La extraña pareja
 por Old Green
 
Cada día la misma rutina, acudir al trabajo. Pero antes, para empezar bien la jornada un desayuno tranquilo en aquella cafetería en la que, según entras por la puerta ya te están colocando el café y la barrita de pan con aceite y sal. Uno de esos pequeños placeres que te hacen sobrellevar la semana laboral. Con el tiempo te das cuenta de que compartes ese inocente placer con los mismos parroquianos de caras somnolientas.

Uno de esos días la rutina del desayuno se vio interrumpida por la llegada de una pareja distinta de los habituales. Ella llamaba especialmente la atención, alta, rubia, de complexión fuerte, vestía traje de chaqueta y lucía un pronunciado escote. Él, más bajo que su acompañante, físicamente atlético y bien parecido, no destacaba por nada especial, salvo por semejante compañía, un pedazo de hembra.

Tras coincidir prácticamente todos los días y así durante varias semanas, hizo que ya no me fijara en ninguno de los dos, hasta que un día al levantar la vista me pareció que el protagonista de la conversación que mantenían entre ellos, era yo. Quizás su forma de mirarme, o quizás simple intuición, el caso es que centraron nuevamente mi atención. Tras observarles furtivamente durante el breve lapso del desayuno, hubo dos cosas que me llamaron la atención, una fue que él llevara anillo de casado y ella no, lo que me llevó a deducir que serían compañeros de trabajo y no pareja de hecho como supuse en un principio, y la otra fue la certeza de que su conversación giraba entorno a mí. Como esto no volvió a repetirse en los días siguientes, nuevamente pasaron a formar parte de mi rutina.

Aquel día tuve que quedarme a comer en la oficina por lo que decidí acudir a la misma cafetería donde desayunaba. Cuando llegué todas las mesas estaban ocupadas por lo que el camarero me indicó que no podría atenderme tan rápido como a mí me hubiera apetecido. Cuando estaba decidiendo si me esperaba o no, llegó otro camarero para decirme que si quería me invitaban a compartir mesa, señalando hacia el fondo del comedor. Allí estaba mi pareja de todas las mañanas ofreciéndome una silla junto a ellos.

Sin pensarlo mucho me dirigí hacia ellos y tras agradecerles el detalle no hubo más remedio que presentarse, Juan y Graciela. Como había supuesto, eran compañeros de trabajo en una empresa cercana. La comida transcurrió de forma agradable y tras los postres me sentí en la obligación de invitarles al menos a una copa, además al ser jornada de verano no teníamos que regresar por la tarde a la oficina. Aceptaron y tras la primera copa vinieron otras tres, lo que hizo que nuestras carcajadas comenzaran a llamar la atención del resto de los comensales, por lo que acordamos que era momento de abandonar el local.

Una vez en la calle Gabriela sin parar de reír recordó que había olvidado no sé qué papeles en su mesa de la oficina y nos pidió que la acompañáramos a buscarlos. Ya en la puerta y tras llamar insistentemente al timbre llegamos a la conclusión de que todo el mundo se había marchado ya, por lo que Graciela tras rebuscar en su bolso, sacó un abultado llavero. Una vez dentro continuamos con nuestras risas y bromas mientras nos acercábamos  hasta su mesa.

Al pasar junto a la fotocopiadora Juan puso cara de pillo y sin pensárselo se bajó los pantalones, se sentó sobre el cristal y le dio al botón de copiar. Al instante los tres, presos de un nuevo ataque de risa nos revolcábamos por la moqueta de la oficina viendo el resultado de su ocurrencia.

Seguidamente Gabriela quiso imitarle y desabrochándose la blusa puso sus pechos contra el cristal, oprimiendo nuevamente el botón. Después y entre grandes carcajadas se soltó la presilla de la falda que resbaló al suelo mostrándonos un bonito tanga color visón, pues quería una copia como la de su compañero. Viendo su descaro y siendo presa de la excitación del momento Juan y yo la animamos para que se desprendiera también de la blusa y el sujetador.

¿A que no te atreves?, gritamos a dúo. ¡Cómo que no! ¡Ahora veréis! Respondió Gabriela mientras se quedaba desnuda ante nuestros asombrados ojos sin parar de reírse. Y vosotros ¿a qué esperáis? ¡Cobardes! Juan y yo, tras cruzar una mirada de complicidad seguimos sus pasos.

Totalmente desinhibida por efecto del alcohol y con gesto pícaro, se acercó hasta nosotros y sin mediar palabra tomó nuestros miembros y comenzó a pajearlos sin pudor. No hizo falta mucho más para que aquello se convirtiera en una orgía. Juan se aferró a sus generosos pechos mientras yo me decidí a explorar su vientre. Gabriela para facilitarme la labor se sentó en una de las mesas poniendo sus pies descalzos sobre mis hombros. Comencé a recorrer lentamente su abultado sexo con mi lengua sin dejarme ningún rinconcito sin visitar. Juan situado junto a ella, recibía sus atenciones forma de una buena mamada.

Cuando decidí que ya estaba bien lubricada me puse en pie y elevando sus piernas sobre mis hombros, la obligué a tumbarse sobre la mesa de tal forma que la punta de mi sexo apuntaba a su rajita sin dificultad. Despacio, me fui deslizando dentro, notando aquel delicioso calor que envolvía mi miembro hasta engullirlo por completo. Inicié un rítmico mete y saca, sin dejar de mirar de forma hipnótica cómo el pene de Juan era acariciado por los carnosos labios de Gabriela que incansables continuaban prodigándole placer.

Seguramente por efecto del alcohol todo aquello me parecía casi irreal, era como si flotara en un maravilloso sueño del que no quería despertar. En un momento dado y sin mediar palabra, decidimos intercambiar nuestras posiciones. Juan se tendió en el suelo y Gabriela encantada hizo de improvisada amazona, sentándose sobre aquel palpitante miembro. Lentamente se fue sentando sobre él hasta que desapareció por completo en su interior. Luego con gesto experto condujo el mío hasta la entrada de su culito pidiéndome que lo penetrara con decisión. Excitado y duro como estaba no tardó en abrirse paso y unidos de esta forma comenzamos a movernos intentando alcanzar el límite del placer.

Mi abstinencia involuntaria de las últimas semanas y lo estrecho de aquel agujerito precipitaron que, contra mi voluntad al poco rato estuviera ya al borde del orgasmo. Intenté retirarme pero Gabriela sintiendo sin duda las contracciones de mi miembro, me sujetó con fuerza impidiendo que me separara de ella. Sin poder evitarlo por más tiempo me vacié en su interior dejando escapar un gemido. En ese momento sentí como Juan desde abajo aceleraba sus acometidas y por las convulsiones de ambos deduje que también habían llegado al orgasmo.

Agotados nos dejamos caer al suelo, ahítos de placer. Así permanecimos un buen rato, casi somnolientos hasta que el ruido de la señora de la limpieza trajinando en el otro extremo de la oficina nos hizo volver a la realidad. Nos vestimos a toda prisa y tras eliminar las huellas de nuestro delito salimos a la calle, donde nos separamos a toda prisa.

De regreso a casa descubrí en uno de mis bolsillos una fotocopia de los pechos de Gabriela con un número de teléfono apuntado y mientras recordaba lo sucedido, decidí que aunque no volviera a verla, lo guardaría como recuerdo de aquel imprevisto suceso.
 
 

por Old Green
 
 

Volver al Indice de Old Green