En la biblioteca
TOMMe encuentro en la biblioteca. Hay poca gente. Después de la hora de comer sólo un “chalao” como yo se atreve a ir a la biblioteca. Es otoño. Hace calor. Desde que empezó esta triste estación estoy no se como. Voy demasiado abrigado. Ojeo con sopor un libro sobre técnicas fotográficas ya en desuso. Me duermo. Cabeceo. Me levanto y busco algo más excitante. Encuentro algo mejor: fotografía erótica. Y mientras me acomodo en el asiento a la vez que abro el libro al azar aparece como por arte de magia una chica de pelo castaño claro con un turbante verde que le queda muy bien. Es bajita. Luce una camiseta blanca de cuello de pico muy ajustado. Es pequeñita pero con unos enormes pechos. Deja los trastos sobre la mesa y se sienta frente a mí. La siento tan de cerca que me avergüenzo y sonrojo. Dios mío, que pensará: que soy un abuelito muerto de frío por lo abrigado que voy. Se levanta (no sin antes mirarme). Da la vuelta y busca un libro en la estantería. Por detrás le sobresale un culo saliente, grueso y apetitoso (tanto como sus mamas). Vuelve a sentarse con un grueso mamotreto que apenas puede sostener. ¿Se lo irá al leer todo? (me pregunto). Mientras desenfunda los trastos de matar: hojas de colores, libretita, agenda (de la cartera); bolígrafo, goma, lápiz (del estuche) mira el libro que tengo abierto con gran atención. Ahora lo estoy mirando yo. Dios, ha quedado abierto por lo peor: una mujercita sentada, fotografiada desnuda, toda ella sonrosada, sobre fondo verde. Es una pasada. Sus pechos son grandiosos. Su pubis copioso y rojizo. Su mirada tierna. Es pequeñita y preciosa como mi desconocida compañera. La miro con cara de interrogante. Ella se pone unas gafitas negras y me mira fijamente levantando las cejas. ¿Y ahora que hago yo? Me quedo como una estatua y no se me ocurre otra cosa que mandarle un guiño. Ella entreabre su boquita roja de fresa. Lleva su mano al canalillo del pecho y rasca suavemente con el dedo índice un minúsculo granito. Aparta la mano y mis ojos quedan clavados en la rojez que ha aparecido en la mitad de su doble luna.
- Si tuviera algodón y alcohol desinfectaría esa picadura (me atrevo a empezar)
- Gracias, pero no debe ser una picadura.
- No soporto las rojeces en el cuerpo. Cuando me sale una y me rasco, inmediatamente me doy con alcohol. El frescor que produce al evaporarse reconforta.
- ¿Eres médico? (susurra)
- De tu cuerpo lo sería.
- Eso me faltaba: un piropo machista.
- No te lo tomes así. No soy nada machista, de verdad.
- Era una broma.
- ¿Sabes? Daría mi vida por ser esa insignificante habita de tus senos.
- Qué galante. Pareces del siglo pasado.
- Seré del siglo pasado pero si supieras como me martiriza eso que su sabes y que tengo entre las piernas. Sólo con verte en el primer minuto he tenido bastante para alegrarme demasiado.
- Me estas poniendo cachonda (sonriendo burlonamente)
- Y tu me estás poniendo a dos millones por hora (le contesto muy serio)
- Que exagerado. Perdona. Voy al lavabo.
- Voy contigo
- Estas loco.
- Por ti. Me vestiré si es preciso de mujer. Quiero ver como meas. Lo deseo con toda mi alma. Con todas las fuerzas de mi ser.
- Loco no, estás peor que eso.
- Somos cuatro gatos. No se dará cuenta nadie. Ya lo verás.
- Vuelvo enseguida.
- Vale.
Cuando la veo a una distancia prudente me levanto y la sigo. Entra en el lavabo de mujeres. Al minuto me cuelo yo. La busco silenciosamente. Voy abriendo puertas con sigilo. No aparece. Me quedan las dos del final. Abro la de la izquierda. Me la encuentro sentada en la taza cogiendo papel para secarse.
- ¿Qué haces aquí?
- No te muevas por favor (me arrodillo)
- Estas loco de verdad. Como una cabra.
- Déjame que te seque (como dándole una orden a la vez que le quito el papel de la mano)
- Pero...
- Así, ves, bien sequita y limpita (con suma delicadeza)
- Vale (intenta incorporarse para subirse el pantalón vaquero)
- No, no (y me tiro sobre su bello púbico besándolo sin parar)
Se sienta ante mi insistencia. Le subo la camiseta con ternura y saltan sobre mí sus tetas. Meto la cabeza entre ella llenándola de besos. Las manoseo, las chupo, le toco los pezones, las magreo sin parar. Ella se excita. Me levanto. Me bajo los pantalones. Salta mi trasto sobre su carita. Me la coge. Restriega mis huevos. Se pone de pie sin soltármela. Me hace sentar sobre la taza después de bajar la tapa. Se sienta sobre mí de cara. Mi pene entra sin complicaciones en su coño, suavemente. Y follamos sin parar de moverse los dos hasta morirse de placer.
Nos arreglamos. Sale ella. Después yo. No nos ha visto nadie (eso creo). Nos dirigimos a nuestros aposentos. Estamos acalorados (sobre todo yo). Nos miramos. Madre, que calor tengo otra vez. Me soco el sudor de la frente con la manga. Mi cuello esta mojado. Lo froto con la palma de la mano... Y me susurra: “vas demasiado abrigado”
TOM