Mas que amigas
 por Anais
http://traslaspuertas.blogspot.com/
 

Nos habíamos conocido poco tiempo atrás, y nos habíamos hecho amigas casi sin darnos cuenta, tras largas conversaciones ante mesas de café, conversaciones sobre libros, sobre hombres, sobre la vida. Me caía muy bien, era guapa, sabía lo que quería, me inspiraba confianza. Un día que la persona con la que ella vivía estaba de viaje decidimos salir a cenar juntas y luego a tomar algo por ahí.

Pasé por su trabajo a recogerla, y al subir al coche propuso ir antes a su casa para arreglarse un poco antes de ir a cenar. Así lo hicimos y la acompañé al piso. Me quedé curioseando los libros de una estantería mientras se arreglaba, pero al poco me llamó.

-Oye, ven, así hablamos mientras me visto.

Entré en su dormitorio y me senté en una butaquita. Se había quitado la ropa de ir a trabajar y ahora sólo llevaba las bragas. Era la primera vez que la veía así y me chocó un poco, pero no pude evitar quedarme mirándola, tenía un bonito cuerpo. De espaldas a mí, agachada ante los cajones de una cómoda, me estaba diciendo algo, pero no la escuchaba. Se volvió al ver que no obtenía respuesta.

-¿Qué pasa...?

Creo que mis ojos debieron decírselo todo. Se sentó en la cama.

-Ven aquí.

Obedecí.

-¿Te gusta lo que ves?

Asentí.

-A mí también me gustaría verte...

Y por qué no, pensé. Tenía a unos centímetros de mí su piel que percibía cálida, ligeramente erizada, no sé si de placer anticipado. Levantándome apenas, me saqué el vestido que llevaba. Los pezones se marcaban nítidamente bajo el sujetador y ya empezaba a sentirme húmeda. Me moría por besarla.

Pero ella se adelantó. Me tomó la cara con las manos y me introdujo la lengua en la boca, la recorrió sin prisas, sabia y lenta. Me hizo tumbarme en la cama y me quitó toda la ropa que me quedaba.

Notaba la temperatura subiendo por momentos... las manos de ella recorriendo todos los rincones que acababa de desvelar... y de pronto me levanté, me puse a horcajadas sobre ella y le dije:

-No hagas nada, déjame a mí.

Sorprendida, relajó el cuerpo y cerró los ojos. La observé con detenimiento. Había visto mujeres desnudas antes, por supuesto, pero nunca había tenido ocasión de mirar tan de cerca y sin prisas. Con la yema de los dedos, seguí el perfil de su cara, bajé por su cuello para notar sus latidos, seguí por un brazo hasta encontrar su mano y enlazarla con la mía, la llevé hasta mi pecho.

Volví a su cuerpo. Ahora con toda la mano, tan despacio como pude, recorrí el camino entre sus senos. Noté su cintura y su vientre que se movían al ritmo de una respiración agitada. Bajé por sus piernas y me perdí en la suavidad de sus muslos. Allí en el centro brillaba la humedad, como las perlas.

Mis manos siguieron su viaje. Subieron de nuevo hacia el vientre y bajaron hasta los labios que esperaban su visita. Me demoré por fuera, dejando que mis dedos pasearan por todos sus rincones. Acerqué mi cara para verlo mejor, mientras oía su respiración agitada, que parecía venir de muy lejos.

Aventuré mis dedos al interior de su sexo. Era una sensación extraña, sentirme en el interior de otra mujer como otras veces dentro de mí misma, suave como terciopelo, acompasando mis movimientos al ritmo de sus gemidos. No tardó mucho en correrse, se quedó relajada, exhausta. Saqué mis dedos, los lamí, subí hasta su boca y la besé.

-Gracias, amiga...

Anais

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