No te muevas
 Anne
 
¿Cuantas veces nos hemos preguntado a nosotros mismos si somos tradicionales en el sexo, o,  si por el contrario, somos precoces y nos adelantamos a las novedades que se van conociendo en todo este mundo del arte del sexo? Pienso que esto es algo que incluso acostumbramos a escuchar con bastante frecuencia, más aún, si nos encontramos en una reunión en la que nos encontramos cómodos.

Yo, por el contrario, soy más de impresiones. De ser capaz de experimentar todo aquello que me haga sentir placer y que yo sea capaz de darlo. Para ello, intento disfrutar cada instante vivido de cada situación  sexual. Es por eso que quizás, la verdadera importancia, para mí, no está en vivir un amplio abanico de situaciones sexuales, sino en ser capaz de vivir cada instante de cada una de las escenas en las que me halle.

Para ponerte un ejemplo, Adolfo, ¿recuerdas el fin de semana que vivimos juntos en la casita de la playa? Estoy segura de que sí.

Te diré, que verte sentado en la bañera invitándome a entrar dentro, tras los momentos tan intensos que habíamos compartido minutos antes, fue un desafío a mis deseos de provocación, por lo que mi impulso me llevó a  sentarme frente a ti.

Mi picardía comenzó al llenar la bañera de agua y poder observar cómo ésta era capaz de mecer tu polla y tus huevos. La verdad es que la amplitud de la bañera daba lugar a este tipo de juegos, pues nos permitió acomodarnos en ella con las piernas abiertas. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas mi sonrisilla burlona al pasar mi pie por tus muslos y tus ingles? Nunca hubiera pensado que unos pies pudieran dar tanto juego sexual.

Comencé a subirlos por tus muslos hasta acomodarlos en tus ingles, a las que trataba de acariciar con el dedo de mi pie, con movimientos ascendentes y descendentes, y, por supuesto, no quitaba ojo a la expresión de tu rostro mientras colaba mi dedo entre tus nalgas, mientras acariciaba tu ano con él, y en cómo travieso, se introducía despacito dentro de tu esfínter, mientras mi otro pie daba golpecitos en tus huevos, tratando de acariciarlos con mis dedos.

En este momento hubiera deseado poseer branquias y bucear en tu entrepierna haciéndote mío. Hubiera mimado la suave piel que rodea tu ano, dibujándola con la puntita de mi lengua y tratar de dilatarte introduciéndola dentro. Hubiera hurgado en tu interior con mi dedo a la vez que mamaba tu polla, de forma que no pudieras olvidarlo jamás.

Te abandonaste  a mí, deslizando tu cuerpo en la bañera. La expresión de tu cara cambió. Apretabas bien los ojos y los dientes y, tus labios entreabiertos… me dieron la clave a tu grado de excitación, por lo que acoplé  perfectamente la planta de mis pies a tus huevos, que dicho sea de paso, ¡Dios! ¡Cómo me pusiste al cogerlos y atrapar tu polla entre ellos! Y, en cómo, casi con violencia frotabas tu polla masturbándote así. Sentía tener una piedra entre ellos y no quise desaprovecharla, por eso me di la vuelta y me quedé a cuatro patas ante tus ojos. Y así, apoyada en el borde de la bañera, imaginaba las vistas que tenías en ese momento, con mi ano y mi vagina bien abierta entre mis nalgas.

 Me sentí salvaje, ansiaba ser montada por ti, como una perra en celo, de ahí mi mirada viciosa sobre mis hombros, y mis palabras cada vez más agresivas que transmitían mis deseos de ser follada.

Sentía el peso de tu cuerpo apoyado sobre tus manos en mi espalda, y  tu polla, instintivamente, penetrando una y otra vez mi coño.

Colé mi mano entre mis muslos y atrapé tus huevos con el fin de masajear mis labios con ellos, y al verme así, colocaste tu polla en mi mano. La tenías dura como una piedra, y chorreaba la mezcla de nuestros flujos, con lo que la lubricación de mi esfínter casi no fue necesaria.

Y así, agarrada a tu polla, colé tu capullo entre mis nalgas, recorriendo el caño que forman una y otra vez. Dibujé mi ano y metí tan solo tu capullo en él. En ese momento, en el que me tenías sujeta por mis caderas y con tu polla a punto de atravesarme, empujé mi cuerpo hasta quedar totalmente clavada a ti.

Apenas cuatro embestidas y tu cuerpo agotado se desplomó sobre el mío. Extasiado retiraste el pelo de mi cuello y me susurraste al oído:
- Ahora, dejaré que mi cuerpo recobre mi posición inicial, sentado tras de ti, para observarte, para ver como mi leche sale de tu culito, recorriendo tu coño y babeándola hasta caer en forma de gotas en el agua… No te muevas mi amor.
 
 

por Anne
 
 

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