Nana
Apoyado
en la barandilla de una terraza en lo alto de un building, contempla la
ciudad que se extiende a sus pies. Absorto en las miles de lucecitas que
parpadean, se entretiene en identificar los lugares más conocidos
que constituyen su vida cotidiana.
Ha
tenido un rudo día y por fin empieza a relajarse. No presta ninguna
atención a los pasos que oye tras de si hasta que siente un cuerpo
de mujer arrimarse al suyo. Nota perfectamente los pechos apoyados en su
espalda así como el pubis ligeramente prominente que se posiciona
entre sus nalgas.
Sorprendido,
no se atreve a darse la vuelta, ni siquiera a moverse y aún menos
a preguntar.
Dos
manos expertas le rodean, avanzan hacia la hebilla del cinturón
que abren atacando luego la cremallera de la bragueta. Puede sentir como
su miembro queda liberado de la tela protectora, percibir incluso la ligera
brisa acariciarlo mientras el pantalón se desliza lentamente hacia
sus pies.
Una
mano fuerza su cabeza obligándole a inclinarse un poco más,
mientras la otra le incita a abrirse de piernas. Ejecuta las ordenes silenciosas,
preguntándose que va ocurrir, esperando con ansia lo que se va a
producir.
De
nuevo las manos se ponen en acción. Una de ellas se aventura entre
sus nalgas mientras la otra agarra con fuerza su miembro ya turgente.
Está prisionero. Su respiración se acelera aunque menos que
la mano que se activa veloz. Siente como el semen se prepara, se concentra.
Un
dedo le presiona por detrás, hurga entre sus carnes estrechas, se
introduce tímidamente. Su respiración se para un momento,
todo él concentrado en esa lenta e inesperada penetración
que teme y desea al mismo tiempo. Exasperado, se empala de un movimiento
brusco como para convertir el acto en irreversible. El dedo se queda quieto,
rígido, palpando las paredes palpitantes, dejando que se acostumbre
a su presencia y luego hace marcha atrás lentamente. Enfurecido,
intenta retenerle apretando los muslos. No sabe muy bien lo que quiere,
pero lo que sí sabe es que no quiere que nada cambie, quiere degustar
este instante que despierta en él sentimientos contradictorios.
El
dedo vuelve a la carga, esta vez acompañado, penetrándole
con violencia y descaro. Ahora el dolor se mezcla al placer.
Alianza entre miedo y deseo.
Tiene
la boca seca y el sexo húmedo y tenso. Siente un violento deseo
de tocarla. Sí, tocarla. Deslizar sus dedos entre la maraña
de pelos de su monte de Venus e introducirlos entre los labios abiertos
de su perlada concha para constatar si ella también está
tan mojada como él. Pero la postura en que la mujer lo tiene sometido
se lo impide.
Siente
su miembro rojo e hinchado a punto de explotar. La mujer aumenta la cadencia
por ambos lados, el ritmo desenfrenado le hace perder el sentido... Se
siente volcán ardiente y cuando se prepara a regar con su lava la
ciudad a sus pies, unos dientes puntiagudos se clavan en su espalda, justo
en el nacimiento del cuello, tiñendo ligeramente el cuello de su
camisa de sangre.
El
ruido de un Boeing que pasa ahoga su grito.....
Nana