La ingenua secretaria
 por Alice Carroll
Alice era una chica de provincias que un buen día se fue a Madrid a trabajar. La capital le quedaba grande y Alice, ingenua y aún virgen, intentaba superar el cambio de la mejor manera posible.

Alice era alta, delgada, no era una belleza, pero sí tenía un atractivo especial. Su forma de vestir podía parecer provocativa y descarada para aquellos que no la conocieran. Sus minifaldas eran cortísimas y vaporosas, sus camisetas, ajustadas, sus blusas, ceñidas hasta el desmayo, sus escotes, escandalosos. Pero era simplemente su forma de vestir, se encontraba a gusto así, no tenía ningún doble sentido, ningún otro propósito rondaba su cabeza. Al hablar con ella, la gente cambiaba de opinión al instante, era inocente, tímida y hasta de moral tirando a recatada. Tenía un candor muy poco corriente a sus 30 años. Ella notaba que los hombres en la capital la miraban con más frescura que en su ciudad natal, los piropos al principio la desagradaban, haciendo que sus pálidas mejillas se inundaran de rubor, pero poco a poco, se acostumbró a ellos y empezó a sentirse un poco más segura de sí misma.

Alice se moría por ser desvirgada. Estuvo saliendo la friolera de 10 años con su novio de siempre, que, influido por la religión y el colegio de curas, no se atrevió casi a tocarla durante el largo noviazgo. Lo más, unos besos, algún roce esquivo a sus pechos… Ella intentaba insinuarse y provocarle día tras día, sin resultado alguno. Llegó a pensar que el problema era realmente de ella, y que quizás era una mujer poco atractiva, incapaz de instigar pasiones en los hombres. Al final acabó cansándose de tanto apetito no satisfecho y acabó dejándole.

Sus toqueteos nocturnos eran extremadamente frecuentes. Encontró en la masturbación una vía de escape a sus deseos. Soñaba cada noche con ser penetrada por un hombre, se imaginaba cómo sería todo el proceso. Su hombre la besaba dulcemente, la abrazaba, le quitaba con ternura su ropa, le acariciaba todo el cuerpo, se tumbaba sobre ella en la cama, y mirándola con embeleso, le hacía el amor. Se imaginaba unos preliminares prolongados, llenos de amor, delicadeza y carantoñas. Por fin, llegaba el momento álgido, la penetración por parte de su empalagoso amante, con cariño y poco a poco, una orgía de azúcar y miel. En ese instante, dejaba de imaginar nuevas escenas, ya no podía más, su sexo requería atención inmediata y sus manos inquietas acababan dándole el sosiego necesario para dormir tranquila.

En otras ocasiones en cambio, sus fantasías la traicionaban. Soñaba escenas violentas de sexo no consentido, hombres abigarrados, toscos y fornidos que la obligaban a hacer cosas que ella no quería y la despojaban sin ningún miramiento de su himen intacto y su virginidad mantenida. No podía remediar que acudieran estas imágenes a su mente y se sentía culpable por estos pensamientos, impuros y obscenos. En estas ocasiones, la necesidad de llegar al clímax se hacía más urgente, sentía su sexo más inflamado que nunca y de su flor aún sin abrir salía más néctar de lo habitual.

Le costó mucho dar el paso de irse a vivir a la capital. Jamás había salido de su ciudad, que apenas contaba con 50.000 habitantes, y donde todo era o por lo menos, parecía, decente a los ojos de los foráneos.

Tras buscar piso durante dos semanas, tuvo que rendirse por los precios abusivos que le pedían y que ella era incapaz de pagar y no tuvo más remedio que compartir piso con un desconocido en un apartamento de dos habitaciones. Juan, que así se llamaba su compañero de piso, parecía un hombre bueno, tranquilo, limpio y ordenado. Era funcionario y tenía una novia en Lugo, de donde procedía él también. No le pareció peligroso y se trasladó a vivir con él.

Alice había conseguido en Madrid un trabajo de secretaria de dirección en una empresa de unos 100 trabajadores. Iba a depender directamente de su jefe, el señor Hernán, y el sueldo era bueno, iba a cobrar el doble de lo que cobraba en su ciudad. Todo era nuevo para ella, se le abrían nuevas posibilidades de conocer gente diferente, tal vez en esta nueva etapa conseguía por fin  encontrar al hombre de su vida.

El primer día que fue a trabajar, esperó sentada fuera del despacho del señor Hernán. Llevaba una minifalda roja con flores blancas muy vaporosa y una camiseta blanca con escote redondo. Enseguida, el señor Hernán la hizo pasar al despacho. La miró de arriba abajo y Alice se turbó. La invitó a sentarse y seguidamente le explicó en qué consistía su trabajo.

El señor Hernán miraba descaradamente sus piernas y tenía un gesto que a Alice no le pasó desapercibido: sacaba su lengua para chuparse reiteradamente los labios. Alice intentaba mantener sus piernas bien cerradas.
 
-Estarás a gusto con nosotros, te lo aseguro.-Dijo él.

 -Estoy convencida de ello. Intentaré hacer todo lo posible por ganarme su confianza señor Hernán. Soy una trabajadora incansable y haré lo que usted me diga.

 -Muy bien Alice, creo que nos vamos a entender…

 Y la invitó a salir del despacho, no sin antes, darle un pequeño cachete en el culo que la pilló desprevenida.

Se sentó en su mesa de trabajo y abrió su ordenador para familiarizarse con el programa de la empresa. Intentó no darle vueltas al cachete recibido. Quizás la mentalidad de la capital era más abierta. Alice estaba dispuesta a adaptarse y dejar de ser una chica de provincias. Le horrorizaba que la pudieran llamar estrecha o paleta. Tampoco tenía tanta importancia, simplemente había sido un saludo de bienvenida.

Los días iban pasando y Alice se fue adaptando a su trabajo. Su jefe le seguía dando pequeños azotes en el culo y de vez en cuando se lo sobaba, pero no pasaba de ahí. Alice lo empezó a ver como algo normal y no le ponía mayores pegas.

En diciembre, la mano derecha del Sr. Hernán, Carlos, sufrió un percance con su vehículo y tuvo que pedir la baja por tres meses. El trabajo se empezó a acumular y el señor Hernán pidió a Alice que se quedara por las tardes. A Alice le venía bien el dinero extra que le proporcionaba ese trabajo de más y aceptó gustosa. Las tardes se alargaban hasta la noche y Alice se quedaba con su jefe hasta que ya no quedaba nadie en la oficina.

Una de esas noches, el señor Hernán se empezó a acercar más a Alice con la excusa de ver unos documentos juntos. Se acercó por detrás a ella hasta rozarle el culo. Alice notó algo duro detrás. El Sr. Hernán empezó a restregarlo contra su culo.

-Esas faldas que traes me ponen a cien, Alice. -Mientras hablaba, su mano le subía la falda -Quiero tocar ese culo que tienes tan apetecible.
 
-Señor Hernán… ¡Qué hace usted!

 -No te hagas la estrecha, que bien sé que vienes con esta ropa para provocarme. No disimules más conmigo, sé que lo estás deseando. Tengo la polla a punto de reventar.

 -No, por favor, Sr. Hernán…

 Pero el señor Hernán hizo caso omiso a su petición y empezó a meter su mano por debajo de sus bragas. Alice no quería dejarse hacer, pero tampoco se lo impedía de ninguna manera. Su mano caliente friccionó su rojizo botón de placer que empezaba a hincharse sin remedio. El Sr. Hernán se apretaba contra ella,  mientras amasaba sus pechos con la otra mano. La humedad empezó a mojar la mano curiosa del Sr. Hernán y éste se atrevió a hacer algo que ningún chico le había hecho aún: le metió los dedos en su sexo. Alice empezó a experimentar sensaciones que jamás había sentido con su novio. El Sr. Hernán desabrochó sus pantalones, subió más a Alice la falda y le bajó levemente las bragas.

-Te voy a follar Alice…Te va a encantar.

-No debería, por favor… -Pero Alice sentía que su voluntad le flaqueaba, negaba a su jefe sin mucha convicción, realmente estaba deseando ser penetrada por él, igual que en sus violentas fantasías nocturnas. Estaba excitada y húmeda, más húmeda que nunca. La mano de su jefe se movía incluso mejor que la suya en sus sesiones onanistas.

Se inclinó sobre la mesa de su jefe y dejó su culo rendido a la vista de él.

-Así me gusta…Estás completamente empapada, ya sabía yo que lo deseabas. Te vas a tragar la polla entera.

 Y sin ningún tipo de aviso, introdujo de un golpe su pene, sin miramientos, sin ninguna consideración a su virginidad. Alice sintió su polla penetrándola sus entrañas, pero al contrario de lo que ella pensaba, no le dolió en absoluto, era sumamente placentero. El señor Hernán la embestía, agarrándola con fuerza sus pechos, sintiendo en cada sacudida la falta de aire. Alice gemía, estaba en un mundo nuevo, gritaba, sus piernas flaqueaban.

-Te gusta ¿verdad? Qué coño tan caliente y húmedo tienes…

 Alice no podía más, estaba a punto de culminar, la excitación era máxima. Sintió su sexo pulsátil, su cuerpo tembloroso y se abandonó…Las embestidas del señor Hernán multiplicaron su placer y de repente notó algo caliente en su interior. El Sr. Hernán se derrumbó sobre Alice unos momentos hasta que salió de ella.

-Muy bien, creo que no te voy a despedir nunca. Eres muy buena trabajadora, el año que viene te aumentaré el sueldo.

-Gracias señor Hernán.

 Y Alice se fue a su casa escocida y desvirgada. La primera vez no había sido como ella había soñado, pero no había estado mal. Su jefe era un hombre corpulento y atractivo y su mirada le gustaba.

 Al día siguiente, Alice volvió a quedarse y su jefe de nuevo inició sus maniobras de aproximación.
 
-Con esas falditas vas a conseguir que te deje todas las noches el culo bien caliente, porque contigo estoy siempre empalmado.
 
Y su mano se volvió a meter debajo de las bragas de Alice, masturbándola de nuevo. Alice cerró los ojos, dejándose llevar por el goce que estaba experimentando.

-Arrodíllate y chúpame la polla, Alice. Quiero ver como te la comes.

 Alice jamás había chupado el pene a su novio, y en principio lo veía como algo repulsivo. Pero no quería decir que no a su jefe y metió en su boca la polla ya erecta del señor Hernán.
 
-Venga, hasta el fondo, métetela hasta la garganta.

Alice se contenía las ganas de dar una arcada, pero después de un rato de chuparla, no sólo se acostumbró sino que empezó a sentir un placer inesperado por acogerla en su boca.

Su jefe le daba indicaciones de cómo debía hacerlo y ella las seguía al pie de la letra. Empezó a dominar la técnica, su boca se movía hacia delante y hacia atrás con ritmo frenético, mientras el señor Hernán jadeaba. Notó un sabor dulce en su boca y quiso parar, pero su jefe retuvo su cabeza.
 
-Trágatelo todo Alice. No dejes ni una gota.

 Y Alice obedeció a su jefe. No estaba tan malo después de todo y tragó y tragó hasta que no quedó ni rastro. Sacó su lengua y limpió la polla con tesón, saboreando cada gota de semen que en ella había. Se chupó los labios y miró inocentemente a su jefe.
 
-Muy bien, eres muy buena secretaria Alice.

-Gracias señor Hernán.

 A la noche siguiente, la historia se volvió a repetir. Esta vez su jefe parecía estar más cariñoso que en anteriores ocasiones. La tumbó en el sofá, abrió sus piernas y le comió su coño. Alice experimentaba cada día nuevas sensaciones al lado de su jefe y gimió, gritó con furia por la tortura placentera que la estaba llevando al éxtasis de forma tan precipitada. Alice tuvo un orgasmo tras otro. La penetró, zambulló su pene en esa piscina en que se había convertido su sexo, entró y salió de ella hasta dejar su sexo agotado hasta la extenuación. Alice moría de placer. Su jefe se chupó los dedos y Alice sintió como batallaban por entrar en su culo. Inconscientemente contrajo su ano ante esa novedosa invasión. Alice creía que esas técnicas eran de homosexuales y pervertidos. Pero el señor Hernán era obstinado y volvió a hacer un nuevo intento, embistiéndola en ese momento para pillarla desprevenida. Sus dedos entraron por fin, Alice intentó sacárselos, pero sin éxito. Lo cierto es que la sensación no era desagradable, al contrario. Movía sus dedos con presteza y habilidad y ella empezó a sentir un placer inmenso, corriéndose de inmediato.

-Te gusta que te metan los dedos en tu culito ¿verdad? Pues vas a sentir mi polla dentro.
 
-No, no, eso me va a doler.

-Tranquila, lo haré bien.

Dio media vuelta a Alice y mientras con una mano le frotaba el clítoris, intentó el ataque, pero su culo volvió a cerrarse por miedo.

-No te resistas, este culo va a ser mío.

 Y volvió a hacer una nueva maniobra de aproximación, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Alice notaba dolor, pero sentía el placer de las manos de su jefe rozando su sexo. Poco a poco, el culo virginal de Alice se fue rindiendo hasta que acabó abriéndose a la polla impaciente de su jefe, que se clavó en él hasta el fondo. Los movimientos del señor Hernán se acentuaron y Alice sentía en la mezcla de sensaciones tanto placenteras como dolorosas un nuevo goce. El orgasmo que sintió fue sublime, insuperable, uno de los mejores que había tenido en su vida. Su jefe no pudo resistir más con las placenteras apreturas del lugar y acabó corriéndose ruidosamente en su culo.

-Por hoy hemos terminado Alice, te puedes ir a casa.

 Esa noche, y con el culo dolorido, Alice se marchó contenta y feliz. Su nuevo trabajo le gustaba y estaba claro que iba a aprender más de lo que nunca hubiera imaginado.

 Al llegar a casa, su vecino de piso estaba sentado en el sofá viendo la tele y vestido únicamente con unos calzoncillos rojos, tenía una mano dentro de ellos y en la otra una copa. Por como estaba la botella de whisky parecía que no era la primera que se tomaba. Miró de forma lasciva a Alice y se levantó del sofá…
 
 

Alice Carroll

http://alicecarroll.blogspot.com/
 

Volver al Indice