiendo tu peso encima de mí ensalivas mi boca seca. Hueles a mí. Sabes a mí. Quiero saber a ti.

Ikeya, te amo. Ikeya, desnúdate. Ikeya, quiero besar tu cuerpo. Ikeya, quiero beber de ti.

Ikeya, levántate y no dejes de mirarme, voy a quitarte la camiseta y frotar mis pechos contra tus tetillas, déjame acariciarte, pégate a mi, tu erección dentro del pantalón me tienta, pero me voy a resistir. Te digo todo esto mientras lo hago, pero no me resisto y cogiendo la costura de tu bañador con los dientes voy bajándolo hacia abajo. Te mordisqueo el culo, esta blanco en comparación con el resto de tu cuerpo. Me detengo en tus nalgas, clavo mis dientes en ellas, aprieto hasta que noto que las tensas, te he dejado la marca. Quiero mordisquearte y besarte entero. Me dejas?

Beso tus ojos, toco tus mofletes, chupo tu boca, muerdo tus labios y comisuras, juego con tu lengua, masajeo tus hombros, busco tu nuez y le doy un bocado. Te alboroto el pelo y te miro fijamente. Pongo un dedo entre tus labios, entrelazo otro con el lauburu de tu cuello. Te lo pido, se que me lo darás. En estos momentos eres mío. Muerdes mi yema, araño tu espalda, tu pene erecto choca en mi tripa. Besuqueo tu pecho, tus axilas, costilla a costilla, de lado a lado, lameteo tus ingles, acaricio tus huevos, te empiezo a masturbar, te separo las piernas y meto la cabeza en medio de ellas, mi lengua se pasea desde la base de tu pene hasta el inicio de tus nalgas. Tus piernas tiemblan, respiras acelerado. Suelto una carcajada. Estamos disfrutando. Masco el interior de tus muslos, ensalivo el trasero de tus rodillas, presiono en tus gemelos. Me siento a tus pies y te cojo por el tobillo, acerco tu pie a mi sexo y lo paso entre él, lo repito con el otro. Te tambaleas, titubeas y me pides más. Estas muy excitado, no dejas de mirarme como te he pedido.

- De qué color es la cara oculta de la luna?
- ....que...que estas diciendo? Supongo que será igual....
- Respuesta acertada....jajajajajaja.....lo siento.

Mordisqueo sensualmente todo tu pene y lo lamo como si se tratara de un helado, realmente lo saboreo desde la base hasta la punta. Gimes. Mi lengua recorre la cabecita mientras clavo mis ojos en los tuyos. Te aprisiono entre mis labios y me la meto entera en la boca. Abro los labios y me llenas la boca. Subo y bajo la cabeza con rapidez, friccionando tu virilidad. Estas a cien, se que no vas a aguantar mucho más. Me detengo en el glande y con los labios intento alargártelo, estirártelo. Sientes. Reproduzco el movimiento de la penetración entre tu polla y mi boca. Te corres. Eyaculas. Sacas leche a borbotones. Quiero tragar, quiero probar, quiero saborearte. Quiero oler a ti, quiero saber a ti.

Lo hago.
 

por Pauline en la playa
 
 

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