El barco nuevo
 por Old Green
 
Por fin las vacaciones, el sol, la playa, el mar, vestidos vaporosos, piel bronceada, pelo suelto, pies descalzos, el calor, en fin que todo invita a la sensualidad.

Este verano además tenía el aliciente de que estrenábamos nuestro nuevo barco. No es que fuera gran cosa, pero como en todo, depende de con qué lo compares. Con sus cuatro metros de eslora, una pequeña cabina y su más que generosa bañera, ardía en deseos de ponerme al timón. Debo decir que disfrutamos de una cómoda posición económica lo que hace que  podamos disfrutar de algún pequeño extra.

Tras un cómodo viaje por carretera, habíamos llegado a nuestra casa de una sola planta, heredada de los abuelos, con un amplio jardín y en primera línea de playa para comenzar nuestra quincena vacacional alejados de la ciudad. Después de acomodarnos, comencé a rogarle a mi mujer para que nos acercáramos hasta el club náutico y ver si ya habían dejado en el amarre del puerto deportivo nuestro nuevo juguete. Tras convencerla, saqué del garaje el viejo citroën mehari totalmente descubierto que usábamos para nuestros desplazamientos estivales.

Mientras conducía hasta el puerto me fijé en lo corta que era la falda que llevaba Irene, mi mujer.

Entretenido en abrir los grandes ventanales que tenía la casa y que le deban la luminosidad que tanto me gustaba, apenas había reparado en que se había cambiado de ropa. Además, como el asiento estaba reclinado y un poco retrasado respecto al mío y debido a la postura relajada de sus piernas, el espectáculo desde mi posición era de infarto, lo cual hizo que mi corazón se acelerara un poco más de lo que ya estaba, aunque por motivos diferentes.

Irene siempre me había parecido una preciosidad. Alta, esbelta, de largos brazos e interminables piernas era la elegancia hecha mujer, pero con un puntito salvaje que asomaba a sus preciosos ojos un minuto antes de convertirse en un torbellino capaz de cualquier cosa. Ahora con una camiseta ajustada de tirantes bajo la que se adivinaba su sujetador burdeos con un detalle de encaje, minifalda y sandalias de finas tiras de cuero, estaba sencillamente radiante.

En el trayecto fui observando cómo evolucionan estas pequeñas ciudades costeras de un verano a otro, nuevos edificios, nuevas tiendas, las de siempre, otro supermercado. Llegamos a la barrera de entrada que daba acceso a la parte privada del puerto e Irene y yo no pudimos evitar una mirada socarrona al ver cómo los ojos del guarda se salían de sus órbitas admirando sus piernas y escote.

Tras pasar por las oficinas y confirmar que nuestro nuevo barco estaba esperándonos, concluimos el papeleo y sin más demora nos fuimos en su busca. El reloj marcaba poco más de las cuatro de la tarde, por lo que sin pensármelo mucho le propuse a mi mujer no demorar ni un segundo el estreno de nuestro fueraborda.

Llené el depósito, abandonamos el abrigo del puerto y salimos a mar abierto. Qué maravillosa sensación, el viento en la cara, el sol, el sabor de la sal en los labios y al volverme buscando a Irene, encontrarla completamente desnuda ocupando todos los asientos de popa con los brazos y las piernas extendidos. Por segunda vez en el día, tan ensimismado estaba que ni me había dado cuenta.

Estaba preciosa con su piel bronceada sin marcas, la mirada serena y el pelo suelto al capricho del viento. Quedé extasiado ante la sensación de libertad que su esbelta figura irradiaba en ese momento.

Pero no pude recrearme mucho pues a esa hora había bastantes barcos en circulación y tuve que concentrarme en lo que hacía. Navegamos al menos una hora hasta que nos encontramos en la soledad más absoluta en medio de aquel De pronto sentí cómo Irene tiraba con firmeza de mi bañador hacia abajo hasta que consiguió quitármelo. Seguidamente me abrazó pasando sus brazos bajo los míos. Sentir su caliente vientre contra mi trasero me puso a cien.

Hice ademán de soltar el timón pero no me dejó. Acto seguido empujó el acelerador a fondo. Impulsada por su potente motor, la lancha saltó hacia delante iniciando una loca carrera por encima de las olas. Lanzados a toda velocidad sus manos bajaron hasta mi miembro que ya mostraba un avanzado estado de excitación. Sus expertas caricias provocaron que mi erección empezara a ser extrema. Poco a poco y sin dejar que nuestros cuerpos perdieran el contacto se desplazó hasta situarse delante de mí con esa mirada que tan buenos momentos presagiaba.

Cubriéndome con sus besos lascivos lentamente fue bajando desde mi pecho hasta mi pubis, donde se detuvo sin duda para mortificarme. Mientras esperaba sentir sus labios alrededor de mi miembro, me sorprendió apoyando peligrosamente su espalda contra el timón quedando éste inmovilizado, al tiempo que rodeaba mi cuerpo con sus piernas hasta ponerlas en el asiento situado detrás. Luego fue elevando las caderas hasta que nuestros sexos quedaron a la misma altura. Colocó mi pene justo a la entrada de su húmedo sexo e inició un excitante sube y baja, sin llegar a introducirlo en aquella cueva que yo tantas veces había explorado.

El barco volaba a toda velocidad por el agua, lo que provocaba que saltase entre ola y ola.

Aprovechando uno de esos cabeceos, se introdujo el erecto miembro de un solo golpe dejando escapar un sonoro gemido de placer. De pura excitación comencé a moverme compulsivamente, guiado en todo momento por el movimiento de caderas con que acompañaba Irene cada embestida. Solté el timón y me aferré a los cachetes de su prieto trasero, no sin antes disminuir la velocidad hasta que se detuvo la lancha. Sujetándola con fuerza la atraje hacia mi y me dejé caer en el suave asiento de polipiel por lo que con la fuerza de su peso la penetración fue aún más intensa, lo que provocó un nuevo y sensual gemido.

Irene siempre que podía adoptaba esta postura, pues le gustaba controlar el ritmo y sentirse dominante. Sus pechos quedaban ahora a la altura de mi cabeza así que abracé uno de sus pezones con mis labios, succionando al tiempo que lo mordisqueaba. Debió gustarle, pues eso aceleró el ritmo de sus caderas como solía ocurrir siempre que yo encontraba uno de sus centros de placer.

Unos gritos cercanos nos hicieron volver la cabeza para ver cómo nos jaleaban desde un barco próximo al que no habíamos sentido acercarse. Aquella nueva situación, lejos de incomodar a Irene la excitó aún más, pues era la primera vez que practicábamos sexo en público sin haberlo pretendido y he de confesar que a mi tampoco me incomodó. Sujetándose en mi nuca con ambas manos su cuerpo se arqueaba una y otra vez en una frenética y excitante danza, lo que provocó más alaridos y silbidos de nuestros improvisados voyeurs.

Quedamente, sus labios se acercaron a mi oído para susurrarme que me corriera, algo a lo que yo muy diligente, no tardé en obedecer. Hacía tiempo que no conseguíamos terminar juntos, pero revivirlo fue una sensación maravillosa. Sin apenas variar nuestra postura, puse nuevamente el barco en movimiento al tiempo que nos despedíamos de los mirones agitando la mano. Durante nuestro regreso Irene mimosa permaneció sentada en mi regazo, abrazada a mi cuello sin que nuestros cuerpos se separaran hasta que volvimos al puerto. Después de atracar y mientras caminábamos hacia el coche me confesó que hacía tiempo que no disfrutaba como acababa de hacerlo, lo que alentó en mi la posibilidad de realizar aquel verano alguna fantasía inconfesable.
 
 

por Old Green
 
 

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