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En una noche más de viernes unos pasos rompían el silencio de las calles, unos zapatos viejos, una ciudad vieja con un alma nueva. Nunca la sensación de satisfacción y plenitud había embargado a nuestra protagonista.Sólo unas horas antes se estaba peleando en su armario para ponerse unos vaqueros de hacia nueve años, que al final tras tantos asaltos habían terminado cediendo a los empujones de su dueña.
El tiempo primaveral desaconsejaba cualquier indumentaria más que una blusa y una chaqueta por si de madrugada hacía humedad. Cosa que en las ciudades mediterráneas no es raro.No había conseguido quedar con ninguna de sus amigas para ir a un cineclub que proyectaba las películas que las salas comerciales no suelen exponer. Al principio estaba un poco molesta pero luego la sensación de irritación la desplazó a otra más intensa de desamparo, soledad.
Cuando llegó al cine comprobó que estaba a media entrada, la verdad que una producción lituano-bielorrusa no tiene demasiado tirón. Pero bueno no todo el mundo puede ser como Woody Allen.
En cualquier otro relato a los que era muy aficionada ahora aparecería un tio buenísimo y a media película echaría un polvo de miedo pero en fin a veces la realidad supera a la ficción.
Se apagaron las luces y comenzó la proyección, al principio la música de piano era suave, sólo una sugerencia, el primer plano era de una mujer de larga melena, lavándose el pelo en un arroyo.
Sólo la cubría un vestido blanco de una pieza. Pero de esos de trapillo no vayan a pensar que era un Armani ni nada de eso. Sonaba el viento, el cauce del agua y el piano. Esa sensación soporífera, feliz, calmada y plena la fue meciendo poco a poco. Al instante la mujer de la película se dio un chapuzón en el agua y empezó a nadar, se sumergía en las aguas para volver a salir resoplando. Una y otra vez.
La música del piano se diluyó y una brusca sirena retumbó por la sala. Para pasar la escena a una habitación de un apartamento donde una mujer no muy diferente a ella se despertaba apesadumbrada en una cama enorme sola. Pero al instante tras mirarse en un espejo se decía a si misma que ese iba a ser un buen día y cambió su semblante. Se quitó un camisón blanco y viejo y se volvió a mirar al espejo. Su ropa interior era de un color apagado, oscuro, demasiado enorme, demasiado oscura, demasiado sosa.Se la quitó con lo que mejoró el panorama. Unos pechos firmes, unas curvas proporcionadas, quizás un poco pasada de peso. Pero se podía leer en los subtítulos como la protagonista se decía a si misma.
“Eres preciosa”.El siguiente plano nos mostraba como cogía un vestido de una pieza y con ese vestido y unos zapatos salía a coger el autobús.
Una vez dentro del autobús volvió a la fantasía del arroyo, ahora se imaginaba desnuda tostándose al sol complacida. Mientras las caricias de unas manos firmes le rodeaban el cuerpo, unos labios carnosos la besaban. Y poco a poco se abrían sus carnes al topetazo con un cuerpo que la horadaba. Un calor intenso que subía desde su sexo luchaba por abrirse paso a su garganta.
Al poco un frenazo le anunció que había llegado a su destino y prudentemente decidió centrarse en el mundo real. Estaba en una zona comercial con franquicias y establecimientos que vendían las primeras marcas de ropa. No me pregunten como pues es un misterio que todavía no es descifrado. Poco después aparecía rumbo a su apartamento en el mismo autobús cargada de bolsas, se volvió a abandonar a su imaginación. Ahora estaba vestida con un traje negro muy escotado. Sus pechos como traviesos diablillos estaban aprisionados por la tela sugiriendo que estaban deseando mostrarse. Mientras bailaba con un hombre que la abrazaba con las manos por debajo de su cintura. Con su cuerpo despidiendo calor. Luego imagino que estaba con ese hombre en su habitación él desnudo y ella deseando estarlo. Como caía el vestido y la dejaba sólo con un tanga negro y ajustado. En el siguiente plano se veía como la mujer cabalgaba a su acompañante con el pelo suelto y los pechos bailando al ritmo de los empujones. Y como no el dichoso frenazo la volvió a sacar de su mundo.
Se podía ver como subía a una torre de apartamentos simétricos y grises. Se veía como abría la puerta de su habitación dejaba las bolsas sobre una silla y otra vez el espejo, pero esta vez tenía todas sus armas flamantes y nuevas. Se quitaba la ropa y desafiante se miraba al espejo. De una bolsa sacaba una caja con un tanga negro muy pequeño que al instante encajó en su cuerpo como la pieza de un puzzle. Luego siguió con un sujetador negro y para romper la monotonía cromática un liguero rojo. Se miró al espejo y le encantó, había tomado justa revancha del agravio de la mañana.
A continuación se veía como iba a la cama y empezaba a acariciarse las caderas, los muslos ,las mejillas.
Se acariciaba los pechos por encima del sujetador, los pellizcaba, los frotaba, acariciaba. Se deshizo del sujetador y así siguió acariciando su tripa. Bajó a los muslos y allí empezó a acariciar su pubis alrededor de la exigua pieza del tanga. En los subtítulos ponía: “Soy mala” y coló los dedos de la mano derecha por debajo de la zona oscura y prohibida que la pieza de lencería imponía, mientras los dedos de la manos izquierda eran mordisqueados por su propietaria.
La protagonista de la película estaba gimiendo conforme sus cinco dedos hacían un cinco contra uno tenaz y perseverante con su sexo.
Abrió atropelladamente un cajón y saco un objeto alargado que tras apretar un botón empezó a vibrar, separó sus piernas y se apoyó en el respaldo de la cama, todo justo lo que necesitaba el aparatito para masajear sus labios mayores y menores. Respiraba atropelladamente, gemía. Dejó el aparato a un lado y metió un dedito justo en punto que más placer le daba.
En el cine estaba todo el mundo muy atento y nuestra otra protagonista sentía descargas por todo su cuerpo, un calor que templaba su alma y proyectaba sus pechos en su sujetador la abrasaba, empezó a tocarse lo justo por encima del pantalón, amparada por la oscuridad y la sala vacía, se frotó extremadamente más fuerte hasta que la explosión de placer que buscaba la deshizo en un gemido ahogado que se sumó a los de la película.
Tastego
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