Manuel, mi carnicero
 por Alice Carroll
    La primera vez que entró en la tienda, Alicia no pudo dejar de mirarle. Era un hombre realmente atractivo, poderoso en físico, alto, musculoso y con un aire salvajemente sexual. Su mirada era intensa y penetrante, su sonrisa, entre pícara y burlona, su voz, armónica. Sus manos eran ágiles, fuertes y conocían a la perfección su trabajo. El lugar siempre estaba abarrotado, casi siempre de mujeres, de todas las edades, es cierto que sus productos eran buenos, pero realmente era él el que atraía al público femenino cada día. Con todas hablaba, a todas gastaba bromas, las piropeaba, les subía el ánimo para toda la jornada. Era un experto conquistador en horas de trabajo.

     Alicia no pudo mantenerse al margen del hechizo que provocaba ese hombre, de nombre Manuel. La forma de usar el hacha, de cortar la carne con el cuchillo, de coger el lomo con sus manos y enseñarlo orgulloso a sus clientas. Era algo insuperable, casi religioso. No podía haber nadie que tratara con tanta dignidad la carne de ternera, el lomo de cerdo, las alas de pollo… Todo lo trataba con firmeza pero a la vez con delicadeza, como si aún fueran seres vivos a los que hubiera que tratar dignamente.

     Alicia se hizo una adicta carnívora. Devoraba los filetes de ternera que Manuel le había cortado antes, los chorizos que le había recomendado, las chuletillas de lechazo de las que había hablado maravillas. No le importaba el colesterol, ni las grasas, sólo quería verle. Cada vez más. El estar en la carnicería junto a Manuel provocaba en ella sensaciones tan placenteras que tenía miedo de estar enferma o chiflada. Manuel miraba a Alicia, era muy atractiva, alta y delgada. En comparación con las señoras que habitualmente atestaban el lugar era un punto de luz del que no se podía escapar.

     Un día, el juego entre ellos comenzó. Empezaron a hablar en silencio, su lenguaje iba más allá de las palabras. El arte de la seducción era dominado por ambos, cada uno a su manera. Nadie más que ellos se daba cuenta del lenguaje gestual cada vez más profuso con el que se lanzaban el uno al otro indirectas completamente sexuales. Alicia, con sus coqueteos, su forma de esperar reposando su espalda sobre la pared, su caderas ladeadas, una de sus rodillas siempre algo avanzada. A veces, se mordía la punta de su dedo índice, era un tic que tenía desde siempre, una manía que le daba un aire muy sugerente y evocador de placeres terrenales. Su manera de recogerse el pelo, atusárselo, juguetear con uno de sus mechones rubios. Pero sobre todo, su mirada de deseo hacia Manuel, al que no quitaba ojo durante todo el tiempo que pasaba en la carnicería.

     Manuel por su parte, era un artista en lo suyo. Y su arte llegaba al máximo cuando tenía enfrente a Alicia. Acariciaba el lomo antes de cortarlo, utilizaba el cuchillo sin titubeos, separando cada uno de los filetes con cuidado, abriendo la carne con pleitesía. Manuel era un carnívoro por excelencia, un depredador nato, digno heredero de los hombres de las cavernas. Alicia se quedó completamente hechizada cuando le vio un día introducir en su boca un poco de carne picada y mascarla, saboreándola con los ojos cerrados y comentando después las cualidades de ésta. Verle comer carne cruda fue superior a sus fuerzas, la excitación que le provocó fue tal, que allí mismo, sintió que su clítoris empezaba a tener vida propia, dejándose notar entre sus piernas.

 Ese fin de semana, Alicia daba una cena en su casa con una docena de invitados, quería hacer un asado, así que fue a la carnicería de Manuel, era tarde y temía que ya no estuviera. Efectivamente, al llegar a la tienda, vio que tenía la persiana bajada y Alicia se maldijo a sí misma por su tardanza. Tendría que ir a otra carnicería. Respiró profundamente para recuperar el resuello por la carrera. Ya se disponía a marcharse cuando la puerta de la carnicería inesperadamente se abrió.

 -Hola, estaba a punto de cerrar. ¿Quieres algo?
 
-De veras que te lo agradezco, así ya no tengo que buscar en más sitios.

 Alicia entró en la carnicería y le pidió a Manuel una pieza de cordero para asar. Aún no se había quitado su bata y su mandil y sus manos estaban sangrientas de preparar piezas para el día siguiente. Empaquetó el cordero y se acercó a Alicia. Esta cogió la bolsa mientras le miraba, su respiración aún era agitada y más al tener tan cerca a Manuel. Lo cierto es que por inercia, por deseo acumulado o por el aire que se respiraba ese día en la tienda, pasó lo que ambos ansiaban. Manuel acercó su boca a la de Alicia y la besó, suavemente. Alicia respondió sin pensar, tiró su bolsa al suelo y le rodeó el cuello con sus manos. El primer tímido acercamiento  tornó salvaje en pocos segundos. Sus cuerpos se apretaron el uno contra el otro, Alicia sintió su miembro por debajo del mandil mientras Manuel conocía con sus manos manchadas de sangre, la piel de Alicia, dejándola teñida de rojo intenso.

 Manuel utilizaba sus manos con Alicia de la misma forma que lo hacía con la carne que vendía, palpaba con ellas los muslos de Alicia como intentando reconocer en ellos, las piezas que tenía en el mostrador. Mordió su cuello, cuyo sabor era una mezcla de perfume y restos de sangre de sus manos. Manuel fue dirigiendo a Alicia al mostrador, y allí apoyada sobre él, metió su mano entre las piernas, para encontrar otras carnes que le esperaban, ya húmedas y calientes. Su mano ardiendo esquivando sus bragas y adentrándose en su sexo la dejó sin defensas. Manuel comenzó sus incursiones a la zona oscura, lentamente y hasta el fondo, una y otra vez, mientras Alicia intentaba buscar la cremallera de sus pantalones debajo del mandil. Fue Manuel el que se la bajó, deseoso por liberar su miembro henchido por la sangre, esta vez su propia sangre, que pedía a gritos conocer aquella oquedad que tenía enfrente.
 Sus maneras eran bruscas, secas, toscas pero muy efectivas. Alicia sentía en su espalda el frío del cristal, la dureza del mismo en cada embestida. Sus movimientos eran constantes, fuertes, rotundos, la verga de Manuel era muy gruesa aunque no era extremadamente larga. Alicia sentía sobre todo su grosor, parecía que su sexo se tensaba por ese instrumento que la estaba abriendo de par en par.

 De repente, Manuel paró, su bata y su mandil estaban llenos de sangre, el vestido de Alicia también, así como sus piernas y sus brazos, era una orgía carmesí. Se dirigió al mostrador y sacó de él algo que la impresionó: una morcilla de Burgos. Manuel se acercó a ella con una sonrisa, la lamió los labios y su cuello, y mientras, con una de sus manos, destrozaba placenteramente sus pechos, con la otra, introducía lentamente aquel colosal embutido. Alicia sentía el frío del embutido entrando dentro de ella, era enorme, más grueso si cabe que su  pene. Lo cierto, es que a pesar de pensar que Manuel no estaba bien de la cabeza, le estaba gustando. La morcilla entró en su sexo, entera, hasta el fondo y Alicia, que empezaba a sentir cierto temblor en sus piernas, se dejó ir, las palpitaciones calentaron el instrumento, que salió húmedo y brillante. Manuel metía y sacaba la morcilla una y otra vez. Alicia, con los ojos cerrados se deleitaba con la original penetración. Manuel sacó la morcilla, la tiró al suelo y fue la suya propia la que empezó de nuevo a danzar dentro de Alicia, embestida tras embestida, hasta romper ambos en un colosal orgasmo. El olor era extraño para ella, era una mezcolanza de sexo, sangre y morcilla muy peculiar. Seguramente jamás lo olvidaría en su vida. Después del desenfreno carnívoro, Alicia cogió su bolsa y salió hacia su casa a preparar la cena.

 Tras ese día, Alicia y Manuel volvieron a probar los placeres del sexo en la carnicería. Alicia siempre llegaba a última hora los lunes, miércoles y viernes, dado que el resto de los días, Manuel tenía que ir a la carnicería de su padre a echarle una mano. El gusto por la carne parecía formar parte de un gen que pasaba de padres a hijos. Alicia probaba cada día nuevas carnes y nuevos embutidos…

 Fue un martes, cuando,  casualmente, Alicia pasó por la carnicería. Se asomó por si acaso aún no se había ido Manuel. Parecía estar ya todo a oscuras, pero un rayo de sol entrando en ese momento por la ventana la sacó de su error: allí estaba Manuel, con sus pantalones bajados, con su mandil puesto, embistiendo salvajemente encima del mostrador a otra de sus clientas…

 Desde ese día, Alicia se hizo vegetariana y jamás volvió a probar la morcilla en su vida.
 

Alice Carroll

http://alicecarroll.blogspot.com/
 

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