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Aquellas vacaciones iban a ser inolvidables.Habíamos alquilado, en una población de la costa cuyo nombre omitiré, un apartamento dentro de un complejo de esos que ofrecen todo tipo de actividades y situado a pocos metros de la playa. El sitio era muy tranquilo y la verdad es, que se habían esmerado en crear una atmósfera muy relajante.
Disponíamos de dos amplias habitaciones con un balcón común con vistas a la enorme piscina que mis hijos no tardaron en bajar a disfrutar, mientras mi mujer y yo nos dedicábamos a la tarea de deshacer el equipaje.
Mientras colocábamos nuestros enseres en el que iba a ser nuestro hogar durante unos días no podía dejar de mirar el escote de mi mujer cada vez que se agachaba a coger esto y lo otro de las maletas. Estaba cansado del viaje, pero también de vacaciones y por un rato sin los niños, así que decidí comenzar a disfrutar de nuestra pequeña libertad.
La tomé por la cintura, de espaldas y la atraje hacia mí. Quería apretar mi pene, a esas alturas, ya bastante excitado, contra su trasero. Como si hubiera leído mi pensamiento se dejó hacer. Manoseé lascivamente sus pechos liberándolos por encima del sujetador mientras recorría su cuello con mi lengua. Sin darle tregua subí el breve vestido veraniego por encima de sus caderas y aparté la tira del tanguita a un lado. Ayudado de mi mano restregué mi miembro arriba y abajo en su húmeda rajita, lubricándolo hasta que poco a poco fue abriéndose paso en su interior.
Sentí cómo sus labios calientes se cerraban alrededor de mi palpitante carne. Apenas nos movimos, parecía como si fuera suficiente con sentirnos uno dentro del otro. Mis manos juguetonas recorrían su bien conocida anatomía. Del vientre a sus pechos y vuelta a empezar. Mi boca no paraba de besar su nuca, sus orejas, su espalda, su cuello. Casi sin querer me vacié en su interior y nos desplomamos sobre la cama. Por un rato nos quedamos así, recuperando la respiración y saboreando tan agradable momento. Qué buena manera de comenzar unas vacaciones.
Tras recomponernos y después de organizar los trastos bajamos a buscar a los niños. Estaban jugando con otros dos niños de edades similares bajo la atenta mirada de los que supusimos eran sus padres. Les saludamos y como habíamos imaginado se presentaron como los progenitores de aquellos nuevos compañeros de juegos.
La casualidad hizo que además fueran vecinos de apartamento y de terraza pues únicamente nos separaba una celosía de cristal opaco. Ni que decir tiene que los chavales estaban encantados.
La camaradería que surgió entre los críos hizo que poco a poco también surgiera entre los padres, así que cada vez fuimos compartiendo más tiempo con esta pareja mientras nuestros hijos jugaban sin parar.
Lola y Juan, así se llama esta pareja, pronto nos dieron su confianza y
poco a poco nos fuimos encontrando muy a gusto en su compañía. Tan a gusto que podía ver cómo Juan se fijaba en mi mujer con cierta deseo malicioso en sus ojos, lo cual, lejos de importunarme, me excitaba. Lola tampoco estaba mal, así que el intercambio de furtivas miradas era recíproca.Alguna vez yo había fantaseado con la posibilidad de un trío o un intercambio pero mi mujer siempre se había negado en rotundo, hasta casi el enfado. Poco podía imaginar cómo iban a cambiar las cosas sin yo proponérmelo.
Aquella tarde habíamos comido juntas las dos familias y cuando los niños, apenas acabado el postre se fueron con el monitor de tiempo libre a continuar con sus juegos, yo decidí no perdonar la siesta pues comenzaba a notar los efectos de la rica sangría, mientras Lola, Juan y mi mujer se pedían una copa dispuestos a continuar la sobremesa.
Ya en la habitación me desnudé y me tendí sobre la cama quedándome dormido al instante. Abrí los ojos sin noción del tiempo que había transcurrido. Miré el reloj y apenas había dormido una hora. A aquellas horas el complejo estaba casi en silencio. Al momento algo llamó mi atención. Parecía un gemido apagado que se repetía de forma intermitente y que parecía provenir de la terraza. Me desperecé y decidí investigar su procedencia. Me levanté en silencio y como estaba descalzó no me costó llegar hasta la terraza sin hacer ruido. El sonido provenía de la terraza de los vecinos. La celosía opaca que separaba ambos balcones dejaba una pequeña rendija junto a la pared, por lo que lentamente me aproximé para mirar.
Tuve que contener una exclamación para no delatarme cuando descubrí el origen de aquellas expresiones de placer. Mi mujer estaba tumbada en una colchoneta con las piernas flexionadas y bien abiertas exponiendo su sexo a los lametones que Lola la prodigaba sin parar. A juzgar por los jadeos y por cómo ponía los ojos en blanco se lo estaba pasando de miedo. Nunca lo hubiera imaginado, aunque sabía bien que el alcohol la liberaba de cualquier inhibición. Ella contribuía a su propio placer masajeándose los pechos y debía ser mucho a juzgar por cómo arqueaba la espalda cuando los lametones de Lola producían el efecto buscado. Mi erección fue casi instantánea y casi dolorosa de lo intensa.
Pero mi sorpresa fue aún mayor cuando reparé en Juan que, sentado en el suelo y desnudo al igual que ellas, sostenía en sus manos el mayor miembro que había visto en mi vida. Era enorme y se lo pajeaba mientras no apartaba la vista de aquel numerito lésbico.
Ellas seguían a lo suyo. Ahora Lola estaba comiendo la boca a mi mujer con una lujuria digna de una película porno y lo bueno es que era correspondida con una pasión desconocida para mí. Los dedos de mi mujer desaparecieron en la entrepierna de Lola que comenzó a moverse como si fuera poseída por un imaginario semental.
En eso Juan decidió pasar a la acción y acercó aquel enorme falo cerca de mi mujer que sin dudarlo ni un segundo comenzó a hacerle una mamada. Yo no podía apartar la mirada de aquel trío al mismo tiempo que sentía un vacío extraño en el estómago seguramente ocasionado por el morbo de aquella inesperada situación. Los labios de mi mujer abrazaban aquel enorme miembro apretando su contorno y recorriéndolo en toda su extensión. Ahora era Juan el que disfrutaba y gemía.
Comencé a pajearme lentamente queriendo prolongar el momento lo máximo posible lo cual me estaba resultando muy difícil de tan excitado como estaba.
Aquel tremendo miembro pasaba de una boca a la otra sin descanso, para deleite de su sudoroso dueño, que terminó por situarse entre las piernas de mi mujer, momento que ella aprovechó para tomarlo con sus manos y dirigirlo a la entrada de su húmeda y bien lubricada por Lola, entrepierna. El gemido fue intenso y enorme cuando aquel instrumento de placer se abrió paso en su interior. Ambos comenzaron a moverse a un ritmo dolorosamente calculado. Lenta y sensualmente. Con la mirada seguía el movimiento de sus caderas como si fuera una película a cámara lenta. Aquella danza de dos cuerpos sudorosos era muy atractiva y subyugante. En ese momento me corrí. El orgasmo fue tan violento que hizo que me temblaran las piernas.
Juan la cabalgaba con la intensidad de un consumado amante sin prisa, sin pausa, con un erotismo desbordante. Al rato, Lola se situó detrás de su marido y fue bajando la mano hasta encontrar su dura herramienta. Tras esperar a que mi mujer disfrutara de su enésimo orgasmo reclamó también su trocito de pastel. Se tumbó junto a ella y levantando las piernas hasta colocarlas sobre los hombros de Juan se introdujo aquella joya de un solo golpe. Tras unos minutos frenéticos aquel portento salió de su mujer y emitiendo un sonido gutural se derramó en el vientre de ambas mujeres pues su corrida fue proporcional al tamaño de su pene, quedando los tres extenuados tumbados uno junto a otro.
Poco a poco se fueron levantando y entraron en el apartamento por lo que quedaron fuera de mi visión. Pasados unos minutos mi mujer llamó a nuestra puerta con un enfado que yo sabía era fingido, reprochándome que les hubiera dejado solos para echarme la siesta. Bonita forma de disimular el revolcón que venía de darse.
por Old Green
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