Tres son compañia
 por Sexodiversión
Abierto por placer


 
Ahí, estaba ella, más por curiosidad que por complacerle, envuelta en el morbo que produce lo desconocido. Nunca se había arriesgado a tanto, pero ahí estaba, mirando con descaro a aquella mujer que lentamente se quitaba la ropa, ante su propia sorpresa, y la de su marido. Él no se limitaba a mirar a aquella extraña, con quien apenas acababan de mediar palabras, y tomar un par de copas. Ella también sentía y disfrutaba de su mirada, y de la lascivia que brotaba de sus ojos, mientras la otra dejaba al descubierto unos pechos, muy distintos a los suyos, en cuanto a forma, y si, mucho más grandes.

La invitada no era una mujer muy guapa, definitivamente no, pero es su favor hay que decir que poseía un cuerpo bien definido, y que sus maneras desinhibidas causaban un efecto inmediato en ambos. Tampoco era una prostituta, eso habría sido mucho más fácil sin duda, pero prefirieron conquistar a alguien, tal vez porque esa conquista les producía más morbo, aún así, ambos estaban sorprendidos de lo rápido que estaba resultando todo.

Ella seguía observando con deleite aquellos pechos, sentía ganas de acariciarlos, era la primera vez que se sentía atraída por un cuerpo de mujer, la primera vez que estaría con una mujer, y no sabía que hacer. Sus ganas la incitaban, pero su embeleso la paralizaba y su marido lo notó, se acercó, acarició sus hombros, y la miró de la manera que ella sabía quería decir: “¿aún quieres hacerlo?”. Asintió, rozó con sus dedos, su cara, besó sus labios, y guió sus manos, hasta su pecho, en el que el sujetador, rápidamente fue sustituido por sutiles caricias.
 

Una invitadora boca se apoderó de sus labios, mientras sentía en sus manos la dureza de aquellos pezones, que tanto la habían provocado segundo antes. Estaba siendo desvestida por una desconocida que la besaba, palpaba sus intimidades, y en cuyo cuerpo se restregaba sin pudor.
 
Sus bocas se confundían y las lenguas se mezclaban. Ya no era la única que estaba siendo agasajada por los dedos de su marido, los veía buscando un sexo que no era el de ella, mientras ella le ofrecía sus senos, en esas caricias tampoco había exclusividad, parecía que la extraña lo abarcaba todo, era la fuente y el objeto de todo el placer, de él y de ella.

Ella se excitaba, se encelaba, disfrutaba, por instantes se arrepentía pero no quería parar; pasaron minutos, algunos muy rápidos otros eternos, y se sentía suspendida de un placer inimaginable, un placer nuevo, intenso, pero que temía que pudiera romperse en cualquier momento, durante el cambio de una nueva posición, sin embargo, mientras esto no ocurría, vivía el exquisito placer de sentirla entre sus piernas, lamiendo y haciéndola gemir, a medida que se movía al ritmo de la penetración que él estaba ejecutando, quería ocupar ese lugar sentir a su marido dentro, pero la entrega a aquellas caricias de mujer, eran más fuertes que el sentido de pertenencia, que hasta ahora había prevalecido.

La chica susurraba, gemía, acompasaba los movimientos de sus dedos, con los de sus caderas, ante cada embestida que precedía aquel orgasmo. Ella tiraba de sus pezones, mientras una boca conocida se encargaba de su sexo, porque la anterior lamía el poco semen que no estaba en el preservativo.

Deseaba lamerle también, por eso lo hizo, y a pesar de saber que no era una competencia, ante los atentos ojos de su nueva amante, se apoderó del glande húmedo, chupándolo y acariciándolo, como ella sabía que le volvía loco, como ella sabía que podía arrancarle sonidos de gozo, y estímulo para una nueva erección.
 
 

Sexodiversión
Abierto por placer
 
 
 

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