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Menudo chasco nos llevamos cuando descubrimos que íbamos a tener que compartir cuarto de baño en aquella residencia. La empresa por ahorrar costes nos había mandado al curso en Estrasburgo con los vuelos más baratos y encima teníamos que pasarnos los tres días en una residencia de estudiantes que no tenía baño en las habitaciones. Me iba a ver obligada a salir prácticamente desnuda al pasillo para ir a la ducha más próxima y, con las tetazas que tengo, no sé cómo iba a arreglármelas para taparme con la pequeña toalla que metí en la maleta.Imposible, ya andaba todo lo rápido que podía intentando ocultar el culo bajo la toallita, pero si tiraba mucho hacia abajo se me escapaban los pezones, que tengo grandes y morenos. Un hombre que parecía italiano caminaba por el mismo pasillo hacia mí y no se cortó un pelo en mirarme el escote. Me giré para comprobar que pasaba de largo y le pillé intentando divisar la raja entre mis piernas. Entonces me alegré de haber sido previsora y llevar las braguitas limpias puestas. Otro hombre, un negro muy alto, también se acercaba hacia mí pero antes de que me pusiera más nerviosa se metió en un cuarto que estaba cerca de los dormitorios de mis compañeros del trabajo.
Era la única mujer que asistía al curso, me acompañaban un chico de la empresa, Gary, del que me sentía ciertamente atraída pero estaba casado y otros dos que, aunque solteros, no me gustaban nada físicamente, así pensaba que iba a poder concentrarme fácilmente en las clases.
Iba pensando en lo que el viejo profesor alemán nos daría hoy, cuando llegué al fin al baño, en un camino que se me había hecho eterno y me metí sin más dilación, aunque no me atrevía a quitarme enseguida la toalla para comprobar que no hubiera nadie. Descorrí con sigilo la cortina de la ducha y fue cuando descubrí a mi compañero Gary dándose el lote con una rubia imponente. Ninguno de los dos se percató de mi presencia. Ella estaba de cara a la pared con las piernas bien abiertas y él tenía su cara inmersa en su rosado culo lamiéndole a gusto todo el perineo.
Me quedé paralizada tras la cortinilla, sin dejar de mirar cómo Gary apretaba las nalgas de la rubia y chupaba con fruición cada uno de sus rincones. Fantaseaba sobre el placer que yo misma sentiría si Gary pusiera su sensual boca en mi coño rasurado, pero nunca habría pensado que mi compañero aprovechara los viajes de empresa para desfogarse con extranjeras a espaldas de su mujer. Él seguía recorriendo con sus labios la entrepierna de la alemana, cada vez más abajo e imaginé que su lengua buscaba la entrada de la vagina al igual que mi dedo penetraba por una rendija de mis braguitas para encontrar la humedad de mi chocho. Gary se incorporó lentamente con la polla empinada hacia el ombligo y con una mano se la orientó hacia la roja vulva que le desafiaba. Empujó bruscamente, lo que provocó que la rubia resbalara sus tetas por la pared de la ducha pero no llegó a caerse porque se sujetó del culo prieto de mi compañero, lo cual hizo que él empezara a rugir.
Yo me estremecí excitada ante la visión del culito de Gary enrojecido por las uñas de la rubia, moviéndose lentamente mientras fornicaba, estrujándose las cachas al tiempo que su cipote arremetía en los interiores de la afortunada rubia. Mi dedo humedecido aprovechaba para escurrirse dentro de mi agujero, apreté contra mi punto G y cálidas babas brotaron de mi útero. Estaba a punto de llegar al clímax, cuando la alemana comenzó a gemir acelerada por las contracciones que debía estar experimentando su coño y Gary sacó el pene hinchado para seguir meneándosela con vertiginosa rapidez. Pared, espalda y pelo de la rubia quedaron manchados con la lefa de mi compañero. La chica se giró para enjuagarse la melena pringada y fue cuando se dieron cuenta que alguien les espiaba.
Salí del baño precipitadamente con las bragas medio bajadas y corrí por el pasillo con media teta fuera de la toalla, pero era demasiado el bochorno que había pasado para ocuparme ahora de taparme, lo único que me importaba es que nadie me viera, así que me metí en la primera puerta que puede abrir.
La sorpresa fue mayúscula cuando me di cuenta de que estaba en otro cuarto de baño y el negro de antes estaba de pie al lado del WC con una enorme tranca en la mano dispuesto a mear, pero según me vio entrar con las bragas y la toalla medio caídas, le pareció mejor idea metérmela sin preguntar. Con el calentón que llevaba después de haber estado masturbándome, no me resistí a las intenciones del negro. Me estrechó contra la puerta y nos besamos impulsivamente, mientras su espada se abría camino entre los labios de mi coño. Dejé caer la toalla, me agaché a quitarme las bragas y entonces desprevenida me la intentó introducir en la boca. Casi no me cabía pero puse todo mi empeño en engullir ese trabuco negro hasta donde diera de sí mi campanilla.
Saliva y líquido seminal se mezclaban, emergiendo de mi boca colmada. Las gotas se deslizaban por los oscuros huevos que no podía acaparar con una sola mano, pero no quería usar la otra que mantenía empeñada en hacerme gozar. De cuclillas, me masturbaba. Pasaba mi lengua de arriba abajo por toda la tranca revestida de venas y los gordos cojones que la coronaban.
De repente, llamaron con fuerza a la puerta y nos vimos obligados a colocarnos sendas toallas de nuevo. Abrimos con disimulo y entraron casualmente mis otros dos compañeros de curro y curso. En la empresa corren rumores de que uno es marica y del otro también se duda porque siempre van juntos. Y allí estaban, uno detrás del otro, vestidos sólo con unos pantalones de pijama. Si era raro que nosotros estuviéramos en el baño encerrados, más extraño parecía que estos dos no dijeran nada y se echaran entre sí miradas de complicidad. El negro no podía ocultar el empalme exagerado. Uno de mis compañeros permanecía hipnotizado por el bulto rampante pero el otro, Iñaki, reaccionó de la manera que menos podía haber supuesto: Me cogió de la cintura e introdujo la otra mano por debajo de la toalla para sobarme los muslos.
El negro se interpuso y le obligó a dejar de magrearme. Cachonda perdida, eché mano al paquete de ambos dispuesta a pajearles a los dos. Pero mi otro compañero me lo impidió al irrumpir con sus grandes manos dentro del pantalón de Iñaki. El masaje testicular que le propinaba a Iñaki daba la sensación que convencía a éste más que mi suave tacto. Ni corta ni perezosa le bajé los pantalones del todo y quedé embelasada con la depilación inguinal que llevaba. La agresividad desesperada con la que el negro me cogió del cuello me hizo desistir de la estupenda felación dirigida a Iñaki.
Mi compañero ocupó mi lugar, comía el rabo y los testículos sin rastro de pelo que lucía Iñaki. Era un pene gordo pero nada comparado con el del negro. Iñaki le quitó las gafas que siempre lleva mi otro compañero, Ángel, quien apoyó su frente contra el estómago del colega, con toda la polla erecta metida hasta el fondo de su garganta y su nuez desplazándose dificultosamente al intentar tragar. No me dio tiempo a ver más porque el negro encolerizado me metió la cabeza en el WC y aunque intentaba zafarme, su brazo bestial se aseguraba que no me revolviera demasiado para poder hundir su inflamada polla en mi ojete.
Vi las estrellas cuando resquebrajó mi culo, que afortunadamente estaba algo lubricado después de tanto preliminar entre la experiencia en un baño y en otro. Pero pronto me dio más gusto que nada y yo misma estrechaba mis generosas nalgas contra su pubis para que me diera con más insistencia. El orgasmo fue irresistible con semejantes empellones. Mis gritos de placer se vieron ahogados cuando con el primer chillido el negro sumergió otra vez mi cara en el WC y tiró de la cadena. Me tiró del pelo todo empapado para que volviera a incorporarme y como si nada continuó follándome por detrás.
Al torcer la cabeza en un intento de coger aire, vi cómo mis dos compañeros también se corrían en su práctica sodomita. Ángel se corría en su propia mano mientras recibía las descargas de Iñaki en la rabadilla. A continuación, Ángel se dio la vuelta para repasar las últimas gotas de semen que salían de la ya flácida picha de Iñaki, quien en un último impulso empezó a orinar en la boca de su compañero. Lefa y orín se vertían por las comisuras de los labios. El negro interrumpió el festín con un alarido. Lanzó la corrida en mi recto, pero parte se desbordó calentándome la vulva. Bastó frotarme un poco con el cremoso fluido para tener otro orgasmo.
Una ducha conjunta nos dejó frescos y listos para ir a clase.
Hoy el viejo profesor ha sido sustituido por una atractiva profesora sueca y su joven ayudante. En un perfecto castellano se presentan y nos invitan a consultarles cualquier duda por la tarde en la residencia, donde también se alojan. Ángel me comenta que el chico está muy bien dotado porque él ya se fijó. También a los profes les toca compartir baño…
por la Pulga
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