Entre sus brazos
 Anne
 
¿Quién no ha vivido alguna vez historias llenas de magia y fantasía, que, por ser tan deseadas, cubren en parte,  vacíos que la realidad no es capaz?

No me incomoda reconocer que a veces vivo en un mundo irreal, pero ¿y quien no? Al igual que muchos hombres cierran los ojos mientras se masturban y piensan que es Penélope Cruz, por ejemplo, quien se la está mamando… y muchas mujeres atraviesan sus coños con objetos fálicos y, a medida que intensifican la fuerza al penetrarse, piensan que es Nacho Vidal quien las embiste con violencia, por decir… yo me imagino situaciones morbosas y eróticas con hombres con los que en alguna ocasión tuve algún encuentro.

Esto me sucede con mi amigo Santos. Hace tiempo que no sé nada de él. Es un hombre con el que mantenía una relación especial, que, aun siendo muy distintos… tanto que parecíamos ser de distintos mundos, teníamos un punto de conexión muy importante, la cama, nos entendíamos a la perfección.

El es un hombre de aparentemente frío, calculador y desconfiado, pero yo le conozco bien y sé que no lo es. Es tierno y tiene un don natural que lo hace especialmente atractivo, su mirada, que no solo es bella por su aspecto y color, sino que, como un haz de luz atravesando un cristal, es capaz de mirar a través de los ojos.

Me decía que mi mirada transmitía seguridad, sinceridad e inocencia.

Bueno, yo…  y es en esto en lo que me diferencio de él, es que soy un poco locuela, impulsiva y a veces un poco extravagante. Sé que a veces le sacaba de sus casillas, pero a mí me resultaba divertido conseguirlo, como críos ¡vamos!

Amantes y admiradores ambos del sexo opuesto, disfrutamos el uno del otro cada vez al máximo en cada encuentro. Parece que nos exprimimos y nos absorbemos cada vez que quedamos, porque sabemos que es una incógnita el tiempo que estaremos distanciados.

Hoy podría afirmar que nuestra relación se basa en deseo y complementación.

La última vez que estuve con él fue hace un par de años, realmente se hace larga la espera, pero conseguimos que merezca la pena.

Alquilamos una cabañita, fuera de la civilización, en el campo, solos, aislados. Pretendíamos con esto cubrir sueños a realizar. A él siempre le gustó follar ante una chimenea, sentir el calor del fuego interior a la vez que el de las llamas en nuestras pieles.

La verdad es que el recuerdo que queda es más intenso si se prepara algo especial.

Dejamos tras la puerta nuestros trabajos, matrimonios y problemas para que, juntos, hiciéramos una cura de sexo, pasión y desenfreno.

Infieles ambos, dimos rienda suelta a todo el deseo contenido. Hambrientos de pasión comenzamos a besarnos y acariciarnos ante la chimenea, como si quisiéramos que nadie fuera capaz de arrebatar ese momento.

Fieles a una idea, la de follarnos sin piedad al vernos, para que después, durante el tiempo restante, hacernos el amor detenidamente, íbamos despojándonos de la ropa sin cuidado y abandonada en el suelo.

Nuestras caricias eran la muestra perfecta del deseo de contacto  existente, parecíamos querer arrancarnos la piel sobre la alfombra.

Nuestras lenguas recorrían nuestros cuerpos, ansiosos ambos, como dos perfectos animales inconscientes, dándose cariño de la forma más directa y profunda para saciar nuestra sed.

Nos masturbábamos mutuamente con las lenguas, labios, dedos y manos…. Todo era poco. Y terminábamos siendo taladrada por él salvajemente, por mi boca, por mi coño y por mi culo… de todas las posturas imaginables… hasta desfallecer por el agotamiento.

Incansables, hablábamos de nosotros, entre risas y recuerdos horas y horas fundidos en un abrazo.

Recuerdo que por la mañana me desperté antes que él, y me senté a observarle.

Dormía boca abajo, con una pierna flexionada. Mi mirada recorría su perfil, queriendo no perder detalle. Curioseaba sus hombros, sus brazos musculados, el declive de su espalda hasta llegar a sus nalgas fibrosas, miraba sus muslos, sus gemelos y sus pies. Presté especial atención entre sus nalgas, se veían sus huevos distendidos por el calor y la relajación y me sentí intrigada e inquieta por saber donde y cómo habrá quedado su polla flácida.

Deseosa de su cuerpo quise ser un velo suave que cubriera su piel, apenas rozándola.

Improvisé con mis labios comenzando por sus talones. Sentía el vello de sus piernas en mis labios y su piel erizada por los escalofríos. Ascendí como una gatita dejando que sintiera el calor de mi aliento y mis pezones duritos en su piel.

Al llegar a sus nalgas me detuve, saqué mi lengua y la acoplé a la raja de su culo, la dibujé desde los huevos hasta la espalda. Besé su cintura y fui descendiendo,  apenas rozando su piel con mis labios y… nuevamente sentí sus escalofríos y calambres. En ese momento pude presumir haber sido capaz de cambiar el estado de su polla, porque incómodo se recolocaba sobre el colchón, y sus huevos habían tomado el aspecto de la cáscara de una nuez.

Seguí ascendiendo por su columna, sintiendo cada una de sus vértebras en mis labios hasta llegar a su cuello, en el que me detuve para ver nuevamente como se tensaba por los escalofríos.

Perversa y dominante quise hacer que sufriera, sentada sobre su culo. Le sujeté los brazos para bañarle con mi saliva en sus orejas…. Y con la humedad de mi coño en su culo, mientras le susurraba al oído lo brillante que se lo estaba dejando, mientras que con un vaivén lo deslizaba sobre él.

Fueron pocos los minutos que me mantuvo engañada dejándome sentir la dominante. Era obvio que es más fuerte que yo y… de un impulso me dio la vuelta, dejándome a su merced sobre el colchón.

Agarrada por los brazos él me besaba. Marcaba con sus labios una ruta que iba desde mi mejilla, pasando por mis labios, mi cuello, mis axilas y mis pechos. Mientras, sus piernas abrían las mías para colarse entre ellas. Sentía su polla dura entre los labios de mi coño excitándome, apenas con un par de movimientos pélvicos, consiguió introducírmela.

Nos mecíamos juntos, despacio, sin prisas… creo que la intención era clara, alargar tanto que, si hubiéramos podido…. Si hubiera estado en nuestras manos…. Hubiéramos detenido el mundo alrededor nuestro en ese momento, y así ganar horas juntos, antes de incorporarnos a nuestra rutina diaria, al menos en nuestras mentes, el reloj se detuvo… aún siento que estoy entre sus brazos.
 
 
 
 

por Anne
 
 

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