Buena comida
Le puse el pie derecho, enfundado en unas sandalias azules de tacón y con una pulsera de plata y ámbar, sobre el pecho. Quedaba así mi raja a la vista. Por supuesto que no me había puesto bragas, como a los dos nos gustaba. Levantó, entre confuso y asustado la vista de sus papeles y me miró primero la pierna desde los dedos del pie, pasando por el tobillo, la rodilla y el muslo hasta la húmeda entrepierna que le esperaba ansiosa. Bajé mi pie y levanté la otra pierna, pasándola por encima de su cabeza, hasta quedar sentada en la mesa de su despacho, mi coño caliente encima de sus papeles. Me abrí la camisa negra y me acaricié los pezones que casi se escapaban de mi sujetador.

-Cómeme – le ordené.

Él me miró unos segundos a los ojos y se fue acercando poco a poco a mi sexo, deteniéndose a besar mis pantorrillas, mis rodillas, la cara interna de los muslos.

Me dio un beso suave justo encima del clítoris y a continuación me abrió los labios con los dedos y deslizo su tibia lengua por los labios menores, haciendo círculos para luego iniciar una lamida profunda desde mi vagina hasta el clítoris. Yo me retorcía y gemía y movía mis caderas sin dejar de pellizcarme los pezones. Apreté su rubia cabeza contra mi sexo para lograr que me penetrara profundamente con la lengua. Él no dejaba de pasar su lengua por todo mi coño ardiente y alternativamente me penetraba con la lengua o me chupaba el clítoris. Así con su cabeza incrustada entre mis piernas me corrí con extrema violencia, notando como sus mejillas se empapaban de mis jugos. Me dejé caer sobre la mesa exhausta y con mi clítoris aún palpitante.

Él me besó las rodillas y me las cerró con decoro para después apoyarse en ellas y mirarme fijamente con su sonrisa cómplice.

-Déjame trabajar cielo, cuando acabe me debes una.

Yo me acerqué a él y le limpié los restos de mi corrida con besos. Algo tendría que prepararle en recompensa por la buena comida.
 
 
 

Por fin terminé de trabajar. Estaba cansado y se había hecho tarde. Ella ya aburrida decidió cenar sola y se acostó. Fui a la cocina y me preparé un sándwich. Las evaluaciones me tenían fundido, no hay nada más agotador que 90 niñatos con las hormonas revueltas en clase de educación física. Menos mal que ella estaba conmigo. Hacía que mi vida fuera una fiesta de color, una alegría continua. Sonreí pensando en ella y desee ir enseguida a la cama para abrazarla fuerte y decirle lo mucho que la quería. Al terminarme el sándwich de dos bocados me di cuenta de que mis dedos seguían oliendo a su sexo. Se me iluminó la cara y mi polla correspondió como mejor sabía. La verdad es que me maravillaba que después de tanto tiempo juntos siguiera excitándome su olor, su maravilloso cuerpo, su pelo, su piel... No perdí más tiempo y subí corriendo a la habitación a cobrarme la deuda anterior.

Pero al llegar a nuestra habitación ella no estaba en la cama, miré en el baño y tampoco estaba, ni en el estudio, ni en la habitación de invitados. Bajé a la planta baja llamándola por su nombre y tampoco estaba en el salón, ni en la cocina, ni en la despensa, ni en el cuarto de planchar. Empecé a preocuparme y a llamarla con más fuerza. Bajé al sótano y entré en la bodega, no estaba, tampoco en el garaje. De pronto una voz salió del gimnasio, abrí la puerta asustado y allí estaba mi chica. Con un camisón negro que volvería loco al más puritano y el pelo agarrado con una aguja de nácar. Estaba sobre el banco de abdominales y me miraba con una lascivia capaz de deshacer el hielo que hundió al titanic.

Me acerqué a ella, estaba fumando. Me miró desde el banco, recostada, llevaba los labios pintados muy rojos, descalza, con la pulsera de plata y ámbar en el tobillo.

-Desnúdate – me ordenó mientras me miraba.

Yo comencé a desabotonarme lentamente la camisa de seda verde, el cinturón, me quité zapatos y calcetines y finalmente el pantalón, quedando totalmente desnudo sobre la moqueta del gimnasio, que ella había iluminado con montones de velas.

-Acércate- casi susurró.

Noté su mirada en todo mi cuerpo, no dejaba de repetirme lo bonito que lo tenía y lo mucho que me deseaba.

La besé en la boca, primero suavemente para luego casi devorarnos. Ella se fue incorporando abrazándome hasta quedar de pie frente a mí.

-Vamos a hacer ejercicio, me dijo.- túmbate.

Me tumbé en el banco de abdominales y ella se alejó. Abrió un cajón del armario donde guardábamos las pesas. Por un momento pensé que me iba a poner a hacer ejercicio en serio.

Se acercó a mí con varias cintas en la mano y me volvió a besar. Yo estaba encantado. Hacía mucho tiempo que no nos atábamos.

Primero me cubrió los ojos con una ancha franja de raso negro. Su contacto con la piel de mi cara ardiente era gustoso. Después me ató cada una de las muñecas a las patas del banco. Mi respiración se iba acelerando por momentos, que me atara era algo que me volvía loco.
 
 

Noté que su cuerpo se alejaba de mí y la excitación me invadió. De pronto sus labios se posaron en uno de mis pezones. Empezó a jugar con él y me recorrió todo el pecho con su lengua, hasta llegar a mi ombligo. A estas alturas yo estaba empalmado como un principiante. Sentía la polla durísima y con demasiadas ganas de ser mimada. Su lengua se introdujo en mi hendidura y un escalofrió me hizo arquear la espalda todo lo que me permitieron las ligar de mis manos. Empezó a chuparme el glande como si pretendiera tragárselo, como un helado, con unas ganas que hicieron que se me escaparan leves gemidos. Luego empezó a lamérmela desde la puntita hasta la base y yo creía que me iba a dar algo pero necesitaba sentir como su boca la envolvía.

-Métetela entera supliqué –

Mis deseos fueron órdenes y mientras movía su lengua haciendo círculos alredor de mi polla iba tragando y tragando hasta que sentí en la punta su garganta. Entonces empezó a chuparmela frenéticamente, subía y bajaba, subía y bajaba y con una mano me la pajeaba. El placer era bestial. Me sentía por encima de las nubes y no pude evitar unos gemidos. Apretaba mis muslos contra su cabeza a falta de manos y sentí que iba a correrme de una manera increíble.

-Me voy a correr, me voy a correr- conseguí decirle atropelladamente.

Ella siguió con su faena, esmerándose cada vez más hasta que noté como mi chorro de semen salió abrasándome e inundando su boca.

Creía que perdería el conocimiento con la fuerza de la corrida. Ella siguió lamiendo y besando mi polla mientras mi loco y desbocado corazón conseguía calmarse por fin.
Yo estaba deshecho pero ella se esmeró tanto mimándome la polla aún caliente que no pude evitar empalmarme de nuevo. Entonces ella volvió a separarse de mi cuerpo. Oí sus pasos alejándose y un ruido de cristales. Estaba sumamente excitado por no poder ver lo que estaba haciendo. De repente noté la fría humedad del agua derramándose por mi pecho. Di un respingo haciendo que se derramara por mis costados. Ella bebió de mi pecho y me beso en la boca. Me encantó sentir su boca fresca en el calor de la mía. Después acercó el vaso a mis labios y me dejó beber saciando mi sed de agua pero no mi sed de ella.

Oí como bebía un largo sorbo y luego sentí de nuevo el tacto de su boca fresca pero esta vez en mi glande. Gemí como un animalito, no pude evitarlo.
De nuevo se levantó para esta vez, sentarse sobre mí. Se acercó a mi oído y me dijo muy bajito y muchas veces:

-Te deseo, te deseo, te deseo...

Cogió la punta de mi polla con las dos manos y la guió hasta la entrada de su cuerpo, entreteniéndose en acariciarse el clítoris y los labios con mi glande. Después, de un solo golpe se la introdujo hasta el fondo y comenzó a cabalgarme. La notaba tan caliente y tan deseosa que me puso a mil, le ayudé con mis caderas a llegar a un ritmo frenético hasta que estalló en un profundo orgasmo y calló rota sobre mí. La besé en el pelo y le agradecí que hubiera parado para no correrme tan rápido otra vez. Quería verla disfrutar más que nada en el mundo. Ver como se mordía los labios, como en sus ojos ardía esa llama de deseo que me hipnotizaba.

-Desátame- le dije suavemente.

Ella se incorporó y pasó un dedo por mi pecho, luego se inclinó y comenzó a desatar las ligas que inmovilizaban mis manos.
 
 
 

Me sentía rota, complacida, el orgasmo teniéndole atado y sintiéndome dueña de la situación había sido explosivo. Terminé de desatarle y él mismo se quitó la venda de los ojos. Me miró sonriente y me besó con aquella boca deliciosa.

-Ahora te toca a ti- me dijo con sonrisa maliciosa.

Se levantó para que yo pudiera tumbarme en el banco ahora. Repitó la misma operación que yo y en un segundo me tenía atada. Sentí esa excitación especial al estar a merced de sus deseos.

Comenzó a acariciarme con sus dos manos, no quiso ponerme la venda en los ojos, mientras me miraba profundamente y con lascivia.

Empezó a bajar recorriendo mi cuerpo hasta que introdujo sus dedos en mi coño, aún empapado de la corrida. Se agachó y comenzó a lamerme toda, de abajo arriba, recorriendo todos mis pliegues y al estar atada empecé a excitarme como una loca. Empecé a gemir. No quería que parara nunca. Chupaba mi clítoris con una intensidad que me hacía temblar. Mis gemidos se convirtieron en gritos

-¿Qué quieres que te haga? – me preguntó

-Chúpame, cómeme, por Dios, no pares.

Él obedeció y siguió devorándome mientras introducía dos dedos que movía en círculos dentro de mi. Mi sexo parecía un manantial por la cantidad de jugos y yo me volvía loca. No podía dejar de mirar como me lo hacía, estaba apunto de correrme... y él se paró. Odiaba y a la vez, me encantaba que me martirizara así. Sacó los dedos de mi hirviente raja y se los metió en la boca. Luego se inclinó y me besó mientras metía los dedos entre nuestras lenguas.

Pusó mis rodillas sobre sus hombros y comenzó a follarme sin dejar de mirarme a los ojos. Notaba su pene tan duro, tan hinchado que en cada envestida quedaban repletos todos y cada uno de los lugares de mi vagina.

Estallé en un orgasmo mientras gritaba como una loca, él empezó a moverse de una manera frenética, me follaba como un pistón y yo tenía cerca un nuevo orgasmo. Notaba como él ya no podía más, me apretó los pezones y gimiendo como un animal comenzó a correrse haciendo que yo fuera con él. Se desplomó sobre mi cuerpo respirando profundamente. Poco a poco, nuestro corazón se fue calmando hasta quedarnos dormidos, exhaustos por tanto placer compartido.

Lince

 

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