La mujer de mi padre 
 

III

El año se fue como llegó, pero la ausencia de mi padre me dispuso a odiar más a mi madre y a Mario.

Las navidades se acercaban y todo lo que quería era pasarlas con papi en nuestro departamento. Mi madre planeó nuestra llegada para el 23 de diciembre, ese mismo día, apenas llegásemos al aeropuerto tomaría un taxi e iría a ver a papi.
El vuelo fue calmado, a diferencia del de ida, lleno de turbulencias. Llegamos al aeropuerto a las 11 de la mañana, después de terminar con los largos protocolos corrí hacia la salida, dejando mis maletas atrás y solo llevando conmigo la bolsa de regalos para papi.

El taxi, se tomó su tiempo en llegar.

Mientras subía por el ascensor mis manos rozaban impacientes las llaves del departamento. Piso 13... 14... 15! ¡Papi!.

A esa hora tendría que estar trabajando, mire mi reloj, ajustado en el avión a la hora local; todavía tenia una hora más. Tenia planeada una velada espectacular, solos, él y yo.
Pero al salir de Madrid, ese viernes, con los cambios de horarios, olvide por completo que ahora era sábado. Los sábados él no trabajaba.

Introduje la llave, la hice girar, todo aquello me causaba una sensación indescriptible. Entré y dejé mi bolsa a un lado de la puerta.

-Todavía no llegó... ¡perfecto!- Pensé.
Estaría allí cuando llegase, seria una completa sorpresa.
Pero la sorpresa me la llevaría yo. Iba hacia la cocina y oí un sonido que provenía de su habitación.

-Llegó más temprano- Supuse.
Me acerque sigilosamente; lo sorprendería al abrir la puerta.
A medida que me iba acercando los sonidos aumentaban. ¿Qué era aquello? Mi padre jadeaba violentamente. En mi ingenuidad, por un momento, pensé que se sentiría mal. Nada más lejos de la verdad. Y luego, escucho sonidos similares, pero aquellos provenían de una boca femenina. Lo que vi, fue algo que no podría quitar de mi mente jamás. Creo que ya, a esta altura, suponen de lo que se trataba.

Me acerque a la puerta entreabierta, vi a mi padre jadeando, moviéndose violentamente sobre una mujer, que tenia la cara desfigurada por el placer. Ella le rodeaba la cintura con sus piernas, mientras él la embestía brutalmente y con sus manos le presionaba los pechos.

¿Otra mujer ocupaba el lugar en el corazón de mi padre, que me pertenecía por derecho? Él me engañaba, como mi madre se lo había hecho. Me había traicionado.

Los jadeos y gemidos aceleraron su ritmo, cada vez eran más fuertes, más sostenidos, de casualidad noté como mis pechos se endurecían, al mismo tiempo que por mi mente pasaron cientos de cosas. El lugar que ocupaba esa mujer era el mío, ¿Con qué derecho jodía con mi padre?

La ira me consumió. ¿Por qué él no la había mencionado en sus conversaciones telefónicas? ¿Quién era esa mujer? Di media vuelta y consternada comencé a caminar hacia la puerta; cuando finalmente llegó al hall, oí como sus gritos se unían en uno solo, completamente sublimes. Primero fue la voz de mi padre, que parecía tener la respiración entrecortada y su gemido sonó completamente extraño para mí, luego fue el de ella, este si me era familiar, aunque no del todo sonaba muy similar a los míos cuando me daba placer. Me quedé completamente inmóvil parada, girada hacia su habitación.

Debí haber estado un buen tiempo allí parada, cuando mi padre salió de su habitación, solo en boxers; los reconocía, se los había regalado yo para su anterior cumpleaños.
Su cara se contrajo al verme.

-¿Ornella?... ¿Qué... ?- No deje que continuara con su oración, solo tomé mi bolsa y salí del departamento corriendo. Llamaba al ascensor, pero este estaba en el piso ocho, tardaría mucho en subir. Impaciente, con la cara llena de lagrimas, corrí hacia las escaleras y las baje como si me estuviese persiguiendo, aunque sabia que aun estaba en el interior del depto.

Baje apresuradamente, para cuando llegue al séptimo piso, no podía respirar ¡ocho pisos de una corrida! Estaba muy dolida, él ya no me amaba. No me detuve mucho, y seguí bajando, esta vez los pies me pesaban como plomo; si llamaba al ascensor corría riesgo de que él estuviera allí.

Primer piso... planta baja. Cuando llego al ultimo peldaño, lo reconocí, mirando por todo el hall de entrada; rápidamente me oculte tras la pared para que no me viera; estaba en jeans, descalzo y con el torso desnudo. Podía ver su espalda, la misma que hacia unos instantes había permitido que una completa desconocida se la acariciara.

Con las llaves en la mano y como estaba salió a la acera, pude ver a través de los vidrios de la puerta como su cabeza giraba hacia ambos lados una y otra vez. ¡Jamás le perdonaría lo que me había hecho! En mi mente de niña adolescente de 14 años no había cabida para que un hombre solo se acostara con una mujer y me abandonara.

Vencido volvió a entrar al edificio, se llevó las manos a la cabeza y en un leve suspiro pude oír, mientras se acercaba al elevador:

-Dios mío...-

Esperé unos minutos  y luego me cerciore de que el ascensor iba por el piso 6. Entonces tomé mis llaves mientras seguía llorando, abrí la puerta y salí de edificio. No sabia a que dirección debía irme. Decidí que iría por la derecha, hacia el parque.

A pesar de que el verano se hacia insoportable, haría unos 30 grados, la llovizna fina se avecinaba por lo lejos. Mientras caminaba las gotas comenzaron a caer muy levemente. Por mi cabeza pasaba la imagen de mi padre sobre esa mujer, la imagen de sus tiernas manos tomando las mías; las mismas que hacia un instante habían apretado con tanta furia los pechos de una desconocida.

Sin darme cuenta mis pasos ya pisaban los senderos del parque, la llovizna no se había detenido y seguía cayendo como una caricia sobre mi rostro.

Visualicé un banco y me senté en él, la bolsa estaba a mi lado; seguía llorando, pero mis lagrimas salían sin que hiciera ningún esfuerzo. Estaba agotada. Estire mi mano y sustraje el primer obsequio, una botella de vino; comprada especialmente en la vinotera más exclusiva de Madrid, la dispuse a un lado. El segundo obsequio era una hermosa corbata de seda bordada color azul oscuro; el siguiente regalo se trataba de una pequeña cajita que en su interior contenía dos pequeñas piezas del ajedrez, el rey y la reina, tallados en una hermosa madera clara laceada. Y así continué sacando los regalos, hasta llegar al ultimo. En un portarretratos hecho especialmente por un artesano local de Madrid, la ultima foto que nos habíamos tomado juntos; allí en ese mismo parque. Me quedé allí observando los obsequios.

Estaba muy agotada, el reloj de la capilla marcó las 4. Me incorpore húmeda por la llovizna que se había cernido sobre mí y caminé hasta la parada del bus.

Regresaba a casa, o mejor dicho a casa de mi madre. Cuando llegué mi madre y Mario me aguardaban en el living, mi padre había llamado y los había alarmado.

-¿En donde estuviste?- Me preguntó Mario.

-Por ahí- Le respondí.

-¿Te das cuenta de la hora que es? ¿Cómo que por ahí? Acordaté que solo tenés 14 años, ¡no podes andar por la calle como se te antoje!- Mi madre se había enfurecido. -¡Todavía no acabamos ni de llegar y ya empezas a hacer idioteces!-

Mi giré y subí a mi habitación sin más. Mis maletas estaban allí. Me desplome sobre mi cama y me quede completamente dormida.

Tuve un sueño pesado plasmado de pesadillas. Cuando desperté eran las diez de la noche. Mi madre y Mario cenaban en el comedor. ¿Acaso había perdido el amor, del único ser que me importaba sobre la tierra? Me di una ducha y continué durmiendo.

La mañana del 24 de diciembre no tenía deseos de levantarme, estuve en mi cama hasta que dieron las 12 de mediodía. Cinco minutos después de que decidí levantarme, el teléfono de mi habitación comenzó a sonar; como era una línea independiente al del resto de la casa no me preocupe. Sería alguna de mis amigas que querría verme, pero ni deseos de hablar tenia.

Continuó sonando furiosamente por cerca de 10 minutos, no lo soporté más y desconecte el aparato de la pared.

Pasé el resto del día encerrada en mi habitación. Del otro lado de la puerta oía los bruscos movimientos de dos personas que iban y venían. Asome la cabeza por la puerta y al no ver a nadie me acerque al living; pero tampoco había nadie allí.

¿En donde estarían? El reloj daba la siete de la tarde. De repente por detrás de una de las puertas del despacho salía mi madre, enfundada en un hermoso vestido rojo con una abertura que dejaba entrever sus piernas; a continuación sumergió Mario en un traje de noche negro hecho a medida.

-¿Dónde van?- Les pregunte. Mi madre se acomodaba los pendientes ante el espejo.

-Hoy tenemos una comida en las oficinas de la empresa donde trabaja Mario- Me respondió mi madre.

-¿Y por que no me avisaron?-

-Por que vos te vas con tu padre, ¿o no?- Inmediatamente comprendí que si negaba aquello insistirían en llevarme con ellos.

-Si... me voy con papi-

-¿Y que estas esperando?-

-Todavía es muy temprano... ¿no te parece?-

-Si. Pero nosotros tenemos primero una entrega de menciones en el Instituto de investigaciones (allí trabajaba ella). Y después nos vamos a la fiesta-

Acabaron de arreglarse, mi madre se acerco a mí y me besó la mejilla. Mientras ella salía Mario se acerco a saludarme, me besó la mejilla y me dio una palmadita en mi trasero. Ese era el comienzo de algo que luego usaría en su contra.
Me senté frente al televisor, estaba sola en casa y bajo ningún punto de vista vería a mi padre. Seguramente ellos llegarían tarde de la fiesta, así que para cuando llegasen, yo estaría durmiendo.

En la TV solo emitía todos esos programas y películas navideñas aburridas. Lo apague y me metí en mi habitación, prendí mi stereo y puse un poco de rock nacional, me tumbé sobre la cama y cerré los ojos. Cuando el CD acababa de tocar oí el timbre de entrada. ¿Quién podía ser a esa hora? Para entonces estaba en pijamas, solo me puse mis pantuflas y me acerque a la puerta.

-¿Quién es?- Del otro lado la voz se me hizo demasiado familiar.

-Ornella... por favor, abrime.- ¡Era él!

-¿Qué querés?-

-Te quiero explicar, hija... abrime por favor-

-No.-

-Ornella, no seas infantil, querés.-

-No te voy a abrir, así que andate, no quiero verte ni hablar con vos- Del otro lado no hubo respuesta, observe por la mirilla y no había nadie. Cuidadosamente corrí el cerrojo y asome la cabeza para afuera. En ese instante la puerta se abrió estrepitosamente dándome un susto tal, que caí hacia atrás. No se había ido. Me tomó de la cintura y me posó sobre uno de los sillones; cerró tras de sí la puerta y se quedó mirándome.

-Estas enorme, hija- Me dijo.

-No quiero hablar con vos- Le respondí.

-Hoy teníamos una cita para festejar noche buena-

-Ahora no tenemos nada que festejar-

-Estuve llamándote toda la tarde y no me respondías-

-Desconecte el aparato de la pared- Él se acerco hacia mí y me abrazo muy fuertemente:

-Hay nena... – En un simple suspiro y con un sencillo gesto yo había olvidado, en sus brazos, todo lo que había sucedido.

-Papito... papito ¿todavía me queres?- Le pregunte respondiendo a su abrazo.

-¿Cómo no te voy a querer? Ornella; si sos lo más hermoso que tengo en la vida-

Aquello no era nuevo, él podía convencerme fácilmente, con una simple mirada, un gesto, unas palabras de cariño y yo caía rendida ante lo que me dijese.

Me alzó en el aire y me sentó sobre sus piernas, sin dejar de abrazarme ni yo a él.

-Nena... déjame que te explique...-

-No, no digas nada, no quiero saber nada-

Nos quedamos así un buen rato. Después él me dijo:

-Tengo una mesa para dos preparada, la comida, el traje, solo me falta la princesa; solo faltas vos. ¿Por qué no te cambias y venís conmigo al departamento?- Asentí con la cabeza y fui a mi habitación a cambiarme.

Cuando regrese el aun seguía sentado, mirando hacia fuera por la ventana.

-Ya estoy lista- Giro la cabeza para verme. Se puso de pie y me dijo:

-Estas hermosa, princesa. Vamos- Me tomó de la mano, otra vez aquellas manos tan fuertes y protectoras tomaban las mías. Comprendí que no lo había perdido, él seguía siendo mío.
La noche fue estupenda, al igual que la cena. Le conté todos los detalles de aquel año en España y le pedí que nunca nos volviésemos a separar.

Él guardaba todas las películas caseras de la familia. Nos sentamos y el viejo proyector comenzó a rodar. Las imágenes eran hermosas; mi nana, el abuelo antes que falleciera tomándome en brazos cuando aun era un bebé, los viajes de vacaciones. Habremos visto como cinco de esas cintas cuando se acercaron las doce. Brindamos, por primera vez probé el Champagne, como nunca había bebido las burbujas se me subieron a la cabeza. Luego de unos minutos me pidió que me fuera a dormir de lo contrario tendría una horrible resaca al otro día. Lo obedecí.

A la mañana siguiente cuando desperté, papá me tenia una sorpresa.

Eran cerca de la una de la tarde, cuando el aroma de la cocina me despertó, a pesar de la bebida de la noche anterior, estaba completamente lucida y no me dolía la cabeza. Me dirigí al baño, me di una ducha y fui a saludarlo.

Él preparaba la comida.

-Buenos días, papá-

-Buenas tardes, princesa- Y esbozo una gran sonrisa. Me acerqué y lo tomé de la cintura, me incliné sobre la olla e inspire aquel grandioso aroma.

-Humm... ¡que rico!-

-Es un almuerzo especial para vos- Le bese la mejilla y me dispuse a poner la mesa. La comida sabia tan bien como el aroma que emanaba.

-¿Qué hacemos esta tarde?- Le pregunté.

-Tengo preparado algo especial para hoy- Me dijo. La impaciencia me consumió de inmediato.

-¿Qué?- Le pregunté.

-Espérate a la tarde- Me respondió.

-¡Hay, no! ¿Qué es? Anda dímelo-

-Como eres de impaciente- Me respondió y una de sus manos se poso sobre mi cabeza. –Muy bien, ¿quieres saber? Espérame aquí-

Cuando regresó, traía consigo un pañuelo muy amplio.

-¿Y eso para que es?- Lo mire extrañada.

-Ya vas a ver- Me dijo. Me pidió que me ponga de pie. Pasó el pañuelo por mi cara y muy suavemente lo sujetó tras mi cabeza, tapándome los ojos.

-Muy bien, ahora te voy a enseñar la sorpresa.- Me sujetó de la mano para que lo siguiera, procurando no me golpease con nada. Subimos al segundo piso del departamento, donde estaba su estudio, la biblioteca y una gran sala. Me detuvo ante el umbral y me dijo:

-Mantén los ojos cerrados hasta que yo te avise, ok?-

-Ok- Le respondí mientras la curiosidad me consumía. Sentí como pasó a mi lado.

-Bueno, ahora puedes abrirlos- Lo hice y quede inmóvil. Él estaba parado junto a un hermoso piano negro, que reflejaba la luz solar que entraba por la ventana, resplandecía como el fuego.

-¿Te gusta?-

-¡Es precioso! ¿Pero...?-

-¿Cómo lo supe? Sencillo, lo mencionaste en nuestras conversaciones, y no me pareció justo que dejaras de practicarlo si tanto te gustaba. Así que cuando me confirmaste la fecha de tu llegada, fue lo primero que adquirí. Te ha estado esperando, para que lo hagas sonar.- Me abalancé sobre él y lo abrace fuertemente. Luego mis manos rodearon su cuello y lo bese frenéticamente en las mejillas.

-¡Parece que te gusta!- Dijo sonriendo. –Anda... siéntate y toca algo para mí-

La experiencia fue maravillosa, la banqueta me pareció perfectamente rectangular, forrada con un agradable terciopelo rojo. Las teclas se ajustaron perfectamente a mis dedos. Comencé a tocar, presionaba las teclas muy levemente, mientras estas respondían a mi tacto como si fuesen un suspiro. Él se sentó a mis espaldas, en un cómodo sillón de un solo cuerpo, extendió sus brazos sobre sus piernas y cerró los ojos. Las melodías se desprendían de aquella gran caja de música y no podía detenerme; se sucedieron una detrás de otra, no era una concertista excelente, pero mis profesores del conservatorio en Madrid me habían predicho un gran futuro como tal.

Así se fue la tarde, hasta que los rayos rojizos del sol que se oculta penetraron por la ventana de la sala. Con un leve toque en mi hombro me dijo:

-Maravilloso- Baje la tapa para cubrir las teclas y salí tras él.
El teléfono sonó y corrí a atenderlo. Era mi madre, pidiéndome que regresase temprano ya que en horas de la noche, su familia y la de Mario llegarían a la casa a celebrar la navidad.

Me despedí en la acera, mientras subía al taxi. Con un profundo abrazo y un gran beso. Me senté en el asiento de atrás y él cerró la puerta. El taxi se puso en marcha y yo me voltee, aun me despedía con la mano.

La noche en casa fue insoportable, estaba llena de gente que no conocía, parte de la familia a la que no recordaba, sin mencionar la cantidad de chiquillos que iban y venían por doquier. Lo soporté todo, incluso que me acariciasen la cabeza y exclamaran, como si citaran a Shakespeare, ¡Qué grande que esta la nena!

Mis ánimos estaban exaltados, así que fui a mi habitación a llamar a papá para contarle lo que sucedía. El teléfono replico constantemente, cuando contestaron una voz de mujer exclamo:

-Hola, ¿quién es?- Me quedé helada. Inmediatamente supuse que se trataba de la misma mujer que había visto días atrás “debajo” de mi padre. Se oyó a distancia como mi padre preguntaba:

-Magda... ¿Quién es?-

-No sé, no me responden- La voz de mi padre se oyó más cerca.

-A ver, déjame a mí. Hola ¿Quién habla?- Yo no respondía

–Hola... hola ¿quién es?- Procedí a cortar la comunicación.

Estaba con ella, otra vez. Me senté sobre la cama y comencé a reflexionar. Entendí que mi padre necesitaba rehacer su vida, que necesitaba una mujer y que por más que lo intentara no podría impedirlo. Lo mejor seria reconocerlo y aceptarlo. No ganaría nada distanciándome de él, estar lejos de él era lo que menos quería; aun si tenia que compartirlo con otra.

Los meses de vacaciones se fueron lentamente y se acercaba la hora de iniciar las clases. Aquel seria mi segundo año de prepa y no sabia si me encontraría con mis antiguos compañeros. Decidí que continuaría mis estudios en el mismo colegio en que había realizado la primaria, después de todo muchos de los profesores me conocían y no estaba muy dispuesta a tener que iniciar lazos una vez más.
Así inicie mis estudios, a diferencia de Madrid había optado por el turno de la tarde, lo que me permitía mantenerme lo más lejos posible de mi madre y de Mario.
Habían pasado tres meses desde el inicio, y cuando finalmente estaba del todo adaptada hice arreglos para continuar mis estudios en el conservatorio de música y afinar mi habilidad para el piano. Comencé inmediatamente, gracias a las referencias que me había dado en Madrid. Al igual que con las clases del colegio, me adapte fácilmente a las de música. Concurría por la mañana, lo que me mantenía alejada durante una buena parte del día de mi casa, pero no permití que me alejara de mi padre.

Mi cumpleaños número 15 se acercaba, medité largamente lo que desearía hacer al respecto. Una fiesta estaría fuera de lugar; ya que asistirían mis padres, sus respectivas familias, pero también estarían Mario y Magda (a la que aun no conocía), aquello se transformaría en una velada muy tensa. Así que opte por hacer un viaje a España, lo haría en el receso invernal, para que no obstruyera mis estudios. Pasaría por Madrid, recogería a Sara e iríamos unos días a la espectacular Ibiza. A mis padres la idea no les gusto demasiado, pero accedieron.

Así fue, como a mitad de año, estaba volando a Madrid, en un contingente de jovencitas que festejaban sus 15 de la misma forma que yo.

Las playas blancas de Ibiza eran el sueño de cualquiera hecho realidad, el agua era tibia y el sol agregaba ese toque esencial de unas vacaciones en la playa. En mi contingente no iban solo jovencitas, también había muchachos que viajaban con sus compañeros en viaje de egresados.
Uno en particular me llamo la atención en cuanto lo vi, también Sara se había percatado de él. Durante los juegos en la playa, extrañamente, aunque sabia que aquello era intencional, siempre intentaba rozarme o tocarme. Cuando jugábamos voley siempre estaba en mi equipo, y las pelotas que perdía eran por que él se abalanzaba hacia mí con la excusa de devolver el pase.

Entonces me percate de algo de lo que era absolutamente ajena. Mi cuerpo había crecido en aquel tiempo maquinalmente. Mis pechos eran más grandes y las curvas de mis caderas también. Mi cabello estaba más largo aun, llegándome hasta por debajo de la cintura. Fue cuando comprendí porque aquel muchacho se interesaba tanto en mi. Me estaba convirtiendo en una mujer, en todo el ancho de la palabra.

En una de esas noches de Ibiza, que solo aquella excitante isla posee, el aire estaba enrarecido por los aromas cálidos que provenían de la playa. Entre todos los chicos habíamos planeado un fogón en la playa.

Mientras muchos de ellos se sentaban alrededor del fuego, cantaban y reían, Sara, Alberto, Martín; así era el nombre del muchacho al que tanto le gustaba rozarme, y yo nos alejamos un poco caminando por la orilla.

Cuando nos vimos un poco lejos, Martín enrolló sus brazos sobre mi cintura, me recorrió un cosquilleo por todo el cuerpo. En sus ojos brillaba una luz especial. Me atrajo hacia él y nuestras cinturas se encontraron, no me podía despegar, tampoco quería hacerlo. No me había percatado de que Sara y Alberto se habían alejado un poco más de nosotros, dejándonos solo.

Sentí sus manos por mi espalda, me atrajo aun más hacia él y me besó. El beso fue largo, apasionado, su lengua jugaba en el interior de mi boca. Luego bajó a mi cuello y me daba pequeñísimos besos esporádicos, se acerco a mi oído y me susurró:

-Eres hermosa...-

Continuó con sus besos y pronto sentí sus manos bajar por mi espalda y llegar a mis pompis, me las presiono levemente. Su respiración se agitó, me tomó de mi pierna y la elevo, hasta que rodeo su cintura. Seguía besándome, recorriendo mi boca, mi cuello, hasta llegar a mis pechos; metió su cabeza entre mi blusa e hizo saltar el primer botón, se sumergió entre mis pechos, al mismo tiempo que me arqueaba hacia atrás. Me mordía dulcemente. Cavando con su boca llegó hasta mi pezón y mordiéndolo ligeramente lo extrajo del sostén, lo mismo hizo con el otro. Me los besaba, los mordía, no se saciaba y buscaba cada repliegue para pasarme la boca, su lengua.  Lentamente me recostó sobre la arena y él se recostó sobre mí, murmuraba cosas pero no pude oír , estaba muy excitado, al igual que yo. Mis piernas lo rodearon por completo. Me acaricio los pechos con mucha gentileza y comenzó a besarlos otra vez; sin notarlo una de sus manos bajó hasta mi falda y acariciando mi pierna la levanto por completo, sentía como me humedecía intensamente.

Bajó con sus besos hasta mi entrepierna y sin quitarme las bragas comenzó a besarla, mi cuerpo se estremecía, aquello era mejor que hacerlo sola. Finalmente me quitó las bragas muy suavemente y sumergió su boca, su lengua jugaba con mi sexo con mucha ternura y suavidad, recorriendo cada centímetro de él. Con sus dedos busco mis pliegues y los separó, pasando su lengua e introduciéndomela lentamente. Entonces se incorporó y noté como un bulto se había formado en sus pantalones, se los desabrochó y bajó sus calzoncillos. Aquella no era la primera vez que yo veía un pene erecto, pero jamás en vivo como lo tenía ahora. Las venas se lo surcaban, hinchadas. Me dijo:

-Te voy a hacer el amor...-

Se inclinó sobre mí, mientras que con una de sus manos sostenía su pene, pronto sentí como se posaba en mi sexo y comenzaba a entrar muy lentamente, una ola de calor me recorrió. Inmediatamente comenzó a penetrarme muy despacio, hasta que lo sentí por completo en mi interior, lancé un gemido de dolor. Aquello me presionaba mucho, pero él continuó penetrándome, a cada envestida, aceleraba el ritmo y notaba como mi vagina se lubricaba aun más. El dolor era inmenso y pronto comencé a sentir mezclado con él una sensación que me encantó. Le pedí que no se detuviera, que continuara haciéndolo, estaba increíblemente excitada. Él siguió, continuó envistiéndome, cada vez con más furia, su cara demostraba cuanto le gustaba aquello. Mis piernas, que rodeaban su cuerpo lo atrajeron aun más a mi interior, me sentía tensa, extasiada. De repente comencé a sentir mi pulso acelerando más y mi respiración se entrecortaba; por su expresión note que a él le sucedía lo mismo y jadeaba con más intensidad. Mis gemidos se hacían más intensos, podía sentir cada centímetro de su pene en mi, me gustaba, me encantaba que lo tuviera así, que me embistiera así. De pronto mis piernas se tensaron aun más, mis músculos no podían ceder a la presión; sentí el gozo en toda su gloria, toda una increíble sensación pasmosa que me invadió, subiendo de mi entrepierna hasta mi cabeza. Me arquee increíblemente hacia atrás, él seguía jadeando sobre mí y al parecer aquel movimiento de mi espalda acomodo su pene de tal forma que sus testículos chocaron violentamente contra mí. Continuó con su trabajo, hasta que lentamente saco su pene de mí, lo jaló unos instantes y se corrió sobre la arena. De su interior comenzaron a salir explosiones de semen que se regaron por la arena, mezclándose con mi virginidad perdida. Nuevamente se inclinó sobre mí y me acariciaba el cuerpo, me besó tiernamente, y me susurró al oído:

-Eres increíble... cuanto me calientas...-

Aquella había sido mi primera vez, sobre la arena, en una isla paradisíaca, excitante.

Nunca volví a saber de él. En aquel increíble viaje habíamos hecho el amor más de una vez. Ahora me sentía completamente rebosante, llena de energía, de pasión. Cualquier roce con un muchacho me parecía muy excitante.
 

Ana

 

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